A. Román

Artículo publicado en Plataforma de Autores Noveles

Mientras me siento y luchó por escribir estas primeras palabras, escribo una y otra vez lo que debería decir, pero continúo insatisfecha. Tal y como me ocurría con las primeras palabras de mi novela, El Valle de la Inspiración. En ese momento, mi mente era atormentada por la constante visión de un gran valle desierto y árido, de árboles marcados por los azotes de los rayos, y rocosas montañas rodeándole. El cielo cubierto por completo de cúmulos nimbos, rugía como un animal feroz. Nailah, la protagonista, observaba todo esto estupefacta, y de los cúmulos una gran figura se levantaba para atormentarla.

Esta descripción, a la que me doblegue a escribir para que dejara de atormentar mis pensamientos y poder continuar con el flujo normal de contar una historia, fue lo que hoy día es el capítulo doce, El valle de los truenos, el primero de todos los capítulos en ser escrito. Al poder sacarlo de mi sistema pude volver atrás y escribir el comienzo de la novela.

El Valle de la Inspiración nació de un simple pensamiento que se albergó en mi mente y tomó forma de pregunta. Llego de momento, imprevista y sin ser buscada. ¿A dónde iría a buscar mi inspiración de perderla? Como si mi escritora la hubiese estado esperando, la respuesta fue dada sin espacio para pensar. La palabra valle se dibujo en mi mente precedida de dos artículos. Fue en ese instante que comienzo la recopilación de ideas, la investigación para realizar una historia de fantasía y llevar a una joven forjadora de letras, pues que mejor que una escritora para traer a la vida los sentimientos de la perdida de inspiración, en una aventura.

Mi madrina, una amante a todo lo egipcio, que decora su hogar con figuras de faraones y reinas inmortalizadas en dibujos sobre papiro y estatuillas, fue la razón para yo adentrarme a investigar la mitología egipcia, y decidir que esta y la historia que deseaba plasmar en el papel se complementaban mutuamente. Esta paso a ser más que un lugar donde llevar a Nailah a buscar su inspiración, la mitología transcendió el papel e invadió mi vida, rodeándome igual que a mi madrina.

Un largo periodo de desarrollo, de constantes cambios, sucumbió por seis años a El Valle de la Inspiración, quien paso por el filo del bolígrafo para ser mejorada, como la piel y el cuerpo sobre la mesa del quirófano. Como siempre, la trayectoria estuvo acompañada de la duda, que azotaba dejando heridas, y de la soledad. Escuché una vez de la boca de un amigo, que los escritores somos seres solitarios y depresivos. Quizás tenga un poco de razón, y en momentos sentí que aquellas palabras eran destinadas para mí. Con el tiempo, mientras continuaba adentrándome en el mundo literario, descubrí que mi caminar en él sería uno solitario, sin mucho apoyo, más que la fuerza de alcanzar mis sueños de publicación y dar a conocer mi obra.

Por varios años esperé la contestación de las editoriales, pero el silencio fue la única conversación que con ellos tuve. El camino frente a mí se dividía en dos y debía decidir qué hacer: continuar la espera o tomar las riendas de mi destino y publicar por mi cuenta arriesgándome, independientemente, de las consecuencias que esto tuviese en mi carrera profesional como escritora. Ese capítulo aún está por verse. Como puedes deducir, tome el camino del riesgo, y no hay satisfacción más grande que ver tus sueños en tus manos transformado en lo que un día fue, una visión lejana.

Mirando hacia atrás, hasta este punto en mi vida como escritora, este caminar por el mundo literario ha sido uno de madurez. Y todo comenzó con un libro. Podría decir que mi relación con la letra escrita nació cuando en mis manos recibí dos tomos gordos de una novela clásica, Las mil y una noches. Era un libro del cual mi matriarca me había hablado muchas veces, y, que si no hubiese sido por la insistencia de mi padre, mi nombre hubiese sido Scherezada, como la heroína. Fue un regalo de reyes de parte de mi madre, quién conocía ese amor que sentía por la lectura, aunque yo era ignorante a eso y solo decía que me gustaba. ¡Un gusto, quién iba a pensar que de eso surgiría una relación amorosa!

Hasta ese momento había conocido la fantasía de los cuentos de hadas, pero este libro abrió un mundo nuevo de estilo de ficción que exploraban mundos, que aunque en muchos habían príncipes y princesas, iban más allá que las simples historias a las que estaba acostumbrada desde niña. Cursaba el séptimo grado cuando fui seducida por la letra escrita, una relación nacida de la lectura y que se mantiene fuerte hasta hoy día. Aunque la mayoría de mis lecturas actuales son más enfocadas en esos cuentos de hadas y fantasías con los que crecí, porque son los que leo con mi hija antes de dormir.

Las mil y una noches me impulsaron a escribir un cuento de fantasía, de magia y aventura, narrado al estilo de la novela que leía: una historia dentro de la otra. Tristemente, este nunca nació al mundo literario, quedo incompleto y se perdió en el mundo del olvido. Hubieron más intentos, como todo en la vida, por ahí se comienza, y mientras cursaba la escuela superior escribí poesía. Comencé con versos cortos de amor, como toda adolescente hace en sus momentos de romance platónico. Sin saber que me dirigía por un camino del que no hay regreso, pues en mis años universitarios escribir se convirtió en un deleite, en especial cuando para las clases de español e inglés tenía que entregar ensayos.

No hay marcha atrás, pues no es solo una profesión que llevamos como una insignia que nos define y nos da nuestro lugar en el mundo, es una forma de vida que se ama. Por la cual nos desvivimos y le damos tiempo para obtener de ella experiencias que solo se viven a través del bolígrafo y papel, bueno hoy día, del azotar las teclas de la computadora, y las emociones que se viven mientras son plasmadas. Es una buena vida y la gozo en cada letra, por eso ya no me avergüenzo de decir que soy una forjadora de letras, ven y adéntrate en mi mundo.

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