The silent echoes of an Indigenous Ceremonial Park

My though of its location was utterly mistaken, pictured it on a flat valley nestled by a mountain range of dark green. The realization of my mistake came when we kept climbing the narrow paved and twisted road while still miles, as directed by our GPS, away from the park. It was a Monday, a few dark clouds seen through the foliage that canopied the road, could be seen. Concrete houses of every shape and size were cooped inside the mountain near the road or on a thin stretch of land right beside the cliff. Read More

Una mañana en El Yunque

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Sobre nuestro destino la suave neblina blanca era la emperatriz de la montaña. Su manto se extendía sobre las verdes faldas marcando su dominio. Las letras mayúsculas sobre un campo marrón rectangular revelaban nuestro destino, EL YUNQUE, y con una flecha la recta pavimentada a seguir. Como todas sus hermanas que abrazan las faldas de las montañas borinqueñas, la carretera se enroscaba como serpiente mientras la montaña desplomaba el verdoso fruto de su vientre sobre ella.

Eran las 7:30 a.m. cuando comenzamos nuestro ascenso por las faldas del Yunque. Los primeros seres que divisamos en la ruta solitaria fue al llegar a la cascada La Coca. Al bajar del auto para capturar el recuerdo, la frialdad húmeda nos azotó de improviso produciendo una sonrisa. Los blancuzcos hilachos de la cascada descendían a toda prisa por la robusta y lisa roca negra. Su música era armoniosa y contemplarle era el preludio de lo que encontraríamos.
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La torre Yocajú se eleva majestuosa sobre la vegetación que le rodea. Su escalera en espiral te lleva a su tope y por ventanillas arqueadas se ve parte del paronama, más no es hasta que se llega que éste te roba una sonrisa, tal vez un suspiro de admiración. El orgullo de haber nacido en esa tierra hermosa y que ese verde tesoro es tuyo y de tus hijos, te ensancha el corazón. El mar en la distancia era bañado por los cálidos rayos del sol; y la montaña a tus espaldas, por refrescantes gotas de lluvia.

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Para llegar a la vereda La Mina hay que descender una serie de empinadas escaleras que lleva a un área de picnic con casetas de concreto y separadas por la verde y hermosa vegetación. El olor a barbacoa mezclado con el aire fresco comenzaba a inundar el ambiente. En varias de las casetas hamacas eran colgadas, el pasado taíno vivo en el presente. Las instrucciones de mantenerse siempre en la vereda y nunca salir de ella, retumban en el subconsciente como un eco del pasado.
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Marcada por letreros de precaución, la vereda estrecha era una mezcla de concreto y grandes piedras de río, imitaba a su modo el tramo que el río tomaba desde que se abrió camino entre la tierra rocosa de la montaña. Subes, y las vistas espectaculares del río en constante movimiento te permite admirar su longitud abrazada por rocas y la naturaleza mojada por el rocío que le daba lustrocidad. Bajas, y las barandas metálicas pausan y permiten un espacio para llegar a la posita y mojarte los pies o bañarte en su cristalina frialdad. Mas es en la cascada La Mina que admiras su belleza y majestuosidad, la cual abre su entorno para refrescarte en ella. El Yunque nos regaló su entorno, su belleza sin igual y un recuerdo eterno.
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Al sur de la isla

Ha pasado mucho tiempo desde que piso terreno sureño, ese en que el sol castiga con más furia y lo hace perfecto para la siembra de vegetales, frutas, y otros; que es bañado por el mar índigo del Caribe. Los viajes a esa área se basaban en días especiales organizados por el trabajo de la matriarca, una oficina gubernamental dedicada a la tierra y la agricultura. Una vez al año se viajaba a los terrenos de los agricultores a recoger las cosechas, era un día familiar para los empleados compartir. Días memorables de los cuales cargábamos con un tesoro terrenal, productos de las manos puertorriqueñas.

Cuando sales de la cordillera central, luego que has pasado el monumento al jíbaro, en el horizonte se divisa un pequeño trazo de azul aún rodeado de verde esmeralda. Luego se pierde para que tu mirada quede hipnotizada  con los valles que nacen de las faldas de las montañas. Es entonces que comienza un juego visual de colores familiares y que caracterizan a una isla tropical. Los deseos no se pueden contener y mientras el carro viaja a la velocidad máxima establecida por el departamento de carreteras, se capturan imágenes. Se sonríe y se vuelve a capturar otra imagen, y otra y otra. Si decides detenerte para poder realizar esta tarea, te tomaría una eternidad llegar a tu destino. Sí, es cautivador el paisaje, y aquellos que lo conocen lo llevan marcados en su memoria.

El albergue olímpico con su ondeante bandera de cinco anillos, sirve de punto de dirección. Pero más adelante te espera el largo trecho que te lleva finalmente a la costa, y a lugares inesperados que solo surgen cuando la espontaneidad te saca de la cama en un día como ese. Una parada en un McDonald para recargar las baterías del cuerpo, sí algo inusual cuando se debe comer algo típico, pero no había tiempo para buscar gastronomía boricua.

 

La decepción de visitar un museo que no se encontró, nos llevó a una bahía marcada por la historia y serena como el mar. En un balcón distante personajes de la tercera edad disfrutaban de su compañía y la vista familiar, como de la brisa que refrescaba el calor que nacía del candente sol. Subiendo una antigua carretera con vista al mar, mariposas blancas revoloteaban por todos lados creando una mágica alusión de un mundo detenido en el tiempo. En donde yacen caminos a playas escondidas, un faro en el que es palpable el pasado, y un hotel cinco estrellas.

 

Arriba en una montaña cerca del sol, yace un bosque seco lleno de vida y secretos escondidos en sus tramos. La visita es corta dejando las águilas atrás y la entrada de piedra que descansa en el camino angosto, pues el calor que le arropa es insoportable aunque es entrada la tarde. Con un corto viaje improvisado el camino embreado espera para el regreso al área metropolitana, solo se hace una parada más para comprar la ambrosía puertorriqueña, la quenepa ponceña. Se le dice adiós a los cactus que toman el lugar de los árboles en las rocas de los montes, a los flamboyanes que parecer intensificar su color más en el sur que en el norte como una oda a aquel que les baña diariamente, y a las fincas que se extienden hasta perderse en la distancia. Se bajan las ventanas del carro para gozar, en una forma de hasta luego, del viento frío de las montañas del centro de la isla y respirar aire puro. Antes de que se pierdan en la distancia, se apunta a las colinas que simulan bustos para que la descendencia les conozca y se quede con un detalle más de su isla natal en la memoria.



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