Ella nos tragó: una vivencia del huracán María

 

Silente salió de su cauce en la oscuridad nocturna para apoderarse de cientos de hogares, de mi hogar. Una mezcla de ansiedad y coraje se anidó en mi ser al ver lo que se aproximaba y yo, que estaba en mi lista de prioridades y nunca hice, no estaba preparada para su venida. El terror rasguñaba mi pecho en cada latir, la observaba perpleja, “Todo va a estar bien, con calma,” me dijo mi madre. Entré y le expliqué a mis hijos lo que ocurría mientras buscaba la escalera para bajar las maletas.

Una voz me dictaba lo que debía hacer no dejando que la ansiedad me detuviera. Mis hijos, tan asustados como yo, estaban enfocados en mis directrices mientras mi esposo y mi madre movían las guaguas a un lugar seguro. Guardé lo material de importancia, hice maletas, pusimos la gata en su casita con su comida, y junto a mi familia le hicimos frente a sabiendas que pasaremos por ella, pero ella ganaría la batalla.

Cerca uno del otro íbamos en fila, mi esposo al frente cargando al pequeño en su brazo izquierdo y en el derecho la gata. Le seguían de cerca mi madre, mi suegro y mi hija, quienes, cargados con bultos y maletas, se sumergieron en su cuerpo líquido. Sin pensar en lo que había en su interior, mi pie se sumergió en su frialdad y podredumbre. Mientras más avanzaba, su nivel sobre nosotros escalaba hasta llegar a la mitad del torso. Nuestro movimiento le hacía hablar y creaba ondas que se exparsían sobre su superficie y chocaban con la basura flotante y los escombros dejados por el temporal. El deseo latente de sobrevivencia nos empujaba a caminar. En la garganta el taco de la tristeza.

Nuestro tramo fue corto. Salimos de su fauce cargando no solo nuestras pertenencias, sino su líquida esencia en nuestra vestimenta y piel. Las miradas de los vecinos estaban clavadas en ella a la espera de su no deseada cercanía. La incertidumbre marcaba sus rostros como marcó el mío minutos atrás.

Por entre ramas de un gigantesco flamboyán arrancadas sin piedad por los vientos ciclónicos, caminamos con precaución y ligereza hasta el estacionamiento del banco donde las guaguas fueron estacionadas por mi madre y esposo. Respiré un poco aliviada, mas al mirar mi hogar al otro lado de la calle me di cuenta que ella estaba cerca de nosotros. Nos acecha como si deseara devorarnos. Era una advertencia de no mirar atrás, de no regresar a lo que ahora era parte de su dominio.

Marcados, marchamos a buscar una seguridad incierta atravesando la 167 que estaba bloqueada en parte por tendido eléctrico, árboles caídos y agua. Cerca del destino las luces añiles alumbraban la oscuridad a la distancia. Al llegar me bajé, subí las escaleras con llave en mano. Toqué a la puerta, le llamé con desespero tratando de encontrar la llave. Madrina, soñolienta, abrió sorprendida de verme.

“Se inundó mi hogar,” le dije.

“Vengan,” dijo, “aquí van a estar bien.”

Sin embargo, las noticias de que estaba cerca a nosotros y tal vez debíamos desalojar, mató cualquier sentimiento de seguridad. A donde ir se formulaba en mi mente a cada segundo. Mi madre, mi madrina y mi esposo verificaban qué debíamos hacer. A la espera calmaba a mis hijos y escuchaba la radio que daba noticias de que mi urbanización ella se la tragaba y había personas atrapadas en los techos de sus hogares. ¿A dónde ir?

“Nos quedamos, pase lo que pase. Si llega, subimos al tercer piso, pero no voy a sacar a mi familia a buscar un sitio seguro como están las calles de devastadas.”

Las voces maternas se hicieron eco de su determinación, “No nos vamos, eso no va a llegar aquí.”

Vertimos lágrimas copiosas a la realización de lo que pudo ser para nosotros de no darnos cuenta a tiempo, de no tomar decisiones de tener en nuestro hogar a nuestros seres queridos al no darle otra opción antes del devastador evento atmosférico. Esa, y cuatro adicionales, pernoctamos en techo ajeno, pero familiar a sabiendas que cientos no corrían la misma suerte.

Tres días después, fuí a reclamar mi hogar que ella finalmente abandonó y comenzar a borrar las huellas que dejó tras su paso. Al mirar habitación tras habitación, me doy cuenta que aún hay para continuar sin comenzar desde cero. El taco en la garganta se anidó, deseo llorar, pero me aguanto. No tengo derecho alguno de quejarme, ninguno. Traigo a mi mente las miles de personas que lo perdieron todo y miro el toque amargo que me tocó vivir. No tengo derecho alguno de quejarme, ninguno. A pesar de lo perdido, tengo cuando otros no tienen. Tengo y por lo tanto no he perdido. Todo lo contrario, ella nos azotó y nos obligó a caminar un sendero que nunca hubiésemos escogido por miedo a lo incierto. Uno que reeducó nuestra forma de ver nuestra sociedad y a valorar lo que tenemos. Todo comienza en casa, así que comenzamos a caminar ese nuevo sendero con mapo y cubo en mano.

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Serie- Vida cotidiana de una escritora #3: Apagón

Un día anormal, fue ese del apagón en Puerto Rico el 21 de septiembre de 2016 que dio comienzo como a eso de las 2:30 p.m. y se extendió hasta el 23 para muchos, pues para otros fue aún más largo. Algunos le vieron como un evento de sobrevivencia al no experimentar un apagón igual desde los años de la última gran tormenta por ausencia de la visita de una por esta parte del Caribe o por ser de generaciones de este siglo. Últimamente, las tormentas se desvían de manera fantástica y no tocan tierra borinqueña.

La noche deslumbró a muchos con un espectáculo de estrellas y una sinfonía orquestal de coquíes. Sin embargo, no tuve esa suerte. La contaminación lumínica aún estaba presente. Vivo justo detrás de un restaurante de cómida rápida y a su lado hay una gasolinera y ambas tienen plantas. Así que mi noche fue iluminada por las luces de los postes de luz del restaurante y la de sus visitantes. Solo en el patio se observaron varias estrellas que su intensidad era mayor a la artificial y mi orquesta era una percusión de sonidos de motor y planta eléctrica.

Sin embargo, a pesar de la falta de energía eléctrica que nos obligó a estar en una situación inesperada, se vivió con tranquilidad y paz. Dejamos, por lo menos en el caso de mi familia y allegados, que la situación corriera su curso a pesar del calor y la salida de la rutina diaria a la que estamos acostumbrados. ¿Nos hacía falta? Sí, porque la situación nos forzó a detenernos en el tiempo y dejar de luchar en su contra y correr con este, a pensar no solo en nosotros, sino en el prójimo. Nos forzó a estar más tiempo del regular juntos. A darnos cuenta que a pesar de la situación que nos privó de ciertas comodidades que disfrutamos diariamente, tenemos mucho más y no nos faltó nada. Una lección que mis hijos aprendieron por experiencia, que no es lo mismo que enseñarla a través de la palabra. Un momento que pasó, se recuerda y espero no se olvide y que sea uno de enseñanza para agradecer todas las bendiciones que se tienen. Qué la vida trae consigo momentos difíciles, pero todo en la vida tiene arreglo con paciencia, amor y perseverancia.

Serie- Vida cotidiana de una escritora #2: Lucha

Se siente el azote cálido de la brisa que viajó a través de las casas de la urbanización, recorrió suavemente el asfalto y recogió el vapor que de estos emerge y le convierte de refrescante a insoportable. La piel pegajosa pide refrescarse, pero ni tan siquiera el líquido frío que baja por la garganta alivia. La energía eléctrica cada día está más cara y el bolsillo escaso de recurso, por tal no enciendo el aire acondicionado para aliviar la onda de calor. El trópico, irónicamente paraíso caribeño, nos quema. Tan solo estamos a principios de Junio, ¿qué nos deparará Julio y Agosto?

Entre esta adversidad mi alma lucha. Busca quién es en un mar de incertidumbres. Encuentra alivio en las vivencias de aquellos que no se dieron por vencidos, pero quema la incertidumbre tal y como el trópico hace con el cuerpo. ¡Quizás por eso el calor se siente aún más fuerte! Tiembla el alma ante la batalla. ¡Lucha!, grita el espíritu desde el fondo, mas el alma no responde al grito. 

Me he arrodillado ante la pereza y le he servido incondicionalmente por estos últimos meses. Ella me ha dado consuelo en una falsa comodidad, en falsas ideas. Mi cabeza sobre su regazo descansa y me siento como en un sueño donde todo está bien y nada falta. Tiembla el alma ante la batalla. Lee lecturas de la biblia por las mañanas para alimentarse y fortalecerse y reza por las noches con su familia. Mas se niega en trazar a la espera de una acción que traiga una reacción. ¡Despierta!, grita el espíritu desde el fondo, mas el alma no responde al grito.

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Photo credit: jot.punkt via Foter.com / CC BY

 ¡Lucha!, vuelve a gritar con todas sus fuerzas. ¡Despierta!, escuchó el alma y mi cabeza se levanta de sobre el regazo. No luches más contra lo inevitable, lucha por lo que puedes hacer. Es a Su tiempo y no al tuyo

Se ha malgastado un tiempo valioso que no se podrá recuperar. A la realización, se acerca la culpa sonriente y susurra sus palabras venenosas al oído. Deja que hable, no sucumbas a sus encantos. Los fuertes la ignoranDetrás de ella la pereza espera paciente por el llamado que la traiga de vuelta. ¡Oh, alma mía, como te he maltratado! 

Comienzo a trazarlas en el computador, mientras lucho con el deseo de abandonarles. Letra a letra, duelen. Duele el intento. Duele el soñar con lo próximo a decir. Duele el encanto que traen al alma y la satisfacción de un anhelo cumplido de convertirle de una reacción química neuronal existente en la mente a un producto concreto que pueda ser percibido por otros sentidos. El dolor se convierte en una seducción a mis sentidos, en fuego que quema y enciende la pasión. Respiro, sonrío. Mas la pereza está cerca aún, esperando por el llamado que la traiga de vuelta. Lucha, que te duela en el alma, lucha, susurra el espíritu. ¡Qué sin lucha no hay victoria para el alma! 

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