Las raíces borincanas

#escribo, #vidacotidianadeunaescritora, Artículos/Articles, de la vida, mis letras

“Muchos ventarrones soplaron sobre la tierra pa´ aquel entonce… La gente no tuvo defensa… Los ríos se alborotaron, arropando las vegas y llevándose las casas. ¡…entró barriéndolo todo como enemigo malo!” Temporal, Edwin Figueroa.

 

Realizabamos labores humanitarias para las víctimas del huracán Irma en las islas hermanas caribeñas y dimos refugio a cientos de ellos cuando nos anunciaron que su venida era inminente. Nos detuvimos para prepararnos con la esperanza que diera un girazón inesperado y no nos partiera por la mitad, porque ese temporal era un monstruo grande de pisada funesta. Fue así, que nosotros, quienes no fuimos indiferentes al dolor ajeno, comenzamos a caminar por el mismo arduo trecho que aquellos a los que le dimos la mano. El temporal, antes y después de pisar tierra, volteó patas arriba nuestro mundo isleño con un fuerte soplido como ese del lobo del cuento de los cerditos.

Al emerger de la seguridad de nuestros hogares y del refugio, admiramos un paisaje donde las tonalidades verdes que engalanaban nuestras montañas y bosques se tornaron marrón creando una poderosa imagen de devastación que ha sido comparada con una bomba atómica y que rasgó el alma sembrando el dolor en él. La Isla del Encanto perdió momentáneamente el toque de hermosura que le distingue. El huracán María se lo arrancó al pasar de este a norte por su rica y hermosa geografía. Se impuso en nuestra historia para que recordemos estos días que iniciaron el 20 de septiembre de 2017, como la Época de María. Esa donde al boricua le sacudieron en sus cimientos y a la cual se referirán los historiadores puertorriqueños como antes y después de María.

Los árboles caídos por todo nuestro archipiélago, una constante y desgarradora escena, un recordatorio de la fuerza que cargaba consigo el potente temporal y el comienzo de una vida con lo inimaginable, exponían su complejo sistema de tensas raíces entrelazadas siendo algunas delgadas y hasta casi delicadas, otras fuertes y robustas. Al mirarles nos reconocimos en ellas y el dolor se apiñó entre cuero y carne. El dolor de ver a una patria devastada, arrasada en todo su contorno.

Entre el suspiro y la lágrima, cientos de miradas se posaron sobre la isla en necesidad. La diáspora se hacía eco de nuestro sufrimiento allá al otro lado del charco oceánico, ahogados por la incertidumbre de no saber de sus seres queridos. Las imágenes televisivas y las redes sociales compartieron nuestra tribulación ante el derrumbe de las comunicaciones locales. Ellos no fueron indiferentes a nuestro dolor que les conmovió y se movilizaron a ayudar, a dar de sí según sus talentos. Mas en Borinquen, a la espera de la llegada de las ayudas locales e internacionales, en plena devastación del archipiélago, allí donde en muchas de sus áreas las personas estaban incomunicadas, sedientas, hambrientas y en dolor por la pérdida; muchos puertorriqueños no se doblegaron ante la adversidad. “Nos dejamos de contemplaciones y le metimos mano a la desgracia” narra Edwin Figueroa en su cuento Temporal. Así mismo fue que se despertó un pueblo dormido para darse a los demás; un pueblo que no se queda ahogado en su dolor, sino que en su dolor sale de la vivencia de lo inimaginable, a sabiendas que es afortunado de estar vivo en ese momento, a ayudar a su prójimo; que en su pena toma su machete para cortar el árbol caído y removerlo de la carretera o del techo del vecino; que cruza la inundación para ayudar a su familia y al desconocido poniendo en riesgo su vida y hasta darla; que en su pérdida da de lo poco que tiene al que no tiene; que pasa horas bajo el candente sol o bajo la lluvia en filas kilométricas con la esperanza que cuando le toque el turno no se haya acabado el hielo o la gasolina, todo por el bienestar de su familia a sabiendas que mañana tiene que hacer otra; que sin energía eléctrica se tira a la calle a trabajar para ganarse el pan nuestro de cada día y mover la economía de un país en bancarrota y subyugado por el colono bajo la Ley Jones y la Junta; que se queja y luego se traga las palabras porque se acuerda de los cientos de boricuas en la montaña racionando el alimento y el agua para que de sin saber si tendrá mañana.

De norte a sur, de este a oeste, al cruzar el gran charco oceánico hogar de la diáspora, nos azotaron con fuerza, pero no nos tumbaron. Nos acostamos cada noche a descansar y nos levantamos cada madrugada a hacer andar a nuestro país un día a la vez. Nos levantamos para fortalecer esas raíces que aún están agarradas al suelo borincano y que al árbol caído, que no ha sido removido, hace reverdecer. Nos levantamos por esa generación futura de boricuas que fueron obligados a vivir ésta dura situación, que nos observan diariamente y aprenden por el buen ejemplo que es la mejor prédica.

Las futuras raíces borincanas que el temporal azotó, serán transformadas a unas robustas y de mejor sepa con una visión diferente para su país. Porque en su infancia o juventud lo perdieron todo en un abrir y cerrar de ojos y fueron cohibidos de necesidades básicas. Aprendieron a duras a lavar ropa a mano, a cocinar en leña, a que las noches oscuras son para estar en familia jugando dominó o barajas, a bañarse bajo la lluvia o en el manantial,  a vivir un día a la vez dando gracias por lo que se tiene. Cuando en su adultez sus hijos les pidan que les cuenten sobre la “Época del huracán María”, sonreirán y dirán con el pecho hinchao las palabras de San Pablo a los Filipenses que en esa época aprendieron a “vivir en pobreza y abundancia” y por tal, están entrenados “para todo y en todo: en la hartura y el hambre, la abundancia y la privación”.

El huracán María dejó nuestras raíces al aire. El mundo es testigo que somos gente buena y brava. Fortaleceremos las aún segmentadas al suelo, que a penas semanas luego de su paso, comenzaban a engalanar de verde a nuestro archipiélago advirtiendo al que duda, sirviendo de esperanza al que desfallece, que como el gallo damos la pelea y como el toro embestimos la crisis para construir un mejor Borinquen.

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"It was large and juicy, almost red in the center, and so fragrant that I didn’t want to eat it because I would lose the smell."

Of guavas and guarapo

Artículos/Articles, de la vida

"It was large and juicy, almost red in the center, and so fragrant that I didn’t want to eat it because I would lose the smell."

Sweet nectars raised from the ground; vivid memories of an infancy long gone.

There are many flavors that the palate has been denied off for many years, still they’re desired. Living in an island that offers them unconditionally, anyone would think easy to find them. It has been the opposite, maybe the blame should fall on not looking hard enough. It has happen with the guava, of which a tree stood proudly in the backyard of the household where in the past the family lived.

Since then, decades have come and gone, and the guava has eluded me like an undesirable person. There have been random encounters with its tree, either too early where its branches are nude only cover by the green leaves, or when the fruit is still on its way to maturity. Each time left with the desire to satisfy the palate, to put an end to an eternal prelude of a mortal kiss in which a fruit will become part of me.

Ah, Guarapo! A refreshment squeezed out of the sugar cane by brute force, either letting your marble teeth do the crushing and suck its content, or taking a back seat while a machine those the work and a glass awaits patiently for the nectar to fill its void. A few days ago a cooking channel used it to make a drink; I looked with desire wishing my mouth could taste the sugary juicy liquid. Vega Baja has in its soil marks of my infancy and the past scraped in its womb of the sugar refinery. It was there were I first tasted the guarapo, when the #2 road was filled once with delectable local goodies.

On Sunday we traveled the coast line on our way to Arecibo, my husband was on the lookout for some guarapo. “Maybe when we come back we should try the #2 road, we might hit jackpot. It’s the only place I could think of that might have a roadside stall selling it.” On our way back we made our usual stop at a house in Barceloneta that sells local vegetables, were I find good green peppers and my husband enjoys fresh coconut water. I got out of the car while Mr. Hernández stayed with the kids. The owner greeted me with a smile asking me what I wanted. I looked at the green peppers and asked for a pound. Then I noticed a basket that my hands were touching, curious I asked the man what the round green yellow pear shaped fruit was. He said “Guayaba”. An excitement rushed through my body exploding in a smile that expressed itself as a “Oh my God!”. The astonish look on the owners face was priceless, I wanted to tell him, “Yes, I’m surprise to see a guayaba”. Instead, I ask for the price and took away my treasure showing it to my daughter. The car smelled delicious something my daughter did not liked, but truly it was an aroma I enjoyed breath at a time.

The story does not end here, for one more treasure must be found, and found it was. At the moment we turned to exit the #2 road, there it was a big white wooden sign that said in vivid scarlet letters “Guarapo”. A swift u-turn took us back in track and there the line of cars alongside the road stood. A few people waited including my husband, and I stayed in the car explaining my daughter what the big fuzz was about. What was the juice, how it was extracted and how much she would like it. My son nodded in agreement to everything we said.

Once in my hands I could not stop smiling, neither my husband. After the photo was taken, a stir of the ice cubes to make the freshly squeezed juice colder, I tasted it. It was as if I was transported to my childhood again, the sweetness was still vivid in my palate for it had not disappear like others. I turned to my daughter who waited impatiently to have her turned, and as she sipped her expression changed to that of disgust. She hated it and so did my son, who would have thought that sugar based refreshment could not be a delight for children! With disappointment, I turned to my drink and forgot what happened with a sip.

Back home I sliced the guava fruit, this time determined that my daughter will like it, and offered a piece. My heart was pleased to know she had indeed loved it, except for the smell. Then I sat down in my sofa to finally put an end to a prelude so long waited. And as my teeth bit into the soft pinkish pulp, I was once again in the country side of Vega Baja sitting under the guava tree of my infancy.

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I forgot to ask, what are the tastes, flavors, foods that your palete has been denied for a long time?

 



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