Ana Prado y su amor a las letras

Entre la madurez de la infancia y el amanecer de la adolescencia una cree que la vida no pasa, que sólo pasa en los libros, en las películas: desgracias y amores de tinta y papel, de celuloide y luz,…..Pero en la impredecible Montaña rusa de la vida nadie escapa al sobresalto. En sus altos y bajos todos acabamos por protagonizar un extraño drama o una alocada comedia de los que nunca lograremos saber su éxito o fracaso. Una historia en la que somos mil y un protagonistas: siervos, amos, huérfanos, padres, reyes, tiranos, pordioseros, soñadores, poetas,…., siempre en cambio, siempre sin saber cuál será la próxima parada.

Yo, en ese momento de mi vida, soñaba, soñaba con todo el mundo que me quedaba por conocer, un mundo en el que todo era posible, un mundo que aún cogía en el cuenco de las manos de mis padres. Buscaba entonces respuestas a los grandes vacíos de mis preguntas sin tasa. “Busca en los libros”, me decían con fastidio; y, con la osadía de mis pocas batallas con la tinta y el papel, me sumergía en aquellos objetos de tapa gruesa, objetos misteriosos que se resistían a mi poca pericia y conocimiento. ¿Respuestas?, ¿dónde?. Allí había muchas palabras para una niña de 5 años. En la balda alineados estaban “El alcalde de Zalamea”, “Papa Goriot” y “Esperando a Godot”. Difícil, imposible. Con delicadeza leía los título de los lomos y surgían muchas más preguntas: ¿de quién es padre Goriot?, ¿por qué hay que esperar a Godot?, ¿qué hizo ese alcalde?. Supongo que ese bombardeo de preguntas me precipitó a la escuela y a pisar por primera vez una biblioteca. Ese fue el momento mágico en el que mis sueños dejaron de ser imagen para pasar a escribirse con tinta negra y letra de molde. Me abracé a un libro de cuentos ilustrados y, ante mi gesto, la bibliotecaria me hizo el carnet de usuario y la ficha de préstamo. Ella me sonreía y me hablaba de las normas de préstamo, de lo bonito que era el libro,…Yo ya no escuchaba y ni que decir tiene que nunca leí aquel libro. Los quince días del préstamo permanecí abrazada a él, lo llevaba al colegio en mi mochila y, en cuanto no me veían, me agachaba a tocarlo. Sólo miraba las ilustraciones, respiraba el aroma de sus páginas y lo abrazaba. Cuando hubo que devolverlo, el libro no había quedado en muy buen estado; mi corazón de niña tampoco: buscar al sustituto de aquel tesoro se convirtió en el sino de mi infantil y juvenil existencia. Las preguntas comenzaron a tener respuesta en los cientos de libros de la biblioteca, la poesía inundó mi corazón leyendo entre sus baldas, la sonrisa asomó a mis labios y las lágrimas a mis ojos entre las páginas de cientos, de miles de novelas,….La vida me trajo luego sueños y pesadillas y la Montaña rusa se aceleró, pero yo aún me sigo diciendo: no dejes de soñar Alicia, no dejes de leer.

Ana Prado Antunez, historiadora y escritora, comparte sus artículos en su blog personal, La biblioteca de Ana.

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