Capítulo Seis: Las puertas carmesí, Parte II

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Los Hijos de Oshmdwa

Capítulo Seis: Las puertas carmesí

Segunda Parte

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El viento azotaba su rostro, pero acostumbrado a la rápida cabalgata no afectaba su visión. Tenía los ojos clavados en la distancia, atento a todo lo que a su alrededor estaba. El palpitar de su corazón estaba unísono con los pasos acelerados de los caballos de los Sarai y del suyo. En su mente no se pintaba mas que la persona de la princesa Dinorah y esperaba que estuviese segura lejos de él. Mientras avanzaban, los minutos se hacían largos y no veía ninguna señal de ella y sus acompañantes. ¿Dónde están?, se preguntó.

La desesperación comenzó a adentrarse en su sistema nervioso como un veneno sin antídoto. En el camino no había señales de combate alguno lo que le hizo pensar que, tal vez, tomaron otra ruta. La idea la disipó inmediatamente, Nart no se desviaría del plan. A menos que no fuese necesario, se dijo. “¡Jia!,” gritó a su caballo, las riendas azotaron su cuello. Su corcel iba a la velocidad que su cuerpo le permitía ir y esto disgustaba a Senín. ¿Dónde están?, volvió a preguntarse. Unos metros mas, de ser en vano, tendré que dividirnos.

La paciencia, aunque casi se desvanecía dentro de su ser, dio resultados. El eco de las pisadas aligeradas de caballos se escuchó a la distancia y las siluetas se dibujaban y eran reconocibles. El grupo se había dado la vuelta y los rayos del sol se reflejaban sobre el metal desnudo de sus espadas que decoraban sus brazos. Estos al reconocerles las bajaron y al Senín acercarse se dio cuenta que la princesa Dinorah llevaba la suya en mano. Bajo la velocidad y la calma regreso a su alma.

“¡Nart!,” llamó Senín. Este se acerco. “¿Confrontaron problemas?”

“Ninguno, Bńlekoh, solo nos preparamos por si los que se acercaban no eran ustedes,” comentó guardando su espada. Senín miro a la princesa que se acercaba a él.

“Lvadi, espero que la próxima vez no saque su espada, sino continué el camino. Solo si nuestros enemigos logran cruzar nuestras defensas o matarnos y la alcanzan. En ese momento, espero saque su espada.”

El sol brillaba sobre ella, su torso erguido la hacía aun mas elegante. Arqueo una ceja y le miro con ojos penetrantes, “¿Me está amonestando, Senín? Espero que no se le olvide a quien le habla.”

“Sí,” afirmó con autoridad. “Mientras este bajo mi protección, yo doy las ordenes y, usted, las sigue.” El pensar que ella se quedaría atrás a pelear con el enemigo de estos haberles alcanzado, y que le sucediera algo mientras estaba bajo su protección era una noción que no aceptaría. Verla con espada en mano, encandeció su cólera.

“Sé defenderme, Bńlekoh, no soy una damisela vulnerable. No lo olvide, pero seguiré sus recomendaciones. Ahora, dígame, ¿quiénes eran esos que nos atacaron?”

Senín la miró seriamente, no era el momento para discutir o corregir que no eran recomendaciones, sino ordenes. “Aigmund reconoció a uno de ellos, lo había visto en palacio. Los que sobrevivieron huyeron y decidimos no seguirles para asegurarnos que estuviese segura. Lvadi, alguien nos traicionó en palacio.”

Dinorah bajo su rostro en preocupación, algo le incomodaba. “El único que conocía que saldría de palacio era el mayordomo.”

“Entonces, él dio la alerta de su ausencia.”

Dinorah mantuvo silencio, confiaba en el mayordomo y este trabajaba para sus enemigos. “Debemos continuar, hay que llegar lo antes posible al monasterio.”

“Si no nos detenemos, llegaremos al atardecer del día de mañana. Mas ahora debemos darles entierro a los caídos, luego nos marchamos.”

Dinorah no tenía mas que decir, sus pensamientos estaban distraídos ante la cercana traición. ¿Habrá entre sus Sarai alguien que le sea leal a sus enemigos? No podía pensar de esa manera de esos argianos que le han sido fiel por años, esos quienes una y otra vez le han demostrado su fidelidad. Le conocía a cada uno, su pasado, sus deseos, el tipo de argiano que eran. No, entre ellos no había uno que le fuera infiel. “Bien, entreguemos a la luz lo que es de la luz.”

Los cuerpos de los cuatro caídos fueron colocados sobre el suelo, a la cabeza, de rodillas, estaban los Sarai, Nart, Senín, Dinorah y Alora con los brazos extendidos. Entonces, Dinorah, dijo, “Estos son los valientes hombres que han fallecido, son guerreros de la Luz. Yo, Dinorah, te agradezco por la luz del sol con la que nos bendices. Toma estos guerreros y regrésalos a la luz eterna de la que nacieron.”

Un brillo cegador nació de los cuerpos bañados por los rayos del sol, se elevaron y con un último soplo de vida se tornaron hacía los presentes, hicieron una reverencia y desvanecieron en la luz. “Lo que es de la luz regresa a la luz,” concluyo Dinorah. De inmediato se pusieron en pie, montaron y se marcharon a toda prisa.

Como acordaron, no se detuvieron. Cabalgaban a toda prisa por si los que pudieron huir regresaban con refuerzos. Cuando la noche se adentraba, Senín dio la orden de detenerse y descansar por varias horas. Berengüer se dio a la tarea de dividirlos y asignar quienes tomaban la primera ronda de vigilancia y quienes la segunda. Mientras, Dinorah se sentaba a descansar cerca del lugar donde la fogata sería prendida. Alora y Nart se encargaban de eso.

La noche llegó rápida y silenciosa, Dinorah estaba sumida en sus pensamientos y su mirada se perdía en la danza de las llamas que iluminaban su rostro y su cuerpo. Senín le observaba, la estudiaba. No le había dicho nada y nadie se percato. La sombra que vio la noche que vino a ella, crecía. Él se dio cuenta cuando regresaron a la luz a los caídos. La luz que nació de los cuerpos hizo visible la sombra a sus pies. Senín estaba detrás de ella cuando esto ocurrió, miro de reojo para cerciorarse que nadie mas se dio cuenta. Los otros estaban con la mirada clavada sobre los cuerpos ascendentes.

Dinorah se puso en pie y camino hacía una pequeña colina que estaba cerca del campamento. Senín la siguió, la luz de la luna llena iluminaba todo a su alrededor y creaba sombras en todas partes nacientes de la naturaleza que se alzaba de la madre tierra.  Dinorah se detuvo, miraba la luna como si le deseara. Él se acercó, ella noto su presencia. Por varios minutos estuvieron en silencio, solo la naturaleza conversaba con la brisa nocturna.

“Dígame, Senín, de llegar el momento, ¿la utilizaría?,” su voz era suave, mas las palabras resonaban con dolor.

Senín se torno a mirarle, “Lvadi, sin la menor vacilación.” A su contestación, Dinorah respiro profundamente.

“¿Podría verla?”

“¿Verla?”

“No se haga el tonto, sé que la tiene con, usted, siempre. De lo contrario, si el momento llegase sin avisar debe tenerla cerca.”

“Está cerca, pero en estos momentos no está conmigo.”

“¿La mantiene afilada?, preguntó ella como perdida.

“Nunca pierde su filo, por eso no hay necesidad de afilarle,” contestó él. Sabía que estaba preocupada, que lo ocurrido durante la mañana la llenaba de dudas. Alguien trataba de que no llegara a Karmiérz, su única salvación, y los eventos pasados lo confirmaban. “Lvadi, por ahora la prioridad es llegar al monasterio. No debemos preocuparnos por acontecimientos que no han venido a ser.” Sin decir palabra alguna Dinorah se marchó. Senín la siguió con la mirada hasta que ella se sentó frente a la fogata. Fue en ese momento que se agachó subió su pantalón y de su bota saco la daga. Cerca, se dijo, siempre la tengo cerca y sin vacilar la usare cuando el momento llegue.

Durante la mayoría de la noche y entrado el día cabalgaron sin detenerse, solo bajaban la velocidad para no agotar a los caballos. La tarde ya estaba sobre ellos y la distancia para llegar al monasterio se acortaba. El bosque que le resguardaba y le escondía estaba a unas leguas, era uno denso y parecía que deseaba tragarse el camino en desuso que daba para la parte posterior del antiguo monasterio. Este se caracterizaba por ser de un solo nivel, apoyado a una montaña rocosa cubierta por miles de árboles y porque se adentraba en el seno de la tierra. Varios niveles bajo la superficie como una catatumba, fue allí donde la princesa Dinorah y Alora se criaron la mayor parte de su vida. Para ambas era como regresar a casa, a un lugar del que emanaba solo seguridad y paz para ellas en medio de una tormenta que se iba formando en sus vidas.

La silueta de una entrada se fue dibujando lentamente en la distancia, salpicada por un color carmesí intenso. El color sobre exalto a Senín, quien miro con seriedad a Dinorah. Esta no dijo palabra alguna, tan solo aceleró el paso para llegar de una vez y por todas a la entrada. Allí, junto a las sencillas y medianas puertas carmesí de madera, había una campana de bronce verdosa. Senín cabalgo hacía la princesa, quien en su mirar reflejaba satisfacción de haber llegado a salvo. Mas Senín no compartía del todo su satisfacción.

“No entraremos por aquí, hay una entrada principal al este. Allí haremos nuestro petición de entrada.”

“¡No!,” contestó Dinorah con autoridad. “Haremos nuestro anuncio aquí y es por donde entraremos.”

 Sus facciones se endurecieron y Senín, acercando su caballo mas al de ella, dijo, “Dígame, Lvadi, ¿su Unnfrid hizo su primera entrada al monasterio por estas puertas? De ser así, usted, sabe lo que ese acto significa.”

Una pausa, un respiro. Dinorah sabía que la respuesta vendría acompañada de su furia al saber la verdad. “Sí.” Le miro con seriedad a la espera de la descarga ante el conocimiento de algo que pudiese cambiar sus tan regulados planes para con ella.

Senín no la hizo esperar, “¿Cómo pensaba que el Unnfrid nos acompañaría, cuando ha prometido estar tras esas paredes de por vida? Según, usted, él la puede ayudar, él es el único que puede hacer que su dolor disminuya a lo que llegamos a Karmiérz. Debió decirme lo de las puertas carmesí, Lvadi, pues ahora me veo obligado a tomar acciones que no son las mas adecuadas para con usted.”

Dinorah desmontó, caminó hacia las puertas y tomó la cuerda de la campana. La hizo sonar y el sonido fue para Senín un mensaje de mal auguro. Dinorah se tornó hacía él, “Haga lo que tenga que hacer, Bńlekoh, es su deber.” En ese momento el sonido del cerrojo que no había sido abierto en años, resonó de detrás de las puertas carmesí. Con él la determinación de Senín de lo que debía hacer y lo que a su futuro le amparaba.

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Capítulo Seis: Las Puertas Carmesí, 1ra Parte

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Capítulo 6

Las puertas carmesí

Primera Parte

“¡No me mire así, Senín!” Exclamó con voz baja la princesa Dinorah. Senín le miraba con angustia. El pedido de la princesa de detenerse en el monasterio, ahora se sentaba en su mente como una solución a los futuros ataques de Su Alteza. Quizás no desaparecerían, pero cualquier cosa que el Unnfrid pudiese hacer para prevenirlos o ayudar a minimizar el dolor que causaban a la princesa, serían bienvenidos. Su Alteza estaba segura que el Unnfrid no se negaría en viajar con ellos, pero Senín le arrestaría de él negarse. Algo que discutiría con la princesa Dinorah para dejarle saber su pensar, quería asegurarse que el Unnfrid supiera que no era una petición basada en buena voluntad y misericordiosa, sino una orden.

El estado en que se encontraba Dinorah le preocupaba de sobremanera, y ese era solo el primero que él experimentaba. Se le notaba no solo en sus ojos, sino también era evidente en su rostro. Cuando la princesa hizo la observación, Senín tornó su mirada hacía donde los Sarai se encontraban esperando pacientes, algunos de ellos mantenían guardia en los alrededores. Le confortaba conocer que ninguno de ellos le vio en un estado vulnerable, aunque este demostrara que tenía sentimientos. Solo aquellos cercanos a él conocían sus sentimientos, como sus sirvientes que vivían y trabajaban en su villa. No tenía familia cercana y por su estilo de vida no había tomado esposa. No había tiempo para el amor cuando su vida y su lealtad estaban enfocadas en el rey.

El amanecer estaba pronto en llegar, la princesa estuvo inconsciente por alrededor de dos horas, así que era necesario continuar. Senín miró de reojo a Nart y con un pequeño movimiento de su cabeza, le indicó que se acercará. No quería importunar a la princesa con preguntas sobre cómo se sentía, lo cual era obvio, y la mejor forma de hacerlo era a través de Alora, pero ella no se despegaba de su señora. Nart era la otra persona que se había mantenido al lado de las dos y ayudando a Alora en la atención de la princesa.

Cuando Nart se acercó, Senín le preguntó si la princesa podía continuar el camino o si debían esperar más tiempo a lo que se recuperaba por completo. Nart le sugirió que esperaran hasta que ella se hidratara un poco, Alora le había informado que hasta ese momento su debilidad no duraba mucho y recobraba sus fuerzas. Esta vez fue distinta, ya que la princesa soportó el dolor por mucho tiempo y podía ser que le tomara recuperarse.

Ante la explicación de Nart, Senín decidió esperar y no salir de inmediato. Se marchó a verificar que todo estuviese en orden, lo que confirmó al concluir su ronda. Los Sarai se notaban intranquilos y él sabía que era por su señora que estaban así. Como él, nunca la habían visto en ese estado y era impresionante ver a alguien a quien debes proteger con tu vida sufrir de esa manera y no poder hacer nada. Lo que estaba certero era que ese no sería el último, y fue mejor para todos, él incluido, haber presenciado el suceso tan temprano en su misión. Quizás de esa forma estarían más preparados a qué hacer cuando el próximo ocurriese.

Preparación era la clave para que no fallara la misión y ante lo inesperado había que tomar acción. Fue de inmediato a buscar a Berengüer, quién dialogaba con los exploradores que habían regresado al no encontrarse con el grupo en el punto acordado. A pesar de lo ocurrido el capitán de los Sarai se notaba sereno, como si no le hubiese afectado en lo absoluto. Cuando Senín se acercó, los exploradores se marcharon.

“¿Qué informan?” Preguntó Senín con seriedad.

“El camino es seguro y ha estado en desuso por años, Bńlekoh,” contestó Berengüer.

“Debemos continuar lo antes posible, goizane saldrá en varias horas y aún estamos muy cerca de Almĭdina,” hizo una corta pausa. Miró hacia donde yacía la princesa, “Ve y pregunta a la dama Alora cuándo estará la princesa en condición para continuar.”

Berengüer se acercó a Alora, estaba al lado de su señora quien aún estaba un poco pálida y no dejaba de mirar las llamas de la antorcha que habían colocado cerca de ella. Cuando Alora le miró, este con un movimiento de su cabeza le pidió que le acompañara. Alora lentamente se puso en pie y siguió a Berengüer. Se detuvieron solo a unos cuantos metros de donde la princesa estaba y quien aún permanecía a la vista. Él inmediatamente le preguntó cuándo pensaba que Lvadi estaría lista para continuar el viaje.

“Aunque está débil por el suceso, creo que podemos continuar. Su deseo es llegar lo antes posible al monasterio así tenga otro episodio aun más fuerte.” En su voz había preocupación, el deseo de confortarla vino a él.

“Le informaré a Senín, imagino que en media hora continuaremos. Le aconsejo que prepare al Lvadi para marchar. Tal vez deberíamos mantener la antorcha cerca de ella.”

“Tengo una lámpara de aceite en mi mochila que puedo mantener cerca de ella mientras cabalgamos. La luz es tenue, pero le dará sosiego.”

“Bien, no será tan evidente.” Berengüer le informó a Senín, quien de inmediato dio órdenes de prepararse para salir en media hora. La princesa aun débil montó en su caballo, tomaron la misma posición de antes y marcharon de inmediato. Senín miraba hacia atrás de vez en cuando para observar el estado de la princesa quien se mantenía cerca de la luz que nacía de la lámpara.

Una hora más tarde llegaron al lugar donde se suponía se encontraran con los exploradores, quienes ya habían marchado a toda prisa al segundo lugar de encuentro. Fue entonces, que Senín decidió aligerar el paso para poder recuperar el tiempo perdido. El sendero estaba marcado por los años de uso que había destrozado todo tipo de naturaleza, quien a paso lento se apoderaba de él disminuyendo su anchura. Entre la cúpula de los árboles los pájaros comenzaban a despertar, el cielo comenzaba a cambiar de color al este mientras que en el oeste aún permanecía el color oscuro de la noche.

Aquel que deseara hacer los rezos de goizane debería hacerlo mientras cabalgaban. Senín no estaba dispuesto a detenerse no hasta el medio día para darles descanso a los caballos y tomar alimento. Solo esperaba que la princesa pudiera soportar la travesía. Miró nuevamente hacia donde estaba ella, quien miraba aun la tenue luz de la lámpara a su lado. La dama Alora hacía lo imposible por mantenerla estable, quizás debía bajar la velocidad por lo menos hasta que el sol saliera por completo, no fuera que la lámpara se le cayera y tuvieran que detenerse por otro ataque de la princesa.

De la nada un silbido se escuchó seguido por el gemir de uno de los Sarai que cayó al suelo. Un segundo silbido, seguido por el grito de dolor de otro de los Sarai. “¡Estamos bajo ataque!” Se escuchó a otro gritar. Senín aún no conocía sus nombres y no sabía quién de ellos les advertía o quien había caído al suelo o el que estaba herido quien sujetaba fuertemente las riendas de su caballo. Una docena de flechas comenzó a caer sobre ellos hiriendo a varios de los Sarai. Senín tornó hacia el bosque para sacar a la princesa y a los Sarai de la vulnerabilidad del camino y tener mejor protección bajo las sombras de los árboles. Cabalgaban a toda prisa y minutos más tardes Aigmund gritó, “Están detrás de nosotros”.

“¿A cuántos metros?” Escuchó a Berengüer preguntar quien se había colocado detrás de la princesa y la dama Alora, junto con otros tres de los Sarai. Mientras él se mantenía al frente.

“¡Cien!” Respondió Aigmund, su segundo al mando.

“Nart, continúa con la princesa y cinco de los Sarai hacía el punto de encuentro. Aigmund, tú y los cinco a tu izquierda conmigo. Berengüer, atacarás por el frente con el resto.”

Berengüer tornó su caballo junto con los Sarai a enfrentar a sus atacantes. Senín dejó que Nart y sus acompañantes se le adelantarán, mientras él se quedaba a su retaguardia. Minutos más tarde el sonido de espadas rozándose retumbó como un eco sobre las montañas. Luego de haber recorrido varios metros, Senín tornó hacia la izquierda adentrándose mas al bosque, Aigmund y los suyos le seguían de cerca. Continúo así por varios minutos para luego volver a doblar a la izquierda. Los sonidos de espadas danzando una con la otra se escuchaba a cada trote más cercano a ellos. Senín estaba concentrado en lo que debía realizar, no sabía el número de sus atacantes algo que no le preocupaba. Sacó su espada de la vaina, los demás imitaron su gesto. Dobló nuevamente a la izquierda, su respirar era lento, todos sus sentidos activos.

Los atacantes les superaban dos a uno, pudo ver desde la distancia. Los Sarai de Berengüer, unos a caballo y otros desmontados, luchaban arduamente. Los atacantes vestían una cota de malla sobre una chaqueta de cuero, algunos peleaban con hachas y otros con espadas largas. Varios aun llevaban en sus espaldas sus arcos. Los Sarai tenían ventajas sobre ellos aunque su número fuera mayor, lo que apaciguo a Senín. No podía distinguir si eran ladrones o mercenarios pagados, pero de sobrevivir alguno de ellos lo averiguaría.

No tuvo que esperar demasiado para tomar parte del ataque, a varios metros del lugar de ataque avanzó rápidamente para envestirlos con su caballo. Así fue, no le esperaban y varios de los atacantes cayeron al suelo bajo las herraduras de los corceles. Su espada chocó con gran fuerza sobre otra que le recibió con resistencia. Dio una vuelta y dejó que el acero se encontrara con el de su enemigo nuevamente. Su superioridad era evidente, su enemigo cayó al suelo luego que su espada se enterrara en sus entrañas.

Con su acero ensangrentado buscó a su próximo contendiente quien no lo hizo esperar. Igual que el anterior, este cayó al suelo con una de sus extremidades a varios pies de su cuerpo inmóvil sucumbido por una herida al pecho. Las manos de Senín se tornaron rojas carmesí, se podía oler el aroma a sangre y sudor por todas partes. Varios de los Sarai estaban heridos, pero la mayoría de los atacantes yacían muertos en el suelo. Solo varios de ellos montaron nuevamente en sus caballos y retrocedieron adentrándose en las fauces del bosque que era bañado por la luz del amanecer. El goizané se hizo esta mañana con el cantar de las espadas, pensaba para sí Senín quien encontraba ese cantar dulce al paladar.

Senín no permitió a los Sarai que marcharan tras los pocos atacantes que lograron escapar. Más trató de interrogar a los que estaban heridos sin obtener respuesta, estos murieron por sus heridas. Buscaron entre sus pertenencias, pero sin hallar nada que les diera una idea de dónde venían. Aigmund se acercó y dijo, “Reconozco el rostro de uno de ellos, le he visto en el palacio de Almĭdina.”

“¿Estás seguro?”

“Sí.”

“Alguien de palacio aviso de nuestra salida. Monten que este pudo ser una distracción para alejarnos de la princesa.”

“Los cuerpos, Lvadi.”

“Monten los de los Sarai caídos, por los otros no podemos hacer nada.”

Salieron a toda prisa luego de montar a los tres Sarai caídos. Senín esperaba que Nart pudiera alcanzar el punto de encuentro sin disturbios con la princesa. Su mente se llenaba de interrogantes. ¿Quién había enviado a esos hombres a atacarles? ¿Por qué deseaban muerta a la princesa? Por el tipo de ataque era evidente que no le deseaban viva, los hombres que habían enviado no eran disciplinados de otra no hubiesen atacado de inmediato con una docena de flechas. Las preguntas quedarían sin respuestas, por ahora la seguridad de la princesa era su prioridad y debía alcanzar al grupo lo antes posible. No solo para asegurarse de que estaban bien, sino también para atender las heridas de los Sarai y tomar una nueva estrategia.

Pronto la Segunda Parte del Capítulo Seis…

Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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Capítulo Cinco: En ruta Parte III

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Capítulo Cinco

En Ruta

3ra Parte

En palacio, luego de concluida sus oraciones, la princesa envió a llamar al mayordomo del palacio para darles las instrucciones a seguir, una vez salga del palacio. Le indicó que su bandera debía permanecer en el asta al menos una semana; las audiencias estaban canceladas hasta nuevo aviso; y nadie debía saber que ella había abandonado el palacio, no al menos pasada el tiempo previsto cuando tenía permiso de bajar su bandera. Sobre los mercaderes encarcelados, les podía dar su libertad una vez su sentencia estuviese finalizada. Sus visitas debían estar supervisadas en todo momento y solo sus esposas tenían el permiso de verles, de haber alguna objeción a sus órdenes quedarían suspendidas. Sobre el Marqués Wrikam, añadió, “Si su señoría nos enaltece con su visita, le indicará que estoy indispuesta y se le dará previo aviso cuando pueda pasar para una audiencia. Saldré mañana en la tarde y durante todo este tiempo le pediré no nos moleste, Alora se encargará de todo lo demás.”

“Por supuesto, Su Alteza,” contestó con una reverencia, pero había algo en él que no era de confiar. De todas formas, Dinorah se aseguró que no supiera que saldrían antes, por si su inesperada salida del palacio, de algún modo, llegaba a oídos de sus enemigos.  Al terminar, le pidió se marchara lo que el mayordomo hizo de inmediato. Por su parte, Dinorah se retiró a su recámara para descansar y luego prepararse para su viaje.

Dos horas antes de la media noche, los Sarai esperaban a la princesa y a la dama Alora a la entrada del túnel. El sótano del palacio era lo suficientemente espacioso como para que los veintiséis, de treinta soldados que componían los Sarai, cupieran junto con sus caballos. Los otros cuatro restantes, que cuidaban del túnel, les acompañarían según fueran pasando los puestos. Senín entró al sótano y se dio cuenta que la princesa no había llegado aún, se acercó a Berengüer y le inquirió por ella. El capitán de los Sarai le contestó que ya le había enviado un mensaje de que estaban listos para ella, y la princesa avisó que no le faltaba mucho. Así fue, minutos más tarde ella entró vestida con sus atuendos de cabalgar. Su indumentaria era toda en seda con embrocados en oro y plata y de diferentes tonalidades de azul. Llevaba pantalones anchos y botas de cuero; un chaleco de seda con los mismos detalles de su pantalón ceñido a la cintura por un paño en organza dorado y dentro llevaba una camisa de chiffon. Su cabello estaba recogido por una especie de redecilla en organza con detalles en perlas color crema. Su dama de compañía vestía un similar atuendo, pero de color púrpura. El Bńelekoh Tekuh sonrió al verla, pues ella le dio una mirada como preguntando si él aprobaba de su indumentaria.

Berengüer se acercó a ella y le entregó una espada que estaba guardada en una vaina dorada, la cual ella colocó en su cintura. El capitán de los Sarai se acercó a Alora y con suma timidez, que no permitió se notara,  le entregó la espada de ella. Alora le sonrió dulcemente y en su cintura amarró el cinturón de su espada. La princesa fue ayudada por Aigmund a subir a su corcel, mientras que Berengüer asistió a Alora. Le ofreció su mano para ayudarla a montar, la cual ella aceptó entregándole la suya. Berengüer respetuosa y suavemente apretó la mano de Alora. Ella abrumada por lo sucedido, montó rápidamente y cortó con el contacto táctil entre ambos. Le agradeció su asistencia sin mirarle a los ojos. Su respiración era rápida, y nerviosa se puso sus guantes.

Berengüer asintió con la cabeza al agradecimiento de Alora y se marchó a montar su caballo un poco confundido con lo ocurrido. Tal vez, pensaba, fue un atrevimiento de mi parte. Los sentimientos que en su corazón se anidaron al sentir el calor de sus manos en las suyas, alivió todo sentido de culpa. Dibujó en su rostro la silueta de una sonrisa mientras montaba su caballo, satisfecho con su osadía. No sabía cómo interpretar la reacción de la dama que era dueña de sus sentimientos, pero estaba seguro que la misión a la que se adentraban le ayudaría a acercarse más a ella. Hasta quizás conocer si sus sentimientos eran recíprocos.

Senín dio la orden de salida y se adentraron al túnel, los últimos soldados se encargaron de cerrar las puertas. Por alrededor de dos horas estuvieron en el vientre del túnel, ya que eran un grupo grande. Se encargaron de cerrar los dos puestos y recoger los soldados que los guardaban. Al salir, el cielo estrellado les dio la bienvenida a una oscuridad perpetua. Los exploradores se adelantaron y regresaron minutos más tarde para informar que todo estaba seguro. Nuevamente desaparecieron en la oscuridad para adelantarse y verificar la ruta indicada por Senín.

El grupo comenzó su marcha, adentrándose en un bosque cercano al lugar y en dirección noroeste por donde colindarían con el monasterio Éwärd. La oscuridad que los arropaba era abrumadora para Dinorah, quien en su alma sentía una sensación extraña de alivio y conformidad. Mientras más se adentraban en el camino que demostraba años de desuso por sus parchos de grama aquí y allá, y rodeado por grandes y frondosos árboles centenarios, todo poco a poco a su alrededor se tornaba más angosto. Deseaba sentir la iluminación de la sencillez de la flama de una vela, pero para no llamar la atención de indeseados ojos, no habían encendido ningún farol por el momento hasta estar a una distancia segura de Almĭdina.

Había pasado una hora desde que salieron del túnel, y Dinorah sentía como su pecho se contraía a cada minuto hasta no soportar más. El dolor penetró todos sus sentidos y la oscuridad la abatía. El camino ante sus ojos se movía de un lado a otro y se le hacía difícil mantener el balance sobre su caballo. Con suma dificultad y gran determinación de su parte, con un suspiro que tenía rastro de una voz clamando auxilio, pronunció el nombre de su dama de compañía. Esta que estaba cerca de ella, pero no se había percatado del estado de su señora pensando en lo ocurrido entre ella y Berengüer, abrió los ojos en espanto al verla y exclamó a Senín con todas sus fuerzas.

Senín detuvo la caravana inmediatamente para ver cuál era la conmoción, y al ver el estado de la princesa miró atribulado a Alora. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer, pues conocía que lo que le ocurría a Dinorah no era nada que con la espada pudiera, por el momento, resolver. Alora le pidió que la bajaran del caballo y la acostarán. Así lo hicieron, mientras ella buscó dentro de su mochila una vela que pidió la encendieran de inmediato y la colocarán donde la luz tocará el rostro de la princesa. Berengüer tomó la iniciativa y encendió la vela. A Dinorah la colocaron sobre una cama de grama que crecía entre la protuberancia de una raíz inmensa. Alora se acercó a ella y comenzó a susurrar la Iluminaria en su oído.

Dinorah al ver la luz clavó su mirada en ella y dejó que todos sus sentidos se inundarán en su claridad, mientras repetía como podía en su mente la oración susurrada a su oído. Poco a poco todo su ser se fue perdiendo en la luz, hasta que perdió el conocimiento.

El capítulo seis, “La puerta carmesí”, será entregada el 2 de agosto.

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Capítulo Cinco: En Ruta 2da Parte

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Capítulo Cinco

En Ruta

2da Parte

Al Senín terminar su larga explicación, Dinorah se dio cuenta que era la hora de oración, pues la estrella dorada estaba en su punto más alto. Interrumpiéndole, preguntó, “¿Cuándo partimos?”

“Esta noche,” contestó con seguridad.

“¡Esta noche no hay estrella plateada!” Exclamó preocupada.

La exclamación tomó por sorpresa a Senín, quien contestó con la misma seguridad de antes, “Mejor para nosotros, la oscuridad y las sombras de la noche nos servirán de resguardo.”

De inmediato guardó silencio en espera de una oposición. Con su exclamación demostraba, en cierto sentido, temor de la oscuridad algo que él debía tomar en consideración. Los hijos de la luz no le temen a las sombras, pero tal vez en el caso de la princesa esto podía cambiar. Para Senín era importante que ella le comunicara cualquier preocupación que tuviera. Necesitaba estar al pendiente de ella, pero más aún conocer su estado emocional. Lo que se escondía dentro de ella era en sí de temer. Un pensamiento que trajo luz cruzó su mente y, por el momento, una pequeña serenidad. No era el temor a la oscuridad lo que debía preocuparle, sino la atracción a esta. Cuando esto ocurriese, entonces debería tomar acción de inmediato. Quizás el ir a solicitar la ayuda del Unnfrid no sería una mala idea. Sus conocimientos podían ser de gran ayuda a la princesa, y quizás su salvación.

El Bńelekoh Tekuh era un hombre de gran valentía, y la había demostrado en muchas ocasiones. Aunque sus encuentros violentos con los Oshmdwans, habían sido pocos, demostró en todas ellas que tiene el conocimiento para dirigir los soldados del rey y defender el reino de sus enemigos. No solo la victoria ha sido su recompensa, sino la paz que ganó para el reino. Por tal razón, el comentario impulsivo de Senín no le molestaba en lo absoluto a Dinorah, sino era de esperarse de él. Fue entonces, que dijo, “Así será, me encargaré de dar mis últimas instrucciones aquí en palacio, para que nadie sospeche de mi inesperada salida.”

“Asegúrese de que mantengan su bandera izada, al menos por una semana. Esto nos dará una ventaja, al menos en tiempo,” comentó interrumpiendo a Dinorah.

“Tomaré su consejo, Senín. Ahora, me tendrá que disculpar, pero como ve es la hora de oración, y para mí cada momento de ella es necesaria. Alora, le escoltará de vuelta a las escaleras.”

Senín, hizo un pequeña reverencia y se marchó junto con Alora. Antes de cerrar la puerta tras Senín, este le preguntó, “Dama Alora, tengo que saber algo de suma importancia. Por lo que dijo la princesa, ustedes han sido preparadas para lo que quizás se acontecerá. La pregunta es, ¿está preparada para realizar el acto? Recuerde, que sería, usted, quien tomase la vida de la princesa y no será nada fácil.”

Un corto silencio lleno el espacio entre ambos, pero la mirada de Alora se mantuvo serena y no dio indicaciones de temor alguno. Con seriedad, contestó a Senín, “Aunque mi amor por Su Alteza es como el de una hermana, no se deje confundir que este se interpondrá en mi deber. Por algo fui escogida entre muchas. El tiempo que estuve Ëwärd, me enseñaron muchas cosas de las que, usted, quedaría sorprendido. No se deje engañar por mi apariencia, pues parte de mi educación fue prepararme para ese momento. Recuerde que el acto sería uno de benevolencia, y no uno de violencia y odio,” hizo una corta pausa y preguntó mirándole directamente a los ojos. “¿Esto contesta su pregunta, Bńelekoh?”

Senín sonrió asintiendo con su cabeza, y dijo, “Sí, dama Alora,” y enseguida se marchó.

Al llegar al edificio de los Sarai, mandó a llamar a Nart y le pidió devuelta el mapa para realizar los cambios. Luego de hacerlo, le pidió a Berengüer que reuniera en el salón comedor a los Sarai, para darles las instrucciones para el viaje. Así lo hizo Berengüer, y en eso de media hora todos los Sarai esperaban impacientes por el Bńelekoh.

El salón comedor no era muy grande, pero estaba repleto de mesas largas y asientos. Algunos de los Sarai estaban sentados, y otros se mantenían en pie, todos a la espera del Bńelekoh Tekuh. Vestían sus uniformes de cabalgar que consistía en pantalones largos que se perdían dentro de una bota de cuero que llegaba justo bajo la rodilla chapada en metal por la parte frontal para resguardar la pantorrilla; su torso estaba cubierto por una brigantina marrón de cuello alto, dentro de esta, llevaban una camisa de mangas largas color azul claro con embrocados en oro; por encima de su brigantina utilizaban una chaqueta de cuero chapada en ambos antebrazos, que llegaba a la cadera y estaba ceñida a la cintura por un cinturón donde se hallaba la vaina en cuero y decorada con elegantes motivos en metal, donde descansaban sobre sus espadas. Algunos de los Sarai eran arqueros y gustaban de llevar su espada en sus espaldas. Las chaquetas que utilizaban tenían en la parte superior izquierda el emblema de la casa de Itana, que consistía en la estrella dorada irradiando rayos y rodeado por una corona.

Los Sarai conversaban entre sí, pero al escuchar la puerta abrirse todos tornaron sus rostros hacía ella y callaron de inmediato. El primero en entrar fue su capitán Berengüer, detrás del Nart, y, por último, Senín. Todos se pusieron en pie al ver a su capitán entrar, e irguieron sus cuerpos. Berengüer les dio una señal para que tomarán asiento, lo que hicieron rápidamente. Entonces, sin decir palabra alguna el capitán de los Sarai dio varios pasos hacia atrás para que Senín tomara la palabra.

Este caminó hacia el frente unos pasos, y miro seriamente a todos por igual, estudiándoles. Luego de varios segundos de silencio, finalmente dijo, “Se habrán preguntado desde que me vieron llegar cuál es la razón de mi visita. No se imaginen que sea una cordial. Sepan, ustedes, que su señora está en peligro y como heredera al trono es mi deber protegerla cuando ella pida de mi ayuda. Por tal, estoy aquí y tomo mando de sus soldados, los Sarai. Es mi deber y responsabilidad llevar a la princesa a Karmiérz, y con su ayuda lo lograré.”

Hizo una pausa y continúo, “Espero de, ustedes, nada menos que el mismo desempeño que el de los Tekuh Richari, pues han recibido igual entrenamiento. Así que, no deseo escuchar queja alguna, sino obediencia. Sobre nuestra misión, les informó saldremos un poco antes de la media noche por el túnel, y nuestra ruta la mantendré en secreto para la seguridad de Su Alteza y será revelada a ustedes a su debido tiempo. Debemos llegar lo antes posible a Karmiérz, así que nuestra misión dependerá mucho de nosotros. No será fácil ya que estaremos en movimiento la mayor parte del camino, y será muy poco el tiempo de descanso. Les pido se preparen mentalmente para una misión ardua y difícil, que tal vez realicemos sin ningún inconveniente. Por el momento, esto es todo lo que tenía que decirles, y recuerden que en nuestras manos está la protección de la princesa y su seguridad depende de nuestra capacidad de estar alertas a cada momento de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Dicho esto se marchó en silencio, Nart iba tras de él. Berengüer adelantó unos pasos y dijo, “La princesa cabalgara junto con nosotros, no habrá necesidad de la carroza. ¡Edmnd!”

“Mi capitán,” contestó Edmnd, quien se encontraba en la parte posterior del comedor.

“Te encargarás de los caballos de la princesa y la dama Alora, si es necesario que alguno de los Sarai te ayudé, pues que así sea. Deben estar todos listos para partir antes de la hora indicada, por si así lo desea el Bńelekoh Tekuh o la princesa. Por lo tanto, espero que para el atardecer todos estén preparados y solo tengan tiempo para descansar lo necesario hasta la hora de partida. Es todo por el momento, pueden retirarse, Sarai Richari.”

Todos unísonos, contestaron haciendo una reverencia, “¡Señor!”

Se marcharon como les habían indicado a poner todo en orden, excepto por Aigmund. Este se acercó a Berengüer, y le preguntó, “¿Por qué no le han revelado a los Sarai que el rey a muerto?”

“El Bńelekoh lo creyó prudente, además no deseaba esparcir la noticia más allá. Si el enemigo la ha mantenido oculta de todo el reino, es mejor que no lo sepan los Sarai. Uno nunca sabe quien pueda estar sirviendo de doble agente, y más aún cuando la vida de la princesa está en peligro.”

“¿No crees qué los Sarai se darán cuenta?”

“No. Ahora ve y asegúrate que todo esté en orden, me tengo que reunir con el Bńelekoh que tiene nuevas órdenes que darme.”

Berengüer con miles de preguntas en su cabeza, fue a buscar a Senín, quien le esperaba en su habitación. Una vez allí, Senín le hizo sentarse junto a él y le dio nuevas órdenes. Debía escoger dos de sus hombres para servir de exploradores, quienes se adelantarían e investigarían el camino de cualquier problema que pudiesen encontrar, una vez salgan del túnel. Le indicó como deseaba la formación de los Sarai en torno a la princesa: arqueros en la parte frontal y posterior, aquellos con jabalina de igual forma ubicados; seis hombres con espadas largas debían estar frente y detrás de la princesa que estaría cerca de ellos dos, que irían al frente; incluyendo a Nart. Los demás en el centro, justo detrás de la princesa. Le informó, ordenándole no revelarlo, que visitarían el monasterio Éwärd a petición de la princesa y que les tomaría cuatro días en llegar, si todo marchaba bien. Al terminar, le preguntó si tenía alguna duda o comentario, y a la negación de Berengüer le pidió se marchara para poder descansar.

La tercera parte del capítulo cinco será entregada el 20 de julio de 2011.



Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

 

Capítulo Cinco: En ruta 1ra Parte

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Capítulo Cinco

En Ruta

1ra Parte

Mapas antiguos y modernos se expandían sobre la superficie de madera de un elegante escritorio. Sobre ellos la concentrada mirada de Senín quién entre los detalles de la anatomía del reino de Argia, buscaba las rutas más seguras para llevar a la princesa a Karmiérz. Su mano sujetaba un compás que hacia caminar por encima del mapa, haciendo cálculos y anotaciones en un cercano papel.  Pasaba de uno a otro, y dibujaba líneas rojas en uno que había seleccionado para llevar consigo. En ese que le acompañaría en su travesía, un mapa con solo varios años de creado, había hecho anotaciones en sus márgenes en color azul y negro, dejando solo el rojo para los caminos del viaje.

            Los mapas antiguos develaban para él un mundo de secretos que ahora eran ocultos por el crecimiento del mercado y el deseo de hacer llegar los productos de una ciudad a otra con más rapidez. Para esto los cartógrafos creaban nuevos mapas para estar al compás con los tiempos y las rutas antiguas pasaban a ser solo un recuerdo. Esto era para Senín una ventaja, pues en muchos de ellos no encontraría a nadie y el viaje sería uno sin inconvenientes; aunque siempre surgían, por más preparado que estuviese para una situación en particular.

            Luego de estar varias horas encerrado en el cuarto que era reservado para él, en el edificio de los Richari, llamó a Nart. Su sirviente entró al cuarto y cerró la puerta tras de sí. Hizo su reverencia y dijo, “Mi señor.”

“Nart,” dijo sin despegar la mirada de los mapas. “¿Ya están listos los Sarai como pedí?”

“Sí, mi señor. Berengüer hizo como le ordenó, y los Sarai esperan solo sus órdenes para salir.”

“Bien,” hizo una corta pausa y se puso en pie. “Toma este mapa y guárdalo, asegúrate de que nadie sepa que lo tienes. Nadie puede ver ese mapa, no quiero tomar el riesgo de que uno de los Sarai sea un traidor.”

“Y, ¿si lo hay entre los Sarai?” Preguntó Nart con suma tranquilidad.

“Probará el filo de mi espada, mi mirada será lo último que verá en su existencia y su cuerpo se convertirá en alimento de las bestias. Ahora, ve y haz como te indique. Yo iré a ver a la princesa…”

“La reina, mi señor,” dijo Nart corrigiendo a Senín.

“Tienes razón, Nart,” contestó colocando su mano sobre el hombro derecho de su sirviente y confidente. “Es mejor que mantengamos ese secreto entre nosotros y que continuemos llamándola princesa, para que aquellos que conspiran en su contra no se den cuenta de nuestro conocimiento. Si tuvieron la osadía de ocultar la muerte del rey, nosotros podemos jugar el mismo juego. Tenemos la ventaja de que solo aquellos destinados a reinar Argia y los que lo reinan, conocen sobre la maldición de la casa Itana. Con excepción de unos escogidos fuera de ese círculo, como el Seboas Unnfrid y yo, no hay ser alguno que lo conozca. Y ahora tú, por supuesto, en quien confío. Berengüer y Aigmund, conocen sobre la muerte del rey, y hasta ahora han demostrado que son de confiar. Hablaré con ellos para que no revelen a los demás sobre el fallecimiento del rey, no por el momento, no hasta que estemos lejos de Almĭdina.”

Hizo una pausa, caminó hasta la mesa donde paso horas escudriñando entre mapas, y dijo, “Ve y guarda el mapa en un lugar seguro. Voy a ver a la princesa.”

Nart se retiró de inmediato, Senín miraba los mapas frente a él y esperaba que la ruta que decidió tomar fuera una segura para la princesa. Ella era la última de las descendientes de la casa Itana, quienes habían reinado sobre Argia por siglos. ¿Quién sino ella podía continuar en paz el reinado de sus antepasados? ¿Quién más podía hacerlo si tuviera él que tomar la decisión de acabar con la vida de la princesa, de ser necesario, para que la profecía no se cumpla? Una guerra entre los azal era de esperarse, pues muchos habían esperados pacientemente un momento como este, cuando la casa de Itana cayera de su pedestal al que habían estado bendecidos por tanto tiempo. Dinorah era la última en ese eslabón, la otra persona que quedaba de la casa de Itana estaba muy vieja para hacerlo y vivía en un monasterio esperando su muerte.

No sabía por qué preocupaba su mente con esas preguntas, cuando no le tocaría a él escoger aquel quien reinaría sobre Argia. El gabinete de diputados, compuestos por los de más alto rango entre los azal, les tocaba esa decisión y de entre ellos escogerían, seguido por la bendición del Seboas Unnfrid. Solo dos veces había esto ocurrido en la historia de Argia, pero en ambas se escogió al rey de entre los descendientes de la casa Itana, pues el rey no tenía herederos.

La incertidumbre agobiaba a Senín, quien despejó su mente de inmediato concentrándose en la tarea frente a él. Salió de su cuarto a toda prisa y sin mirar a nadie, ni tan siquiera se dio cuenta de las reverencias que los Sarai hicieran al él pasar por su lado. Cruzó el patio y se dirigió hacia el palacio y entró a este por una puerta trasera. Los pasillos, por órdenes de la princesa estaban desolados, para que Senín pudiera entrar cuando quisiera a hablar con su señora. Atravesó un pasillo largo que daba hacia unas escaleras que llegaban al segundo piso, donde la recámara de la princesa se encontraba. Entró a un pequeño cuarto de servicio, donde dormían algunas sirvientas que estaban sujetas a las órdenes de la dama Alora. Este estaba vacío, una campana en la pared que hizo sonar anunciaba su presencia. Nadie tenía permiso de abrir la puerta, con excepción de Alora, quien estaba en la recámara de la princesa en esos momentos. Una sirvienta, a quien se le había encargado debía avisar a Alora cuando la campana sonara, se levantó a toda prisa de su asiento al escucharla sonar.

Al aviso, Alora salió de inmediato a su recamara, dando nuevas órdenes a la sirvienta de que nadie podía molestarle, a ella o la princesa, y los pasillos que daban hacia su recamara y a la de la princesa, debían estar solitarios. Antes de ir a su recamara se aseguro de que habían seguido sus instrucciones, y de inmediato fue a abrirle a Senín. Sacó la llave de su pecho, en donde colgaba de una cadena de plata, y abrió la puerta. Senín estaba sentado sobre una de las camas, y enseguida se puso en pie al escuchar la cerradura abrirse. Miró a Alora y esta le hizo señal de que entrara a su cuarto. Senín con mucho respeto entró haciendo una pequeña reverencia. La hija del alto duque de Argia era hermosa y en sus ojos proyectaba a una persona confidente de sí misma, humilde y valiente. Características nobles en una mujer de su rango, no solo por ser la dama de compañía y confidente de la princesa, sino también por qué su nacimiento le daba el rango de princesa. Todos conocían sobre esto, pero ninguno en su familia usaba el título.

“Lvadi le espera,” indicó Alora a Senín.

Senín asintió con su cabeza y Alora se fue al frente para dirigirle. Como era de esperarse, los pasillos estaban desolados. La recamara de la princesa estaba continúa a la de Alora. Esta vez no hubo anuncios, Alora le indicó que entrara. Encontraron a la princesa sentada tras su escritorio, firmando unos papeles que entregó a Alora cuando esta se acercó a la princesa. Dinorah le dio órdenes de guardarlos en la caja fuerte para que estuviesen seguros hasta que ella mandara a buscarlos una vez se resolviera la situación en la que se encontraban. Le pidió a Senín que tomara asiento y este lo hizo inmediatamente luego de que hiciera su reverencia a la princesa.

“Bien, Senín, ¿qué noticias me trae?”

Senín de inmediato contestó, “Lvadi, he escogido la ruta que tomaremos para llegar a Karmiérz. Estuve analizando todos los caminos conocidos y olvidados toda la noche, y el que escogí es el más seguro para usted.”

“Confío plenamente en que ha escogido el camino correcto, pero antes,” hizo una pequeña pausa para erguirse en su silla y acomodar un poco su traje ajustado. “Debo hacerle una petición, Senín.”

“Usted dirá, Lvadi.”

“Necesito que hagamos una sola parada.”

Una interrogativa se dibujo en el rostro de Senín, pues no esperaba que la princesa hiciera cambios a la trayectoria que había escogido. El hacer cambios, significaba que debía hacer ajustes al tiempo en que les tomaría llegar a la capital, y dependiendo del lugar a donde ella deseaba ir, cambios en la ruta.

“Veo por su rostro que no esperaba mi petición.”

“Discúlpeme, Lvadi. Mi expresión se debe a la sorpresa de un cambio en los planes. Hubiese preferido que me lo hubiera comunicado con anticipación, de esta forma hubiese hecho los cambios pertinentes desde un principio.”

“No debo de disculparle nada, Senín. Al contrario, mi decisión fue resiente, pues temo será muy tarde para mí una vez lleguemos a Karmiérz. La única forma de poder atrasar el proceso que ha comenzado en mi alma, es solicitando la ayuda de un Unnfrid. No puede ser cualquier Unnfrid, me temo. Debe ser aquel a quien mi madre escogió para mi educación. No solo me educó en las artes y demás cosas que uno debe conocer como persona. Mi educación fue más allá de una normal, él me enseñó sobre los Oshmdwans, pues tiene vasto conocimiento sobre ellos. En especial, sobre lo que se esconde dentro de los herederos de Itana. Debo visitarle y persuadirle a que nos acompañe, no creo que se niegue,” dijo cambiando su mirada hacia el escritorio.

Volvió su mirada a Senín, y con rostro desolado, continuó, “Le voy a ser muy sincera, Senín, sin la ayuda de este Unnfrid no le aseguro llegue a Karmiérz. Pase lo que pase, y si la ayuda del Unnfrid no es suficiente para atrasar lo que en mí nace, usted, está en la obligación de detenerlo.”

Al decir esto, se escuchó el sonido estruendo de una bandeja y copas caer al suelo.  Ambas miradas se tornaron hacia donde el sonido venía, y vieron a Alora pálida con sus manos en el aire donde antes estuviese la bandeja que traía con refrigerios. La orden que la princesa le diese a Senín tocó de sobremanera a Alora, quien no se esperaba escuchar de su señora esas palabras. Dinorah por su parte le dio una dulce mirada a su amiga, seguida por una pequeña sonrisa. Con ella esperaba darle consuelo ante lo inminente y lo que ella conocía debía ser.

Dinorah se tornó hacia Senín, y dijo, “No se preocupe por Alora, ella no le detendrá, pues al igual que yo ella está preparada para ese momento. Ambas, como usted bien conoce, fuimos  educadas en un monasterio bajo la tutela del Unnfrid a quien deseo visitar. Le aseguro, Senín, que de usted no poder llevar a cabo su misión para conmigo, llegado el momento, ella lo hará por usted. Aunque no parezca que pudiera hacerlo, pues para esto también fue educada.”

Alora torno su mirada hacia las copas y el vino derramado en el suelo. Se bajo y comenzó a limpiarlo, disgustada un poco con el comentario de su señora. Dinorah tenía razón, ella estaba preparada para hacerlo, pero jamás se imaginó que el momento estuviese tan cerca. Al terminar se puso en pie, y dijo, “Con su permiso,” y se marchó rápidamente para que no vieran la lágrima que de sus ojos había escapado. Tenía el corazón herido, pues la princesa no solo era su señora, a quien debía su respeto y obediencia, sino también era para ella su amiga y su hermana.

Dinorah se dio cuenta del estado en que se encontraba su amiga, pero debía lidiar con ello luego, en ese momento habían cosas más importantes. Volvió su concentración a Senín, y dijo, “Bńelekoh, ¿conoce el monasterio del cuál le hablo?”

“Por supuesto, Lvadi, es el Éwärd. Mi trayectoria pasa al sur de este, a unas veinte millas de distancia.”

“Entonces, ¿no hay oposición alguna?”

Senín no tenía más remedio que acceder a la petición de la princesa. Tendría que realizar unos cambios en su trayectoria.

“Ninguna, Su Alteza, pero debe tomar en consideración que el viaje será uno largo y pesado. No viajara en su carroza, sino a caballo. Además, para ganar tiempo nos detendremos lo menos posible, solo en momentos en que ya no pueda soportar más el cansancio.”

“Por el camino común, llegar al monasterio nos tomaría siete días”

“Sí, los caminos comunes tienden a ser más largos, pero llegaremos al monasterio en cuatro días atravesando el que escogí, sino tenemos inconvenientes. Solo debemos tomar un desvío. Le pediré, Su Majestad, que solo lleve lo necesario para el viaje, y que lleve ropa para cabalgar y cómoda. Los Sarai se han encargado de llevar provisiones, así que su dama no se tiene que preocupar por eso. Espero que solo la dama Alora sea la única que le acompañe y no tenga necesidad de otros sirvientes,” comentó Senín en forma de advertencia.

En el rostro de Dinorah se dibujo una media sonrisa y le miró fijo a los ojos, sus cejas arqueadas. No sabía si el Bńelekoh Tekuh trataba de intimidarla o hacerle ver su autoridad en esta misión, como un augurio de que no toleraría futuros cambios a sus planes y que su seguridad estaba en sus manos, por tal razón le debía obediencia. Tal vez, ella debía tener precaución con él. Era de esperarse que actuara de esa manera, pues era un líder de hombres y ella también lo era. Lo que la llevaba a la conclusión de que durante el viaje tendrían muchos roces.

Para aliviar cualquier intercalo, decidió ser civil y no imponer su autoridad sobre ese quien era su sirviente. Al fin y al cabo, su vida estaba en sus manos y ella debía ser humilde y agradecida. Así que, contestó con humildad a Senín, “No tendré necesidad de más sirvientes, solo serán un disturbio para nosotros. Sobre mis atuendos, me encargo yo, Senín, sé lo que me conviene utilizar cuando debo cabalgar largas distancias. No crea por un instante que solo dependo de mi carroza, pues se montar a caballo sí es eso lo que le preocupa.”

Senín solo asintió con su cabeza y le agradeció a la princesa que comprendiera la situación. La media hora que continuaron juntos, Senín se la pasó explicándole a Dinorah donde debería estar ubicada siempre durante toda la trayectoria hacia la capital. Le pidió siempre se mantuviera en el centro del régimen, para que fuera protegida en todo momento por los Sarai. Le explicó, además, que enviaría hombres a adelantarse para asegurar que el camino estaba seguro; que tomarían siestas de aproximadamente dos horas y que sus alimentos los tomarían mientras cabalgaban.

A todo esto y otras muchas cosas más que él explicó, Dinorah escuchaba en silencio mirando de vez en cuando a Alora, quien, luego de componerse les hizo compañía para estar al tanto de los planes, atendía con suma curiosidad. Ninguna de ellas estaba acostumbrada a tal régimen, pero había que hacerlo si debía salvar su vida y el futuro de su reino. Le preocupación la falta de descanso a la que su cuerpo estaría sometido, y cómo esta le afectaría espiritualmente. La fatiga podría permitir que aquello dentro de ella encontrara fuerzas en su debilidad. Su inquietud no la reveló a Senín, de ser necesario el descanso él no iba a oponerse, pero el sacrificio valdría la pena y la carga sería menos una vez el Unnfrid aceptara acompañarles. El Unnfrid debía ayudarla en su idilio; él la había preparado para eso y mucho más. Una cosa era el pensamiento lejano de un quizás, a la cruda realidad que la atormentaba. Si el dolor en su pecho se tornaba insoportable, estaba segura que a solas no iba a poder controlarlo, y que cedería con gran facilidad para que este dejara en paz su alma.

La segunda parte del capítulo cinco será entregada el 6 de julio de 2011.

Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Tercera Parte

Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Tercera Parte

“DOS DE LOS Sarai, estarán a quinientos metros de aquí. Deben estar esperando, pues el sistema de alerta al primer puesto les debe haber avisado,” comentó Berengüer a Senín.

Este asintió con su cabeza al comentario de Berengüer. Continuaron la marcha sin detenerse y con cautela. Quince minutos más tarde se toparon con el primer puesto. Allí se divisó a dos caballeros vestidos con los uniformes de los Sarai, que al reconocer a su capitán, le saludaron y abrieron de par en par las rejas de hierro que protegían el puesto. Inmediatamente uno de ellos hizo sonar un cuerno. El sonido viajo fuertemente por todo el túnel, y segundos más tarde este fue contestado por los guardias del segundo puesto. Ambos sonidos eran de igual harmonía, esto para identificar a los que viajaban por el túnel. De haber sido una emergencia, el sonido hubiese sonado agudo como el de una trompeta fuera de tono y en respuesta, se hubiese escuchado el fuerte retumbar de tambores por todo el túnel. Significaba que el mensaje había sido recibido y que la ayuda vendría pronto.

Los cuatro jinetes pasaron la entrada sin detenerse o decir palabra alguna a los caballeros del Sarai. Tallado en la roca, a ambos lados de la verja, habían dos cuartos. Uno con todas las comodidades que necesitaban para descansar y comer; la otra con lo necesario para defender el puesto. Los Sarai hicieron su reverencia a Berengüer, pero al ver a Senín cayeron de rodillas al suelo. Estaban atónitos, pues no esperaban ver al Caballero del Rey. Al levantarse del suelo, luego de que pasara Senín, mantuvieron la mirada fija en la espalda de su superior hasta perderse en la oscuridad nuevamente.

Continuaron cabalgando lentamente por alrededor de quince minutos, sin escuchar otro ruido más que el resonar de las herraduras de sus caballos al chocar con el suelo rocoso. La temperatura en el túnel no era calurosa, sino fresca. Canales de agua corrían paralelos a este, para contrarrestar las temperaturas de la superficie. Ventiladores de aire ayudaban a filtrar aire fresco, y otros a que aire caliente saliera a la superficie. Había sido diseñado así, pensando en los múltiples usos que se le podía dar. A mitad de este, donde se encontraba el segundo puesto de soldados, había unas cámaras grandes que podían servir de residencia para la familia real en caso de alguna emergencia.

Para Berengüer, que se encargaba de verificar que todo estuviese en orden en el túnel y asignaba a los soldados sus puestos y les entregaba las provisiones necesarias para su estadía allí, no dejaba de asombrarse de lo ameno que era estar en aquel lugar. Antes de ser capitán le tocó proteger el segundo puesto. Había pensado que sería difícil vivir bajo tierra por alrededor de una semana, y aunque perdió la noción del tiempo, no fue una experiencia espantosa que le marcara para el resto de su vida. Su contacto con la humanidad era mínimo, salve a aquellos con los que se encontraba, lo que le hacía sentir como si estuviese en un monasterio de claustro.  Fue paz y tranquilidad lo que esa semana vivió, lo que le ayudó a poner en orden ciertas cosas en su vida a las que necesitaba meditar. Cuando regresó nuevamente a Almĭdina, ya era capitán y no estaba obligado a quedarse en el túnel, aunque hubiese deseado lo contrario. Tal vez, al haber puesto en paz lo que le atormentaba, ya no era necesario estar escondido allí. 

Sonriente acarició la melena de Bronwen, quien cabalgaba con serenidad como si la tenue oscuridad no le molestara. De inmediato vio un brillo, no más grande que un punto en la distancia y rodeado de oscuridad. Aquel era la antorcha del segundo puesto, al que llegarían en diez minutos. Desde allí les quedaba alrededor de otra media hora más para salir del túnel y llegar al palacio. Al cual entrarían a través del sótano que quedaba justamente en el ala sur.

En el segundo puesto se encontraban dos rejas del mismo estilo que las primeras, los soldados a cargo de este las abrieron para dejar pasar a los visitantes. Tal y como los primeros soldados, hicieron sus reverencias y al ver a Senín, cayeron de rodillas y se quedaron igualmente impresionados. No esperaban verle por esos rumbos y menos acompañado de los Sarai.

Al llegar al sótano, un caballero de los Sarai les abrió las puertas de bronce que servían de entrada. Berengüer desmontó su caballo, y dijo a uno de los Sarai que se encontraba en el sótano, “Avísale a la Dama Alora, que he llegado.”

El Sarai salió a toda prisa, luego de hacer una reverencia a su capitán. Berengüer se acercó a Senín y le dijo, “¿Algo en particular que desee, mi Señor?”

Senín tomó una copa, la lleno con agua de un jarro que estaba sobre la mesa donde jugaban cartas los Sarai, y tomó para saciar su sed; luego contestó a Berengüer, “Por ahora, no. Ve y haz como te indique. Nart, ve con ellos, asegúrate de que nadie más te vea, excepto por los Sarai.”

“Sí, Señor,” con una reverencia partieron los tres Sarai y Nart hacia el edificio adjunto a los establos reales, que servía de vivienda para los Sarai y los Tekuh cuando estaban de visita.

Al pasar alrededor de diez minutos, Alora se apareció en el sótano acompañada por el Sarai que la fue a buscar. Sin demora, dijo, “He dado órdenes para que despejen los pasillos inmediatamente. Nadie se dará cuenta de su presencia. La princesa le espera, sígame,” y sin dar más explicación, se fue al frente para dirigir a Senín.

El ala sur del castillo estaba reservada para visitantes y acompañantes de la familia real, en su estadía en la ciudad o eventos especiales. En esos momentos no había nadie, pero los sirvientes mantenían los cuartos en condiciones excepcionales. La recámara de la princesa, así como la de la familia real, quedaban justo en el centro del palacio, que corrían desde el segundo hasta el cuarto piso; el de Dinorah estaba ubicado en el segundo.

Alora caminaba a toda prisa, Senín mantenía el paso, tratando de hacer el menos ruido posible. Al llegar, Alora le pidió que aguardará allí para anunciarle. Senín encontró la formalidad un poco fuera de lugar debido a la situación, pero como era el protocolo, no sé quejo. Alora desapareció tras la puerta. El Sarai que los acompañaba y quien buscó a la dama Alora, miraba de reojo a Senín sin decir palabra alguna, intimidado por su presencia. Alora reapareció varios minutos después tras la puerta, le pidió a Senín que pasará, y al Sarai dijo, “Mantén guardia aquí hasta que se te indique lo contrario. Nadie entra a la recámara sin ser anunciado antes. ¿Entendido?”

El Sarai asintió con su cabeza y se colocó frente a la puerta. Alora la cerró tras de ella y condujo a Senín hasta la antesala de la recámara de la princesa. Sentada en un sillón estaba Dinorah, vestida con un camisón color lavanda, y por encima de este tenía una bata de satín del mismo color. Velas alumbraban tenuemente la antesala; el fuego de una fogata le daba calidez. Senín no había visto a la princesa por varios años, le recordaba como una joven de singular belleza y sabiduría, muy rara para alguien de su edad. Ahora frente a él encontraba una mujer, más bella, pero de mirada cansada y llena de preocupación. De seguro se debía a las responsabilidades que había tomado como representante del rey en los asuntos del reino. Desde que salió del monasterio, que fue su escuela desde su niñez, se había dedicado a ayudar a su reino como fuera posible, pero en especial a su hermano. Ambos se querían mucho y velaban del uno y el otro con gran recelo.

Senín se acercó a la princesa, una vez frente a ella dobló su rodilla izquierda, colocó su mano derecha sobre su pecho y el puño de su izquierda sobre el suelo, y dijo, “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

“De pie, Bńlekoh Tekuh Senín,” le ordenó Dinorah con suave voz pero a la vez autoritaria.

Senín se puso en pie, y preguntó, “¿A qué se debe que, Lvadi, cite al servidor del rey?”

Dinorah le miró seriamente y contestó, “La noticia de que el rey ha muerto, pero más aún que esta no haya sido revelada.”

Senín conocía lo que la princesa le decía, pues Berengüer le había puesto al tanto. Le interrogaba, porque deseaba estudiar las expresiones que se dibujaban en su rostro frente a las preguntas que él formulaba. Deseaba saber si decía la verdad o mentía y si algo escondía.

“¿Cómo está, Lvadi, segura de esto?” Preguntó Senín con expresión seria.

“No solo ha llegado a mis oídos la confirmación de mis sospechas,” entonces, hizo una pausa y trago. Su mirada se desvió hacia una vela a su lado y parecía perderse en las llamas que consumían la mecha que le alimentaba. Volvió su mirada a Senín, y continúo, “Un dolor insoportable me despertó esta madrugada, se sentía como si estuviesen enterrando un alfiler en mi corazón,” hizo una pausa, pues no deseaba continuar narrando su agonía. No eran necesario las palabras, para que él supiera de lo que se trataba, de eso se aseguró al entregarle la pulsera.

Continúo, “Nabwh, Senín! Ya han pasado tres días desde la muerte de mi hermano y necesito que me lleve a Karmiérz lo antes posible. Usted, como Bńlekoh Tekuh sabe lo que esto significa para el reino de Argia y para la sobrevivencia de nuestra raza.”

Senín no respondió de inmediato, más se quedo pensativo. La princesa se notaba preocupada y nerviosa, no pudo terminar su relato de lo ocurrido esa madrugada. Independientemente de lo que ella le dijera, él tenía que hacer algo más para asegurarse de que era verdad lo que decía. Se acercó a Dinorah, y mirándole directamente a los ojos, le dijo, “Usted, Lvadi, sabe bien lo que hay que hacer. Necesito pruebas del Nabwh, no hay otra forma.”

La princesa respiró profundamente, y poniéndose en pie, contestó, “Bien, no esperaba menos de usted.”

Senín abrió su boca para dejar escapar sus órdenes a la princesa, pero su mirada se cruzó con la de ella. Sus ojos eran cautivadores e hipnotizaban a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino. Eran verdes con tonalidades azulosas y era verdad lo que decían, que en ellos se escondía serenidad y paz. Cerró sus ojos por unos instantes para concentrarse en lo que debía hacer. Con nuevas fuerzas y concentrado, miró nuevamente a la princesa a los ojos. Aunque se sentía atraído por lo que ellos ofrecían, no se dejo tentar y dijo con autoridad, “Necesito que me enseñé la marca.”

“¡Lvadi!” Exclamó Alora.

Dinorah se tornó hacia ella, y con serena voz, dijo, “Es necesario, Alora.”

Puso su mano derecha sobre su pecho, justo encima de su corazón y deslizó suavemente la bata y la manga de su camisón por encima de su hombro hasta develarlo. El acto lo hizo con suma delicadeza para no mostrar más de lo que debía. Mientras lo hacía un escalofrío corrió por todo su cuerpo, pero se mantuvo serena y dispuesta hacer su deber. Se detuvo justo al comienzo de su seno, protegiendo que el resto con su mano. Allí Senín, pudo ver lo que buscaba, una marca negra del tamaño de un diminuto guijarro. Entonces, dijo a Alora, “Traiga un paño mojado en agua.”

Alora se retiró a la recámara de la princesa donde tenía una jarra con agua y en ella mojo un pedazo de tela que sacó del cuarto de aseo. Se lo entregó en las manos a Senín, y se quedó a su lado, mirándole seriamente. Senín hizo caso omiso de la penetrante mirada de Alora, y dijo a la princesa, “Discúlpeme por el atrevimiento.”

“No hay por qué,” contestó ella deseando que ya acabara todo, pero sin quitarle la mirada de encima.

Senín con sumo cuidado rozó el paño humedecido sobre la marca que estaba en la sedosa y pálida piel de la princesa. Lo paso varias veces, asegurándose que esta no fuera tinta negra. Desistió luego de varios segundos, y dijo, “Bien, es genuina. Pero, hay otra prueba que hacer.”

“Diga cuál es,” dijo mientras regresaba su bata a su lugar.

“Pídale, primero a su dama que nos deje solos.”

“No se preocupe por ella, sabe todo y esta tan preparada para esto como yo.”

“Bien,” contestó Senín.

“Alora, necesito que se pare encima de la mesa y aguante sobre la cabeza de la princesa ese candelabro.”

Senín ayudó a Alora a pararse sobre una pequeña mesa de madera, y le dio a aguantar un candelabro de plata con cinco velas blancas largas y delgadas. Cuando se aseguró de que Alora no se iba a caer de la mesa, y que esta era lo suficientemente fuerte como para aguantar su peso; dijo,”Necesito que sujete el candelabro sin hacer ningún tipo de movimiento. Usted, Lvadi, despójese de su vestimenta. Le prometo ser todo un caballero y no miraré más que a sus pies. Mientras hace esto, le daré la espalda.”

Alora iba a protestar, pero la mirada autoritaria de la princesa la detuvo. Así que no hizo más que obedecer las instrucciones que le dio Senín. Dinorah asintió con su cabeza para dejarle saber a Senín que estaba lista para despojarse de su atuendo. Él se viro, y con rapidez Dinorah se quitó su bata y camisón. Ambos cayeron al suelo y con su pie los empujo a un lado.

“Estoy lista,” aviso Dinorah quien respiraba pausadamente por pudor a lo que ocurría.

Con sutileza y cabeza baja y con la mirada clavada en el suelo, Senín se torno hacia donde estaba la princesa. Sus pies eran pequeños y delicados, en ellos se notaba su rango, pues se veían sedosos y bien cuidados.

“Alce más alto el candelabro,” indicó a Alora, quien inmediatamente lo hizo.

Caminó lentamente, dándole la vuelta y fue allí que encontró lo que buscaba. Una pequeña sombra nacía de los talones de la princesa. Senín cerró sus ojos y suspiró ante su oscuro descubrimiento, pues los cuerpos de los argianos no crean sombras al ser iluminados. Las profecías comenzarían a realizarse y una sombra arroparía al reino, si él no ponía fin a lo que acontecía en el interior de la princesa.

La rodilla izquierda de Senín se dobló y unísono con su puño izquierdo, tocó el suelo. Con su mano derecha sobre su pecho, exclamó, “Li Jahivé fridu, LTekuh Dinorah, mi espada es su espada, mi vida le pertenece, así como  mi lealtad. Le juró obediencia y le protegeré hasta el último soplo de mi vida.”

Al escuchar estas palabras, una lágrima corrió por su mejilla. Se quedó inmóvil por unos segundos. LTekuh pensaba para sí. Con la mirada le indicó a Alora que se bajara de la mesa y la ayudara a vestir. Ella lo hizo inmediatamente, y una vez vestida, dijo a Senín, “De pie, Bńlekoh LTekuh Senín, que hay mucho por hacer y el tiempo es nuestro enemigo.    

 

El quinto capítulo será entregado el 22 de junio de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Segunda Parte

Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Segunda Parte

CABALGABAN A TODA prisa, Senín; Nart, su sirviente y quién era también su escudero; y los Sarai Richari, Berengüer y Aigmund. Habían salido de la villa de Senín entrada la tarde e iban a toda prisa para llegar lo antes posible al palacio donde les esperaba ansiosa la princesa Dinorah. En el horizonte, el cielo anunciaba al mundo el fin del día y la llegada de la noche con su cambio de color. Miles de pájaros tomaban refugio en los árboles para descansar, mientras que los grillos comenzaban a escucharse escondidos tras las pequeñas rocas del camino, como también en las altas y verdosas malezas.

Los jinetes ignoraban todo lo que a su alrededor ocurría, concentrados en llegar a Almĭdina. Berengüer cabalgaba detrás de Senín, no se atrevía a hacerlo a su lado y menos a pasarle. Para él lo correcto era mantenerse detrás del Caballero del Rey, pues era de más alto rango. Esta era una rara oportunidad para el capitán de los Sarai, quién nunca se imaginó tener una misión en la que le tocará trabajar con el Bńlekoh Tekuh, por más sencilla que esta fuera. Realmente no lo era, pues la princesa recurrió a buscarle tras conocer la muerte insólita de su hermano. Berengüer sonrió, no de placer por lo que al rey le había ocurrido, sino porque estaba seguro que pasaría más tiempo con Senín. Esto le daría la oportunidad de estudiarlo y aprender más de él. No había duda alguna que trabajarían de cerca, pues él era el capitán de los Sarai, y por lo tanto, Senín confiaría sus decisiones a él y todos sus mandatos. Hasta, tal vez, recurriría a él para que expusiera su opinión sobre cualquier situación o decisión.

            Lo que estaba aún vivo en la mente de Berengüer, un dato de conocimiento común, era que el Caballero del Rey no había asignado a su sucesor. Dada las circunstancias, Senín se vería obligado a escoger de entre los Sarai, ya que el rey estaba muerto y la princesa era ahora su señora y ama. De seguro, pensaba Berengüer, Su Alteza Real le pediría escogiera de entre los suyos, pues les conocía y confiaba en ellos. Por tal, él sentía que su posición como capitán le daba ventaja entre los demás. De igual forma, la Princesa podía no involucrarse, y dejar a Senín tomar la decisión por sí solo. Nunca un monarca se había interpuesto en la decisión del Bńlekoh Tekuh, con la excepción del Tekuh Nüahosé quién proclamó a su hijo menor. La decisión tomó a todos por sorpresa, pero al Bńlekoh Tekuh de esa época no le costó más remedio que obedecer. Su gran sabiduría la pasó al joven príncipe, y este se convirtió en un gran Caballero del Rey. Al momento de tomar su sucesor hizo caso omiso de su hermano, quien deseaba hacer lo mismo que hizo su padre y declarar a su hijo menor como el próximo Caballero del Rey. El joven príncipe se negó rotundamente, y tomó su propio sucesor, al ver que su sobrino no tenía las características necesarias para tomar ese cargo de gran importancia.

            Miles de soldados han deseado solo ser parte de los Tekuh Richari, por tener, aunque fuese una mínima, la posibilidad de ser escogidos a tan honorable puesto en el reino. Ese era el deseo de Berengüer, pero el destino le corto su sueño haciéndolo parte de los Richari. Su desilusión paso rápido, pues los años que lleva al servicio de la princesa le han enseñado mucho. Ha conocido el reino completo de Argia, pues ha viajado con la princesa a todas partes, hasta las ciudades más recónditas como lo era ŃohdWrg, situada al noreste y al sur de las montañas Shdwk Otr. Un pueblo dedicado a la siembra, de gente sencilla y no influenciada por las civilizaciones en el corazón del reino. De vez en cuando, habían sido atacados por los oshmdwans en las sombras de la noche, y por tal razón, la princesa les fue a visitar numerosas veces.

            Para defender sus hogares y fincas, la princesa encargó a Berengüer a hacerse cargo de la  construcción de un fuerte que fuera capaz de servir de protección a los ciudadanos de ŃohdWrg. Fue esta su primera misión, la cual le tomó un período de tres años completar a la satisfacción de la princesa. Este se extendía a lo largo, cubriendo la entrada desde Argia, hasta colindar con las montañas Shdwk Otr, que sirven de frontera con el reino de Oshmdwa. Para llevar a cabo tan codiciosa obra, Berengüer buscó al mejor de los arquitectos del reino con quien trabajó de cerca en el proyecto. La princesa quedó satisfecha, al igual que el rey, quien visitó el fuerte y le dio por nombre Lbartnep, el impenetrable. Desde entonces, Dinorah ha mantenido a Berngüer cerca, pues hasta ese momento él no le había fallado.

            Sí, los Sarai eran una gran escuela para el que ahora era su capitán. Aunque no ha visto muchas batallas, ha podido servir a su reino de una forma diferente y digna. Se había ganado el respeto de sus compañeros, como aquellos que eran parte de los Tekuh y los que servían en la milicia alrededor del reino. Todos conocían su nombre y sus atributos, algo que lo enorgullecía.

            Mientras pensaba en todas las cosas que había logrado, la silueta de Almĭdina comenzó a divisarse a la distancia. En esos momentos Senín disminuyó la velocidad de manera que los caballos trotaran, y con voz fuerte llamó a Berengüer. Este se acercó al Caballero del Rey, asegurándose que la cabeza de Bronwen no pasara la del caballo de Senín. Con sumo respeto, le miró y dijo, “Mi señor.”

            Al decir esto miró a Senín, estaba calmado como si fuese a entrar en una misión de rutina. Miraba a la silueta de Almĭdina, que lentamente se engrandecía mientras más se acercaban a la ciudad. Senín cambió su mirada hacia Berengüer, quien le miraba con atención en la espera de lo que tenía que decir.

            “Dígame, Capitán, ¿qué ocurre en la ciudad? ¿Por qué la princesa aún permanece allí?”

            “Los asuntos que la trajeron a la ciudad se complicaron, mi Señor. El marqués Wrikam estaba a cargo de resolverlos, pero sin resultado alguno, así que la princesa tuvo que intervenir.”

Entonces, Berengüer le narró los hechos del encarcelamiento de los mercaderes, y los actos sospechosos del marqués. Lo que obvio, fue su viaje a Karmiérz.

“El marqués siempre ha actuado de forma sospechosa. Todo lo que hace, lo lleva a cabo para mejorar su estatus social, como si su familia no fuera lo suficientemente pudiente y poderosa. Más se le subió a la cabeza el poder cuando su cuñada se convirtió en nuestra reina. Desde, entonces, se cree dueño de la ciudad,” el capitán calló, pues se dio cuenta que sus comentarios estuvieron fuera de lugar, al ver la mirada seria de Senín.

Este, dijo, “Tienes razón, la intervención de la reina ha hecho que él mantenga su estatus y poder.”

Berengüer se sintió aliviado al escuchar el comentario de Senín, quien de inmediato le hizo otra pregunta.

“¿Hay algo más?”

El capitán de los Sarai le miró con interrogación, tratando de obviar el asunto. Senín, dijo, “Habla, por qué no estoy para que me tengan en tinieblas. Ocurre algo grave en el reino, y sé que tú conoces lo que pasa. Si no supieras nada, he incluyo a tu acompañante, hubiesen sido otros los que me hubieran buscado. Ahora, cuéntame lo que ocurre.”

Berengüer se quedó atónito ante las palabras del Caballero del Rey, hasta sentía vergüenza por tratar de esconder cosas de él. Mantuvo silencio, pues no sabía si era prudente decirle lo que sabía. Ninguna de las órdenes que le dio la princesa, le obligaba a mantener oculto de Senín lo que conocía. Al fin y al cabo, todo lo que hasta el momento había hecho fue en secreto para que nadie se diese cuenta de los movimientos de la princesa y sus sospechas. Conociendo a su señora, sabía que esta no se opondría a que él pusiera al tanto de los eventos a Senín. Por tal razón, no había nada que temer, pues no estaba hiendo en contra de las órdenes de la princesa Dinorah.

“¡Es una orden, capitán!” Exclamó Senín.

Berengüer salió de su concentración, y contestó a su comandante, “Sí, señor, discúlpeme.”

De inmediato le puso al tanto de todo lo acontecido, sin omitir detalle alguno. Le narró cuando la dama Alora fue a buscarle, a lo que ellos no estaban acostumbrados, pues ella siempre enviaba a alguien en su nombre; las órdenes que le dio la princesa enviándolo a Karmiérz, para que trajera noticias sobre su hermano y disipar sus sospechas; su inesperado encuentro con el mensajero y la confirmación de la muerte del rey; su regreso a Almĭdina; la entrega de la pulsera a su cuidado; y las órdenes de ir a buscarle. Senín mantuvo silencio durante todo el relato, concentrado en cada detalle que el capitán le daba. Analizaba los eventos, como si estuviese sospechoso de lo que se le decía.

Al terminar Berengüer, Senín hizo señal para que se detuvieran. Ya la noche había cubierto la tierra, y solo unas franjas anaranjadas se veían en el horizonte. El caballero del rey miró hacia la ciudad y dijo, “El túnel que corre directamente hacia el palacio, ¿está vigilado por los Sarai?”

“Sí,” contestó Berengüer.

“Bien, entraremos por allí al palacio. Según lo que me cuentas, es necesario que mi visita permanezca en secreto. Una vez lleguemos, ordenarás a los Sarai que estén listos para salir de Almĭdina cuando lo indique. Berengüer, desde este momento los Sarai ya no son tus hombres, sino míos. Están todos bajo mis mandatos, así como lo estás tú. No siguen más órdenes que las mías, ni tan siquiera de la princesa; por lo menos no hasta que indique lo contrario. ¿Está entendido esto?”

“Sí, señor, contestó Berengüer y Aigmund, su compañero.

“Vamos, no deseo hacer esperar más a la princesa Dinorah. La noche cae, y es necesario disipar las neblinas que acosan con su sombra el reino.”

Dejaron el camino principal que lleva a la ciudad, adentrándose en el campo en dirección al este. Recobraron la velocidad que llevaban minutos atrás. La noche les cubría, y desde donde se encontraban serían difíciles de ser vistos por los centinelas que estaban de guardias en la muralla de la ciudad. En silencio cabalgaban rápidamente, hasta llegar a un grupo de colinas pequeñas, detrás de ellas había un riachuelo que era alimentado por una cascada. Al llegar, Aigmund se separó del grupo, y mientras todos estaban en sumo silencio, él estudio los alrededores. Se perdió de vista mientras circulaba una enorme roca cerca del grupo, surgió por unos segundos para luego perderse de nuevo bajo las sombras de la oscuridad. Minutos más tarde apareció, e informó a Senín que todo estaba bien. Nadie les había seguido.

Senín con un gesto de su cabeza, le indicó a Berengüer que se adelantara. Este halo las riendas de su caballo y se dirigió hacia la cascada. A paso lento el caballo se abrió paso con sus largas patas a través de las aguas del riachuelo, que le azotaban suavemente. Jinete y caballo se perdieron detrás de las corrientes de agua de la cascada. El capitán de los Sarai se encontraba dentro de una pequeña y húmeda cueva, en donde solo cabían una persona de más o menos la altura a la que se encontraba él. Con su mano rozó la pared mojada que se encontraba a su derecha, pues a la falta de luz no podía ver nada; pero Berengüer sabía lo que buscaba. Su roce fue directamente hacia un relieve cerca del redondo techo. Era una protuberancia rocosa y de forma octagonal, a la que empujó con todas sus fuerzas.

Afuera de la cueva se escuchó el sonido de una cerradura que se abría seguido, por una obtusa resonancia de roca contra roca que solo duro unos segundos. Berengüer emergió de la cascada empapado de pie a cabeza. El grupo se movió hacia la pared rocosa opuesta a la cascada. El capitán de los Sarai desmontó su caballo y se acercó a la pared. Empujo con fuerza la roca y esta cedió para moverse con facilidad y ayudada por un mecanismo oculto al ojo desnudo. Lentamente, y sin mucho ruido, la puerta se movió hacia la izquierda para develar un pasillo. Era lo suficientemente ancho como para que solo dos caballos cupieran juntos lado a lado.

Berengüer entró primero, montado ya en su equino, seguido por Aigmund; Senín y Nart, entraron después. Aigmund tomó una de las antorchas y la encendió con una de las rocas carbonosas que llevaba consigo, las cuales utilizaba para encender fogatas. De inmediato, hundió un relieve parecido al otro que utilizó Berengüer para abrir el túnel, que hizo cerrar la entrada nuevamente. Los cuatro se adentraron en la oscuridad del túnel, alumbrados solo por dos antorchas.

La continuación de este capítulo será el 8 de  junio de 2011


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Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Primera Parte

Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro

 Primera Parte

            LUEGO QUE Berengüer se marchará a acatar sus órdenes, Dinorah pidió a Alora que se retirara. Alora no la deseaba dejar a solas por miedo que regresara el dolor en su pecho, y no estuviese allí para ayudarle. Sin protestar, aunque deseaba hacerlo  por si a caso sus palabras la convencían y le permitía quedarse, se marchó del gran salón. Las puertas dobles fueron cerradas tras ella. El sonido de las cerraduras uniéndose resonó a través del vacío salón, para al morir dar paso al silencio.

Una paz embriagante lleno aquel lugar. Dinorah respiró profundamente y recostó su espalda sobre el espaldar del trono, y cerrando sus ojos dejó caer sus brazos sobre sus muslos. Por varios minutos se quedó en esa forma para darle descanso a su abatida alma. Solo pensaba en la palabra nada, mientras inhalaba y exhalaba suavemente. Su mente unísona a sus deseos, no permitía llenarse de pensamientos para mantenerse vacía y sin disturbios.

Dinorah tornó su cabeza hacia la izquierda y abrió sus ojos, fijando su mirada sobre las grandes ventanas por donde se colaban los rayos de la dorada estrella. Se puso en pie y caminó hacia ellas, para sentir sobre su piel la calidez de los rayos. A través del transparente cristal se podía apreciar la gran ciudad. Tejados terracota predominaban el paisaje con su distintivo color, sobre edificios de tres o cuatro pisos, con balcones y ventanas decoradas con flores. También estaban sobre las majestuosas casonas que en su seno resguardaban de la sociedad de afuera, hermosos y elegantes jardines repletos de naturaleza; una que otra fuente se alzaba en su seno. Siempre le fascinó el ambiente campestre de aquella ciudad, donde en su niñez pasaba sus veranos junto a su familia. Ante sus ojos vio el rápido cambio que Almĭdina dio, y cada verano era distinto, como si hubiese pasado por una metamorfosis. Su amor hacia la ciudad también fue cambiando, le gustaba menos y caminar por sus pavimentadas calles era melancólico.

Disminuían las sonrisas pintadas en los rostros de sus habitantes, disminuía la calidez de sus modales y la hospitalidad que le era característica. Solo le saludaban por respeto a quien era, y no por que surgía de su corazón. Eran menos y menos los que mantenían esas viejas costumbres vivas en sus familias, pues la mayoría se iba adentrando en nuevas, y era la vigente generación la que se enfocaba en tener y poseer una mejor calidad de vida económicamente hablando.

La avaricia era la causante de todo, pues se adhería al corazón, con suma facilidad, de aquellos que eran pudientes. Quienes veían como aumentaban sus riquezas y poder los de su clase social, y como los que una vez eran menos que ellos le daban competencia a sus negocios. Aunque la economía de la ciudad mejoraba y la hacía una de las más ricas del reino, después de la capital, su verdadera esencia se perdía y con ella el amor que Dinorah le tenía.

Habían pasado ya siete años desde su última visita, que también se debió a asuntos del reino. Esa vez, visitó las calles de la ciudad para tratar de encontrar aquello que la enamoró en su niñez, pero fue en vano. Regresó al palacio con un sabor repugnante en su boca, y con sentimientos de repudio hacia la ciudad. Tanto así, que enseguida que concluyó el asunto que la había traído a Almĭdina, se marchó. El destino parecía que deseaba jugar con ella y allí se encontraba nuevamente, en similares condiciones. Esta vez no hizo el intento, y se mantuvo encerrada en el palacio, solo contemplando la grandeza de la ciudad que una vez cautivara su corazón, desde la distancia.

Aunque hubiese deseado que la crueldad del destino la hubiera visitado en otro lugar, fue allí que se empeño en ella como si le deseará castigar por su desamor. Dinorah miraba la ciudad vagamente, sin expresión alguna. Ya no buscaba nada, y solo deseaba salir de Almĭdina lo antes posible. Para lograrlo, esperaba que Senín, el Bńlekoh Tekuh, no se negara en verla. Sabía que no lo haría por la pulsera que le envió, pues esa era su seguridad de que Senín vendría. De igual forma, Dinorah comprendía lo que su acción traía consigo. Tan solo en emergencias la pulsera era presentada a los Caballeros del Rey, y estaba segura que Senín no esperaba tener tan inesperada sorpresa. De seguro él le haría miles de preguntas que ella no iba poder contestar, y que serían planteadas sin piedad. Por más que Dinorah tratara de adivinarlas para estar preparada para ellas, conociendo a Senín, no lo estaría. Así que desistió de la idea de atormentarse con preguntas y encararlas como mejor pudiera cuando estas fueran realizadas.

Cruzó sus brazos y suspiró desilusionada ante el paisaje. Caminó nuevamente hacia el trono, y se detuvo frente a él. Inspeccionó sus intrínsecos detalles, su acolchonado asiento y espaldar púrpura, y las insignias de su familia sobre la cabecera. Una sensación escalofriante corrió por toda su piel, al darse cuenta de lo que a su futuro le esperaba y las nuevas responsabilidades que tenía enfrente. Sobre sus hombros estaba ahora el futuro de un país que se sumía en su propia oscuridad. Que había olvidado su pasado y lo que este escondía. Que no le daba importancia a las cosas sencillas, y que no deseaba descansar, sino seguir adelante sin prestar atención de lo que a su alrededor ocurría. Un gran país, un gran reino, que ahora eran suyos.

Un sentimiento comenzó a estremecerse entre su alma, que le abrió paso a la culpa. La hizo darse cuenta de su error y la falta que había cometido. Una lágrima se escapó de sus azulados ojos, y mirando hacia la ventana, dijo, “Perdón.”

Con estas palabras borró el desamor que habitaba en su corazón, ese desencanto que había vivido en ella por tantos años. Así hizo las paces con Almĭdina, para comenzar su nueva etapa en la vida de la forma correcta y ser justa con todos por igual.

La continuación de este capítulo será el 25 de mayo de 2011


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Capítulo tres: La sombra de la luz, 2da parte

Para las definiciones de algunas palabras, haz click aquí.

 

Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Tres 

 

La Sombra de la Luz 

Segunda Parte

AL TERMINAR CERRÓ sus ojos, puso una mano sobre la otra, las colocó sobre su pecho e hizo una pequeña reverencia. De inmediato se puso en pie y se dirigió a su recámara. En ella había un armario antiguo de madera tallada a mano, con elegantes detalles de ramas y hojas. Abrió sus puertas de par en par, para develar un uniforme formal de soldado color plateado y blanco. A su lado había una armadura de batalla con intrínsecos detalles en el casco y pectoral, las cuales eran las insignias del rey, como su amo, y la del caballero del rey. La insignia real consistía de una corona alrededor del sol y de donde rayos dorados nacían y caían sobre una espada de doble filo y de puñado dorado, la cual era la espada del Bńlekoj Tekuj.

Su mano rozó suavemente el peto de su armadura, con sus yemas sentía los relieves de los símbolos que lo hacían quien era y que lo identificaban. Esos que debía servir hasta que regresara a la luz. En su mente y en su ser no había remordimientos, esa era la vida que amaba y que había escogido desde que su mano sintió el peso de la espada. Fue entonces, cuando comprendió lo que su padre le explicó una tarde de verano, mientras practicaba con uno de sus compañeros de batalla. Su progenitor le entregó su espada para que la cargara, su brazo cedió de inmediato ante el peso de esta. La espada cayó al suelo, su padre la recogió e inclinándose hacia Senín le dijo acerca de ella, “Nunca olvides que esta es tan solo una extensión de tu brazo, es parte de ti. Una vez aprendas a que no es tan solo un instrumento de defensa, el usarla vendrá como una segunda naturaleza. Al tenerla en tus manos, tus brazos la usarán por instinto, pero para eso hay que educarlos. Tal y como se educan a las piernas a caminar.”

Senín tenía tan solo tenía siete años para ese entonces, pero recordaba el orgullo y el amor con el cual su padre, quien fue un Richari, se refería, a lo que él consideraba a su corta edad, un simple instrumento de defensa. Fue aquel instante el que marco el resto de su vida, el que lo convirtió en el hombre que era.

Miró nostálgico su armadura, como si su cuerpo deseara volver a sentir el fuerte abrazo del mental sobre sus músculos, tal y como le sintiera una década atrás. Cuando los Oshmdwans habían utilizado las sombras del bosque Yércabé para atacar al monasterio Nmafelz, lugar donde el Seboas Unnfrid reside y la sede de las creencias religiosas de los Argianos. Ese monasterio no era solo una casa espiritual, era también un fuerte. Había sido situado allí por el bosque, que era un pasaje directo a Oshmdwa, la tierra de sombras. La zona era la única unión existente entre los dos reinos desde la Gran Batalla, pues la otra entrada al reino de Argia, fue cerrada al finalizar la guerra en la que los Argianos surgieron victoriosos.

En Yércabé la luz moría sobre las cúpulas frondosas de las egoístas hojas, que crecían gigantescas a la búsqueda de los rayos del sol. Por tal razón, sus troncos y raíces vivían bajo sus sombras, pero deleitándose de las puras aguas del río que les alimentaba y atravesaba el terreno que por siglos habían poblado. Senín estuvo a cargo de las tropas en esa batalla, la que fue sin antecedentes y que hasta este día, él aún no comprendía.

Los Oshmdwans aunque nacieron de las sombras a causa de la curiosidad, no estaban destinados a vivir completamente en ellas. Al rendirse a las seducciones del Tercero de las Divinidades, quien le servía a Ese que es la oscuridad, las Divinidades Creadoras les maldijeron. Los destinaron a vivir bajo las sombras, de donde habían nacido, por el resto de sus existencias. Desde entonces, las sombras son la cobija de los Oshmdwans quienes esperan en ellas el despertar de aquel hijo de las sombras en el seno de la luz. Ese despertar será el comienzo de una nueva era para los Oshmdwans, pues es la señal de que el Tercero regresará para ayudarles a obtener su lugar en la creación y la promesa de la gloria eterna.  

Durante la batalla en el monasterio Nmafelz, ocurrió lo imprevisto. Senín hasta ese momento no había hallado explicación alguna, y el episodio lo ha atormentado desde entonces. En sus meditaciones diarias revivía esa tarde que fue el último día de la batalla, cuando los Oshmdwans salieron del Yercabé a toda marcha sin temerle a los últimos rayos dorados del día. Avanzaban con suma rapidez con sus espadas en mano; la afilada hoja reflejaba los rayos del sol, que caían sobre los rostros de sus dueños sin hacer efecto alguno. Los soldados Argianos les miraban perplejos, atónitos ante lo que presenciaban. Se mantenían inmóviles a la espera de que la maldición de sus enemigos tomara sus vidas, pero esto no ocurría.

Ya muy cerca de ellos, Senín dio un fuerte grito, que sacó a todos los soldados del trance en que se encontraban. Al mandato de su comandante, ellos alzaron sus espadas y combatieron hasta entrada la noche. Con bajos números, los Oshmdwans se retiraron y se perdieron en la oscuridad del bosque. Los Argianos no se atrevieron a seguirles, dejaron que se marcharan, pues aún en sus mentes estaba viva la imagen de sus enemigos avanzando hacia ellos bajo los rayos del sol.

Esa noche nadie durmió, se mantuvieron vigilantes ante un inminente ataque que nunca vino a ser. Dos días pasaron y los Oshmdwans no regresaron. Se desvanecieron, así como desaparecen las sombras ante el toque de la luz. No hubo explicación alguna, pues no había prisioneros. No era su costumbre tomar prisioneros. Sus miradas estaban clavadas en el bosque, cada vez que el crepúsculo se acercaba. Así pasaron dos semanas en vela, y nada ocurrió. Las tropas fueron retiradas poco a poco, hasta solo quedar un batallón pequeño que protegiera el monasterio de cualquier ataque.

Desde esa batalla, habían pasado diez años, y los Oshmdwans no habían vuelto a atacar. Lo más que deseaba Senín era tener una respuesta a lo ocurrido. Quería saber cómo era posible que los maldecidos sobrevivieran a su maldición. Suspiró, dándose por vencido de una vez y por todas; pues sabía que a menos que los Oshmdwans volvieran a atacar, iba a ser imposible obtener una respuesta.

El sonido de unos pasos acercándose a él, le sacó de su línea de pensamiento. Tomó su espada y la colocó sobre su cama. Caminó hacia una simple puerta delgada, que abrió enseguida. Esta daba hacia un diminuto y angosto cuarto vacio. Se acercó a la pared contraria a la puerta, en donde estaba una especie de altar pequeño y muy sencillo. Sobre el altar estaba un antiguo escudo con el emblema del Bńlekoj Tekuj, lo retiró y se lo dio a Nart, su sirviente, que era la persona que había entrado a la habitación. Nart lo tomó en sus manos con suma reverencia.

Detrás del escudo estaba escondida una pequeña caja de ópalo y oro. Senín la abrió con sutileza, dentro, descansando sobre una cama aterciopelada, había un puñal. El filo era de un raro diamante amarillo, y el empuñado, de platino decorado en la punta con un ónix color negro. Senín lo sujetó en su mano con sumo cuidado, nunca pensó que llegaría el momento, en que quizás, debía utilizarlo. Aunque un poco nervioso por lo que con ella debía hacer, no dudaba ni un instante en hacer lo que su deber le ordenaba por el bienestar de todos los Argianos.

Nart, mientras su señor guardaba el puñal en una funda de piel forrada de latón plateado, le preguntó con respeto, “Mi señor, ¿es necesario que la lleve con usted?”

Senín le miró con seriedad, y a su pregunta contestó con evidente decepción en su voz, “Sí. Debo estar preparado para todo y mi instinto me dice que es necesario llevarlo. Antes, debo encontrar una sombra en la luz.”

“¿Qué hará si la encuentra?” Preguntó Nart mientras colocaba el escudo nuevamente en su lugar.

Senín se tornó hacia él, y dijo decidido, “Mi deber.”

Una corriente eléctrica viajó por la columna vertebral de Nart, tras escuchar las palabras de su señor. Él, quién había estado con Senín desde que este era un Richari, conocía cual era ese deber del que su señor hablaba. Así que Nart no dijo más, cerró la puerta del cuarto al salir y ayudó a su señor a prepararse para su viaje. Mientras hacía esto, oraba en silencio para que los días oscuros no estuviesen cerca. El hecho de retirar de su lugar de descanso el puñal, en el cual ha estado por siglos, ponía muy nervioso a Nart. Este puñal era señal de que tiempos fuertes estaban por arrimarse a Argia, y para ellos había que estar preparados. O, de ser necesario, prevenirlos a toda costa.

El capítulo cuatro, Lo que se esconde dentro, será entregado

el 4  de mayo de 2011


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