El uso de una trenza

Su cabello dorado lacio y sedoso fue dividido en tres mechones, que por consiguiente fueron sobre puestos el uno sobre el otro una y otra vez, hasta que una trenza que le llegaba a los pies fue construida y en su terminal fueron entrelazados un conjunto de doradas navajas triangulares. Se puso en pie y caminó hacia él, quien no le miraba a los ojos por que no solo ella era una amazona, era la reina, y un varón nunca les mira a los ojos, pero los de él solo miraban la trenza en su mano derecha. Con sudor en su frente y el rostro pálido no hizo mas que quitarse la camisa y tornarse hacia la pared donde sus manos fueron amarradas y en su espalda eran visibles las cicatrices delineadas la una sobre la otra. La amazona se acercó y alzó el brazo con el que sujetaba la trenza, él apretó fuertemente las sogas a la espera del metal trenzado que pintaría nuevos trazos carmesí.


“The wrapping paper”

This story I love for its inspiration and love. Enjoy!

THE GOLD WRAPPING PAPER – An Inspiring Christmas Story

Once upon a time, a man punished his five-year-old daughter for using up the family’s only roll of expensive gold wrapping paper before Christmas.

Money was tight, so he became even more upset when on Christmas Eve, he saw that the child had used the expensive gold paper to decorate a large shoebox she had put under the Christmas tree.

Nevertheless, the next morning the little girl, filled with excitement, brought the gift box to her father and said, “This is for you, Daddy!”

As he opened the box, the father was embarrassed by his earlier overreaction, now regretting how he had punished her.

But when he opened the shoebox, he found it was empty and again his anger flared. “Don’t you know, young lady,” he said harshly, “when you give someone a present there’s supposed to be something inside the package!”

The little girl looked up at him with sad tears rolling from her eyes and whispered: “Daddy, it’s not empty. I blew kisses into it until it was all full.”

The father was crushed. He fell on his knees and put his arms around his precious little girl. He begged her to forgive him for his unnecessary anger.

An accident took the life of the child only a short time later. It is told that the father kept this little gold box by his bed for all the years of his life. Whenever he was discouraged or faced difficult problems, he would open the box, take out an imaginary kiss, and remember the love of this beautiful child who had put it there.

In a very real sense, each of us as human beings have been given an invisible golden box filled with unconditional love and kisses from our children, family, friends and God.

There is no more precious possession anyone could hold



El Amante de Marta

El Amante de Marta

 

Él se enamoró de ella desde el primer día en que la vio, cautivado por sus ojos negros llenos de compasión y ternura. Marta era su nombre, una mujer de piel sedosa que gustaba de cambiar de color de pelo, aunque ella prefería teñirlo de rubio.

Marta se había percatado de la existencia de él, pero nunca se detenía a conversar. Le veía rondar de vez en cuando por los alrededores de su casa, caminando por el balcón, mirando a través de las ventanas de cristal. Marta nunca le mencionó nada a nadie, se guardaba a aquel hombre como un secreto. Hasta que una noche fría de enero le vio al final del largo y angosto pasillo de su casa. Estaba parado allí inmóvil esperando por ella, por una palabra de su boca. Si ella no quería hablarle, él prefería que rosara su piel al pasar a su lado como hacía a veces. Él se conformaba con ellos, pues eran la prueba de que Marta conocía de su existencia, que sentía su presencia.

Lo diferente de ese día a otro, fue que Marta se detuvo al otro lado del pasillo; le miraba fijamente, estudiando su mirada. Ella, al igual que él, estaba inmóvil y esperaba impaciente que él le hablara, pues deseaba escuchar su voz. Esa voz a la cual ella se había negado a escuchar par tantos años, pero él se mantenía quieto y callado ni tan siquiera su respirar se podía escuchar retumbar por el angosto y largo pasillo.

Fue entonces, que Marta no pudo más y desesperadamente dijo, “No tengo tiempo para ti hoy.”

“Nunca lo tienes,” contesto él. Su voz era rara, nunca había escuchado una voz tan dulce y serena como la de él.

Entonces Marta le contestó, “Aceptarte a ti seria aceptar mi propia ruina.”

“No, sino tu verdad, la que vives día a día en esta casa. Por la cual tantas veces has llorado en mi regazo.”

“Nunca he llorado en tu regazo,” contestó Marta indignada.

“Por favor, no te molestes,” le dijo el hombre con ternura. “Han sido tantos años de sufrimiento. No recuerdas las tardes que pasamos juntos en el balcón mirando a lo lejos sin decir palabra alguna, como de costumbre. Deseando por otra oportunidad, otro tiempo, otra vida, un final diferente para los que amas y no dejas ir de tu corazón.”

“Sabes que son sangre de mi sangre y los guardaré en mi corazón,” expresó Marta tocando su pecho.

Marta comenzó a caminar hacia el hombre sin dejar de mirarle a los ojos, los cuales eran distintos a los de una persona normal, pues al mirarlos era como si te transportaran a un mundo diferente. Su mirada era profunda y misteriosa. Todo él era un misterio cautivador, una atracción que iba más allá del placer: era una escapatoria. Fue entonces, que Marta cerró sus ojos y de ellos se escapó una lágrima y se detuvo en medio del pasillo a llorar.

EI hombre se acercó a Marta y secando sus lágrimas le dijo, “Me gusta cuando lloras, porque me das la oportunidad de consolarte. Me gusta cuando a mi te entregas y dejas que te acaricie la espalda. No me niegues tu corazón, sabes que ya me pertenece.”

Él sonrió, ella se marchó y se encerró en su cuarto. Se tiró en su cama y lloró hasta quedarse dormida. Al despertar notó que aún vestía la ropa del día anterior, y estaba sola en su cama. Tomó un baño y se dirigió a la cocina para tomar una taza de café. Se sentó a la mesa a disfrutar de su desayuno cuando su mirada se perdió en el paisaje que se podía disfrutar desde la gran ventana de su comedor. Percibió la presencia de alguien, al mirar a la sala vio al hombre parado frente a la puerta de cristal, quien le miraba con ternura desde el otro lado. Sintió deseos de gritarle que se marchara y la dejara en paz, pero antes de que pudiera hacerlo un carro subía por la cuesta de su casa. Se levantó rápidamente y se asomó por la ventana. Era Ramón, su marido, que llegaba a su casa.

Marta de un brinco se asomó a la sala para ver si el hombre aún permanecía en el balcón, pero había desaparecido. Se asomó a las escaleras para ver si permanecía allí, pero no encontró a nadie. Entró rápidamente a la casa y recogió los platos de la mesa para lavarlos. Ramón entró y escuchando ruido en la cocina se dirigió a ella. Saludo a Marta y la besó, ella le preguntó un poco nerviosa, “¿Deseas que te prepare el desayuno?”

“Sí,” contestó Ramón. “Voy a tomar una ducha y me voy a cambiar que voy a salir de nuevo. Te voy a dejar una camisa para que me la planches.”

Ramón se dio cuenta que había algo extraño en Marta. “¿Estás bien? Te noto un poco nerviosa.”

En un corto silencio Marta pensó en lo que iba a contestar, como si ella tuviera algo que ocultar. Continúo lavando los platos y finalmente dijo mas calmada, “Nada, estoy bien.”

Luego le miró y sonrió como si la pregunta nunca hubiese sido hecha. Ramón se retiró para ducharse y cambiarse. Marta preparo el desayuno, lo sirvió y fue a su cuarto a buscar la camisa que iba a planchar. Su esposo comenzó a hablarle del trabajo y la política. Marta contestaba asintiendo la cabeza o haciendo la pregunta común para continuar con la conversación. Al terminar Ramón de vestirse, desayunó y dándole un beso a su esposa se marchó dejándola sola, nuevamente.

Encima de la cama estaban tirados la camisa y el pantalón de Ramón. Marta cogió la camisa y se dio cuenta de un aroma particular. Perfume de mujer emanaba de la camisa azul de su marido, Marta se sentó en el borde de la cama y suspiró. Sabía de donde provenía el perfume, su esposo había pasado la noche con su otra mujer. Marta notó que rastros de la cabellera rubia de la otra quedaban en la camisa. Un cabello largo de color rubio, no era uno de sus cabellos porque, aunque era rubia, su cabellera era corta. Tomo el pantalón crema junto con la camisa y los puso en la cesta de la ropa sucia.

Ya no valía la pena gritar o molestarse, estaba acostumbrada y a veces ni le importaba. Aún lo amaba. No como al principio de su relación, pero lo amaba a su manera como Ramón le amaba a ella. Una vez pensó en divorciarse, pero todo quedo en nada. Palabras fuertes se escucharon por toda la blanca casa. Moretones quedaron marcados en su piel por la forma en que Ramón le sujeto los brazos. El tiempo se encargó en borrar los moretones en su piel y de enviar al olvido los pensamientos de divorcio.

Al salir de la recamara notó que al final del pasillo estaba nuevamente el hombre. Marta bajó su rostro y comenzó a caminar como si no le hubiera visto. El hombre dijo, “Ahora recurres por ignorarme. Sabes que eso ya no funciona entre los dos. ¿Por qué no me hablas como lo hiciste ayer?” Le preguntó a Marta tiernamente.

Marta se detuvo, le miró a los ojos y contestó fríamente, “No tengo nada que decir hoy.”

“¿Vas a mantenerte en silencio todo el día? Estarás sola hasta el anochecer, nadie vendrá a verte. Por lo menos no hoy y no es hasta mañana que irás a visitar a tus hermanos y a tu madre.”

“¡Calla!” Exclamó enojada. “Para eso vienes, a mortificar mi pobre existencia.”

“No,” contestó él, luego sonrió y dijo. “Para consolar tus penas y amarte más.”

El rostro de Marta cambió y sus labios se entreabrieron. No sabía que decir, estaba vulnerable a tal declaración. El hombre continúo, “No te preocupes por contestar. Mis palabras son fuertes para ti, pero de algo estoy seguro.”

Hubo un corto silencio entre ambos. Él se fue acercando lentamente a Marta, tomó su mano y comenzaron a caminar hacia el balcón. Marta temblorosa le miraba confundida sin saber que decir o pensar. Deseaba saber que quería él con ella. Finalmente, él dijo, “Estaba seguro que sabías que te amo. Lo se por tus miradas, por tus roces en el pasillo y por la forma en que te enojas y lloras cuando estas a mi lado. Lo haces para que te consuele. Deseas en lo más íntimo de tu alma atormentada, que te lleve lejos de este lugar.”

Frente a ella estaba un barranco, un abismo profundo, y junto a él descansaba la blanca casa de Marta. Aquella con la cual soñó toda su vida. El risco era profundo y terminaba al pie de un verdoso valle lleno de frondosos árboles. Flamboyanes de flores anaranjadas que pintaban pintorescamente el valle. Marta entonces preguntó, sin dejar de contemplar el profundo abismo, “¿A dónde me llevarías? ¿Que lugar en este mundo me puede hacer olvidar mi pena?”

“Mi hogar,” contestó el hombre lleno de orgullo.

“¿En tu hogar puedo olvidar la muerte de mis hijos? ¿La forma en que su sangre bañaba el negro pavimento? ¿Puedo yo olvidar en tu hogar la forma en que sus cuerpos yacían fríos sin yo poder recogerles y ponerles a descansar en sus camas?”

Mirándole continúo, “Mi angustia de no poder abrazarles por qué no me permitían tocarles. ¿Tú me harás olvidar mi pena? ¿Sacarás de mi corazón estas dos espadas que tengo clavadas? No.

“Mas me ofreces tu amor para que yo pueda olvidar. No hay amor en este mundo que me haga olvidar mi pena. Solo el de ver a mis hijos vivos, llenos de vida y con un final feliz. Ese es el amor que espero. El de mis hijos a mi lado.”

“Ya no puedes dar marcha atrás. No puedes borrar o rehacer lo que ya está hecho,” contestó él. “Más yo te ofrezco una vida sin penas llena de mi amor. Sin recuerdos, ni torturas al alma. ¿Por qué ahora que te ofrezco todo no lo deseas? Si me lo pediste tantas veces.”

“Nunca te pedí nada. No fue hasta ayer que te dirigí la palabra por vez primera,” contestó Marta.

“He estado contigo toda la vida.”

Marta estaba confundida con esas palabras, no entendía lo quería decir.

“De Ramón. El día en que lo conociste yo estaba frente a ti admirando la belleza de tus negros ojos,” al decir esto rozó el rostro de Marta. Una lágrima bajó por la mejilla de ella.

“¡Eran tus ojos los que yo miraba!” contestó Marta desconcertada. Comenzaba a comprender tantas cosas en su vida. Aquel día ella se sentía sola con una angustia en su corazón. Marta no había comprendido el porqué de ese sentimiento que la consumió por tanto días, hasta que conoció a Ramón. Cuando le conoció sus sentimientos de soledad cambiaron, y pensó que Ramón era la persona que la acompañaría el resto de su vida. El tiempo le enseñó lo equivocada que estaba. Cuando sus hijos nacieron perdió todo sentimiento de soledad, estaba completa. Hasta que les perdió y esos sentimientos resurgieron y fue cuando se dio cuenta de la presencia de ese hombre en su vida.

“Por eso te ame desde ese día, pero tus sentimientos se vieron confundidos y amaste a Ramón y no a mi. Más me veías pasar a tu lado, perderme en tu mirada y me ignorabas. Sabía que tu vida con Ramón no sería un cuento de hadas. Su familia te escondió tantas cosas que al final las aceptaste, y te conformaste con tu destino. Es contigo y para ti que vivo. Es en tu soledad que existo y en ella me apasiono por ti.”

Marta le miro estupefacta, comenzaba a comprender por vez primera su destino, su vida. Un abismo profundo en su ser inundaba su alma, y una angustia que no podía contener explotaba dentro de ella.

“Quédate conmigo por el resto de tus días. Seré tu consuelo, nos perderemos en el paisaje que siempre admiramos juntos desde este balcón,” le propuso el hombre mientras tomaba sus manos entre las suyas.

Marta imaginó su vida sentada junto a él en el balcón de su blanca casa. Ella recostando su cabeza en su hombro, viendo pasar los años y con ellos cómo cambia su cabello y su cutis. Deleitándose en el silencio del campo y la brisa matutina sin que ninguna tuviera un significado para ella. Unos ojos negros perdidos en el olvido. Sin decir palabra. sin vida. Comprendió su destino y sonrió. Se acercó a él y acarició su rostro, le beso tiernamente y le abrazo con amor.

“Iba a preguntarte tu nombre, pero ya no tiene sentido. Te dan tantos. Eres el amante perfecto para una mujer en soledad. Me amas porque conseguiste en mí una compañera. Somos tal para cual, tú y yo. Un par de solitarios buscando compañía en un mundo sin compasión, en especial, de los seres que uno le ha entregado tanto amor. Te agradezco tanto amor hacia mí, pero no puedo quedarme contigo.”

El hombre anonadado esperaba otra contestación, pero antes de que pudiera decir palabra alguna Marta le interrumpió, y dijo, “No digas nada, será más difícil para ti que para mi decir adiós, pero te voy a pedir algo.”

“Lo que sea,” le contesto él acercándose a ella.

“Un beso.”

Él sonrió tiernamente, sus rostros se acercaron y la beso apasionadamente.

Marta le miró tiernamente y se perdió en sus ojos. Él no dejaba de mirar los suyos, que estaban llenos de lágrimas. A un gesto de Marta, él la ayudó a sentarse en la baranda del balcón y le beso la mano.

“¿Estás segura que esto es lo que deseas hacer?” le preguntó a Marta.

“Si,” contestó ella con una sonrisa. “Es mejor, que vivir muerta.”

El hombre gritando fuertemente cerró sus ojos, y lo único que vio fue oscuridad al llenarse nuevamente su existencia de soledad. Marta encontró su paz en el verdoso valle al final del profundo abismo, entre los brazos de los pintorescos flamboyanes anaranjados.

Historias


Rostros

Rostros, dibujo por Susan Weighant

Morí entre árboles frutales cubiertos de flores y en una cama de hierba verde y tierra fértil. Mientras mi cuerpo se desplomaba para caer sobre mi cama, mi corazón cesaba de latir. Ya no se sentía nada luego de aquel rápido latir. Caí en mi cama boca arriba admirando el techo azul adornado con telas sedosas y blancas.

Mi vida fue una búsqueda de ilusiones y sueños. Tuve mis pesadillas y también mis caídas. De vez en cuando tropecé con la misma piedra que muy tercamente volvía a cruzarse en mi camino. Pero yo más terco aún no me desviaba pensando que podía más que ella sin ayuda alguna. A pesar de todo, a mi vida la amé con todos sus pesares y alegrías. Viví todo lo que tuve que vivir con todas sus pasiones.

El anhelo más grande de mi vida fue ver el rostro de mi Señor, de mi Padre. Toda mi vida la dediqué a encontrar aquel rostro. Lo busqué en aquellos que ayudé y también desprecié. Trate de besarlo en el rostro de mi amada esposa y acariciarlo en el de mis hijos. En mi madre quise amarlo y en mi padre respetarlo.

Dicen que Dios se puede ver en los ojos del prójimo. Yo lo quiero admirar en toda su omnipotencia. ¡Admirar su rostro!

Mi alma se alejó de su templo y pude ver mi rostro. Te confieso que por mi mente cruzó la idea de buscar su rostro en Él. Lo miré, pero lo sigo anhelando aun más. Soy terco, lo sé. Pero es que busco lo glorioso del rostro del Padre algo más que una simple mirada de un mortal.

A la puerta del cielo me esperaba un ángel que me abrazó y me arropó con sus alas. Me dijo que me llevaría a la presencia del Padre. Mi corazón se lleno de júbilo y gozo al escuchar sus palabras.

Al llegar a la presencia del Padre no me atreví a mirarlo al rostro. Solo me hinque de rodillas mirando al suelo.

Él me dijo: “No temas mi hijo, contempla mi rostro.”

Al decir esto subí mi mirada lentamente y vi algo maravilloso en el rostro de mi Señor. En él, contemplé todos los rostros que había conocido en mi vida, más los que ignoraba. Comprendí que al mirar al prójimo estoy viendo a mi Señor.

Historias


Las tres mujeres de mi vida

Las veo reunidas en casa de la matriarca, mi abuela, hablando tonterías del trabajo, de la política, del color de pelo que se dieron en la semana. Yo, escuchando desde la distancia reclinada cómodamente en el sofá, acompañada por mi tío que ve entretenidamente películas de vaqueros. Las cuales lo llevan a su niñez cuando jugaba con caballos de plástico y vaqueros estáticos.

Las recuerdo allí en el comedor conversando y riendo, a mis tres antepasados. Mi abuela con su tez de color chocolate y sus cabellos blancos con tonos grises. Curiosamente los cabellos que están en su nuca, acariciando su cuello, aún guardan el color negro de su juventud como si tuvieran algo que decir. Ella un mar de historias antiguas me enseñó mis primeras letras, cuidó mis primeros pasos.

A través de sus espejuelos se pueden ver sus ojos negros. Esos ojos negros, que aunque poco vieron por haber nacido frágiles, cuidaban cada uno de mis pasos. Esos mismos ojos que con cautela guiaron sus manos para que los pasteles, que con esmero hacía, no quedaran mal. Los mismos que cautivaron a mi abuelo, los que vieron crecer a tres hijos y a cuatro nietos. Esos ojos cautivaron también a un hombre desconocido para mí. Un hombre que nunca conocí y no conoceré.

Ese hombre, que tal vez tuvo ojos negros y tez clara como la de mi madrina, robó el corazón de mi abuela en sus primeros años de madurez. Cómo fue exactamente, no lo sé. No me he atrevido a preguntar algo tan delicado. La voz de mi madre cuenta que él fue el primer amor de abuela, pero un día desapareció. Quizás el día en que supo que la hija que tuvo con su amada, murió. Creo que hubo satisfacción en su corazón al saberlo, pues nunca volvió a tratar de abrir las puertas que abuela cerró. Si de verás hubiese estado cautivado por el amor hacia ella, se hubiera quedado para amar y para compartir tesoros escondidos.

Esa hija no murió realmente como lo pintaron. Ella vive y es una gran mujer. Mi madrina, la supuesta hija muerta, trató una vez de buscar a su padre junto con mi madre, su hermana menor, pero no lo halló y decidió no buscarlo jamás. Para ella había otro padre que la crió y la cuidó. La llenó del verdadero amor paternal y le dió su apellido. Ese padre fue el verdadero amor de abuela y para madrina el hombre que conoció como su verdadero padre.

Mis abuelos se conocieron en una fiesta a la que abuela había ido, pero no fue días después que caminando por la calle se encontraron de casualidad. Desde ese momento la historia de amor de mis abuelos comenzó. Vivieron juntos por muchos años sin haberse casado. Sus hijos crecieron corriendo entre las calles del viejo San Juan y jugando a esconder entre las murallas del castillo San José. En un apartamento pequeño, pero grande para ellos, las calles de ladrillo que los vieron crecer sus primeros años los observó marcharse. El valle del Toa sería ahora su hogar. Correrían por sus calles, se educarían en sus escuelas, pasarían la noche de San Juan en sus playas.

La comida estaba lista y las tres se sirvieron regresando al lugar de su encuentro. Yo, tomé mi plato y pensé en volver a sentarme en la sala con tío, que ya estaba comiendo. Pero seguí directo al comedor, sentándome en medio de ellas. Reían, hablaban, comían y bebían. Yo las observaba como tratando de decir algo importante para ellas, pero realmente no decía nada. Era aquella niña con un carácter más calmado que se sentaba entre ellas para aprender. Que en los ojos y orgullo de aquellas tres mujeres esperaban algo grandioso de aquella niña que aún esperaba que le cantara el gallo. Aunque en realidad ningún gallo canto, pero se asomó la pubertad. El orgullo de la familia sentada frente a tres divinidades sabias en la materia de la vida y, en especial, del amor.

Sabían lo que era sufrir, ser angustiadas, engañadas, todo por el sexo opuesto. Por eso la niña allí sentada deseaba y rezaba por el verdadero amor. Sabía que algún día tocaría a su puerta. Que éste, tal vez, la haría llorar y enfurecer de coraje, pero con una sola sonrisa volvería a salir el sol. Ella era la cuarta generación y era justo que el amor no siguiera jugando con las mujeres de la familia. Madrina debe saber mucho de eso. Conoció a mi padrino en el trabajo, pero ella tan solo lo ignoraba. Padrino continuo insistiendo, la invitó a salir y madrina aceptó.

Ese fin de semana, un hombre alto se apareció en su casa buscándola. Su madre fue a buscarla al cuarto y le preguntó si esperaba a alguien. Madrina le contestó que no. Su madre le contó que afuera había un hombre alto, bien vestido, buscándola. Salió corriendo de su cuarto para ver si se trataba del mismo hombre de su trabajo. Se asomó por la ventana cuidadosamente y para su asombro era él. Cómo sabía dónde vivía ella, no lo podía imaginar. Se lo dijo a su madre y ella le aconsejó que le dijera al caballero que se fuera. Pero madrina le dijo que le dejara pasar y le informara que pronto iba a estar lista.

Madrina se unió a aquel hombre que no deseaba al principio, como a veces sucede. La vida le tenía algo destinado, algo que ella no se esperaba. A través de la dulce sonrisa de mi madrina puedes percibir el cálido amor que da a los demás. En sus ojos puedes ver la noche oscura que sus días arropa. Trayendo tristezas, dolor y desilusión. Dolor y lágrimas por sus hijos que han sido seducidos por la droga. Desilusión ante el hombre que ama. Al cual ella tanto le dio, y él le brindó traición.

Ella a pesar de todo ha sido mujer. De aquellas que dejan de pensar en ellas y se convierten en la esposa abnegada. La madre sacrificadora que trata de mover cielo y tierra para poder sacar a los suyos adelante. Esposa en su casa y solo mujer en los brazos de su amado cuando él la ama en su lecho.

La tarde se asomó y las tres mujeres habían cambiado de escenario. Tío se marchó a dormir y yo salí a jugar a la calle. Cuando volví, las vi sentadas a las tres con una taza de café en las manos observando la televisión como si estuviesen en un trance. Allí estaban las tres como un domingo normal en casa de abuela. Las tres mujeres reunidas hablando sobre el futuro de sus hijos.

Tomé un vaso con agua fría y las miré. Entre ellas estaba mi progenitora, una mujer de carácter fuerte y baja estatura. Lo que Dios no le dio de cuerpo se lo dio de carácter. Por eso es tan luchadora e impaciente con la vida. Me gusta verla tejer. Se adentra en lo que crea, tal y como si ella estuviese creando el futuro de sus dos hijos o el de ella en un manto.

Mis primeros trajes los tejió ella. Esas manos creadoras que me enseñaron, a mi hermano y a mí, a caminar. Las mismas que secaron mis lágrimas mi primer día de escuela en el colegio cuando curse el segundo grado. Las mismas que acariciaron mi piel fuertemente cuando dije algo que no era cierto o que hice mal. Las que sacrificadamente trabajaron para darnos de comer y que me enseñaron tantas cosas.

Esas manos, una vez de tantas, estuvieron junto a las de mi padre. Ellas lo amaron, lo acariciaron y lo desearon. Esas manos pequeñas y llenitas se entregaron a un hombre y fueron adornadas con una sortija de matrimonio. Pero esas manos sufrieron desolación y angustia. Se volvieron robustas y aprendieron a sobrevivir ante la dura vida que las acosaba.

Para mal de mami se le hizo cierto el dicho que dice “en cada puerto una flor”. Pues mi padre era marino mercante e hizo de los barcos su hogar. Mami, que se rindió ante el amor, esperaba paciente por el regreso de mi padre. Recuerdo que llegaba inesperadamente, entrada la noche y sin aviso. Por la mañana, al despertar mi hermano y yo, le veíamos. Nos alegraba tanto verlo.

Mi inocencia era tal que una noche, cuando mi casa se llenaba de ecos violentos, cuando la palabra divorcio retumbaba por las paredes de mi hogar. Le pedí al Señor que me diera un dolor de estómago o que ocurriera cualquier cosa para que ellos dejaran de pelear. Minutos mas tarde estábamos en la sala de emergencia por que yo me sentía mal. Pero solo calmó un poco las aguas para que luego ocurriera lo inevitable. Esas manos que un día firmaron amor, volvieron a firmar. Esta vez para la separación y para decir adiós.

Ahora que la miró no la culpo, nunca lo hice. No es una mujer fácil de llevar, pero sí fácil de amar. Tiene su carácter, su impaciencia. Pero sin papi, mami no sería la mujer de hoy. Yo no sería lo que soy. No me gusta su carácter., pero eso lo compensa su ternura y su forma de querernos. Mami no quiso nunca hablar conmigo sobre su historia de amor. La guarda en sus recuerdos bajo llave, encerrada para que nadie las mire ni vea lo que sufrió por amor. Rehizo su vida, así como papi rehizo la de él. Dos caminos unidos una vez, ahora separados para siempre. Mis procreadores viven a la distancia uno del otro. Amando, irónicamente, dos seres en común, a mi hermano y a mí.

Ahora es difícil verlas en el comedor, que una vez fue su sitio de encuentro. Cada cual con su vida ha hecho difícil esos encuentros. Pero aún hablan por teléfono muy seguido. Aún conversan del color de pelo, su recorte nuevo y de las muñecas de porcelana que compraron, aunque abuela no le gusta mucho ese tema. Pero hablan y aun me enseñan.

Con ellas continuaré mi vida. Para que ellas sean parte de la historia de la persona que en mi vientre crece ahora que somos una. Son uno nuestros sentimientos, son uno nuestras alegrías y tristezas. Somos uno en un solo cuerpo. Su historia y la mía, están ligadas. Cuando de mi cuerpo salga al mundo exterior y sea cortado el objeto de nuestra unión, mi hija comenzará su propia historia. Se convertirá en la cuarta mujer de mi vida.

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Se me cayó la aspirina

Se me cayó la aspirina

¡Ay la aspirina! Contrallada aspirina que nunca tuve, pero que necesité mucho de mi imaginación para poder entender eso de “no dejes caer la aspirina”. Te explican de una forma muy particular, cuando en la casa hay visita de personas de la edad de tu abuela, lo que significa la aspirina, dónde está, y el por qué no debes dejarla caer. Toda esa explicación parece un ritual de esos religiosos que los tienes que acatar al pie de la letra, pues de otra forma tendrás consecuencias inesperadas.

Volviendo a la aspirina. Te explican que la debes usar entre las rodilla cuando salgas con tu novio o amiguito. Esto es una estrategia para que no habrás las piernas y por entre ellas no entre nada indeseado por tu madre o tu abuela. Pero, ¡qué ironías tiene la vida! Son esos exactos momentos que tu cuerpo desea abrir las piernas y es cuando se cae la aspirina.

¿Quién iba a pensar que una aspirina sirviera para algo adicional que un dolor de cabeza? Bueno, a mi se me cayó la aspirina. No me cabe en la cabeza como se cayó algo que nunca estuvo ahí, pero así fue. Aún recuerdo los relatos de mi tía Pitusa. Ella se gozaba lo de la aspirina, lo relataba con tanta ironía. Su rostro se iluminaba y se reía a carcajadas. Para ella eso era algo cómico, pero serio a la vez. Con titi Pitusa si me gustaba hablar de la pastilla, era mas fácil hablar sobre todo con ella.

El que se me cayera la aspirina trajo consigo consecuencias. ¡Todos sabemos cuáles son esas consecuencias! Lo que se formó a causa de la caída de la pastilla y que causó tanta conmoción, ahora es el centro de atención de toda la familia, pero su anuncio no fue muy acogedor.

Habíamos planificado decírselo a mi madre, junto con mi madrina, para que ella lo tomara más calmadamente. ¡Todo salió al revés! La noticia surgió y como un volcán en erupción mi madre explotó. Llego a casa de mi suegra a reclamarme, a interrogar a mi novio, a gritar. Muchas cosas pasaron por mi mente, así como muchos deseos desesperados. Todo lo que dijo me hirió profundamente. Me sentí imposibilitada para hacer o tomar cualquier decisión. Ni siquiera una palabra salía de mi boca. Decir palabra alguna hubiera sido como echarle mas leña al fuego.

Un fuego que ardía fuerte y alimentaba el mal temperamento de mi madre. Uno que es característico de ella y que corre en mi familia, pero al parecer me brincó en la repartición de carácter. Todo aquello fue como una tormenta eléctrica. Como esas que te encuentras cuando estas de viaje y el avión esta atravesando justamente a través de ella. Esa sensación de miedo, ese no poder hacer nada. El estar sentada y no poder pararte a gritar desesperadamente.

Fue una noche horrible, lloré un mar de lágrimas deseando morir en ese instante. Quería que la tierra me tragara. Todas las cosas que se le pueden decir a una persona que te ha desilusionado, me las dijeron esa noche. Los meses que siguieron no fueron nada fácil, pues la presión de buscar casa, comprada o alquilada, me hundía en depresión. Hasta la boda fue a toda prisa. Simple, muy sencilla, con una sola persona conocida que fue nuestro padrino. La hija de la jueza fue nuestra madrina y el otro testigo fue el novio de esta. No hubo intercambio de anillos y menos personas tirando arroz al aire.

La tormenta se disipó, la calma llego y terminó mi larga espera de nueve meses. La alegría, el amor y la ternura volvieron a mi corazón. El enojo con mi madre pasó. No tanto por haberme reprochado lo ocurrido, sino por que ella pasó por lo mismo. Pensé que por lo menos ella me entendería. Pero ella, que una vez estuvo muy enojada conmigo, me acompañó toda la noche en el hospital cuando di a luz. Estábamos juntas nuevamente amándonos con el amor más puro, el de madre e hija. Amando de la misma forma a una pequeñita que dormía frente a nosotras.

Cada vez que pienso en la aspirina me dan ganas de reír. Me imagino la situación por la que deben estar pasando otras niñas que acaban de aprender la lección de la aspirina y no entienden de qué rayos les están hablando. Tal vez, tomen una aspirina del frasco y traten de caminar con ella entre las piernas por todo su cuarto para poder entender su concepto. Pero este no lo entenderán hasta que les sea contada la verdadera historia. Esa que tiene que ver con la situación de la caída de la aspirina.