“Cueva Ventana” and its rewards

We made it to a known town of my youth, Arecibo. It’s pavement road roaring by the touch of the fast pace car’s wheels. It has always roared. The undulated green silhouette of the mountain range, defined the horizon under a sky of pale blue and fluffy grayish cumulus. It might rain. Chimneys tall and thin remain of a past not forgotten of sugar canes

Untamed grass lands thrive alongside the road that leads straight to the mountains. As we ascend we are greeted by droplets of rain that rapidly disappear from the windshield. In the back seat my daughter stares through the window, while my son asks “Have we made it to the mountain?” I smile, he still thinks we are going to “una montaña rusa” confused by the term “montaña”, hopefully he won’t be disappointed.  “Almost there,” I answer.

To our surprise the place is packed of people wishing to have the same adventure. We’re not alone. A Texaco station surrounded by dozens of cars and motorcycles serves as a stop for the adventures. There a wooden lounge stands near the entrance marked by a brown sign with caption white letters, which reads Cueva Ventana. A round of Medallas (Puerto Rican beer) calms the thirst of my companions and then, we are off.

Our steps followed the ones left behind and now invisible on the smooth pale rocky path that stretched alongside bushes, tall grasses and a canopy of trees that shades us from the sun. We walked exchanging jokes of how exhausted we might get or if we would need assistance after the hike, because of our lack of exercise in our lives. But, to say the truth the road was not difficult, instead it was pleasant, especially with company and the felt embrace of nature all around us.

The first cave was at our left marked by a sign, “Ruta”. We were tempted to go in, but looked steep and with a five year old, who was wishing to go in, that could be more than an adventure. So, on we went up the hill to find production workers from the movie “Runner, Runner” changing with their equipment the natural surroundings that we should have encountered and were dying to experience. Instead of bird chirping and the sounds of bats and the breeze and the conversations of excitement of multitude of visitors, the strong noise of an electric plant powering the lights placed on the interior of the cave was deafening.

The waiting took a couple of minutes to start descending the man made steps, just a few the caves greets you with her own rocky ones. Thankfully for us parents, ropes meant for the cast of the movie were placed near the steps and were a big help as we entered hand in hand with our children the mouth of “Cueva Ventana”.

Inside, there was no need of flashlights for the artificial lights placed lighted the way, on a normal day you would and in some parts, me and my daughter explored, were needed. The winding and short entrance path takes you to the first chamber. A dome like with dozen of holes serving as niches for the bats that slept close together, probably desiring to be left alone. A narrow corridor lighted at its end by natural light takes you straight to the chamber of the window that gives the cave’s name. You don’t see anything else, not even the people standing in awe in front of it, but the grand opening that gives you a gorgeous glimpse of the panoramic view of the land at its feet stretching as far as the eye can see. A wonder of Puerto Rico!

I look at my daughter as she was admiring with amazement, “Mom, this is awesome!” I smile, “It is,” and hold her hand tight as we walk closer, with care, towards the window. There were others braver than me, for I’m scare of highs, going down to get near the opening. I snap pictures on my camera and my phone, when I notice the picture taken of those in front, all taking pictures at the same time on their phones.

A stone face, if you use your imagination, stares at the horizons from the right corner of the window opening of the cave as a silent guardian. Soft rain starts to fall outside making the view even more beautiful. A calm river runs through the grassy green land below, serving as a mirror for the mountain. It is a scenery regal and grand deserving of a fantastical tale.

We part to take on the other cave that’s beside “Cueva Ventana”, which you must go down and out of it by way of rope, so my husband and son stay behind to meet us at the other side of the cave. The floor was more slippery than the other and in complete darkness. A tree root stretch its way down the cave’s floor as stating his domain. The second cave was just a huge chamber that we explore for a few minutes and came out of it climbing the rocks and holding the hands of our companions that helped us up.

The road waited for us as traffic of visitors made their way up the hill. Back at the gas station, we said our goodbyes to our companions and headed to Tonny’s Pizza World in town, which serves an amazing pizza, to finish our day and browse the pictures we took- and, of course, upload some to our social networks- but most importantly, to talk with our children of their experience.  Their smiles are our rewards and my son was not dissapointed.

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Alexandra

Una mañana en la Feria del Libro de San Juan

Bajo un mar de carpas blancas se anidan las librerías ofreciendo sus deleites. Los curiosos, como yo, se asoman a dar una ojeada a la gran oferta. Algunos compran, otros siguen al próximo kiosko. Es un día hermoso de un cielo despejado azul celeste y una brisa suave. Aunque el tránsito y sus ondas sonoras son la norma en está parte, en la Plaza Colón el ambiente es sereno y se respira tranquilidad.

Van aproximadamente diez minutos desde que arribé y tomé asiento al final de la plaza. Estoy inmóvil, observo un niño y su abuela jugar con las palomas. Sonrio, pero me siento perdida. Quizás porque el día comenzó turbulento para mí y mi alma se regocija con la serenidad del lugar, se alimenta. Te llevaré alma a la Catedral, por ahora déjame ir, caminar, disfrutar, olvidar.

Libre, comienzo mi recorrido por las carpas. Termino comprando primero para mis hijos en SM y luego para mí en Terranova. Pero mis recuerdos de un pasado no vivido, experimentado a través de la comunicación verbal, me lleva a ascender por la calle O’Donell esquina Luna. De esa calle de adoquines azulados y grises, tengo una foto de mi abuelo con mi madre y tío cuando vivían allí. Necesito un GPS, así que llamé a mi madrina y ella me dio las coordenadas. Una foto para comparar con la que tengo en casa.

Mi abuelo con mi madre y mi tío (él es el del jacket negro) en la calle O'Donell. Como no sé donde exactamente fue tomada la foto tome dos donde creo que es el lugar.

De camino a la Plaza de Armas me encuentro, entre los olores a pollo frito a las once de la mañana y que mi estómago no soporta, con la iglesia San Francisco. Alma esta es tu oportunidad. Me adentro y rezo luego de mi reverencia, pero la música que suena frente a las escalinatas de la iglesia me deducen. Termino y al salir me topo con un espectáculo de música y danza tradicional, siendo admirado, y con cámaras en mano, por una docena de turistas.

Las tripas suenan al son de los tambores de la bomba y plena y recuerdo que cerca está La Bombonera. ¿Mallorca y jugo de china natural? Por supuesto.

De ahí a la Plaza de Armas. Músicos se preparaban para deleitar a su audiencia de la edad de oro y yo, con el tiempo en mi contra visité la carpa de los artistas. Todo tentador y mis paredes sin lugar para sujetar alguna otra pintura, me detuve y admire. El tiempo, se acaba el tiempo. Así que antes de regresar a casa me detuve a descansar bajo la sombra del Ballajá y admirar El Morro y decir hasta mañana si Dios lo permite, que aún quedan cosas por disfrutar. Pies con ánimo, que ahora es cuesta abajo.

La Ermita

Arropada por la flora que busca su lugar en el cambiante y abandonado terreno donde un día fue dueña y señora. Fue erguida una vez, y ahora yace en ruinas, la Ermita de la Candelaria en Toa Baja, Puerto Rico. Sus coloniales paredes de ladrillos color terracota expuestos, como una herida en carne viva, a los elementos. A su alrededor arboles revestidos de enredaderas de flores violeta, un terreno fangoso en el que yacen los remanentes de pasadas generaciones que vinieron a descansar por última vez en este sagrado lugar.

En un pasado, la Ermita, que fue bendecida en 1759 en la Hacienda El Plantaje, era el único lugar de adoración para los feligreses de la iglesia Católica. Hacendados, campesinos, negros libres y esclavos venían allí a escuchar la palabra de Dios. A ser bautizados, a unirse en matrimonio, a celebrar las fiestas.

El pasado 2 de febrero, día en que se celebra el Día de la Purificación de Nuestra Señora de la Candelaria, tuve la oportunidad de visitar el lugar por el cual pasé de largo muchas veces cuando era pequeña, por una carretera que ahora está cerrada al publico. Allí, gracias a los esfuerzos de la Familia Picón, se mantiene la tradición centenaria viva y se enciende, luego de la celebración de la palabra y varios actos protocolares, la tradicional hoguera hecha de los secos árboles de navidad que fueron utilizados por los residentes de mi pueblo en las pasadas navidades.

No conocía de la actividad y acompañada por mi mejor amiga/comadre, nos fuimos a un lugar de la infancia. La Ermita era hermosa toda en ruinas y al final de su atrio, donde una vez estuvo el altar y la sacristía, estaba una imagen grande de Nuestra Señora de la Candelaria en vivos colores. Parecía que estaba vigilante. Los presentes estaban sentados dentro en sillas blancas. Sin techo que los cobijara, luces colgaban para alumbrar el interior. Las paredes ya no sujetaban ni ventanas ni puertas, y de cuatro solo quedaban tres.

Mientras hablaban comencé a capturar en fotos con mi celular la hermosura del lugar. Me acerqué a una de las ventanas por donde se veía la imagen de la Virgen, click. La cúpula aún permanece fuerte, con rastros de humedad y un círculo en su centro. La entrada en ruinas con sus ladrillos expuestos parece darle tregua al tiempo, como diciendo de aquí no me moveré. El tronco de un árbol fusionado a las paredes de la Ermita, evidencia el abandono en un pasado.

Llegó el momento de encender la hoguera y varios de los presentes se acercan para entre las aromáticas ramas de los pinos echar sus peticiones. Una antorcha fue encendida, el Alcalde la acerca y las llamas lamen las ramas. El fuego arde, el calor intenso se siente a flor de piel como si las llamas desearan acariciarte. Me interno dentro de la Ermita para protegerme, miro arriba y la noche se iluminaba con fragmentos pequeños que flotaban por la brisa nocturna. Parecía como si la fogata, a pesar de nuestra retirada, deseaba alcanzarnos, tocarnos.

El acto culminó con la muerte de la fogata, los presentes gozaban de un caldo de pollo y nosotras nos retiramos dejando nuestras huellas en el húmedo terreno con la promesa de un regreso el próximo 2 de febrero.

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