Conoce a Iyeguá de mi libro “La Obsesión de un Inmortal” / Meet Iyeguá from my book ” An Immortal’s Obsession

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Iyeguá gua Jikema, Arakoel de Yagüekala nación de la raza de inmortales los kahali, tras la muerte de su padre se convirtió en la vigésima primera líder de su raza. Kahali fuerte, orgullosa y soberbia, su regido se caracteriza como una dictadura, proviene del uraheke (familia) más poderoso de la nación. Solo le teme a la muerte, algo que ningún inmortal debe temer, que le llegará al culminarse su regido y está cerca. Mas Iyeguá tiene una solución a su dilema: la eternidad que confiere la divinidad.

Arakoel Iyeguá es uno de los personajes principales de “La Obsesión de un Inmortal”, una novela de Ascensión Divina.

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Iyeguá gua Jikema, Arakoel of Yagüeka nation of the immortal race the Kahali, became the twenty first kahali leader after the death of her father. A strong, proud and arrogant kahali who comes from the most powerful uraheke (family) of the nation, her rule is characterized as a dictatorship. She’s only afraid of death, which no immortal should fear, and will come at the end of her rule that’s near. But Iyeguá has a solution to her dilemma: the only thing divinity grants, eternity.

Arakoel Iyeguá is one of the protagonist of “An Immortal’s Obsession”, a novel of Divine Ascension by A.R. Román.

A.R.Román

Primer pasaje de Ascensión Divina

Tanto amigos como familiares, conocidos de las redes sociales y lectores en particular, me han preguntado acerca de Ascensión Divina. Es grato saber su interés hacia mi pasión como narradora de historias y les agradezco por el gesto. Por tal, he decidido compartir pasajes variados de la historia mientras voy a paso lento y cuidadoso con la segunda edición. Así como introducirlos a varios de los personajes principales y secundarios, los diferentes reinos que la componen y su geografía que es muy variada, y por supuesto, las razas de Ascensión Divina. Son ellas con sus diversidades y vanagloria que mueven la acción de esta historia de fantasía que lleva clavada en sus bases los orígenes de mi raza boricua: taína, española y africana.

 

Art by Karol Bak

En Ascensión Divina, La obsesión de un inmortal- libro uno- una inmortal se enfrenta a su mortalidad tras la muerte de su progenitor, de la cual ella es causante, y para obtener la vida eterna, poder absoluto y destruir a los Hüaku, sus enemigos y quienes se interponen en sus planes, debe hallar a toda costa la esencia de la divinidad.

En este pasaje conocerán a uno de los personajes principales del primer libro de Ascensión Divina, Arakoel Iyeqah. Ella no es otra que la líder de la raza de inmortales llamada los Kahali (ka-fa-li). Esta raza se caracteriza por tener ojos azules con mechones de su cabellera negra y lacia a juego con sus ojos, pero sus tonalidades dependen al Uraheke o familia que pertenece. Hay siete Uraheke, pero de estos hablaremos en otro adelanto de Ascensión Divina. De igual manera, se presenta otro personaje, uno secundario, quien no es otra que la Señora del Oráculo y quien pertenece a la raza de los Hüaku (füa-ku). Esta le hace varias revelaciones de importancia para el desarrollo de la historia y que pondrá varios planes de Arakoel en acción. Les recuerdo que este pasaje es tan solo la segunda edición de Ascensión Divina y por tal no es la final y es parte del primer capítulo que es mas extenso. 

 


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Del capítulo La esencia del Oráculo

Paint by Karol Bak
Paint by Karol Bak

Arakoel sonreía complacida, y luego de un largo silencio que estaba segura atormentaba a la Señora, dijo, “Me place tenerla en mi presencia, a usted, que solo ven algunos, que solo un puñado de afortunados escuchan su voz y sus profecías. En contra de todo y de Yahedi, aquí está bajo mi poder.”

Tras la mantilla púrpura que cubría el rostro de la Señora se dibujó una sonrisa, y con serena confianza, contestó a Arakoel, “No estoy ante usted, Arakoel, por designios suyos, sino porque así lo desea Yahedi.”

Sus palabras la turbaron, pues si era por designios de Yahedi eso solo significaba que la Señora tenía una profecía para ella; una noción que lleno de gozo su rencoroso corazón. “Entonces, habla. Dime las palabras de Yahedi,” demandó acercándose a la Señora. Pero justo cuando esta le referiría el mensaje, la detuvo y en voz baja le indicó, “Alto. No digas nada. Sé que puedes hacerlo de otra forma, y quiero que me hagas ver.”

“¿Deseas ver tu profecía?,” preguntó la Señora confusa.

“Sí, es mi deseo y sé que lo puedes conceder. No quiero tus palabras, quiero la esencia de la profecía y lo que con ella trae.” La Señora se mantuvo en silencio por varios segundos, dudaba de lo que debía hacer. Los ojos de Arakoel se fijaron en la silueta del rostro que se dibujaba a través de la mantilla. Esperaba paciente por su respuesta, la Señora tenía que darle su profecía, pues era su deber. Podía escuchar su tormento interno a través de su alígero respirar, palpitante en su pecho que se inflaba con cada soplo de aire. Arakoel deseaba sonreír de placer, pero mantuvo su mirada fija sobre la Señora. Finalmente, la Señora del Oráculo preguntó, “¿Quién le dijo que puede una profecía revelarse de esa forma?”

“Todo elemento tiene la esencia de la vida dentro de un ser, y aunque el suyo no es considerado uno, vive en usted y solo en usted. Fue dado como lo fueron los elementos de la creación a los Custodios, y ellos manipulan esa esencia que vive dentro de su ser. Quiero sentirlo dentro de mí, y sé que lo puedes hacer.”

“No sabe lo que pide. Las palabras son más fáciles de internalizar, las sensaciones crudas de lo que vemos nos pueden impactar de sobremanera, a tal punto que podrían cambiar nuestras vidas.”

La líder de los Kahali tornó su mirada hacia un lado para asimilar las palabras dichas por la Señora. No había nada que temer cuando la victoria estaba cerca, y los riesgos que se presentaban en el camino fortalecían al espíritu. Una sombra de maldad se apoderó de su mirada y cambiaba las facciones de su rostro del cual emanaba terror para aquel que le mirara. De esta forma miró a la Señora, que espantada retrocedió. Arakoel avanzó hacia ella, y ordenó con voz tenebrosa, “Revela tu profecía, ¡Oh, Señora del Oráculo!”

“Bien,” contestó temblorosa ante lo que iba hacer.

Arakoel se arrodilló frente a la Señora y esta colocó su mano izquierda, decorada con el Üanin, joya en oro blanco utilizada por los Custodios y ella, sobre su cabeza y cerrando sus ojos dejo fluir a los pensamientos de Arakoel la profecía que debía entregar. Arakoel Iyeqah sentía que su cuerpo era inundado de paz y serenidad, ese era el toque de Yahedi al entrar en el ser, que abrieron su mente por completo a la espera de la visión de Yahedi. Ésta entró en su mente tal y como un rayo cae sobre un árbol, haciendo que todo su cuerpo quedara tieso. Su boca se abrió para poder respirar, un intento fallido; y mientras se quedaba sin aliento y clavaba fuertemente sus uñas en la alfombra que servía de piso en su tienda, la visión de la profecía se dibujaba en su mente. Un rayo, una piedra, un rostro negro en pena… Luego, la Señora comenzó a hablar, “La mano suprema esculpirá tu rostro en piedra. En negro sellando tu destino. La eternidad efímera de un inmortal. Marcado en piedra la angustia, el dolor y la penitencia. De tus labios nacerá la cólera divina.”

Arakoel retrocedió de un empujón con las pocas fuerzas que le quedaban en su cuerpo, para romper con el contacto que tenía con la Señora. Cayó de espaldas al suelo jadeando. Por varios minutos quedó allí tendida hasta que sintió que su cuerpo recobraba un poco las fuerzas. Con dificultad se puso en pie y tomó asiento. La Señora aún estaba parada en el mismo lugar, le miraba en silencio. “¿Eso es lo que sientes cada vez que se te entrega una profecía?,” preguntó Arakoel exhausta.

“No siempre, pues mi cuerpo ha sido creado para esto. La tuya, no obstante, fue una dolorosa.” La Señora tenía razón, aunque por su parte ella podía decir que fue más que dolorosa, fue aterrador y la cual veía en su mente cada vez que cerraba sus ojos para inhalar profundamente y serenar el fuerte palpitar de su corazón.

“Aún hay más,” anunció la Señora mientras se acercaba a ella.

“¡No!, no más,” exclamó con un rostro de repudio y levantando su mano temblorosa. De igual forma la Señora se acercó. “Esta profecía te incumbe, y debo entregarla.”

Una segunda profecía, se decía para sí la líder de los Kahali. No sabía si era su día de suerte o quizás de maldición. La primera fue espantosa y aterradora, tomar una segunda en la condición corporal y mental en que estaba era un riesgo muy alto de asir. En especial, por los nuevos tormentos que quizás acompañaban a la visión. Su fuerza la ayudaba a soportarlo todo, pero esta vez tomaría el consejo dado en primera instancia por la Señora aunque no le admitiera.

“Hazlo, pero en palabras,” le ordenó.

La Señora se acercó a su oído y en él susurro la profecía de Amaya. Al terminar, la visión entró en la mente de Arakoel y aunque no fue tan fuerte como la anterior, la dejo nuevamente sin aliento. Al recuperarse dijo indignada a la Señora, que estaba frente a ella. “Te ordené que no me dieras la visión.”

“Pediste la profecía y esta no puede ser dada si no es acompañada por la esencia del oráculo. La visión vino a ti, porque a través de mí se escucha la voz de Yahedi y ambas se acompañan cuando una profecía es revelada.” Entonces, dijo con voz misteriosa y con un tono de advertencia, “De ahora en adelante tendrás solo visones de un futuro no muy lejano. Profecías a medias que tendrás que interpretar y que tal vez te lleven a agonizar. Las visiones de tu vida no las verás, pero sí la de los demás. Tómalo como una bendición o una maldición. Independientemente, dentro de ti hay una diminuta porción de la esencia del Oráculo. Recuerda es dada a ti no por mi deseo, sino porque así estaba decretado.”

Aún débil por ambas visiones, no podía pensar claramente. Las palabras de la Señora eran confusas y no las comprendía en su totalidad, necesitaba descansar. Por eso tomó de la mesa que estaba a su lado una pequeña campana de plata, y a su retumbar entró inmediatamente un Nabori. A este le ordenó se llevase a la Señora a la tienda asignada y que la mantuvieran allí hasta que ella la mandara a llamar nuevamente. Insistió en que la seguridad fuera doblada y que nadie entrara a verla , con excepción de su hijo Nariqah. Entonces, dio órdenes de no ser molestada a menos que no fuera por la contestación de los Hüaku a sus demandas, que estaba segura tomaría un largo tiempo ya que la capital quedaba al otro extremo de Ataiba y ellos se asegurarían que ella decía  la verdad sobre la captura de la Señora, sino era que ya conocían de su desaparición.

Aunque casi cuatro centenarios atrás, el recuerdo de esa noche estaba fresca en su memoria, palpable en cada visión que experimentaba. Esta última venía como punzada dolorosa, pero cargada de esperanzas: Huyán. Con ella podría poner en marcha sus planes, pero el Tiempo, quien cargaba con la alusión de su final, le pisaba los talones. Arakoel sonrió a medias aun exhausta. Ignorante, pensó, mi final no forma parte de mis planes y tú, Señor Tiempo, nunca me traerás la muerte.

A solo cinco capítulos de completar Ascensión Divina

Sé que con todos los detalles que esta historia lleva, sin mencionar a todos los personajes, no terminaré exactamente en Noviembre 30, sino varios días después. Lo importante de todo es que alcanzaré una de mis metas para este año 2011. ¡Terminaré!

Lo que me entristece en esta parte de la historia es que tendré que poner fin a uno de mis personajes favoritos, uno que fue diseñado en alguien a quien amo mucho. Pero estoy segura de que haría lo mismo que este personaje de ser necesario. Con este sacrificio destrozaré el corazón de otro, pero abrirá sus ojos a la verdad y se encaminará de una vez y por todas a tomar las riendas de su destino y salir de la oscuridad. ¿Qué hará? Bueno, para eso hay que escribir la segunda parte de esta historia, que está visualizada para ser transformada de la imaginación a la palabra escrita a mediados del próximo año.

Hasta este momento, pues no he tenido tiempo para hacer un poco más por condiciones de salud, mi conteo de palabras es de 32,753 para el NaNoWriMo. Como la novela estaba comenzada antes del reto, el conteo total es de aproximadamente unos 130K. No he mirado atrás y ya sé que hay escenas que debo eliminar en la revisión y bajará el conteo de palabras, así como capítulos que debo dividir que me harán llegar a unos veinticinco. No estoy contando el prólogo y el epílogo, que son muy importantes.

Por el momento compartiré otro extracto de Ascensión Divina con ustedes. Este es del capítulo diecisiete Sentencia, espero lo disfruten. (Aún no he vuelto a él desde que le escribí, así que no está perfecto. Disculpen.):

A paso aligerado recorrió los pasillos del palacio con la elegancia que le caracterizaba. Su rostro sereno hacía de su belleza una majestuosa. Imuqaru, la Kahali que fue bendecida con la mirada de ojos violeta, estaba decidida en lo que debía hacer. “Gracias,” recordó haber dicho a su amado esposo Narwuti mientras ella descansaba boca abajo en su cama, con la espalda cubierta en gazas. Un olor a medicina inundaba el cuarto aquel día de sacrificios.

“No hay nada que agradecer,” ella le había contestado, el dolor era punzante en su espalda. “Era necesario y así aseguramos el futuro.” Él le sonrió y besó su mejilla. Toda la noche se quedó a su lado, pendiente a ella. Acariciando su rostro cada vez que el dolor regresaba a su espalda y le daba los medicamentos que el bohiqo le había ordenado tomara.

Dos guardias vigilaban la puerta del salón del Qaminani, al ver a Imuqaru que se dirigía hacia ellos se movieron a su encuentro dudosos para detenerla. En sus azuladas miradas se notaba la indecisión, ella se paró frente a ellos y les miró con autoridad.  Ambos tragaron y bajaron sus rostros, se movieron hacia un lado y la nabori de Imuqaru abrió las puertas. Todas las miradas de los presentes se tornaron hacia las puertas que se abrían de par en par.

Nariqah estaba en medio de ellos, frente a Arakoel y Orokoel Alnairu. Arakoel miró de inmediato hacia la puerta con un rosto serio, decidida en castigar a ese que se había atrevido a interrumpir. Al ver a su madre su rostro se tornó pálido y en sus ojos, que por siglos no habían reflejado ese sentimiento, se podía leer el terror que sentía su alma en ese instante.

Sí, mi hija, aquí estoy para poner un alto a tus planes, le dijo con la mirada Imuqaru. Arakoel inmediatamente se puso en pie, y caminó al encuentro de su madre, “No puedes estar aquí,” le dijo en voz baja.

Sus ojos se clavaron en los de ella, la serenidad aun le revestía. “No me has dado otra opción.”

“Piensa bien lo que vas hacer, antes que hagas algo de lo que puedas arrepentirte, madre.” Su respirar era aligerado, sabía el porqué ella estaba allí.

Puedes leer el extracto anterior de Ascensión Divina aquí, y agradecería compartieras tus comentarios. Un abrazo y saludos. Gracias por la visita y la inspiración.



El despertar de la oscuridad Parte II

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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Uno

 

 

EL DESPERTAR DE LA OSCURIDAD

Parte 2

 

CUAndo se marchó el caballero, Alora ayudó a su señora a sentarse en una silla acojinada. Peinó su cabellera y mientras lo hacía pensaba en la desesperación que la princesa debía sentir. Si el rey estaba muerto, eso solo significaba que ella era reina de Irgoz, pero ¿quién trataría de mantener la muerte del rey en secreto? Entonces, una palabra vino a su mente, Nabwh. Alora no podía concebir ese pensamiento. Su corazón comenzó a latir rápidamente en su pecho y el cepillo que sujetaba en su mano cayó al suelo.

Dinorah comprendió lo que le ocurría a su dama, ella había caído en cuenta de lo que pasaba. La princesa no guardaba secretos a Alora y más cuando la conocía muy bien, ella conocía todos los detalles de la vida de Dinorah. Alora conocía sus sueños, sus metas, sus alegrías y tristezas. Al igual que la princesa, estaba entrenada para ese momento. No fue de casualidad, pues la reina Eduvigis la escogió a ella para ser la acompañante de su hija.

La reina sabía muy bien lo que le podía suceder a su hija, así que estaba dispuesta a prepararla para lo que ocurriese. Ella reunió a las mejores casas del reino de Irgoz y les ordenó que trajeran a sus hijas. Entre ellas estaba Alora, hija del gran duque de Goizene, la más grande provincia al norte del reino. Era una niña tímida, pero hermosa y llena de vida; la primera vez que la reina Eduvigis la vio sabía que era especial. Así que la reina decidió hospedar a Alora en palacio por unos días, para estudiar a la niña de siete años con más detenimiento.

La presentó a Dinorah y las dejó a solas por varias horas. Al regresar, las niñas jugaban muy contentas, parecían llevarse muy bien. Esa noche la reina interrogó a su hija sobre Alora, esta le dijo que si alguna vez tenía una hermana le gustaría fuera como ella. La contestación sorprendió a la reina, quien preguntó por qué pensaba así si no la conocía bien. Dinorah miró a su madre a los ojos y le dijo que ella había mirado su alma, y esta era pura de corazón. La reina sonrió, sabía que su hija tenía una forma especial de ver el corazón de las personas. Después de todo, su familia entera era especial y estaba llena de secretos que no podían ser revelados.

La reina Eduvigis envió a amabas niñas al monasterio a que fueran educadas. Las puso en las manos de un joven Unnfrid que las cuidaría y les daría la educación que necesitaban. Solo se separaban en ocasiones especiales, cuando visitaban a sus familias. Nunca se quejaron de estar lejos de sus seres queridos, pues, aunque eran solo unas niñas, sabían que era su obligación y era para el bienestar del reino.

Dinorah tomó la mano de su dama para consolarle, y le dijo, “Me temo que ha comenzado. Ya han pasado tres días de su muerte, lo siento en mi corazón. Mi amado hermano…” Dinorah hizo una pausa, sin poder apaciguar sus sentimientos lloró. Lo hizo por no poder haber estado al lado de su amado hermano en sus últimos momentos. Lloró por la pérdida de su rey. Más aún por la sombra que desde ese momento cubriría a su amado reino y despertaba dentro de ella.

Cuando su señora se tranquilizó, Alora le preguntó, “Si usted sabe de la muerte del rey, ¿por qué enviar a Brengüer a Karmiérz cuando era usted quien debía ir?”

“Si el rey está muerto, hay mucho por lo que preocuparse, especialmente del Nabwh. Es solo una profecía, pero es el comienzo. El dolor que sentí esta mañana era más que una señal. El Nabwh explica que a la muerte del soberano en tres días el próximo en línea debe ser coronado, o la oscuridad se levantará desde su ser y lo consumirá lentamente y por completo. Las sombras cubrirán a Irgoz y este dejará de ser el reino de luz. Nabwh va más allá, la reina de los Oshmdwans despertará de su letargo y tratara de reunirse con su amado. Para evitar todo esto, tengo tan solo un par de semanas máximo un mes para llegar a Karmiérz y ser coronada. Esta es la única forma en que la sombra volverá a adormecerse, hasta el próximo en línea.”

“Karmiérz está a catorce días de aquí, Lvadi, y eso es tomando los caminos centrales. No hay forma alguna que podremos llegar a tiempo para salvarle, tendremos que cabalgar día y noche.”

“Lo sé, pero es un riesgo que debo tomar. Verificaremos los mapas y buscaremos las rutas más seguras. Antes, debemos hacer una sola parada. Debemos ir al monasterio de Lajwéz, tengo que verlo,” dijo con tristeza.

“Él se alegrará en verla, hasta que se de cuenta de lo que ocurre.”

“Él sabe lo que hacer. Ahora nos corresponde ser pacientes y esperar. Por el momento, hagamos lo que vinimos hacer aquí. Manda a buscar a los Marqueses Wrikham, pondremos hoy un fin a esta disputa entre los dos mercaderes de esta ciudad. Ordena a los Sarai Richari que cuando lleguen los Marqueses y entren al palacio, salgan sin ser vistos a buscar a los mercaderes bajo orden de arresto de parte de Su Alteza Real, la princesa Dinorah. Dile a mi secretario que escriba las órdenes y las entregue a los Sarai a la brevedad posible. Tengo un mal presentimiento, Alora, sospecho que lo que aquí sucede no es lo que se da a parecer,” poniéndose en pie y con determinación, añadió. “Pongamos presión a aquellos que tienen un plan oscuro; esperemos que muestren sus rostros muy pronto.”

“Lo que dice la puede poner en un peligro más grave de lo que esta ahora. Todo lo que saben, asumiendo que es un grupo de personas, es que, Usted, no conoce sobre la muerte de su hermano y hay una posibilidad que la oscuridad del Oshmdwan la consuma sin que lo note. ¿No cree que sea mejor esperar hasta que Brengüer regrese con noticias?”

“Para entonces, será muy tarde. Si logro resolver el problema de los mercaderes, estoy dando espacio a que se revele lo que está oculto, pues nada más me detienes aquí. Esto me da una ventaja para saber qué curso tomar en este asunto, y como proceder. Desde que la casa de Itana tomó el poder de este reino, ha habido mucha envidia y han buscado la forma de destronar a los reyes. Por eso presiento que los Marqueses tienen algo que ver. No es un secreto que la familia de la que provienen han sido enemigos de la casa de Itana.”

“La esposa de su hermano y reina de Irgoz proviene de esa familia,” mencionó Alora.

“Sí, por tal razón mis padres se negaban a ese enlace, pero el amor pudo más que las enemistades. Este reino siempre ha vivido rodeado de enemigos, de seguro tengo varios de ellos a mis espaldas, y más cerca de lo que imagino. Por tal razón, necesito pasaje seguro a través de mi reino. Mi vida no estará segura hasta que sea coronada reina,” hizo una pausa y expresó con autoridad. “Manda a buscar a los Marqueses y que les informen les espero aquí antes del mediodía.”

Alora haciendo una reverencia, dijo, “Por supuesto, Lvadi.”

Al salir del cuarto notó la rosa que Brengüer olía minutos atrás. La tomó y la llevo a su nariz, el aroma era exquisito; sonrió ruborizada. Como por impulso y movida por un sentimiento desconocido, corrió hacia una gran ventana de cristal que daba hacia los establos. A través del cristal buscó con la mirada a Brengüer, deseando en sus entrañas que no hubiese marchado aún. El caballero estaba a punto de salir, solo esperaba por su compañero. De casualidad miró hacia la ventana desde donde le miraban con detenimiento y al ver quien allí estaba, su corazón saltó de emoción. Para que nadie se diera cuenta, tomó las riendas de su caballo y las movió de tal forma para que este hiciera una reverencia con su cabeza, a la vez que hacía un arco con su pata izquierda. Alora sonrió, e inclinó su cabeza en respuesta de aprobación. Era costumbre de los caballeros enviar mensajes a las doncellas con los gestos de sus caballos. De esta forma comenzaba un tipo de cortejo entre el caballero y su damisela.

Cuando Alora se marchó, Brengüer le hizo señal a su compañero para marcharse. Los dos salieron por la entrada trasera del establo, para que nadie se diera cuenta. Esta daba a un camino que llevaba a las afueras de la ciudad, y por años había sido utilizada por los monarcas que se hospedaban allí, en caso de alguna emergencia.

Alora deslumbrada y con una leve sonrisa pintada en sus labios, se dirigió a la cocina donde usualmente se podía encontrar al menos uno de los mensajeros. Para su conveniencia había dos, así que escogió al más rápido y le dio el mensaje de la princesa. Le ordenó que no se aplazara en llevarlo y que de inmediato saliera. Cuando se aseguró que el mensajero salió del palacio, se dirigió al secretario y le dio las órdenes dadas por la princesa, luego se marchó al establo. No deseó hacerlo cuando estaba Brengüer aún allí, para no distraerse y concentrarse en lo que había que hacer.

Al hacerse presenté por segunda vez en el establo, los Sarai Richari se sorprendieron; pero en lugar de hacer preguntas, se pusieron frente a ella, le hicieron reverencia y esperaron sus órdenes. Alora, entonces, les dijo, “La princesa Dinorah ha mandado a buscar a los marqueses, una vez ellos estén en palacio, ustedes, saldrán del palacio a toda prisa y arrestarán a los mercaderes. El secretario de la princesa vendrá en unos minutos para entregarles las órdenes escritas. Los traerán al palacio, los llevaran al salón del trono, donde esperarán sin dar razón alguna a nadie, a la llegada de su la princesa y los marqueses. Su Alteza da permiso de usar fuerza moderada de estos negarse en venir.”

De inmediato los caballeros se dispersaron y comenzaron a prepararse para su salida. Alora se marchó tan silenciosa como llegó. Mientras se dirigía de regreso al cuarto de su señora, oraba al Cuarto pidiéndole protección y paz, pues lo que merodeaba por todas partes de esa ciudad se sentía tal y como si estuviesen siendo asechados por los Oshmdwanos. Para cualquier Irgoez, ese pensamiento era espantoso. Pensar en los Oshmdwanos era pensar en la oscuridad, y ningún hijo de la luz, como los Irgoezes, deseaba envolver sus pensamientos en sombra. Los Oshmdwanos trajeron miseria y discordia en el pasado, y ese era el temor de Alora: el regreso a una era de oscuridad, como la que habían vivido siglos atrás.

 

La primera parte del capítulo dos, El Caballero del Rey, será entregada

el 9 de marzo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

El despertar de la oscuridad Parte I

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 Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Uno

 

EL DESPERTAR DE LA OSCURIDAD

Parte 1

 DINorah fue despertada por un punzante dolor en su pecho que hizo se estremeciera por completo. Era tal y como si le incrustarán un clavo ardiente en su corazón, pero más aún, como si algo tratara de adentrarse en él para poseer su alma. Trató de gritar, mas lo único que por sus labios salió fue un afónico chillido. Su pecho se comprimía y le faltaba la respiración. Ella trataba de luchar contra el dolor inútilmente. Fue cuando recordó las palabras del Unnfrid, el sacerdote que de ella cuidó desde que era una niña.

Cierra tus ojos, resonaron las palabras del Unnfrid en su mente, y respira profundamente. Luego, reza la Luminaria que te enseñé. Cuando venga, si alguna vez llega, estarás preparada para soportarlo y enfrentarle. Esas fueron las últimas palabras que le dijo antes de que ella fuera sacada del monasterio para la coronación de su hermano Malkior. Dinorah cerró sus ojos y con gran esfuerzo respiró profundamente, y en el lenguaje antiguo pronunció la Luminaria.

“Luz, esencia divina, ven a mi corazón. Defiéndeme de la oscuridad, ¡no me desampares que hija tuya soy! Mira que arde dentro de mi ser. Luz Divina, soplo de vida, enciéndete en mí y la sombra que me marca, suprímela.”

Un rayo de luz tenue la cubrió, y el penetrante dolor se apaciguó por el momento. Dinorah comprendía su arduo entrenamiento en el monasterio al que su madre la internó. Allí la entrenarían para algo que en aquel momento no comprendía, pero que en ella vivía por su linaje. Lo mismo ocurrió con su hermano mayor Malkior, quien era rey del reino de Irgoz. Él fue enviado a la sede de la religión y estaba bajo la tutela del Seboas Unnfrid, alto sacerdote y cabeza de la religión. Ella estaba destinada a ser solo una princesa y ser ejemplo de paz para el reino, pero todo cambio cuando Malkior la declaró heredera al trono yendo en contra de los deseos de sus padres.

Dinorah tomó una pequeña campana de cristal de su mesa de noche y la hizo sonar. De inmediato entró Alora, su dama de compañía. Alora se atemorizó al ver a su señora muy pálida y temblorosa. Corrió a su lado y tocó su frente para verificar si tenía fiebre, pero era todo lo contrario, su señora estaba tan fría como la nieve.

“¿Se siente bien, Lvadi?”

“Sí, nada de que preocuparse por ahora. Necesito un favor,” contestó Dinorah aun exhausta.

“¿En qué le puedo servir?”

“Busca entre los Sarai ese quien sea de confiar y quien por mí la vida daría sin fluctuar.”

“¡Lvadi!” Exclamó espantada Alora.

“No tengas miedo,” dijo Dinorah con voz tierna, “solo dejó sentir su presencia. Aún estamos a tiempo. Ve, y haz como te ordeno.”

Alora hizo como su señora le pedía, fue a buscar de entre los Sarai Richari, los caballeros de la princesa, uno que fuera de confianza. Como acostumbraban los Sarai, quienes eran unos veinte en total, estaban reunidos en el patio interior del palacio real. Allí esperaban pacientes, luego de hacer sus ejercicios matutinos, por el cocinero quien les traía todas las mañanas el desayuno. Alora se acercó a ellos lentamente, y al verla los Sarai se quedaron sorprendidos. Era inusual que ella fuera a ellos, siempre enviaba a uno de los sirvientes con las órdenes de la princesa. Esta vez era diferente, y por lo tanto, no hicieron preguntas. Sabían que si la dama de compañía de la princesa estaba entre ellos, era por un motivo de suma importancia.

Los caballeros le hacían reverencia al ella pasar frente a ellos. La princesa había dado órdenes de que le obedecieran y le mostraran respeto. Alora les miraba directamente a los ojos, los estudió uno a uno hasta que llegó frente a un hombre de alta estatura y de rasgos fuertes. Era el primero en línea para el desayuno. Alora le miró por varios minutos, el hombre no hizo nada más que mantener su mirada baja en señal de humildad y respeto. En los labios de Alora se dibujó una pequeña sonrisa, había encontrado el hombre que la princesa necesitaba.

“¿Eres tú al que llaman Brengüer, la lanza del guerrero?” preguntó con autoridad Alora.

“Soy él, Lvadi. ¿Cuál es su mandato?” Contestó Berengüer arrodillándose.

“Sígueme,” luego se dirigió al cocinero. “Dale un pedazo de pan y una copa de vino caliente.” Tornándose nuevamente hacia Brengüer, ordenó. “Comerás mientras caminas, Brengüer.”

Brengüer tomó el pan y el vino, y comenzó a comer mientras seguía a Alora. De repente ella se detuvo frente a un joven de quince años, y le preguntó, “¿Eres el escudero de Brengüer?”

“Sí, Lvadi,” contestó el joven con timidez.

“Haz como te ordeno. Prepara el caballo y la armadura de tu amo.”

El joven escudero hizo una reverencia, y enseguida se retiró para hacer lo que le ordenaban. Fue a los establos y sacó el caballo de su amo. Era un hermoso animal de color marrón con un parcho blanco en su pecho que le daba su nombre, Bronwen. Mientras el joven hacia esto, los demás caballeros continuaron con su rutina: luego de desayunar practicarían el arte de la guerra. Nadie hizo comentarios, pues no era su lugar hacerlo; era tan sencillo, como que la princesa necesitaba su mejor hombre en esos momentos.

Alora caminaba rápido, como si flotara por el suelo. Brengüer trataba de alcanzarla al mismo tiempo que comía, deseaba terminar antes de ver a su ama. Al llegar a la recámara de la princesa Dinorah, el caballero ingirió su último pedazo de pan y bebió lo que le quedaba del vino.

Alora se viró hacia él, y le dijo, “Espera aquí.”

Así lo hizo, y vio desaparecer a la dama detrás de la puerta. Alora se acercó a su señora quien estaba parada al lado de una gran ventana que miraba a la plaza central de la ciudad. Vestía una bata azul claro; su ondulada cabellera marrón estaba suelta y caía elegantemente sobre sus hombros. La gente decía que la belleza de la princesa Dinorah no tenía comparación alguna. También expresaban que si mirabas directamente a sus verdes ojos, podías ver una luz llena de paz que emergía de ellos. Su madre, la reina Eduvigis, vio esa luz cuando su hija nació y por tal la llamó Dinorah, que significa “aquella que irradia luz”.

Dinorah tenía veintisiete años, pero desde que era una adolescente poseía sabiduría más allá de su edad. Su hermano la proclamó consejera real, pues siempre tenía palabras sabías en asuntos de estado y la ciudadanía. Lo que nadie se esperaba era que el rey la nombrara heredera al trono. Él no tenía hijos, y aunque siempre pensó en su hermana como la mejor para reinar, su nombramiento vino solo a los tres años de su reinado. Se murmuraba que el rey no podía tener hijos, pero también que no deseaba tenerlos. Este hecho le costó romper una promesa que le hizo a su padre antes de morir, de no nombrar a su hermana la próxima en línea al trono. Según el fallecido rey, era el deber de Malkior darle un heredero a la corona.

“Mi señora,” dijo Alora.

“¿Has hecho como te ordené?” Preguntó Dinorah sin dejar de mirar a través de la ventana.

“Sí, le he traído a Brengüer. ¿Lo desea ver ahora?”

“Sí.”

Alora abrió la puerta, para dejar entrar a Brengüer, pero lo que vio la dejo sorprendida. El caballero estaba inclinado con los ojos cerrados sobre un arreglo floral, olfateaba una rosa y por su expresión, la disfrutaba. Ella sonrió, pues nunca había visto el lado sutil de un caballero. Eran hombres fuertes que daban pocas señales de sentimiento alguno para ganar el respeto de los demás. Alora encontró esto intrigante para un hombre de su estatura, pues él era el mejor de los Sarai Richari.

Alora le llamó por su nombre, él la miró asombrado ya que había sido tomado por sorpresa, algo que le era inusual. Brengüer siempre estaba listo para cualquier cosa y en esos momentos una dama, tan bella como Alora, lo sorprendía disfrutando de una simple rosa. El caballero se irguió silenciosamente a la espera de sus nuevas órdenes. Alora no hizo comentario alguno para no avergonzarle más de lo que estaba, así que le dijo, “Entra, la princesa espera por ti.”

Brengüer entró a la recámara y al ver a la princesa inmediatamente se arrodilló, puso el puño sobre el suelo y su mano derecha sobre su pecho, y dijo “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

Sin mirarle, Dinorah dijo suavemente, pero con autoridad, “Hay un asunto de suma importancia que hay que mantener en secreto. ¿Puede Li Jahivé fridu confiar en ti, Brengüer?”

“Sí, Lvadi, estoy a su servicio,” contestó con solemnidad.

Ella se viró hacia él, le pidió que se levantara y mirándole a los ojos, dijo con tierna voz, “Brengüer, necesito que vayas a Karmiérz. Temo que el rey está muerto y no he recibido noticia alguna al respecto. Debes ir e investigar si esto es cierto. No dejes que nadie sepa que te he enviado. Haz lo que tengas que hacer para mantener esto en secreto. Confío en ti, Brengüer. Cabalga tan rápido como puedas, pues el futuro del reino y mi vida están en tus manos. Escoge de entre los Sarai Richari aquel a quien le tengas gran confianza para que te acompañe y no estés solo.”

“Haré como me ordena, Jahivé fridu.”

“Ve con mi bendición.”

Antes de salir de la recamara, Brengüer miró a Alora a los ojos y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa e inclinó su rostro en respeto.         

 

La continuación de este capítulo será el 23 de febrero de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


¿Qué hay nuevo?

Bueno, ahora a descansar un poco y disfrutar de las festividades que se aproximan junto a mi familia. “El Valle de la Inspiración” les invita a leerle, y yo de mi parte les doy la invitación a darse una vueltesita en la proxima semana, si Dios lo permite, para que disfruten del Capítulo Seis de la novela virtual Argia: luz y sombra. ¡Sí argianos regresa!

Gracias por todo y nos leemos pronto.

Alexandra Román de Hernández
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Felicitaciones a los ganadores

Saludos,

Quería felicitar a los ganadores de los libros, comenzando con Fran Bermejio ganador del libro de tapa dura. Isa Perez y Oscar Herrera, ganadores de los libros de tapa blanda. Gracias por participar amigos y por el apoyo. ¡Qué lo disfruten!

Hasta luego,
Alexandra Román de Hernández
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Si compras una copia de “El Valle de la Inspiración” (tapa blanda o dura) recibirás un 10% de descuento al pagar. Solo tienes que ir a http://www.lulu.com/content/7470706, y escribir en el área del coupon DEC11, y te dan el descuento.

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¡No pierdas la oportunidad de tener una copia!

Alexandra Román de Hernández

Preludio a un gran evento

Sí, como preludio a un evento que estamos organizando, El Blog de Welzen a colocado un post introduciendo a sus lectores la novela “El Valle de la Inspiración'”. Visita su página y disfruta de sus reseñas a películas y videos que Welzen comparte con sus lectores en su blog. Estoy segura que te interesara y regresarás a él.

Hasta luego,

Alexandra Román de Hernández

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www.twitter.com/AlexandraRoman