La niña del colchón

Alexandra Román

Ese trabajo lo hacía su hermana Mar, pero ya no está. Molesta, Ada toma la escoba y el recogedor para barrer debajo de su alta cama de pilares que antes compartía con Mar.

Mientras barría debajo de la cama le tiraron un puñado de paja. Le extrañó, su colchón no estaba relleno de paja. Miró la parte de abajo del colchón y notó un movimiento extraño dentro de este como si algo estuviese atrapado allí. Ada, una niña muy curiosa, inmóvil lo observaba, sus ojos grandes.

Más paja cayó de un hueco que se agrandaba en el colchón a cada segundo. Lo que estaba allí adentro no era un algo, sino un alguien. Ada escuchó sus quejas. Ese alguien luchaba por salir. Ada no se movía, observaba curiosa. Se llenó de espanto al ver que un brazo salió por el hueco del colchón. La manga que cubría el brazo era rosa pálido y estaba cubierta de paja. Un segundo salió de repente.

El alguien utilizó sus dos brazos para ayudarse a salir del hueco. Un rostro enmarcado por una hilera de risos decorado con palitos de paja, se asomó. Tomó un respiro profundo y lo soltó para tomar otro.

Los labios de Ada se entreabrieron al reconocer el rostro que se asomó, que ahora le sonreía como si estuviese feliz de verle, cuando posó sus ojos marrones y juguetones sobre ella. El cuerpecito de Ada comenzó a temblar de miedo.

—¡Ada! —exclamó la niña del colchón emocionada.

De un brinco, Ada se puso en pie y salió llorando y gritando del cuarto desde donde la niña del colchón le llamaba.

Se detuvo en las escaleras con la mirada puesta en la puerta de su cuarto. Su corazón palpitaba fuertemente, su cuerpecito temblaba.

La niña del colchón con un vestido rosa pálido cubierto en paja, se asomó y la llamó. Ada bajó las escaleras lo más rápido posible, llorando mientras llamaba a su abuela.

—¡Abuela! ¡Abuela! —su voz resonaba estruendosa por toda la casa.

Ada corrió a la cocina donde su abuela se encontraba desgranando gandules. Al llegar, su abuela miraba en su dirección medio enojada. Al verla en ese estado, saltó de la silla tumbando con su brazo las vainas de los gandules.

Ada señalaba al pasillo, pero no le salían las palabras. Al sentir pasos acercarse detrás suyo, corrió a esconderse entre dos gabinetes. Se puso de cuclillas y lloró desconsolada. Su abuela, preocupada, se acercó.

—¿Qué te pasa, Ada? —le preguntó angustiada.

—¡Abuela! —una juvenil voz le llamó desde la puerta de la cocina. Al escucharla, la piel se le erizó, el corazón le saltó un latido y las palabras de consuelo, que le daría a Ada para calmarla y saber qué le ocurría, se ahogaron en la garganta.

Lentamente se tornó hacia la puerta. La niña del vestido rosa pálido cubierto en paja, estaba parada allí con un sonrisa que iluminaba su rostro.

—Abuela —dijo la niña y dio un paso mientras juguetonamente se quitaba una pajita de su pelo que rozaba su rostro.

La abuela se persignó y agarró el bracito de Ada. De un halón la puso en pie y la envolvió entre sus brazos mientras retrocedía hacia la cocina. La detuvo la mesa a la que estava sentada segundos atrás.

—No temas —le dijo la niña en una dulce voz—. Soy yo.

La puerta de screen de la cocina que da al patio se abrió de repente y de ella emergió, toda sudada y desesperada, la madre de Ada.

—¿Ada, qué sucede niña? ¿Qué gritaera es esa? —preguntó en alta voz. Al mirar hacia la puerta de la cocina, dio un grito tan fuerte que la niña del colchón retrocedió un paso y la abuela y Ada le hicieron coro.

La madre de Ada corrió a donde su madre y su hija estaban y las abrazó como para protegerlas. La abuela rezaba un Ave María; Ada lloraba asustada.

—No puede ser —expresó entrecortadamente la madre, lágrimas bajándole por su morena piel.

—¡Mamá! —dijo la niña con una sonrisa y ojos aguados—. ¡Mamá, no sabes lo emocionada que estoy de verte! —secó sus lágrimas y respiró profundamente soltándolo de un solo cantazo—. Te he extrañado mucho.

—¿Mar? —preguntó la madre aún abrazada a la suya y a Ada.

La niña respondió mientras asentía:

—¡Sí, mamá, soy yo! Bueno —dijo encogiendo sus hombros de manera jovial—, una versión de tu Mar.

—¿Un fantasma? —preguntó la madre. La abuela al escuchar la palabra fantasma apretó más a Ada y comenzó a hacer la oración al Arcágel San Miguel.

—No, mamá, soy real. Tócame —le dijo acercándose.

Todas trataron, de un brinco, retroceder, pero la mesa se los impidió. La niña, dándose cuenta de lo que ocurría, dio un paso hacia atrás.

—Soy Mar, tu Mar, pero de otra dimensión paralela. No diagonal, ufff! ¡Qué difícil se hubiese hecho llegar aquí si fuese una diagonal, casi imposible —explicó la niña emocionada.

La madre, la abuela y Ada, que dejó de llorar al escuchar la explicación de Mar, le miraban confusas.

—No tengo mucho tiempo. Solo quería verte, mamá. Verás, en mi dimensión ya no estás. Está la abuela, está Ada, pero tú no estás —lágrimas rodaban por sus morenas mejillas—. Teddy, mi mejor amigo, tú lo conoces. ¡Es el niño más inteligente que conozco! Me explicó lo de las dimensiones paralelas y diagonales que estamos aprendiendo en la clase de ciencia en la escuela. La clase la da el papá de Teddy y se mete tanto en el tema que a veces no explica bien. Yo no entendía nada y, en realidad, es aburridísimo.

»Hasta —dijo emocionada, la ilusión iluminando su rostro —dijo que en una de ellas podía volver a verte.

La madre soltó a la abuela y a Ada del abrazo en las que las tenía. Le miraba conmovida y al mismo tiempo anonadada. Miró a su izquierda donde estaba la revista de ciencias de su esposo que le leía cuando las niñas se acostaban a dormir. De ella, anoche, él le leyó un artículo sobre los universos paralelos y los estudios que realizaban. Regresó su mirada a la niña, su respirar se aligeraba.

—Pero —continuó Mar de la otra dimensión paralela— yo debía estar —cayó de repente. No se atrevía a usar la palabra. En su lugar, dijo— No debía estar presente en esta dimensión —dio un paso hacia la madre—. Después de tratar de cruzar el portal tres veces, que de seguro si se entera el profesor de ciencias, el padre de Teddy, que lo abrimos sin permiso y lo usamos. Ufff! —expresó mientras meneaba su mano izquierda—. ¡En el lío que nos vamos a meter!

Hizo una pausa y miró con dulzura a la madre. El reloj en su muñeca comenzó a pitar. La niña lo miró desilusionada.

—Se acaba el tiempo —dijo—. Bueno, solo deseaba verte una vez más. Quería un abrazo también, pero…

Dio un largo suspiro mientras miraba a la madre.

—Adiós, te amo —dijo y se marchó de regreso al colchón donde estaba el portal. Cuando llegó a la cama se puso de rodillas, sus manos sobre el suelo y comenzó a gatear debajo de la cama.

—¡Mar! —escuchó a la madre llamarla.

Retrocedió de inmediato. Ella estaba allí a su lado. Lloraba, sonreía. La madre la abrazó fuertemente.

—También te extraño mucho y hubiese hecho lo mismo para verte— la madre le dio un beso en la frente y retiró uno de los palitos de paja de su pelo.

—Son para protegerme de estática o algo así. Teddy, me explicó, pero no me acuerdo—dijo señalando el palito. La alarma volvió a sonar. Mar, la niña del colchón que pertenecía a una dimensión paralela, le dio un beso a la madre en su mejilla—. Volveré —le dijo.

—¡Ja! Hay cosas que no cambian ni tan siquiera en otras dimensiones —hizo una corta pausa mientras la miraba mesmerizada y sonrió—. No te metas en problemas con tu profesor, el papá de Teddy. Con haberte visto una vez más, me reconforta.

Mar sonrió y dijo:

—No te preocupes, mamá, Teddy me ayudará. ¿No te dije que es el niño más inteligente que he conocido?


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