Traveling / De Viajes

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El reino de los inmortales

Me encuentro de viajes en Yaweka, el reino de los Kahali, la raza de inmortales y los antagonistas de la historia de fantasía Ascensión Divina. En estas últimas semanas me he dado a la tarea de darles los toques finales a la historia, añadiendo capítulos y separando el primer libroen dos partes, que en un principio iría a la par: la 1ra será la historia contada a través de los ojos de cuatro Kahali; la 2da, de los Hüaku, los protagonistas y enemigos de los Kahali.

El desarrollo de esta historia ha sido extenso y arduo. Los personajes han exigido tener un papel mas profundo y por ende los capítulos adicionales y la reorganización de la historia completa y de mi bosquejo de ideas que influye de sobremanera al segundo libro. Así es la creación de una historia, en especial de una de fantasía.

Han habido sorpresas, no lo puedo negar, personajes que antes se hacían difícil de desarrollar ahora fluyen con naturalidad. No pasa un minuto en el día que pienso en ese personaje y visualizo cómo será la conclusión de su historia para esta primera parte. Otros como la principal, Arakoel Iyeqah, ha sido un deleite crearla. De igual forma lo ha sido desarrollar el medio ambiente donde se desenvuelven estos, que para esta primera parte del primer libro, La obsesión de un inmortal, se lleva a cabo en Yaweka, el reino de los Kahali. En solo tres ocasiones, dos de los personajes, Leqar y Nariqah, los hijos de Arakoel Iyeqah, nos llevan al reino de Vergerri, un reino en las montañas, del cual he gozado de su creación geografica y cultural, y de los vergerreses que habitan y reinan este reino.

Allí estaré hasta fin de año, pero de vez en cuando pasaré por aquí para ponerles al día. Usualmente doy anuncios de mis avances con la historia a través de mi cuenta en Twitter: AlexandraRoman, como también en mi página en Facebook: Alexandra Román de Hernández . Espero escuchar de ustedes por esas avenidas sociales. Si deseas leer un pasaje de la historia puedes visitar este link: Primer pasaje de Ascensión Divina.

Un abrazo fuerte, felices lecturas y escrituras,

Alexandra Román de Hernández

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El reino de los inmortalesI am traveling through Yaweka , the kingdom of the Kahali, race of immortals and antagonists in the fantasy story Divine Ascension. In recent weeks I have taken on the task of giving the final touches to the story, adding chapters and separating the first book, which was initially together, in two parts: the 1st is the story told through the eyes of four Kahali; the 2nd, the Hüaku,  enemies of the Kahali.

The development of this history has been long and arduous. The characters required to have a deeper role and therefore additional chapters had to be written and reorganization of the whole story and my outline became to be, which in turn greatly influences the outline of the second book. So it is the creation of a story, especially a fantasy one.

There have been surprises, I can not deny it, characters previously difficult to develop now flow naturally. There is not a minute in the day I think of that character and visualize how his or her story will conclude for the first part. Others like the main, Arakoel Iyeqah, has been a delight to create. Similarly, it has been when developing the environment, the setting for the story, in which  for this first part of the first book, The obsession of an immortal, takes place in Yaweka, the kingdom of Kahali. On only three occasions, two of the characters, Leqar and Nariqah, Arakoel Iyeqah’s children, lead us to Vergerri , a kingdom in the mountains, which I enjoyed its geographical and cultural creation, and of the Vergerres who reign this kingdom.

I’ll be there until the end of the year, but occasionally I’ll pass through here to update you. Usually I give hints of my progress with the story through my Twitter: AlexandraRoman, as also my page on Facebook: Alexandra Román de Hernández. Hope to hear from you on these social avenues.

A big hug and happy readings and writings to you,

Alexandra Román de Hernández

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Capítulo Seis: Las Puertas Carmesí, 1ra Parte

Para los capítulos anteriores, visitar la sección ‘Los Hijos de Oshmdwa

Capítulo 6

Las puertas carmesí

Primera Parte

“¡No me mire así, Senín!” Exclamó con voz baja la princesa Dinorah. Senín le miraba con angustia. El pedido de la princesa de detenerse en el monasterio, ahora se sentaba en su mente como una solución a los futuros ataques de Su Alteza. Quizás no desaparecerían, pero cualquier cosa que el Unnfrid pudiese hacer para prevenirlos o ayudar a minimizar el dolor que causaban a la princesa, serían bienvenidos. Su Alteza estaba segura que el Unnfrid no se negaría en viajar con ellos, pero Senín le arrestaría de él negarse. Algo que discutiría con la princesa Dinorah para dejarle saber su pensar, quería asegurarse que el Unnfrid supiera que no era una petición basada en buena voluntad y misericordiosa, sino una orden.

El estado en que se encontraba Dinorah le preocupaba de sobremanera, y ese era solo el primero que él experimentaba. Se le notaba no solo en sus ojos, sino también era evidente en su rostro. Cuando la princesa hizo la observación, Senín tornó su mirada hacía donde los Sarai se encontraban esperando pacientes, algunos de ellos mantenían guardia en los alrededores. Le confortaba conocer que ninguno de ellos le vio en un estado vulnerable, aunque este demostrara que tenía sentimientos. Solo aquellos cercanos a él conocían sus sentimientos, como sus sirvientes que vivían y trabajaban en su villa. No tenía familia cercana y por su estilo de vida no había tomado esposa. No había tiempo para el amor cuando su vida y su lealtad estaban enfocadas en el rey.

El amanecer estaba pronto en llegar, la princesa estuvo inconsciente por alrededor de dos horas, así que era necesario continuar. Senín miró de reojo a Nart y con un pequeño movimiento de su cabeza, le indicó que se acercará. No quería importunar a la princesa con preguntas sobre cómo se sentía, lo cual era obvio, y la mejor forma de hacerlo era a través de Alora, pero ella no se despegaba de su señora. Nart era la otra persona que se había mantenido al lado de las dos y ayudando a Alora en la atención de la princesa.

Cuando Nart se acercó, Senín le preguntó si la princesa podía continuar el camino o si debían esperar más tiempo a lo que se recuperaba por completo. Nart le sugirió que esperaran hasta que ella se hidratara un poco, Alora le había informado que hasta ese momento su debilidad no duraba mucho y recobraba sus fuerzas. Esta vez fue distinta, ya que la princesa soportó el dolor por mucho tiempo y podía ser que le tomara recuperarse.

Ante la explicación de Nart, Senín decidió esperar y no salir de inmediato. Se marchó a verificar que todo estuviese en orden, lo que confirmó al concluir su ronda. Los Sarai se notaban intranquilos y él sabía que era por su señora que estaban así. Como él, nunca la habían visto en ese estado y era impresionante ver a alguien a quien debes proteger con tu vida sufrir de esa manera y no poder hacer nada. Lo que estaba certero era que ese no sería el último, y fue mejor para todos, él incluido, haber presenciado el suceso tan temprano en su misión. Quizás de esa forma estarían más preparados a qué hacer cuando el próximo ocurriese.

Preparación era la clave para que no fallara la misión y ante lo inesperado había que tomar acción. Fue de inmediato a buscar a Berengüer, quién dialogaba con los exploradores que habían regresado al no encontrarse con el grupo en el punto acordado. A pesar de lo ocurrido el capitán de los Sarai se notaba sereno, como si no le hubiese afectado en lo absoluto. Cuando Senín se acercó, los exploradores se marcharon.

“¿Qué informan?” Preguntó Senín con seriedad.

“El camino es seguro y ha estado en desuso por años, Bńlekoh,” contestó Berengüer.

“Debemos continuar lo antes posible, goizane saldrá en varias horas y aún estamos muy cerca de Almĭdina,” hizo una corta pausa. Miró hacia donde yacía la princesa, “Ve y pregunta a la dama Alora cuándo estará la princesa en condición para continuar.”

Berengüer se acercó a Alora, estaba al lado de su señora quien aún estaba un poco pálida y no dejaba de mirar las llamas de la antorcha que habían colocado cerca de ella. Cuando Alora le miró, este con un movimiento de su cabeza le pidió que le acompañara. Alora lentamente se puso en pie y siguió a Berengüer. Se detuvieron solo a unos cuantos metros de donde la princesa estaba y quien aún permanecía a la vista. Él inmediatamente le preguntó cuándo pensaba que Lvadi estaría lista para continuar el viaje.

“Aunque está débil por el suceso, creo que podemos continuar. Su deseo es llegar lo antes posible al monasterio así tenga otro episodio aun más fuerte.” En su voz había preocupación, el deseo de confortarla vino a él.

“Le informaré a Senín, imagino que en media hora continuaremos. Le aconsejo que prepare al Lvadi para marchar. Tal vez deberíamos mantener la antorcha cerca de ella.”

“Tengo una lámpara de aceite en mi mochila que puedo mantener cerca de ella mientras cabalgamos. La luz es tenue, pero le dará sosiego.”

“Bien, no será tan evidente.” Berengüer le informó a Senín, quien de inmediato dio órdenes de prepararse para salir en media hora. La princesa aun débil montó en su caballo, tomaron la misma posición de antes y marcharon de inmediato. Senín miraba hacia atrás de vez en cuando para observar el estado de la princesa quien se mantenía cerca de la luz que nacía de la lámpara.

Una hora más tarde llegaron al lugar donde se suponía se encontraran con los exploradores, quienes ya habían marchado a toda prisa al segundo lugar de encuentro. Fue entonces, que Senín decidió aligerar el paso para poder recuperar el tiempo perdido. El sendero estaba marcado por los años de uso que había destrozado todo tipo de naturaleza, quien a paso lento se apoderaba de él disminuyendo su anchura. Entre la cúpula de los árboles los pájaros comenzaban a despertar, el cielo comenzaba a cambiar de color al este mientras que en el oeste aún permanecía el color oscuro de la noche.

Aquel que deseara hacer los rezos de goizane debería hacerlo mientras cabalgaban. Senín no estaba dispuesto a detenerse no hasta el medio día para darles descanso a los caballos y tomar alimento. Solo esperaba que la princesa pudiera soportar la travesía. Miró nuevamente hacia donde estaba ella, quien miraba aun la tenue luz de la lámpara a su lado. La dama Alora hacía lo imposible por mantenerla estable, quizás debía bajar la velocidad por lo menos hasta que el sol saliera por completo, no fuera que la lámpara se le cayera y tuvieran que detenerse por otro ataque de la princesa.

De la nada un silbido se escuchó seguido por el gemir de uno de los Sarai que cayó al suelo. Un segundo silbido, seguido por el grito de dolor de otro de los Sarai. “¡Estamos bajo ataque!” Se escuchó a otro gritar. Senín aún no conocía sus nombres y no sabía quién de ellos les advertía o quien había caído al suelo o el que estaba herido quien sujetaba fuertemente las riendas de su caballo. Una docena de flechas comenzó a caer sobre ellos hiriendo a varios de los Sarai. Senín tornó hacia el bosque para sacar a la princesa y a los Sarai de la vulnerabilidad del camino y tener mejor protección bajo las sombras de los árboles. Cabalgaban a toda prisa y minutos más tardes Aigmund gritó, “Están detrás de nosotros”.

“¿A cuántos metros?” Escuchó a Berengüer preguntar quien se había colocado detrás de la princesa y la dama Alora, junto con otros tres de los Sarai. Mientras él se mantenía al frente.

“¡Cien!” Respondió Aigmund, su segundo al mando.

“Nart, continúa con la princesa y cinco de los Sarai hacía el punto de encuentro. Aigmund, tú y los cinco a tu izquierda conmigo. Berengüer, atacarás por el frente con el resto.”

Berengüer tornó su caballo junto con los Sarai a enfrentar a sus atacantes. Senín dejó que Nart y sus acompañantes se le adelantarán, mientras él se quedaba a su retaguardia. Minutos más tarde el sonido de espadas rozándose retumbó como un eco sobre las montañas. Luego de haber recorrido varios metros, Senín tornó hacia la izquierda adentrándose mas al bosque, Aigmund y los suyos le seguían de cerca. Continúo así por varios minutos para luego volver a doblar a la izquierda. Los sonidos de espadas danzando una con la otra se escuchaba a cada trote más cercano a ellos. Senín estaba concentrado en lo que debía realizar, no sabía el número de sus atacantes algo que no le preocupaba. Sacó su espada de la vaina, los demás imitaron su gesto. Dobló nuevamente a la izquierda, su respirar era lento, todos sus sentidos activos.

Los atacantes les superaban dos a uno, pudo ver desde la distancia. Los Sarai de Berengüer, unos a caballo y otros desmontados, luchaban arduamente. Los atacantes vestían una cota de malla sobre una chaqueta de cuero, algunos peleaban con hachas y otros con espadas largas. Varios aun llevaban en sus espaldas sus arcos. Los Sarai tenían ventajas sobre ellos aunque su número fuera mayor, lo que apaciguo a Senín. No podía distinguir si eran ladrones o mercenarios pagados, pero de sobrevivir alguno de ellos lo averiguaría.

No tuvo que esperar demasiado para tomar parte del ataque, a varios metros del lugar de ataque avanzó rápidamente para envestirlos con su caballo. Así fue, no le esperaban y varios de los atacantes cayeron al suelo bajo las herraduras de los corceles. Su espada chocó con gran fuerza sobre otra que le recibió con resistencia. Dio una vuelta y dejó que el acero se encontrara con el de su enemigo nuevamente. Su superioridad era evidente, su enemigo cayó al suelo luego que su espada se enterrara en sus entrañas.

Con su acero ensangrentado buscó a su próximo contendiente quien no lo hizo esperar. Igual que el anterior, este cayó al suelo con una de sus extremidades a varios pies de su cuerpo inmóvil sucumbido por una herida al pecho. Las manos de Senín se tornaron rojas carmesí, se podía oler el aroma a sangre y sudor por todas partes. Varios de los Sarai estaban heridos, pero la mayoría de los atacantes yacían muertos en el suelo. Solo varios de ellos montaron nuevamente en sus caballos y retrocedieron adentrándose en las fauces del bosque que era bañado por la luz del amanecer. El goizané se hizo esta mañana con el cantar de las espadas, pensaba para sí Senín quien encontraba ese cantar dulce al paladar.

Senín no permitió a los Sarai que marcharan tras los pocos atacantes que lograron escapar. Más trató de interrogar a los que estaban heridos sin obtener respuesta, estos murieron por sus heridas. Buscaron entre sus pertenencias, pero sin hallar nada que les diera una idea de dónde venían. Aigmund se acercó y dijo, “Reconozco el rostro de uno de ellos, le he visto en el palacio de Almĭdina.”

“¿Estás seguro?”

“Sí.”

“Alguien de palacio aviso de nuestra salida. Monten que este pudo ser una distracción para alejarnos de la princesa.”

“Los cuerpos, Lvadi.”

“Monten los de los Sarai caídos, por los otros no podemos hacer nada.”

Salieron a toda prisa luego de montar a los tres Sarai caídos. Senín esperaba que Nart pudiera alcanzar el punto de encuentro sin disturbios con la princesa. Su mente se llenaba de interrogantes. ¿Quién había enviado a esos hombres a atacarles? ¿Por qué deseaban muerta a la princesa? Por el tipo de ataque era evidente que no le deseaban viva, los hombres que habían enviado no eran disciplinados de otra no hubiesen atacado de inmediato con una docena de flechas. Las preguntas quedarían sin respuestas, por ahora la seguridad de la princesa era su prioridad y debía alcanzar al grupo lo antes posible. No solo para asegurarse de que estaban bien, sino también para atender las heridas de los Sarai y tomar una nueva estrategia.

Pronto la Segunda Parte del Capítulo Seis…

Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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Capítulo Cinco: En ruta Parte III

Para el significado de palabras visitar el glosario

Capítulo Cinco

En Ruta

3ra Parte

En palacio, luego de concluida sus oraciones, la princesa envió a llamar al mayordomo del palacio para darles las instrucciones a seguir, una vez salga del palacio. Le indicó que su bandera debía permanecer en el asta al menos una semana; las audiencias estaban canceladas hasta nuevo aviso; y nadie debía saber que ella había abandonado el palacio, no al menos pasada el tiempo previsto cuando tenía permiso de bajar su bandera. Sobre los mercaderes encarcelados, les podía dar su libertad una vez su sentencia estuviese finalizada. Sus visitas debían estar supervisadas en todo momento y solo sus esposas tenían el permiso de verles, de haber alguna objeción a sus órdenes quedarían suspendidas. Sobre el Marqués Wrikam, añadió, “Si su señoría nos enaltece con su visita, le indicará que estoy indispuesta y se le dará previo aviso cuando pueda pasar para una audiencia. Saldré mañana en la tarde y durante todo este tiempo le pediré no nos moleste, Alora se encargará de todo lo demás.”

“Por supuesto, Su Alteza,” contestó con una reverencia, pero había algo en él que no era de confiar. De todas formas, Dinorah se aseguró que no supiera que saldrían antes, por si su inesperada salida del palacio, de algún modo, llegaba a oídos de sus enemigos.  Al terminar, le pidió se marchara lo que el mayordomo hizo de inmediato. Por su parte, Dinorah se retiró a su recámara para descansar y luego prepararse para su viaje.

Dos horas antes de la media noche, los Sarai esperaban a la princesa y a la dama Alora a la entrada del túnel. El sótano del palacio era lo suficientemente espacioso como para que los veintiséis, de treinta soldados que componían los Sarai, cupieran junto con sus caballos. Los otros cuatro restantes, que cuidaban del túnel, les acompañarían según fueran pasando los puestos. Senín entró al sótano y se dio cuenta que la princesa no había llegado aún, se acercó a Berengüer y le inquirió por ella. El capitán de los Sarai le contestó que ya le había enviado un mensaje de que estaban listos para ella, y la princesa avisó que no le faltaba mucho. Así fue, minutos más tarde ella entró vestida con sus atuendos de cabalgar. Su indumentaria era toda en seda con embrocados en oro y plata y de diferentes tonalidades de azul. Llevaba pantalones anchos y botas de cuero; un chaleco de seda con los mismos detalles de su pantalón ceñido a la cintura por un paño en organza dorado y dentro llevaba una camisa de chiffon. Su cabello estaba recogido por una especie de redecilla en organza con detalles en perlas color crema. Su dama de compañía vestía un similar atuendo, pero de color púrpura. El Bńelekoh Tekuh sonrió al verla, pues ella le dio una mirada como preguntando si él aprobaba de su indumentaria.

Berengüer se acercó a ella y le entregó una espada que estaba guardada en una vaina dorada, la cual ella colocó en su cintura. El capitán de los Sarai se acercó a Alora y con suma timidez, que no permitió se notara,  le entregó la espada de ella. Alora le sonrió dulcemente y en su cintura amarró el cinturón de su espada. La princesa fue ayudada por Aigmund a subir a su corcel, mientras que Berengüer asistió a Alora. Le ofreció su mano para ayudarla a montar, la cual ella aceptó entregándole la suya. Berengüer respetuosa y suavemente apretó la mano de Alora. Ella abrumada por lo sucedido, montó rápidamente y cortó con el contacto táctil entre ambos. Le agradeció su asistencia sin mirarle a los ojos. Su respiración era rápida, y nerviosa se puso sus guantes.

Berengüer asintió con la cabeza al agradecimiento de Alora y se marchó a montar su caballo un poco confundido con lo ocurrido. Tal vez, pensaba, fue un atrevimiento de mi parte. Los sentimientos que en su corazón se anidaron al sentir el calor de sus manos en las suyas, alivió todo sentido de culpa. Dibujó en su rostro la silueta de una sonrisa mientras montaba su caballo, satisfecho con su osadía. No sabía cómo interpretar la reacción de la dama que era dueña de sus sentimientos, pero estaba seguro que la misión a la que se adentraban le ayudaría a acercarse más a ella. Hasta quizás conocer si sus sentimientos eran recíprocos.

Senín dio la orden de salida y se adentraron al túnel, los últimos soldados se encargaron de cerrar las puertas. Por alrededor de dos horas estuvieron en el vientre del túnel, ya que eran un grupo grande. Se encargaron de cerrar los dos puestos y recoger los soldados que los guardaban. Al salir, el cielo estrellado les dio la bienvenida a una oscuridad perpetua. Los exploradores se adelantaron y regresaron minutos más tarde para informar que todo estaba seguro. Nuevamente desaparecieron en la oscuridad para adelantarse y verificar la ruta indicada por Senín.

El grupo comenzó su marcha, adentrándose en un bosque cercano al lugar y en dirección noroeste por donde colindarían con el monasterio Éwärd. La oscuridad que los arropaba era abrumadora para Dinorah, quien en su alma sentía una sensación extraña de alivio y conformidad. Mientras más se adentraban en el camino que demostraba años de desuso por sus parchos de grama aquí y allá, y rodeado por grandes y frondosos árboles centenarios, todo poco a poco a su alrededor se tornaba más angosto. Deseaba sentir la iluminación de la sencillez de la flama de una vela, pero para no llamar la atención de indeseados ojos, no habían encendido ningún farol por el momento hasta estar a una distancia segura de Almĭdina.

Había pasado una hora desde que salieron del túnel, y Dinorah sentía como su pecho se contraía a cada minuto hasta no soportar más. El dolor penetró todos sus sentidos y la oscuridad la abatía. El camino ante sus ojos se movía de un lado a otro y se le hacía difícil mantener el balance sobre su caballo. Con suma dificultad y gran determinación de su parte, con un suspiro que tenía rastro de una voz clamando auxilio, pronunció el nombre de su dama de compañía. Esta que estaba cerca de ella, pero no se había percatado del estado de su señora pensando en lo ocurrido entre ella y Berengüer, abrió los ojos en espanto al verla y exclamó a Senín con todas sus fuerzas.

Senín detuvo la caravana inmediatamente para ver cuál era la conmoción, y al ver el estado de la princesa miró atribulado a Alora. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer, pues conocía que lo que le ocurría a Dinorah no era nada que con la espada pudiera, por el momento, resolver. Alora le pidió que la bajaran del caballo y la acostarán. Así lo hicieron, mientras ella buscó dentro de su mochila una vela que pidió la encendieran de inmediato y la colocarán donde la luz tocará el rostro de la princesa. Berengüer tomó la iniciativa y encendió la vela. A Dinorah la colocaron sobre una cama de grama que crecía entre la protuberancia de una raíz inmensa. Alora se acercó a ella y comenzó a susurrar la Iluminaria en su oído.

Dinorah al ver la luz clavó su mirada en ella y dejó que todos sus sentidos se inundarán en su claridad, mientras repetía como podía en su mente la oración susurrada a su oído. Poco a poco todo su ser se fue perdiendo en la luz, hasta que perdió el conocimiento.

El capítulo seis, “La puerta carmesí”, será entregada el 2 de agosto.

Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohíbe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.



 

Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Tercera Parte

Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Tercera Parte

“DOS DE LOS Sarai, estarán a quinientos metros de aquí. Deben estar esperando, pues el sistema de alerta al primer puesto les debe haber avisado,” comentó Berengüer a Senín.

Este asintió con su cabeza al comentario de Berengüer. Continuaron la marcha sin detenerse y con cautela. Quince minutos más tarde se toparon con el primer puesto. Allí se divisó a dos caballeros vestidos con los uniformes de los Sarai, que al reconocer a su capitán, le saludaron y abrieron de par en par las rejas de hierro que protegían el puesto. Inmediatamente uno de ellos hizo sonar un cuerno. El sonido viajo fuertemente por todo el túnel, y segundos más tarde este fue contestado por los guardias del segundo puesto. Ambos sonidos eran de igual harmonía, esto para identificar a los que viajaban por el túnel. De haber sido una emergencia, el sonido hubiese sonado agudo como el de una trompeta fuera de tono y en respuesta, se hubiese escuchado el fuerte retumbar de tambores por todo el túnel. Significaba que el mensaje había sido recibido y que la ayuda vendría pronto.

Los cuatro jinetes pasaron la entrada sin detenerse o decir palabra alguna a los caballeros del Sarai. Tallado en la roca, a ambos lados de la verja, habían dos cuartos. Uno con todas las comodidades que necesitaban para descansar y comer; la otra con lo necesario para defender el puesto. Los Sarai hicieron su reverencia a Berengüer, pero al ver a Senín cayeron de rodillas al suelo. Estaban atónitos, pues no esperaban ver al Caballero del Rey. Al levantarse del suelo, luego de que pasara Senín, mantuvieron la mirada fija en la espalda de su superior hasta perderse en la oscuridad nuevamente.

Continuaron cabalgando lentamente por alrededor de quince minutos, sin escuchar otro ruido más que el resonar de las herraduras de sus caballos al chocar con el suelo rocoso. La temperatura en el túnel no era calurosa, sino fresca. Canales de agua corrían paralelos a este, para contrarrestar las temperaturas de la superficie. Ventiladores de aire ayudaban a filtrar aire fresco, y otros a que aire caliente saliera a la superficie. Había sido diseñado así, pensando en los múltiples usos que se le podía dar. A mitad de este, donde se encontraba el segundo puesto de soldados, había unas cámaras grandes que podían servir de residencia para la familia real en caso de alguna emergencia.

Para Berengüer, que se encargaba de verificar que todo estuviese en orden en el túnel y asignaba a los soldados sus puestos y les entregaba las provisiones necesarias para su estadía allí, no dejaba de asombrarse de lo ameno que era estar en aquel lugar. Antes de ser capitán le tocó proteger el segundo puesto. Había pensado que sería difícil vivir bajo tierra por alrededor de una semana, y aunque perdió la noción del tiempo, no fue una experiencia espantosa que le marcara para el resto de su vida. Su contacto con la humanidad era mínimo, salve a aquellos con los que se encontraba, lo que le hacía sentir como si estuviese en un monasterio de claustro.  Fue paz y tranquilidad lo que esa semana vivió, lo que le ayudó a poner en orden ciertas cosas en su vida a las que necesitaba meditar. Cuando regresó nuevamente a Almĭdina, ya era capitán y no estaba obligado a quedarse en el túnel, aunque hubiese deseado lo contrario. Tal vez, al haber puesto en paz lo que le atormentaba, ya no era necesario estar escondido allí. 

Sonriente acarició la melena de Bronwen, quien cabalgaba con serenidad como si la tenue oscuridad no le molestara. De inmediato vio un brillo, no más grande que un punto en la distancia y rodeado de oscuridad. Aquel era la antorcha del segundo puesto, al que llegarían en diez minutos. Desde allí les quedaba alrededor de otra media hora más para salir del túnel y llegar al palacio. Al cual entrarían a través del sótano que quedaba justamente en el ala sur.

En el segundo puesto se encontraban dos rejas del mismo estilo que las primeras, los soldados a cargo de este las abrieron para dejar pasar a los visitantes. Tal y como los primeros soldados, hicieron sus reverencias y al ver a Senín, cayeron de rodillas y se quedaron igualmente impresionados. No esperaban verle por esos rumbos y menos acompañado de los Sarai.

Al llegar al sótano, un caballero de los Sarai les abrió las puertas de bronce que servían de entrada. Berengüer desmontó su caballo, y dijo a uno de los Sarai que se encontraba en el sótano, “Avísale a la Dama Alora, que he llegado.”

El Sarai salió a toda prisa, luego de hacer una reverencia a su capitán. Berengüer se acercó a Senín y le dijo, “¿Algo en particular que desee, mi Señor?”

Senín tomó una copa, la lleno con agua de un jarro que estaba sobre la mesa donde jugaban cartas los Sarai, y tomó para saciar su sed; luego contestó a Berengüer, “Por ahora, no. Ve y haz como te indique. Nart, ve con ellos, asegúrate de que nadie más te vea, excepto por los Sarai.”

“Sí, Señor,” con una reverencia partieron los tres Sarai y Nart hacia el edificio adjunto a los establos reales, que servía de vivienda para los Sarai y los Tekuh cuando estaban de visita.

Al pasar alrededor de diez minutos, Alora se apareció en el sótano acompañada por el Sarai que la fue a buscar. Sin demora, dijo, “He dado órdenes para que despejen los pasillos inmediatamente. Nadie se dará cuenta de su presencia. La princesa le espera, sígame,” y sin dar más explicación, se fue al frente para dirigir a Senín.

El ala sur del castillo estaba reservada para visitantes y acompañantes de la familia real, en su estadía en la ciudad o eventos especiales. En esos momentos no había nadie, pero los sirvientes mantenían los cuartos en condiciones excepcionales. La recámara de la princesa, así como la de la familia real, quedaban justo en el centro del palacio, que corrían desde el segundo hasta el cuarto piso; el de Dinorah estaba ubicado en el segundo.

Alora caminaba a toda prisa, Senín mantenía el paso, tratando de hacer el menos ruido posible. Al llegar, Alora le pidió que aguardará allí para anunciarle. Senín encontró la formalidad un poco fuera de lugar debido a la situación, pero como era el protocolo, no sé quejo. Alora desapareció tras la puerta. El Sarai que los acompañaba y quien buscó a la dama Alora, miraba de reojo a Senín sin decir palabra alguna, intimidado por su presencia. Alora reapareció varios minutos después tras la puerta, le pidió a Senín que pasará, y al Sarai dijo, “Mantén guardia aquí hasta que se te indique lo contrario. Nadie entra a la recámara sin ser anunciado antes. ¿Entendido?”

El Sarai asintió con su cabeza y se colocó frente a la puerta. Alora la cerró tras de ella y condujo a Senín hasta la antesala de la recámara de la princesa. Sentada en un sillón estaba Dinorah, vestida con un camisón color lavanda, y por encima de este tenía una bata de satín del mismo color. Velas alumbraban tenuemente la antesala; el fuego de una fogata le daba calidez. Senín no había visto a la princesa por varios años, le recordaba como una joven de singular belleza y sabiduría, muy rara para alguien de su edad. Ahora frente a él encontraba una mujer, más bella, pero de mirada cansada y llena de preocupación. De seguro se debía a las responsabilidades que había tomado como representante del rey en los asuntos del reino. Desde que salió del monasterio, que fue su escuela desde su niñez, se había dedicado a ayudar a su reino como fuera posible, pero en especial a su hermano. Ambos se querían mucho y velaban del uno y el otro con gran recelo.

Senín se acercó a la princesa, una vez frente a ella dobló su rodilla izquierda, colocó su mano derecha sobre su pecho y el puño de su izquierda sobre el suelo, y dijo, “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

“De pie, Bńlekoh Tekuh Senín,” le ordenó Dinorah con suave voz pero a la vez autoritaria.

Senín se puso en pie, y preguntó, “¿A qué se debe que, Lvadi, cite al servidor del rey?”

Dinorah le miró seriamente y contestó, “La noticia de que el rey ha muerto, pero más aún que esta no haya sido revelada.”

Senín conocía lo que la princesa le decía, pues Berengüer le había puesto al tanto. Le interrogaba, porque deseaba estudiar las expresiones que se dibujaban en su rostro frente a las preguntas que él formulaba. Deseaba saber si decía la verdad o mentía y si algo escondía.

“¿Cómo está, Lvadi, segura de esto?” Preguntó Senín con expresión seria.

“No solo ha llegado a mis oídos la confirmación de mis sospechas,” entonces, hizo una pausa y trago. Su mirada se desvió hacia una vela a su lado y parecía perderse en las llamas que consumían la mecha que le alimentaba. Volvió su mirada a Senín, y continúo, “Un dolor insoportable me despertó esta madrugada, se sentía como si estuviesen enterrando un alfiler en mi corazón,” hizo una pausa, pues no deseaba continuar narrando su agonía. No eran necesario las palabras, para que él supiera de lo que se trataba, de eso se aseguró al entregarle la pulsera.

Continúo, “Nabwh, Senín! Ya han pasado tres días desde la muerte de mi hermano y necesito que me lleve a Karmiérz lo antes posible. Usted, como Bńlekoh Tekuh sabe lo que esto significa para el reino de Argia y para la sobrevivencia de nuestra raza.”

Senín no respondió de inmediato, más se quedo pensativo. La princesa se notaba preocupada y nerviosa, no pudo terminar su relato de lo ocurrido esa madrugada. Independientemente de lo que ella le dijera, él tenía que hacer algo más para asegurarse de que era verdad lo que decía. Se acercó a Dinorah, y mirándole directamente a los ojos, le dijo, “Usted, Lvadi, sabe bien lo que hay que hacer. Necesito pruebas del Nabwh, no hay otra forma.”

La princesa respiró profundamente, y poniéndose en pie, contestó, “Bien, no esperaba menos de usted.”

Senín abrió su boca para dejar escapar sus órdenes a la princesa, pero su mirada se cruzó con la de ella. Sus ojos eran cautivadores e hipnotizaban a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino. Eran verdes con tonalidades azulosas y era verdad lo que decían, que en ellos se escondía serenidad y paz. Cerró sus ojos por unos instantes para concentrarse en lo que debía hacer. Con nuevas fuerzas y concentrado, miró nuevamente a la princesa a los ojos. Aunque se sentía atraído por lo que ellos ofrecían, no se dejo tentar y dijo con autoridad, “Necesito que me enseñé la marca.”

“¡Lvadi!” Exclamó Alora.

Dinorah se tornó hacia ella, y con serena voz, dijo, “Es necesario, Alora.”

Puso su mano derecha sobre su pecho, justo encima de su corazón y deslizó suavemente la bata y la manga de su camisón por encima de su hombro hasta develarlo. El acto lo hizo con suma delicadeza para no mostrar más de lo que debía. Mientras lo hacía un escalofrío corrió por todo su cuerpo, pero se mantuvo serena y dispuesta hacer su deber. Se detuvo justo al comienzo de su seno, protegiendo que el resto con su mano. Allí Senín, pudo ver lo que buscaba, una marca negra del tamaño de un diminuto guijarro. Entonces, dijo a Alora, “Traiga un paño mojado en agua.”

Alora se retiró a la recámara de la princesa donde tenía una jarra con agua y en ella mojo un pedazo de tela que sacó del cuarto de aseo. Se lo entregó en las manos a Senín, y se quedó a su lado, mirándole seriamente. Senín hizo caso omiso de la penetrante mirada de Alora, y dijo a la princesa, “Discúlpeme por el atrevimiento.”

“No hay por qué,” contestó ella deseando que ya acabara todo, pero sin quitarle la mirada de encima.

Senín con sumo cuidado rozó el paño humedecido sobre la marca que estaba en la sedosa y pálida piel de la princesa. Lo paso varias veces, asegurándose que esta no fuera tinta negra. Desistió luego de varios segundos, y dijo, “Bien, es genuina. Pero, hay otra prueba que hacer.”

“Diga cuál es,” dijo mientras regresaba su bata a su lugar.

“Pídale, primero a su dama que nos deje solos.”

“No se preocupe por ella, sabe todo y esta tan preparada para esto como yo.”

“Bien,” contestó Senín.

“Alora, necesito que se pare encima de la mesa y aguante sobre la cabeza de la princesa ese candelabro.”

Senín ayudó a Alora a pararse sobre una pequeña mesa de madera, y le dio a aguantar un candelabro de plata con cinco velas blancas largas y delgadas. Cuando se aseguró de que Alora no se iba a caer de la mesa, y que esta era lo suficientemente fuerte como para aguantar su peso; dijo,”Necesito que sujete el candelabro sin hacer ningún tipo de movimiento. Usted, Lvadi, despójese de su vestimenta. Le prometo ser todo un caballero y no miraré más que a sus pies. Mientras hace esto, le daré la espalda.”

Alora iba a protestar, pero la mirada autoritaria de la princesa la detuvo. Así que no hizo más que obedecer las instrucciones que le dio Senín. Dinorah asintió con su cabeza para dejarle saber a Senín que estaba lista para despojarse de su atuendo. Él se viro, y con rapidez Dinorah se quitó su bata y camisón. Ambos cayeron al suelo y con su pie los empujo a un lado.

“Estoy lista,” aviso Dinorah quien respiraba pausadamente por pudor a lo que ocurría.

Con sutileza y cabeza baja y con la mirada clavada en el suelo, Senín se torno hacia donde estaba la princesa. Sus pies eran pequeños y delicados, en ellos se notaba su rango, pues se veían sedosos y bien cuidados.

“Alce más alto el candelabro,” indicó a Alora, quien inmediatamente lo hizo.

Caminó lentamente, dándole la vuelta y fue allí que encontró lo que buscaba. Una pequeña sombra nacía de los talones de la princesa. Senín cerró sus ojos y suspiró ante su oscuro descubrimiento, pues los cuerpos de los argianos no crean sombras al ser iluminados. Las profecías comenzarían a realizarse y una sombra arroparía al reino, si él no ponía fin a lo que acontecía en el interior de la princesa.

La rodilla izquierda de Senín se dobló y unísono con su puño izquierdo, tocó el suelo. Con su mano derecha sobre su pecho, exclamó, “Li Jahivé fridu, LTekuh Dinorah, mi espada es su espada, mi vida le pertenece, así como  mi lealtad. Le juró obediencia y le protegeré hasta el último soplo de mi vida.”

Al escuchar estas palabras, una lágrima corrió por su mejilla. Se quedó inmóvil por unos segundos. LTekuh pensaba para sí. Con la mirada le indicó a Alora que se bajara de la mesa y la ayudara a vestir. Ella lo hizo inmediatamente, y una vez vestida, dijo a Senín, “De pie, Bńlekoh LTekuh Senín, que hay mucho por hacer y el tiempo es nuestro enemigo.    

 

El quinto capítulo será entregado el 22 de junio de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Segunda Parte

Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Segunda Parte

CABALGABAN A TODA prisa, Senín; Nart, su sirviente y quién era también su escudero; y los Sarai Richari, Berengüer y Aigmund. Habían salido de la villa de Senín entrada la tarde e iban a toda prisa para llegar lo antes posible al palacio donde les esperaba ansiosa la princesa Dinorah. En el horizonte, el cielo anunciaba al mundo el fin del día y la llegada de la noche con su cambio de color. Miles de pájaros tomaban refugio en los árboles para descansar, mientras que los grillos comenzaban a escucharse escondidos tras las pequeñas rocas del camino, como también en las altas y verdosas malezas.

Los jinetes ignoraban todo lo que a su alrededor ocurría, concentrados en llegar a Almĭdina. Berengüer cabalgaba detrás de Senín, no se atrevía a hacerlo a su lado y menos a pasarle. Para él lo correcto era mantenerse detrás del Caballero del Rey, pues era de más alto rango. Esta era una rara oportunidad para el capitán de los Sarai, quién nunca se imaginó tener una misión en la que le tocará trabajar con el Bńlekoh Tekuh, por más sencilla que esta fuera. Realmente no lo era, pues la princesa recurrió a buscarle tras conocer la muerte insólita de su hermano. Berengüer sonrió, no de placer por lo que al rey le había ocurrido, sino porque estaba seguro que pasaría más tiempo con Senín. Esto le daría la oportunidad de estudiarlo y aprender más de él. No había duda alguna que trabajarían de cerca, pues él era el capitán de los Sarai, y por lo tanto, Senín confiaría sus decisiones a él y todos sus mandatos. Hasta, tal vez, recurriría a él para que expusiera su opinión sobre cualquier situación o decisión.

            Lo que estaba aún vivo en la mente de Berengüer, un dato de conocimiento común, era que el Caballero del Rey no había asignado a su sucesor. Dada las circunstancias, Senín se vería obligado a escoger de entre los Sarai, ya que el rey estaba muerto y la princesa era ahora su señora y ama. De seguro, pensaba Berengüer, Su Alteza Real le pediría escogiera de entre los suyos, pues les conocía y confiaba en ellos. Por tal, él sentía que su posición como capitán le daba ventaja entre los demás. De igual forma, la Princesa podía no involucrarse, y dejar a Senín tomar la decisión por sí solo. Nunca un monarca se había interpuesto en la decisión del Bńlekoh Tekuh, con la excepción del Tekuh Nüahosé quién proclamó a su hijo menor. La decisión tomó a todos por sorpresa, pero al Bńlekoh Tekuh de esa época no le costó más remedio que obedecer. Su gran sabiduría la pasó al joven príncipe, y este se convirtió en un gran Caballero del Rey. Al momento de tomar su sucesor hizo caso omiso de su hermano, quien deseaba hacer lo mismo que hizo su padre y declarar a su hijo menor como el próximo Caballero del Rey. El joven príncipe se negó rotundamente, y tomó su propio sucesor, al ver que su sobrino no tenía las características necesarias para tomar ese cargo de gran importancia.

            Miles de soldados han deseado solo ser parte de los Tekuh Richari, por tener, aunque fuese una mínima, la posibilidad de ser escogidos a tan honorable puesto en el reino. Ese era el deseo de Berengüer, pero el destino le corto su sueño haciéndolo parte de los Richari. Su desilusión paso rápido, pues los años que lleva al servicio de la princesa le han enseñado mucho. Ha conocido el reino completo de Argia, pues ha viajado con la princesa a todas partes, hasta las ciudades más recónditas como lo era ŃohdWrg, situada al noreste y al sur de las montañas Shdwk Otr. Un pueblo dedicado a la siembra, de gente sencilla y no influenciada por las civilizaciones en el corazón del reino. De vez en cuando, habían sido atacados por los oshmdwans en las sombras de la noche, y por tal razón, la princesa les fue a visitar numerosas veces.

            Para defender sus hogares y fincas, la princesa encargó a Berengüer a hacerse cargo de la  construcción de un fuerte que fuera capaz de servir de protección a los ciudadanos de ŃohdWrg. Fue esta su primera misión, la cual le tomó un período de tres años completar a la satisfacción de la princesa. Este se extendía a lo largo, cubriendo la entrada desde Argia, hasta colindar con las montañas Shdwk Otr, que sirven de frontera con el reino de Oshmdwa. Para llevar a cabo tan codiciosa obra, Berengüer buscó al mejor de los arquitectos del reino con quien trabajó de cerca en el proyecto. La princesa quedó satisfecha, al igual que el rey, quien visitó el fuerte y le dio por nombre Lbartnep, el impenetrable. Desde entonces, Dinorah ha mantenido a Berngüer cerca, pues hasta ese momento él no le había fallado.

            Sí, los Sarai eran una gran escuela para el que ahora era su capitán. Aunque no ha visto muchas batallas, ha podido servir a su reino de una forma diferente y digna. Se había ganado el respeto de sus compañeros, como aquellos que eran parte de los Tekuh y los que servían en la milicia alrededor del reino. Todos conocían su nombre y sus atributos, algo que lo enorgullecía.

            Mientras pensaba en todas las cosas que había logrado, la silueta de Almĭdina comenzó a divisarse a la distancia. En esos momentos Senín disminuyó la velocidad de manera que los caballos trotaran, y con voz fuerte llamó a Berengüer. Este se acercó al Caballero del Rey, asegurándose que la cabeza de Bronwen no pasara la del caballo de Senín. Con sumo respeto, le miró y dijo, “Mi señor.”

            Al decir esto miró a Senín, estaba calmado como si fuese a entrar en una misión de rutina. Miraba a la silueta de Almĭdina, que lentamente se engrandecía mientras más se acercaban a la ciudad. Senín cambió su mirada hacia Berengüer, quien le miraba con atención en la espera de lo que tenía que decir.

            “Dígame, Capitán, ¿qué ocurre en la ciudad? ¿Por qué la princesa aún permanece allí?”

            “Los asuntos que la trajeron a la ciudad se complicaron, mi Señor. El marqués Wrikam estaba a cargo de resolverlos, pero sin resultado alguno, así que la princesa tuvo que intervenir.”

Entonces, Berengüer le narró los hechos del encarcelamiento de los mercaderes, y los actos sospechosos del marqués. Lo que obvio, fue su viaje a Karmiérz.

“El marqués siempre ha actuado de forma sospechosa. Todo lo que hace, lo lleva a cabo para mejorar su estatus social, como si su familia no fuera lo suficientemente pudiente y poderosa. Más se le subió a la cabeza el poder cuando su cuñada se convirtió en nuestra reina. Desde, entonces, se cree dueño de la ciudad,” el capitán calló, pues se dio cuenta que sus comentarios estuvieron fuera de lugar, al ver la mirada seria de Senín.

Este, dijo, “Tienes razón, la intervención de la reina ha hecho que él mantenga su estatus y poder.”

Berengüer se sintió aliviado al escuchar el comentario de Senín, quien de inmediato le hizo otra pregunta.

“¿Hay algo más?”

El capitán de los Sarai le miró con interrogación, tratando de obviar el asunto. Senín, dijo, “Habla, por qué no estoy para que me tengan en tinieblas. Ocurre algo grave en el reino, y sé que tú conoces lo que pasa. Si no supieras nada, he incluyo a tu acompañante, hubiesen sido otros los que me hubieran buscado. Ahora, cuéntame lo que ocurre.”

Berengüer se quedó atónito ante las palabras del Caballero del Rey, hasta sentía vergüenza por tratar de esconder cosas de él. Mantuvo silencio, pues no sabía si era prudente decirle lo que sabía. Ninguna de las órdenes que le dio la princesa, le obligaba a mantener oculto de Senín lo que conocía. Al fin y al cabo, todo lo que hasta el momento había hecho fue en secreto para que nadie se diese cuenta de los movimientos de la princesa y sus sospechas. Conociendo a su señora, sabía que esta no se opondría a que él pusiera al tanto de los eventos a Senín. Por tal razón, no había nada que temer, pues no estaba hiendo en contra de las órdenes de la princesa Dinorah.

“¡Es una orden, capitán!” Exclamó Senín.

Berengüer salió de su concentración, y contestó a su comandante, “Sí, señor, discúlpeme.”

De inmediato le puso al tanto de todo lo acontecido, sin omitir detalle alguno. Le narró cuando la dama Alora fue a buscarle, a lo que ellos no estaban acostumbrados, pues ella siempre enviaba a alguien en su nombre; las órdenes que le dio la princesa enviándolo a Karmiérz, para que trajera noticias sobre su hermano y disipar sus sospechas; su inesperado encuentro con el mensajero y la confirmación de la muerte del rey; su regreso a Almĭdina; la entrega de la pulsera a su cuidado; y las órdenes de ir a buscarle. Senín mantuvo silencio durante todo el relato, concentrado en cada detalle que el capitán le daba. Analizaba los eventos, como si estuviese sospechoso de lo que se le decía.

Al terminar Berengüer, Senín hizo señal para que se detuvieran. Ya la noche había cubierto la tierra, y solo unas franjas anaranjadas se veían en el horizonte. El caballero del rey miró hacia la ciudad y dijo, “El túnel que corre directamente hacia el palacio, ¿está vigilado por los Sarai?”

“Sí,” contestó Berengüer.

“Bien, entraremos por allí al palacio. Según lo que me cuentas, es necesario que mi visita permanezca en secreto. Una vez lleguemos, ordenarás a los Sarai que estén listos para salir de Almĭdina cuando lo indique. Berengüer, desde este momento los Sarai ya no son tus hombres, sino míos. Están todos bajo mis mandatos, así como lo estás tú. No siguen más órdenes que las mías, ni tan siquiera de la princesa; por lo menos no hasta que indique lo contrario. ¿Está entendido esto?”

“Sí, señor, contestó Berengüer y Aigmund, su compañero.

“Vamos, no deseo hacer esperar más a la princesa Dinorah. La noche cae, y es necesario disipar las neblinas que acosan con su sombra el reino.”

Dejaron el camino principal que lleva a la ciudad, adentrándose en el campo en dirección al este. Recobraron la velocidad que llevaban minutos atrás. La noche les cubría, y desde donde se encontraban serían difíciles de ser vistos por los centinelas que estaban de guardias en la muralla de la ciudad. En silencio cabalgaban rápidamente, hasta llegar a un grupo de colinas pequeñas, detrás de ellas había un riachuelo que era alimentado por una cascada. Al llegar, Aigmund se separó del grupo, y mientras todos estaban en sumo silencio, él estudio los alrededores. Se perdió de vista mientras circulaba una enorme roca cerca del grupo, surgió por unos segundos para luego perderse de nuevo bajo las sombras de la oscuridad. Minutos más tarde apareció, e informó a Senín que todo estaba bien. Nadie les había seguido.

Senín con un gesto de su cabeza, le indicó a Berengüer que se adelantara. Este halo las riendas de su caballo y se dirigió hacia la cascada. A paso lento el caballo se abrió paso con sus largas patas a través de las aguas del riachuelo, que le azotaban suavemente. Jinete y caballo se perdieron detrás de las corrientes de agua de la cascada. El capitán de los Sarai se encontraba dentro de una pequeña y húmeda cueva, en donde solo cabían una persona de más o menos la altura a la que se encontraba él. Con su mano rozó la pared mojada que se encontraba a su derecha, pues a la falta de luz no podía ver nada; pero Berengüer sabía lo que buscaba. Su roce fue directamente hacia un relieve cerca del redondo techo. Era una protuberancia rocosa y de forma octagonal, a la que empujó con todas sus fuerzas.

Afuera de la cueva se escuchó el sonido de una cerradura que se abría seguido, por una obtusa resonancia de roca contra roca que solo duro unos segundos. Berengüer emergió de la cascada empapado de pie a cabeza. El grupo se movió hacia la pared rocosa opuesta a la cascada. El capitán de los Sarai desmontó su caballo y se acercó a la pared. Empujo con fuerza la roca y esta cedió para moverse con facilidad y ayudada por un mecanismo oculto al ojo desnudo. Lentamente, y sin mucho ruido, la puerta se movió hacia la izquierda para develar un pasillo. Era lo suficientemente ancho como para que solo dos caballos cupieran juntos lado a lado.

Berengüer entró primero, montado ya en su equino, seguido por Aigmund; Senín y Nart, entraron después. Aigmund tomó una de las antorchas y la encendió con una de las rocas carbonosas que llevaba consigo, las cuales utilizaba para encender fogatas. De inmediato, hundió un relieve parecido al otro que utilizó Berengüer para abrir el túnel, que hizo cerrar la entrada nuevamente. Los cuatro se adentraron en la oscuridad del túnel, alumbrados solo por dos antorchas.

La continuación de este capítulo será el 8 de  junio de 2011


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Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Primera Parte

Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro

 Primera Parte

            LUEGO QUE Berengüer se marchará a acatar sus órdenes, Dinorah pidió a Alora que se retirara. Alora no la deseaba dejar a solas por miedo que regresara el dolor en su pecho, y no estuviese allí para ayudarle. Sin protestar, aunque deseaba hacerlo  por si a caso sus palabras la convencían y le permitía quedarse, se marchó del gran salón. Las puertas dobles fueron cerradas tras ella. El sonido de las cerraduras uniéndose resonó a través del vacío salón, para al morir dar paso al silencio.

Una paz embriagante lleno aquel lugar. Dinorah respiró profundamente y recostó su espalda sobre el espaldar del trono, y cerrando sus ojos dejó caer sus brazos sobre sus muslos. Por varios minutos se quedó en esa forma para darle descanso a su abatida alma. Solo pensaba en la palabra nada, mientras inhalaba y exhalaba suavemente. Su mente unísona a sus deseos, no permitía llenarse de pensamientos para mantenerse vacía y sin disturbios.

Dinorah tornó su cabeza hacia la izquierda y abrió sus ojos, fijando su mirada sobre las grandes ventanas por donde se colaban los rayos de la dorada estrella. Se puso en pie y caminó hacia ellas, para sentir sobre su piel la calidez de los rayos. A través del transparente cristal se podía apreciar la gran ciudad. Tejados terracota predominaban el paisaje con su distintivo color, sobre edificios de tres o cuatro pisos, con balcones y ventanas decoradas con flores. También estaban sobre las majestuosas casonas que en su seno resguardaban de la sociedad de afuera, hermosos y elegantes jardines repletos de naturaleza; una que otra fuente se alzaba en su seno. Siempre le fascinó el ambiente campestre de aquella ciudad, donde en su niñez pasaba sus veranos junto a su familia. Ante sus ojos vio el rápido cambio que Almĭdina dio, y cada verano era distinto, como si hubiese pasado por una metamorfosis. Su amor hacia la ciudad también fue cambiando, le gustaba menos y caminar por sus pavimentadas calles era melancólico.

Disminuían las sonrisas pintadas en los rostros de sus habitantes, disminuía la calidez de sus modales y la hospitalidad que le era característica. Solo le saludaban por respeto a quien era, y no por que surgía de su corazón. Eran menos y menos los que mantenían esas viejas costumbres vivas en sus familias, pues la mayoría se iba adentrando en nuevas, y era la vigente generación la que se enfocaba en tener y poseer una mejor calidad de vida económicamente hablando.

La avaricia era la causante de todo, pues se adhería al corazón, con suma facilidad, de aquellos que eran pudientes. Quienes veían como aumentaban sus riquezas y poder los de su clase social, y como los que una vez eran menos que ellos le daban competencia a sus negocios. Aunque la economía de la ciudad mejoraba y la hacía una de las más ricas del reino, después de la capital, su verdadera esencia se perdía y con ella el amor que Dinorah le tenía.

Habían pasado ya siete años desde su última visita, que también se debió a asuntos del reino. Esa vez, visitó las calles de la ciudad para tratar de encontrar aquello que la enamoró en su niñez, pero fue en vano. Regresó al palacio con un sabor repugnante en su boca, y con sentimientos de repudio hacia la ciudad. Tanto así, que enseguida que concluyó el asunto que la había traído a Almĭdina, se marchó. El destino parecía que deseaba jugar con ella y allí se encontraba nuevamente, en similares condiciones. Esta vez no hizo el intento, y se mantuvo encerrada en el palacio, solo contemplando la grandeza de la ciudad que una vez cautivara su corazón, desde la distancia.

Aunque hubiese deseado que la crueldad del destino la hubiera visitado en otro lugar, fue allí que se empeño en ella como si le deseará castigar por su desamor. Dinorah miraba la ciudad vagamente, sin expresión alguna. Ya no buscaba nada, y solo deseaba salir de Almĭdina lo antes posible. Para lograrlo, esperaba que Senín, el Bńlekoh Tekuh, no se negara en verla. Sabía que no lo haría por la pulsera que le envió, pues esa era su seguridad de que Senín vendría. De igual forma, Dinorah comprendía lo que su acción traía consigo. Tan solo en emergencias la pulsera era presentada a los Caballeros del Rey, y estaba segura que Senín no esperaba tener tan inesperada sorpresa. De seguro él le haría miles de preguntas que ella no iba poder contestar, y que serían planteadas sin piedad. Por más que Dinorah tratara de adivinarlas para estar preparada para ellas, conociendo a Senín, no lo estaría. Así que desistió de la idea de atormentarse con preguntas y encararlas como mejor pudiera cuando estas fueran realizadas.

Cruzó sus brazos y suspiró desilusionada ante el paisaje. Caminó nuevamente hacia el trono, y se detuvo frente a él. Inspeccionó sus intrínsecos detalles, su acolchonado asiento y espaldar púrpura, y las insignias de su familia sobre la cabecera. Una sensación escalofriante corrió por toda su piel, al darse cuenta de lo que a su futuro le esperaba y las nuevas responsabilidades que tenía enfrente. Sobre sus hombros estaba ahora el futuro de un país que se sumía en su propia oscuridad. Que había olvidado su pasado y lo que este escondía. Que no le daba importancia a las cosas sencillas, y que no deseaba descansar, sino seguir adelante sin prestar atención de lo que a su alrededor ocurría. Un gran país, un gran reino, que ahora eran suyos.

Un sentimiento comenzó a estremecerse entre su alma, que le abrió paso a la culpa. La hizo darse cuenta de su error y la falta que había cometido. Una lágrima se escapó de sus azulados ojos, y mirando hacia la ventana, dijo, “Perdón.”

Con estas palabras borró el desamor que habitaba en su corazón, ese desencanto que había vivido en ella por tantos años. Así hizo las paces con Almĭdina, para comenzar su nueva etapa en la vida de la forma correcta y ser justa con todos por igual.

La continuación de este capítulo será el 25 de mayo de 2011


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Capítulo tres: La sombra de la luz, 2da parte

Para las definiciones de algunas palabras, haz click aquí.

 

Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Tres 

 

La Sombra de la Luz 

Segunda Parte

AL TERMINAR CERRÓ sus ojos, puso una mano sobre la otra, las colocó sobre su pecho e hizo una pequeña reverencia. De inmediato se puso en pie y se dirigió a su recámara. En ella había un armario antiguo de madera tallada a mano, con elegantes detalles de ramas y hojas. Abrió sus puertas de par en par, para develar un uniforme formal de soldado color plateado y blanco. A su lado había una armadura de batalla con intrínsecos detalles en el casco y pectoral, las cuales eran las insignias del rey, como su amo, y la del caballero del rey. La insignia real consistía de una corona alrededor del sol y de donde rayos dorados nacían y caían sobre una espada de doble filo y de puñado dorado, la cual era la espada del Bńlekoj Tekuj.

Su mano rozó suavemente el peto de su armadura, con sus yemas sentía los relieves de los símbolos que lo hacían quien era y que lo identificaban. Esos que debía servir hasta que regresara a la luz. En su mente y en su ser no había remordimientos, esa era la vida que amaba y que había escogido desde que su mano sintió el peso de la espada. Fue entonces, cuando comprendió lo que su padre le explicó una tarde de verano, mientras practicaba con uno de sus compañeros de batalla. Su progenitor le entregó su espada para que la cargara, su brazo cedió de inmediato ante el peso de esta. La espada cayó al suelo, su padre la recogió e inclinándose hacia Senín le dijo acerca de ella, “Nunca olvides que esta es tan solo una extensión de tu brazo, es parte de ti. Una vez aprendas a que no es tan solo un instrumento de defensa, el usarla vendrá como una segunda naturaleza. Al tenerla en tus manos, tus brazos la usarán por instinto, pero para eso hay que educarlos. Tal y como se educan a las piernas a caminar.”

Senín tenía tan solo tenía siete años para ese entonces, pero recordaba el orgullo y el amor con el cual su padre, quien fue un Richari, se refería, a lo que él consideraba a su corta edad, un simple instrumento de defensa. Fue aquel instante el que marco el resto de su vida, el que lo convirtió en el hombre que era.

Miró nostálgico su armadura, como si su cuerpo deseara volver a sentir el fuerte abrazo del mental sobre sus músculos, tal y como le sintiera una década atrás. Cuando los Oshmdwans habían utilizado las sombras del bosque Yércabé para atacar al monasterio Nmafelz, lugar donde el Seboas Unnfrid reside y la sede de las creencias religiosas de los Argianos. Ese monasterio no era solo una casa espiritual, era también un fuerte. Había sido situado allí por el bosque, que era un pasaje directo a Oshmdwa, la tierra de sombras. La zona era la única unión existente entre los dos reinos desde la Gran Batalla, pues la otra entrada al reino de Argia, fue cerrada al finalizar la guerra en la que los Argianos surgieron victoriosos.

En Yércabé la luz moría sobre las cúpulas frondosas de las egoístas hojas, que crecían gigantescas a la búsqueda de los rayos del sol. Por tal razón, sus troncos y raíces vivían bajo sus sombras, pero deleitándose de las puras aguas del río que les alimentaba y atravesaba el terreno que por siglos habían poblado. Senín estuvo a cargo de las tropas en esa batalla, la que fue sin antecedentes y que hasta este día, él aún no comprendía.

Los Oshmdwans aunque nacieron de las sombras a causa de la curiosidad, no estaban destinados a vivir completamente en ellas. Al rendirse a las seducciones del Tercero de las Divinidades, quien le servía a Ese que es la oscuridad, las Divinidades Creadoras les maldijeron. Los destinaron a vivir bajo las sombras, de donde habían nacido, por el resto de sus existencias. Desde entonces, las sombras son la cobija de los Oshmdwans quienes esperan en ellas el despertar de aquel hijo de las sombras en el seno de la luz. Ese despertar será el comienzo de una nueva era para los Oshmdwans, pues es la señal de que el Tercero regresará para ayudarles a obtener su lugar en la creación y la promesa de la gloria eterna.  

Durante la batalla en el monasterio Nmafelz, ocurrió lo imprevisto. Senín hasta ese momento no había hallado explicación alguna, y el episodio lo ha atormentado desde entonces. En sus meditaciones diarias revivía esa tarde que fue el último día de la batalla, cuando los Oshmdwans salieron del Yercabé a toda marcha sin temerle a los últimos rayos dorados del día. Avanzaban con suma rapidez con sus espadas en mano; la afilada hoja reflejaba los rayos del sol, que caían sobre los rostros de sus dueños sin hacer efecto alguno. Los soldados Argianos les miraban perplejos, atónitos ante lo que presenciaban. Se mantenían inmóviles a la espera de que la maldición de sus enemigos tomara sus vidas, pero esto no ocurría.

Ya muy cerca de ellos, Senín dio un fuerte grito, que sacó a todos los soldados del trance en que se encontraban. Al mandato de su comandante, ellos alzaron sus espadas y combatieron hasta entrada la noche. Con bajos números, los Oshmdwans se retiraron y se perdieron en la oscuridad del bosque. Los Argianos no se atrevieron a seguirles, dejaron que se marcharan, pues aún en sus mentes estaba viva la imagen de sus enemigos avanzando hacia ellos bajo los rayos del sol.

Esa noche nadie durmió, se mantuvieron vigilantes ante un inminente ataque que nunca vino a ser. Dos días pasaron y los Oshmdwans no regresaron. Se desvanecieron, así como desaparecen las sombras ante el toque de la luz. No hubo explicación alguna, pues no había prisioneros. No era su costumbre tomar prisioneros. Sus miradas estaban clavadas en el bosque, cada vez que el crepúsculo se acercaba. Así pasaron dos semanas en vela, y nada ocurrió. Las tropas fueron retiradas poco a poco, hasta solo quedar un batallón pequeño que protegiera el monasterio de cualquier ataque.

Desde esa batalla, habían pasado diez años, y los Oshmdwans no habían vuelto a atacar. Lo más que deseaba Senín era tener una respuesta a lo ocurrido. Quería saber cómo era posible que los maldecidos sobrevivieran a su maldición. Suspiró, dándose por vencido de una vez y por todas; pues sabía que a menos que los Oshmdwans volvieran a atacar, iba a ser imposible obtener una respuesta.

El sonido de unos pasos acercándose a él, le sacó de su línea de pensamiento. Tomó su espada y la colocó sobre su cama. Caminó hacia una simple puerta delgada, que abrió enseguida. Esta daba hacia un diminuto y angosto cuarto vacio. Se acercó a la pared contraria a la puerta, en donde estaba una especie de altar pequeño y muy sencillo. Sobre el altar estaba un antiguo escudo con el emblema del Bńlekoj Tekuj, lo retiró y se lo dio a Nart, su sirviente, que era la persona que había entrado a la habitación. Nart lo tomó en sus manos con suma reverencia.

Detrás del escudo estaba escondida una pequeña caja de ópalo y oro. Senín la abrió con sutileza, dentro, descansando sobre una cama aterciopelada, había un puñal. El filo era de un raro diamante amarillo, y el empuñado, de platino decorado en la punta con un ónix color negro. Senín lo sujetó en su mano con sumo cuidado, nunca pensó que llegaría el momento, en que quizás, debía utilizarlo. Aunque un poco nervioso por lo que con ella debía hacer, no dudaba ni un instante en hacer lo que su deber le ordenaba por el bienestar de todos los Argianos.

Nart, mientras su señor guardaba el puñal en una funda de piel forrada de latón plateado, le preguntó con respeto, “Mi señor, ¿es necesario que la lleve con usted?”

Senín le miró con seriedad, y a su pregunta contestó con evidente decepción en su voz, “Sí. Debo estar preparado para todo y mi instinto me dice que es necesario llevarlo. Antes, debo encontrar una sombra en la luz.”

“¿Qué hará si la encuentra?” Preguntó Nart mientras colocaba el escudo nuevamente en su lugar.

Senín se tornó hacia él, y dijo decidido, “Mi deber.”

Una corriente eléctrica viajó por la columna vertebral de Nart, tras escuchar las palabras de su señor. Él, quién había estado con Senín desde que este era un Richari, conocía cual era ese deber del que su señor hablaba. Así que Nart no dijo más, cerró la puerta del cuarto al salir y ayudó a su señor a prepararse para su viaje. Mientras hacía esto, oraba en silencio para que los días oscuros no estuviesen cerca. El hecho de retirar de su lugar de descanso el puñal, en el cual ha estado por siglos, ponía muy nervioso a Nart. Este puñal era señal de que tiempos fuertes estaban por arrimarse a Argia, y para ellos había que estar preparados. O, de ser necesario, prevenirlos a toda costa.

El capítulo cuatro, Lo que se esconde dentro, será entregado

el 4  de mayo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Capítulo tres, primera parte: La sombra de la luz

Para las definiciones de algunas palabras, haz click aquí.

 

Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Tres

 

La sombra de la luz

Parte 1

 

LA ALARGADA VILLA de dos plantas y de arenoso color, descansaba bajo las sombras tenues de los árboles frondosos que le daban la bienvenida a los Richari. Un jardín verdoso a los pies de uno de los árboles resaltaba en contraste al cremoso suelo. La entrada principal, de donde brotaba un pequeño techo tejado, estaba adornada por dos magnos tiestos cuadrados de madera que servían de hogar a dos ornamentales árboles de cúpulas esféricas. La suave brisa jugaba entre las ramas, una dulce melodía nacía de ella. Aquel lugar era majestuoso en su simplicidad y mágico en su armonía con la naturaleza que le rodeaba.

            Berengüer lentamente fue adentrándose en aquella belleza única, la cual sus ojos jamás habían visto y todo su ser deseaba poseer. Era como si le llamase por su nombre y le diera un motivo por el cual vivir. El lugar era digno de reverencia, un regalo en donde la luz se deleitaba en todo su esplendor y gozaba de sus encantos. Juntos, el lugar y la luz, eran perfectos. Allí se podían vivir los últimos días de vida, cerca de aquellos que uno ama. Por eso tenían razón en haberlo bautizado con el nombre de Ratisnlun, tierra de armonía para la luz. Esta casa había sido la residencia de campo para los Caballeros del Rey por siglos, pasada de generación en generación.

            En el marco de la puerta estaba una campana de cobre que el Capitán de los Sarai hizo sonar. Su compañero esperaba por él montado en su caballo; observaba todo con suma cautela. La puerta se abrió, un hombre de edad media salió detrás de ella. Al ver quiénes eran, solo dijo, “Le avisaré al Señor, esperen aquí.”

            Berengüer asumió que los reconoció por su uniforme de Sarai, y era de esperarse que supiera por quien venían. Minutos más tarde, apareció de nuevo y les dijo, “-Dejen sus caballos aquí, envíe a alguien para que los atiendan. Ustedes, síganme, mi amo les espera en la cocina.”

            Al capitán de los Sarai le extraño el lugar donde les iba a recibir, pues el asunto del que venía a hablarle era muy importante y no para tratarse de forma ordinaria y en un lugar tan impropio. Sin dar queja alguna, siguió en silencio al sirviente que les llevaba a través de la casa, en donde se reflejaba el arenoso color de la parte exterior. La cocina era espaciosa, repleta de personas que iban y venían con leña, comida, vegetales y frutas. En medio de todos estaba un hombre de alta estatura; tez tostada; cabellos grisáceos. En el rostro llevaba una barba que comenzaba a dar indicios de tornarse gris. De vigorosas facciones y cuerpo fornido, cortaba un pedazo de cebolla con la agilidad de cualquier gran cocinero. Daba la impresión que ya estaba en su retiro, pues en sus manos había otro tipo de instrumento punzante, determinado para otro uso muy diferente en comparación al que antes le acompañaba.

            Impresionado con verle, Berengüer no le podía quitar su fija mirada de encima. Salió de su asombro en seguida, cuando el sirviente que les dirigió a la cocina se acercó a Senín y le dijo algo al oído. Senín de inmediato les miró de reojo sin dejar de cortar finamente la cebolla. A la mirada del caballero, Berengüer y su compañero se hincaron de rodillas con espadas en mano, de forma tal que el filo descansará sobre sus palmas. Esta era una señal de suma reverencia y respeto, que simbolizaba que aquel que ofrecía su espada lo hacía en servicio. En esa misma forma el capitán de los Sarai dijo, “Mi señor…”

“¡Silencio!” Exclamó Senín, interrumpiendo a Berengüer. “Este no es el lugar, de pie.”

Paso el cuchillo a un sirviente que continúo lo que él dejo, y enjuagó sus manos, las secó con un trapo blanco, y entonces, les pidió a los Sarai que le siguieran. Un hermoso jardín de vegetales y especies se extendía muy colorido a las afueras de la cocina. El aroma de las muchas especies impregnaba la atmósfera, como una sinfonía exquisita que seducía por completo al paladar y a los sentidos. Un arco cubierto por una enredadera de rosas blancas enmarcaba la salida por la cual salieron, separando esa sección del resto del huerto. Caminaron por un sendero apedreado y cobijado, aquí y allá, por la tenue sombra de los árboles.

Luego de caminar por varios minutos, entraron a una terraza sencillamente decorada con varios muebles de madera, que se veían muy cómodos, y mesas. La terraza quedaba sobre una pequeña colina con vista al huerto trasero y la parte posterior de la casa. Sobre encima del huerto, había un espectacular paisaje de las tierras agrícolas que se extendían más allá de la villa de Senín. Era una combinación de colores hermosos jamás antes vistos por Berengüer, que quedaba más impresionado con el lugar mientras más se adentraba en él.

Senín se sentó en uno de los muebles, los Sarai permanecieron de pie a la espera de una orden. Luego de una larga pausa, en la cual Senín les miraba como si inspeccionara a los caballeros, finalmente dijo, “Bien, ¿qué les trae aquí? Solo los Tekuj tienen el permiso de venir a verme. Espero que su Alteza Real, la princesa Dinorah, no haya olvidado eso.”

“No mi señor, la situación amerita nuestra presencia.”

“La princesa lleva casi un mes en Almĭdina, ¿por qué ahora viene a visitarme?”

“Me ordenó que le entregase esto,” sacó la pulsera que le había dado la princesa y la puso en las manos de Senín. Quien al verla cambio de color, tornándose pálido. “Su Alteza me indicó que, usted, entendería su significado.”

“Sí,” contestó medio tartamudo. De inmediato se compuso y no dijo más. Se puso en pie y le dijo a los Sarai. “Regresen a la cocina y díganle a Nart, el mismo que les condujo allí, que les sirva de comer y beber. Luego que lo haga, que venga a verme a mi habitación.”

Con una reverencia los Sarai se marcharon, sin decir palabra alguna. No era su lugar hacer preguntas, en especial, cuando en un principio no deberían estar allí.

Senín al marcharse los Sarai, observó nuevamente la pulsera y la tornó boca abajo. La elevó sobre su cabeza, de forma que los rayos del sol dieran justo sobre el diamante y le iluminasen. Allí se reveló lo que buscaba, la prueba de la autenticidad de la joya. En el centro del diamante, que a simple vista se veía como una gema perfecta en todos sus ángulos, había una simple imperfección que le hacía única y muy valiosa, y que se hacía evidente solo bajo los rayos dorados del sol.

El gemólogo que la encontró, cientos de años atrás, notó la característica, y según cuenta la historia de aquellos encargados de la gema, esta fue hallada cerca de Karmiérz, cuando la capital estaba en sus comienzos. La historia de la capital es otra y una que va enlazada con la de los reyes de Argia. Se dice que fue allí que la lágrima del Segundo de las Divinidades Creadoras cayó, cuando su hermana, la Séxta entre ellos, transformó su ser en las montañas que protegen a su creación: los Oshmdwans.

Una diminuta partícula de carbón yace en el centro de aquella gema, él no sabía cómo podía ser esto posible, pero lo tomó como una señal. El gemólogo se la obsequio al rey, quien era su  hermano, como símbolo de la maldición que su familia llevaba dentro y que debía ser envuelta en luz, tal y como la claridad del diamante envolvía a la partícula. Desde ese entonces, el heredero al trono la lleva consigo, y solo algunos pocos conocen de la existencia de esta prenda; Senín es uno de ellos por ser Bńlekoj Tekuj.

Había varios motivos que explicaban la razón de que él tuviera la prenda en sus manos, pero ninguna de ellas era positiva. La primera, que venía a la mente de Senín, era que la vida de la princesa corría peligro, y como heredera al trono debía protegerla. La otra, aunque ilógica no podía descartarla, pues como guerrero debía estar abierto a todas las posibilidades. Él pensaba en la repentina e imprevista muerte del rey, y por lo tanto debía trasladar a la princesa, sana y salvo, a Kármiérz.

Está última le extrañaba de sobre manera, pues no había recibido noticia alguna del fallecimiento de su amo. Aunque podía estar la posibilidad que si la princesa estuviese en peligro, podía ser que el rey haya sido asesinado, y esta era la razón por la cual los Sarai estaban allí. Todo era posible, y de ser así, su fidelidad la debía desde ese momento a la princesa Dinorah.

La presencia de los Sarai en su hogar apoyaba su segunda teoría, pues de lo contrario, si el rey hubiese muerto por causas naturales o de enfermedad, serían los Tekuj quiénes estuviesen a su puerta. Mientras más reflexionaba en el asunto, sus preocupaciones aumentaban. Respiró profundamente, y calmó sus emociones que nublaban sus pensamientos. No podía saltar a conclusiones, pero la presencia de los Sarai y del brazalete le decía que algo muy grave ocurría en el reino. La Princesa Dinorah no los hubiese enviado, sino fuera necesario.

No había tiempo que perder, y tenía que salir lo antes posible para reunirse con la princesa. Solo ella le podía explicar lo grave de la situación. Un oscuro pensamiento cruzó por su mente. No podía sacarse de la cabeza que algo fatal le había ocurrido al rey.  El rey y su hermana eran muy apegados, y de ocurrirle algo a él, la princesa solo acudiría a la persona que su hermano más confiara su vida. Dentro de su ser le rogaba a Ajvé que todo los pensamientos oscuros que por su mente pasaban, fueran solo parte de su imaginación. Aunque Senín se conocía mejor, y su instintos no le fallaban nunca.

Mientras meditaba, apretaba con gran fuerza la pulsera en la palma de su mano. Pensaba en las muchas profecías que aún estaban por cumplirse, pero una en específico profetiza el despertar de un ser de sombra que ha dormido en el seno de la luz por siglos. Esta daría inicio al cumplimiento de otras que pondrían al reino, y todo lo existente, en peligro. Con la mirada fija en el paisaje frente a él, un pensamiento que le erizó la piel invadió su mente: Senín no había escogido a su aprendiz. No sabía la extensión de la situación de la princesa, y las complicaciones que traería al reino. Con un fuerte suspiró que le lleno de valentía y serenidad, se arrodilló a orar. Los rayos del sol le bañaban por completo y él extendió sus brazos de par en par. Por unos segundos dejo que el calor del sol calentará su cuerpo, y a la vez, una paz deleitosa inundó su ser. Cerró sus y dijo, “¡Ajvé!, que te guardaste para nosotros, no transformándote para velar y cuidar de los hijos de la creación. Te pido me guíes en la hazaña a la que me aventuro, pues es mi deber. Que brille para mí la luz perpetua de tu infinita sabiduría, para que la oscuridad y mi humanidad no nublen mi mente, más vea, juzgue y tome decisiones con inteligencia y prudencia. A tí aclamo, ¡Oh, Ajvé!, mi escudo ante mis enemigos. Por tus hijos adoptivos doy mi espada y mi vida. Me entrego a tí, ampáranos, porque la oscuridad nos asecha. Para nosotros enciende tu luz, no vaya a ser que  nos perdamos y  caigamos en la oscuridad.”

La segunda parte del capítulo tres, La sombra de la luz, será entregada

el 13 de abril de 2011 ya que nos tomaremos un descanso para meditar durante la Semana Santa.


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Felicitaciones a los ganadores

Saludos,

Quería felicitar a los ganadores de los libros, comenzando con Fran Bermejio ganador del libro de tapa dura. Isa Perez y Oscar Herrera, ganadores de los libros de tapa blanda. Gracias por participar amigos y por el apoyo. ¡Qué lo disfruten!

Hasta luego,
Alexandra Román de Hernández
http://www.facebook.com/elvalledelainspiracion