De la vida cotidiana de una escritora

Durante la semana dedico las primeras horas de la mañana, luego de dejar al pequeño en la escuela y calentar la segunda taza de café -sí, solo tomo dos- para escribir. Son horas sagradas que valoro y me gusta estar a solas, aunque las gatas, Grace y Ruby, nunca están lejos. Sin embargo, hay días que deben ser pospuestas para el próximo día o tal vez, si tengo suerte, la noche.

Así ocurrió la pasada semana. El jueves debía ir al maxilofacial para que me quitaran los puntos. Me extrajeron los cuatro cordales y me recupero, aunque ya estoy abatida por las sopas. Había que hacer la compra y mi hija mayor salió temprano. Son eventos en la vida cotidiana que no podemos evitar y que son parte de nosotros.

El viernes los chicos no tuvieron clases, el silencio sería inexistente y la soledad brillaría por su ausencia. Sabía que no sería un día para dedicarme, aunque fuera unos minutos, a la escritura. Así que ya que tenía que estar en la cocina, a preparar esenciales para cuando cocine y confeccionar varios antojitos.

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Adobo de ajo con aceite de oliva, pimenta y sal. Lo uso para adobar mis carnes. Tomas tres cabezas de ajos, se pelan (mi cuñada me enseñó un truco y es sumergirlos en agua por varios minutos y se facilita el pelarlos). En el procesador de alimentos o licuadora los mueles con aceite de oliva, sal y pimienta. Lo guardo en envases de cristal.

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Sofrito. En la cocina puertorriqueña no puede faltar este esencial ingrediente. En Sazón Boricua receta Sofrito, puedes encontrar la receta.

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Sorullitos de maíz. A mi hijo le encantan con mayoketchup.
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Tiramisu. Mi antojito y ya que no pude prepararme para San Valentín por mi operación, hice varios para regalar.

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Mini cupcakes para la merienda del sábado del coro de mi hija.

La cocina fue mi oficina creativa durante casi todo el día del viernes. Así como mis horas matutinas durante la semana, fueron horas productivas que me permitirán añadir minutos adicionales para escribir en esta próxima semana . ¿Qué haces cuándo la vida te desvía de tu rutina?


Transformación de experiencias pasadas

La primera vez que vi su pálida belleza, tenía la edad de mi hija, doce. Fue en las navidades de 1989 en Boston, y, al igual que en ésta ocasión, visitaba familiares. La noche que nos dió la bienvenida a Connecticut, no era tan fría como aquella de veinticuatro años atrás. En ese recuerdo, su helado toque sobre la piel desnuda de mis juveniles manos  cortaba como filo de navaja, y fue entonces, que el desagrado por el frío nació en mí.

Era un tiempo diferente, una ciudad diferente, al igual que esos que me acompañaban. Cuando la noche me tocó con su frialdad al salir del aeropuerto  de Connecticut estas pasadas navidades, estaba preparada, pero no era mi estado el que me preocupaba sino el de mis hijos, que sonrieron exaltados y llenos de curiosidad, deleitados de ver rastros de lo que días atrás fue una blanca nieve. Yo, respiré profundamente, el aire frío llenó mis pulmones y el desagrado desvaneció. Con él marqué el principio de nuevas transformaciones en mi vida. Solo quedaba disfrutar de la primera experiencia invernal de mi descendencia y empaparme de recuerdos para una eternidad.

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