Capítulo tres, primera parte: La sombra de la luz

ShadowLight

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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Tres

 

La sombra de la luz

Parte 1

 

LA ALARGADA VILLA de dos plantas y de arenoso color, descansaba bajo las sombras tenues de los árboles frondosos que le daban la bienvenida a los Richari. Un jardín verdoso a los pies de uno de los árboles resaltaba en contraste al cremoso suelo. La entrada principal, de donde brotaba un pequeño techo tejado, estaba adornada por dos magnos tiestos cuadrados de madera que servían de hogar a dos ornamentales árboles de cúpulas esféricas. La suave brisa jugaba entre las ramas, una dulce melodía nacía de ella. Aquel lugar era majestuoso en su simplicidad y mágico en su armonía con la naturaleza que le rodeaba.

            Berengüer lentamente fue adentrándose en aquella belleza única, la cual sus ojos jamás habían visto y todo su ser deseaba poseer. Era como si le llamase por su nombre y le diera un motivo por el cual vivir. El lugar era digno de reverencia, un regalo en donde la luz se deleitaba en todo su esplendor y gozaba de sus encantos. Juntos, el lugar y la luz, eran perfectos. Allí se podían vivir los últimos días de vida, cerca de aquellos que uno ama. Por eso tenían razón en haberlo bautizado con el nombre de Ratisnlun, tierra de armonía para la luz. Esta casa había sido la residencia de campo para los Caballeros del Rey por siglos, pasada de generación en generación.

            En el marco de la puerta estaba una campana de cobre que el Capitán de los Sarai hizo sonar. Su compañero esperaba por él montado en su caballo; observaba todo con suma cautela. La puerta se abrió, un hombre de edad media salió detrás de ella. Al ver quiénes eran, solo dijo, “Le avisaré al Señor, esperen aquí.”

            Berengüer asumió que los reconoció por su uniforme de Sarai, y era de esperarse que supiera por quien venían. Minutos más tarde, apareció de nuevo y les dijo, “-Dejen sus caballos aquí, envíe a alguien para que los atiendan. Ustedes, síganme, mi amo les espera en la cocina.”

            Al capitán de los Sarai le extraño el lugar donde les iba a recibir, pues el asunto del que venía a hablarle era muy importante y no para tratarse de forma ordinaria y en un lugar tan impropio. Sin dar queja alguna, siguió en silencio al sirviente que les llevaba a través de la casa, en donde se reflejaba el arenoso color de la parte exterior. La cocina era espaciosa, repleta de personas que iban y venían con leña, comida, vegetales y frutas. En medio de todos estaba un hombre de alta estatura; tez tostada; cabellos grisáceos. En el rostro llevaba una barba que comenzaba a dar indicios de tornarse gris. De vigorosas facciones y cuerpo fornido, cortaba un pedazo de cebolla con la agilidad de cualquier gran cocinero. Daba la impresión que ya estaba en su retiro, pues en sus manos había otro tipo de instrumento punzante, determinado para otro uso muy diferente en comparación al que antes le acompañaba.

            Impresionado con verle, Berengüer no le podía quitar su fija mirada de encima. Salió de su asombro en seguida, cuando el sirviente que les dirigió a la cocina se acercó a Senín y le dijo algo al oído. Senín de inmediato les miró de reojo sin dejar de cortar finamente la cebolla. A la mirada del caballero, Berengüer y su compañero se hincaron de rodillas con espadas en mano, de forma tal que el filo descansará sobre sus palmas. Esta era una señal de suma reverencia y respeto, que simbolizaba que aquel que ofrecía su espada lo hacía en servicio. En esa misma forma el capitán de los Sarai dijo, “Mi señor…”

“¡Silencio!” Exclamó Senín, interrumpiendo a Berengüer. “Este no es el lugar, de pie.”

Paso el cuchillo a un sirviente que continúo lo que él dejo, y enjuagó sus manos, las secó con un trapo blanco, y entonces, les pidió a los Sarai que le siguieran. Un hermoso jardín de vegetales y especies se extendía muy colorido a las afueras de la cocina. El aroma de las muchas especies impregnaba la atmósfera, como una sinfonía exquisita que seducía por completo al paladar y a los sentidos. Un arco cubierto por una enredadera de rosas blancas enmarcaba la salida por la cual salieron, separando esa sección del resto del huerto. Caminaron por un sendero apedreado y cobijado, aquí y allá, por la tenue sombra de los árboles.

Luego de caminar por varios minutos, entraron a una terraza sencillamente decorada con varios muebles de madera, que se veían muy cómodos, y mesas. La terraza quedaba sobre una pequeña colina con vista al huerto trasero y la parte posterior de la casa. Sobre encima del huerto, había un espectacular paisaje de las tierras agrícolas que se extendían más allá de la villa de Senín. Era una combinación de colores hermosos jamás antes vistos por Berengüer, que quedaba más impresionado con el lugar mientras más se adentraba en él.

Senín se sentó en uno de los muebles, los Sarai permanecieron de pie a la espera de una orden. Luego de una larga pausa, en la cual Senín les miraba como si inspeccionara a los caballeros, finalmente dijo, “Bien, ¿qué les trae aquí? Solo los Tekuj tienen el permiso de venir a verme. Espero que su Alteza Real, la princesa Dinorah, no haya olvidado eso.”

“No mi señor, la situación amerita nuestra presencia.”

“La princesa lleva casi un mes en Almĭdina, ¿por qué ahora viene a visitarme?”

“Me ordenó que le entregase esto,” sacó la pulsera que le había dado la princesa y la puso en las manos de Senín. Quien al verla cambio de color, tornándose pálido. “Su Alteza me indicó que, usted, entendería su significado.”

“Sí,” contestó medio tartamudo. De inmediato se compuso y no dijo más. Se puso en pie y le dijo a los Sarai. “Regresen a la cocina y díganle a Nart, el mismo que les condujo allí, que les sirva de comer y beber. Luego que lo haga, que venga a verme a mi habitación.”

Con una reverencia los Sarai se marcharon, sin decir palabra alguna. No era su lugar hacer preguntas, en especial, cuando en un principio no deberían estar allí.

Senín al marcharse los Sarai, observó nuevamente la pulsera y la tornó boca abajo. La elevó sobre su cabeza, de forma que los rayos del sol dieran justo sobre el diamante y le iluminasen. Allí se reveló lo que buscaba, la prueba de la autenticidad de la joya. En el centro del diamante, que a simple vista se veía como una gema perfecta en todos sus ángulos, había una simple imperfección que le hacía única y muy valiosa, y que se hacía evidente solo bajo los rayos dorados del sol.

El gemólogo que la encontró, cientos de años atrás, notó la característica, y según cuenta la historia de aquellos encargados de la gema, esta fue hallada cerca de Karmiérz, cuando la capital estaba en sus comienzos. La historia de la capital es otra y una que va enlazada con la de los reyes de Argia. Se dice que fue allí que la lágrima del Segundo de las Divinidades Creadoras cayó, cuando su hermana, la Séxta entre ellos, transformó su ser en las montañas que protegen a su creación: los Oshmdwans.

Una diminuta partícula de carbón yace en el centro de aquella gema, él no sabía cómo podía ser esto posible, pero lo tomó como una señal. El gemólogo se la obsequio al rey, quien era su  hermano, como símbolo de la maldición que su familia llevaba dentro y que debía ser envuelta en luz, tal y como la claridad del diamante envolvía a la partícula. Desde ese entonces, el heredero al trono la lleva consigo, y solo algunos pocos conocen de la existencia de esta prenda; Senín es uno de ellos por ser Bńlekoj Tekuj.

Había varios motivos que explicaban la razón de que él tuviera la prenda en sus manos, pero ninguna de ellas era positiva. La primera, que venía a la mente de Senín, era que la vida de la princesa corría peligro, y como heredera al trono debía protegerla. La otra, aunque ilógica no podía descartarla, pues como guerrero debía estar abierto a todas las posibilidades. Él pensaba en la repentina e imprevista muerte del rey, y por lo tanto debía trasladar a la princesa, sana y salvo, a Kármiérz.

Está última le extrañaba de sobre manera, pues no había recibido noticia alguna del fallecimiento de su amo. Aunque podía estar la posibilidad que si la princesa estuviese en peligro, podía ser que el rey haya sido asesinado, y esta era la razón por la cual los Sarai estaban allí. Todo era posible, y de ser así, su fidelidad la debía desde ese momento a la princesa Dinorah.

La presencia de los Sarai en su hogar apoyaba su segunda teoría, pues de lo contrario, si el rey hubiese muerto por causas naturales o de enfermedad, serían los Tekuj quiénes estuviesen a su puerta. Mientras más reflexionaba en el asunto, sus preocupaciones aumentaban. Respiró profundamente, y calmó sus emociones que nublaban sus pensamientos. No podía saltar a conclusiones, pero la presencia de los Sarai y del brazalete le decía que algo muy grave ocurría en el reino. La Princesa Dinorah no los hubiese enviado, sino fuera necesario.

No había tiempo que perder, y tenía que salir lo antes posible para reunirse con la princesa. Solo ella le podía explicar lo grave de la situación. Un oscuro pensamiento cruzó por su mente. No podía sacarse de la cabeza que algo fatal le había ocurrido al rey.  El rey y su hermana eran muy apegados, y de ocurrirle algo a él, la princesa solo acudiría a la persona que su hermano más confiara su vida. Dentro de su ser le rogaba a Ajvé que todo los pensamientos oscuros que por su mente pasaban, fueran solo parte de su imaginación. Aunque Senín se conocía mejor, y su instintos no le fallaban nunca.

Mientras meditaba, apretaba con gran fuerza la pulsera en la palma de su mano. Pensaba en las muchas profecías que aún estaban por cumplirse, pero una en específico profetiza el despertar de un ser de sombra que ha dormido en el seno de la luz por siglos. Esta daría inicio al cumplimiento de otras que pondrían al reino, y todo lo existente, en peligro. Con la mirada fija en el paisaje frente a él, un pensamiento que le erizó la piel invadió su mente: Senín no había escogido a su aprendiz. No sabía la extensión de la situación de la princesa, y las complicaciones que traería al reino. Con un fuerte suspiró que le lleno de valentía y serenidad, se arrodilló a orar. Los rayos del sol le bañaban por completo y él extendió sus brazos de par en par. Por unos segundos dejo que el calor del sol calentará su cuerpo, y a la vez, una paz deleitosa inundó su ser. Cerró sus y dijo, “¡Ajvé!, que te guardaste para nosotros, no transformándote para velar y cuidar de los hijos de la creación. Te pido me guíes en la hazaña a la que me aventuro, pues es mi deber. Que brille para mí la luz perpetua de tu infinita sabiduría, para que la oscuridad y mi humanidad no nublen mi mente, más vea, juzgue y tome decisiones con inteligencia y prudencia. A tí aclamo, ¡Oh, Ajvé!, mi escudo ante mis enemigos. Por tus hijos adoptivos doy mi espada y mi vida. Me entrego a tí, ampáranos, porque la oscuridad nos asecha. Para nosotros enciende tu luz, no vaya a ser que  nos perdamos y  caigamos en la oscuridad.”

La segunda parte del capítulo tres, La sombra de la luz, será entregada

el 13 de abril de 2011 ya que nos tomaremos un descanso para meditar durante la Semana Santa.


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Capítulo dos: El caballero del rey 2da parte

caballero

Sorry no English version available this time, I wasn’t able to do the translation. I apologize for the inconvinience!

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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Dos

 

Bńlekoh Tekuh 

 Segunda Parte

 

Alora se acercó a ella con sumo respeto, y le dijo, “Me encargaré que todas las cortinas del palacio estén abiertas.”

“Así lo espero. Somos hijos de la luz y está debe regir nuestro hogar.”

Alora asintió con su cabeza en señal de aprobación. El Marqués, quien estaba ya desesperado, dijo con sarcasmo, “Pareciera que le teme a la oscuridad, Su Alteza.”

Dinorah se tornó hacia él rápidamente, dando un paso hacia delante. Con una fría mirada le contestó, “Me insulta con su comentario, los hijos de la luz no viven en tinieblas, menos le temen a la oscuridad. ¿A caso vive, usted, en ella para no temerle? ¿Ha experimentado el augurio de ser rodeado por ella, y a la vez consumido?”

El Marqués asustado por el comentario de la princesa, se tornó pálido. “No, pero ese tipo de tortura no se lleva a cabo hace siglos, solo es destinado a los traidores,” dijo en tono bajo.

“Esa no es la única tortura,” añadió Dinorah.

“Me amenaza, mi Señora. ¡Qué he hecho para merecer este trato!”

“Su modo de ser para conmigo, su prepotencia. Su esposa puede ser la hermana de la reina, pero no se le olvide quien es la heredera al trono.”

Las cejas del Marqués se arquearon, y en sus labios estuvo a punto de dibujarse una sonrisa, pero de inmediato él hizo una reverencia y pidió disculpas.

“Su Alteza Real,” dijo con la misma irónica voz de siempre, “jamás he olvidado mi lugar, y menos el suyo. Disculpe a este su humilde servidor, quien siempre le ha sido fiel a la corona.”

Dinorah no contestó, solo se dio la vuelta y continuó caminando hacia el salón de audiencias. Allí dos guardias esperaban a la puerta, que inmediatamente abrieron al ver a la princesa llegar.  Iba a paso aligerado, el Marqués se quedó atrás. El salón de audiencias era uno inmenso, cubierto de ventanas de cristal por las cuales se colaban los rayos dorados del sol que resplandecían sobre el mármol cremoso. Candelabros de fino cristal decoraban el techo, colocados cerca de las ventanas para ayudar a esparcir la luz del sol por todos los rincones del salón. En el medio del techo había una cúpula de cristal que iluminaba el centro, en donde un regio y elegante trono de oro decorado en diamantes, se hallaba.

Allí se sentó Dinorah, justo al hacerlo el Marqués y Alora hicieron su entrada. Espero a que Lord Wrikam estuviese frente a ella, y le dijo, “El asunto se resolverá hoy y ahora. No se perderá más tiempo en el, pues muchas familias están siendo afectadas y esto se refleja en todo el reino. No podemos permitir que esto ocurra.”

“¿Cómo pretende hacer esto sin los mercaderes?”

“No se preocupe, eso está resuelto,” al decir esto le dio una señal a Alora, quien de inmediato con alta voz, llamó a los Richari quienes entraron acompañados por los mercaderes.

A Lord Wrikam se le fue el semblante del rostro al ver a los mercaderes ser acompañados por los soldados de la princesa. Era evidente que el nerviosismo se le había entrado al cuerpo, pues miraba a la princesa y a los mercaderes una y otra vez. Las palabras se le escapaban de la boca, un fuerte suspiro dejo sentir su indignación. Dinorah la comprendía, pues el Marqués sabía que le habían puesto en una encrucijada. Ella necesitaba escuchar todas las partes envueltas en el asunto, pero en especial deseaba, con suma curiosidad, conocer si Lord Wrikam le mentía o si le ocultaba algún dato. Le era peculiar que el problema no se hubiese resuelto cuando llegó a la ciudad, y hasta ese momento, a causa de las circunstancia de la oculta muerte de su hermano, confiaba en que el Marqués hacía todo lo posible para presentarle una solución que ella secundara. Deseaba mantener la diplomacia entre ambos, por el historial conflictivo de sus familias. La situación a la que se enfrentaba, la obligaba a ponerle fin al conflicto para regresar lo antes posible a la capital, donde le esperaba la incertidumbre. No sabía que encontraría a su regreso, hasta temía que su vida estuviese en peligro.

Al estar frente a la princesa, los mercaderes doblaron sus rodillas e hicieron reverencia; los Richari se mantuvieron detrás de ellos en silencio. Algunos tenían su intimidante mirada sobre Lord Wrikam, que hacía que su piel se erizará de temor. Finalmente, y de súbito, preguntó, “¿Qué significa todo esto?”

“Les mandé a llamar, y si se negaban a venir,” al decir esto miró a Kuon, pues Gotardo estaba justo detrás de él, lo que significaba que no deseo venir por voluntad propia, “di órdenes de que fueran arrestados.”

“¡Cómo es esto posible!” Exclamó Wrikam con brazos extendidos. “Estos dos mercaderes son ciudadanos ejemplares, de familias pudientes y respetables, que le son fiel a la corona de Argia. No se les puede tratar como bandidos comunes.”

Dinorah le miró indiferente, detestaba ese tipo de trato que era marcado entre las dos clases sociales que existían luego de la realeza.

“Eso no implica que no cumplan con la ley, o que traten de estar por encima de ella. Menos se les dará un trato diferente.”

“¿De qué se les acusa?”

“Parece, usted, su defensor legal. Pues bien, sepa que están acusados de alteración a la paz, no solo en Almĭdina, sino también en el reino por sus órdenes de no suministrar sus productos a los ciudadanos de la ciudad y el reino. Adicional a los enfrentamientos ocurridos antes de mi llegada a la ciudad, y los que usted, Lord Wrikam, mencionó en su carta al rey; de la cual tengo evidencia.”

Lord Wrikam no pudo responder, pero su disgusto era evidente. Dinorah, entonces, se dirigió a los mercaderes que aún permanecían de rodillas esperando a que ella les diera la orden de ponerse en pie.

“De pie, por favor. Señor Renhir, escuchémosle primero. Dígame, ¿por qué desea las tierras en argumento?”

Con humildad y respeto, Renhir contestó, “La demanda del trigo ha aumentado en los últimos años, tanto que mi cosecha no da abasto. Mis administradores han calculado que con lo que se cultive en esas tierras, pasará el porcentaje de la demanda del reino completo. Esas tierras ayudarán a dar un trigo de calidad. El vino es necesario, pero el trigo aún más, es la base de mucho de nuestros alimentos.”

“También, le daría más poder económico a su familia.”

“En varios años, sí, su Alteza.”

“¿Esa es una de las razones por la cual desea obtener las tierras?”

El mercader titubeo, y dijo, “Bueno, Lvadi, ambas vienen de la mano,” dio una media sonrisa, y calló.

Dinorah miró a Kuon, en su rostro y en su mirada era obvio que estaba malhumorado. “Tengo entendido,” dijo la princesa. “que al sur de la ciudad hay otras tierras que serían excelentes para el cultivo.”

“No para el crecimiento de la uva, además de que quedan lejos de la producción  principal. Tendría que construir nuevas bodegas y eso lleva mucho tiempo y, por supuesto, demasiado caudal. Sin embargo, las tierras que deseo son las perfectas para la confección de un vino de calidad, como el que he confeccionado hasta ahora, y el cual usted disfruta,” comentó con sumo orgullo. Dinorah le sonrió en aprobación, pues era cierto. Los de mejor calidad eran reservados para la familia real, bajo un sello exclusivo diseñado para distinguirlo de los demás vinos.

“Sí pero el vino no alimenta a las familias del reino,” añadió Dinorah.

“Es cierto, pero es el acompañante para cada alimento,” contestó Kuon con sarcasmo.

“Por lo visto no vamos a llegar a ningún acuerdo,” comentó en voz baja Dinorah. Hizo una larga pausa, mientras trataba de meditar y hallar una solución en donde ambos mercaderes estuviesen de acuerdo. Le fue imposible, su mente estaba con su hermano, y lo que le tocaba enfrentar una vez llegará a Karmiérz.

“No tengo más remedio que implantar la decisión que discutí minutos atrás con el Marqués Wrikam. Aunque no estén de acuerdo, se dividirán las tierras, pero, como la necesidad de trigo es mayor que aquella del vino, tres cuartas partes de ella se le otorgarán a Renhir, la restante será para Kuon.

“¡Sabía qué esto ocurriría!” Exclamó de súbito Kuon con el rostro color carmesí, “Por esa razón, apeló de inmediato, Bdĭrá Tekuh.”

Dinorah cerró sus ojos en decepción, no pensó jamás que llegara a ese extremo. El pedir Bdĭrá Tekuh, significaba que la situación sería vista en una audiencia general con el rey. En ella se apelaba, no solo a la sabiduría del rey, sino a miembros importantes del gabinete de diputados. Además de encargarse de asuntos concernientes a la paz del reino, su prosperidad y su religión, estos formaban una rama judicial encabezada por el rey. Como Dinorah tuvo que optar por presentar cargos a los mercaderes para obligarles a tomar una decisión, el asunto estaba en las manos del gabinete de diputados. Ya nada más se podía hacer. Lo que le tenía nerviosa era tener que regresar a Karmiérz acompañada por los mercaderes y el Marqués, algo que podía agravar su situación.

Dinorah pensaba que hacer, cuando Lord Wrikam interrumpió su línea de pensamiento, para comentar con un tono de satisfacción y un rostro iluminado por el gozo. “Bueno, no hay nada más que hacer aquí. Solo que usted, Alteza, decida el día en que saldremos para Karmiérz.”

Molesta, no sabía que contestar. Lo que deseaba era decirles a todos que su hermano el rey estaba muerto, y que frente a ellos estaba su nueva reina. Que su decisión se mantenía, le gustara a quien le gustara. Respiró fuertemente para que aquellas palabras pensadas no salieran de sus labios, pero justo cuando iba a hablar, una puerta adyacente, que daba a la otra ala del palacio cerca de los establos, se abrió. De ella salió Berengüer, al verlo Alora camino a su encuentro para que se mantuviera en silencio a lo que la princesa concluía la audiencia. Dinorah le miró perpleja, no le esperaba tan pronto. Su regreso solo significaba malas noticias, tal vez pésimas.

Dinorah volteo su mirada sobre los mercaderes e irguiéndose en el trono, dijo, “Su caso será evaluado por el gabinete de diputados, pero no crea que con eso pone fin al asunto. Aún queda el de las revueltas en la ciudad y la venta de sus productos. Declaro en este momento que están bajo arresto por alteración a la paz, por un período de dos semanas. Todos sus productos serán vendidos como antes, y un administrador será nombrado para cada una de sus tierras y línea de producción. Por supuesto, lo más antes posible la exportación tanto de vino, continuará sin ningún retraso.”

Los mercaderes comenzaron a quejarse en desaprobación, pero los Sarai Richari salieron con ellos del salón de audiencias. Mientras, Lord Wrikam, perplejo con lo que acababa de ocurrir, observaba como se llevaban a los mercaderes y se llenaba de cólera. Se torno hacia Dinorah, y dijo, “Lo que ha hecho es una injusticia. Kuon había apelado, y no hay motivo para sus arrestos.”

Dinorah ya cansada del asunto, y deseosa de deshacerse del Marqués para escuchar las noticias que traía Berengüer, en tono autoritario le contestó, “Fue lo de las tierras lo que apeló el Señor Kuon, nunca negó, ni se defendió de los cargos por los que fue arrestado en primer lugar. Sabía que había pruebas, y usted es testigo. Además, Lord Wrikam, no les vendrán mal varios días en prisión para que recapaciten y se den cuenta que sus actos tienen consecuencias, y estas afectan al reino.”

“Pero…”

“Así que,” dijo alzando su voz por encima de la del Marqués, que la había interrumpido, “cumplida la sentencia, la cual es una corta, saldremos hacia Karmiérz. Para ese entonces, la situación de la venta de los productos y su exportación habrá sido resuelta. Al menos esa. Déjele saber a los familiares de los mercaderes que se les esta prohibida las visitas, que ellos estarán bien alimentados. Eso es todo, Lord Wrikam. ¡Qué sea su vida llena de luz!”

Con enojo tatuado en su rostro, hizo reverencia y se marchó taconeando a paso aligerado. Las puertas se cerraron tras de él, y con él se fue la pesadez que sentía la princesa. Ahora podía concentrarse en asuntos más importantes. Le pidió a Alora que se acercará, para que enviara las órdenes sobre el reinicio de la venta y exportación de los productos al Magistral de la ciudad. Era hombre de confianza de ella, y sabía que se encargaría de eso lo antes posible.

Puesto eso a un lado, pidió a Berengüer que se acercara y le preguntó por que había regresado tan pronto. Berengüer de inmediato, y sin omitir detalle, le relato que se encontró un mensajero proveniente de Purte, el poblado al norte de Almĭdina. Al reconocer que era un Richari, le pidió que se detuviera, pues consigo llevaba un mensaje de suma importancia que solo lo podía entregar a un Richari. El contenido estaba escrito en código militar que utiliza las letras del alfabeto argiano a través de valores numéricos. Se utilizan sumas y restas, así como numerales que necesiten análisis para ser descifrados. Solo una mente experta podría hacerlo. Entre los Richari siempre había tres expertos en esta materia, siendo uno de ellos el capitán. Al ser este muy obvio, por su cargo, se escogían otros dos del grupo para aprender este código. De esa forma sus mensajes podían ser llevados a otros lugares, y enviados a través de luminiscencia –la forma de envío de mensajes, que consiste en utilizar espejos y rayos del sol, así como otros objetos luminiscentes- sin temor de que la información caiga en manos extrañas o salga al público en general.

Casualmente el mensajero era primo del Capitán de los Tekuh Richari, y trabajaba para la mensajería. Por tal razón, se le hizo posible recibir el mensaje sin tener este que pasar por segundas manos. Nadie excepto por ellos conocían de la existencia del mensaje.

“Nos dimos la libertad de darle algo por su ayuda,” comentó Berengüer”, “y al marcharse, nos retiramos, mi compañero y yo, a un claro cerca del camino común para traducir el mensaje. Al hacerlo, regresamos de inmediato.”

Berengüer le entregó un pedazo de papel, un poco arrugado ya que lo guardaba dentro de su casaca. Alora tomó el papel en sus manos, al hacerlo las suyas rozaron suavemente con las de Berengüer. El rocé duró unos segundos, pero fueron los suficientes para enviar una corriente escalofriante por todo el cuerpo de Alora. Rápidamente, ella se torno hacia su Señora y le entregó el mensaje, que estaba doblado en cuatro. Dinorah lo tomó temblorosa, y lo desdobló.

Al leer la carta, una lágrima se deslizó por su mejilla. El mensaje confirmaba la muerte de su hermano, más aún, las sospechas de su fallecimiento lo mantenían en secreto. El Capitán de los Tekuh Richari se enteró de la muerte del rey, pues un grupo de soldados de la guardia personal de la reina había salido hace tres días atrás a buscar a un Unnfrid en el monasterio de la capital, pero este, no poco después de su llegada, fue puesto bajo arresto. El Capitán logró entrar a la prisión y hablar con el Unnfrid, quién le informó sobre la muerte del rey, y los deseos de la reina en realizar el trígvs fridu (travesía a la luz), pero él se negó por que no podía realizar la ceremonia adecuada por tratarse del rey de Argia. Esta la debía ser hecha por el BdUnnfrid, el encargado del monasterio, ya que solo él tenía la autoridad, otorgada por el Seboas Unnfrid. Más extraño aún fue el pedido de la reina, de que todo se hiciera en el anonimato, pues sospechaba que el rey había sido envenenado lentamente. Por tal razón, no deseaban que nadie, en especial Dinorah, se enterara de la muerte del rey.

Entrada la noche llego al palacio real el BdUnnfrid, y se marchó a mediados de la mañana. El Unnfrid aún estaba en prisión, y nadie le podía ver. Tres largos días habían pasado y el reino no conocía sobre la muerte de su rey. El Capitán esperaría por Dinorah, en el palacio real. De haber algún plan en derrocarla del trono antes de que llegase, él haría todo en su poder para detenerlos y protegerla, pues para eso era un Tekuh Richari y su lealtad y obediencia estaban con la heredera al trono.

Al final de la carta le deseaba un viaje seguro, pero le aconsejaba estuviese alerta y que evitara regresar por el camino común, pues no sabía donde habían espías esperando una oportunidad, y él temía por la vida de la princesa. Dinorah suspiró, y dejó descansar la carta sobre su falda. Secó sus lágrimas, y se mantuvo por un largo tiempo en silencio reflexionando en lo que debía hacer, en especial, como llegar a Karmiérz. Para eso necesitaba ayuda, y no podía contar solo con sus Richari. La experiencia de alguien capacitado para lidiar con situaciones como la que enfrentaba, era necesaria.

En el reino había solo una persona con esas cualidades, y que por honor y juramento le debía servir y proteger al ser ella la heredera al trono, pues el juramento que hizo esa persona se extendía más allá de la muerte del rey para quien lo hizo. Sino también, cubre las próximas generaciones. Ese era el deber de aquel que consideraban y le daban el título de Bńlekoh Tekuh, el caballero del rey.

Todo lo que sabía le había sido instruido por un Bńlekoh Tekuh, quien lo tomó como su aprendiz de entre los Richari como era la tradición. Había secretos sobre el rey que solo él conocía; y los Richari le debían respeto y obediencia. Era él quien podía llevar a Dinorah a Kamiérz, y dirigir a los Sarai. Para poder obtener sus servicios, ya que él solo trabajaba para el rey, debía probarle que ella era la nueva reina de Argia.

La princesa se pues en pie y camino hacia Berengüer, y le dijo, “Necesito de tus servicios nuevamente, Berengüer.”

“Estoy a sus servicios, LTekuh.”

El que su capitán la llamara reina, fue un trago amargo para ella quien no esperaba serlo tan repentinamente. Tenía la esperanza que su hermano cambiará de opinión y le diera al reino un heredero, sangre de su sangre. Deseaba a toda costa evitarle a su amada esposa, la reina, el sufrimiento que vio marcado y que acosó a su madre por años. Amaba demasiado a su esposa y no deseaba verla sufrir. Aunque Dinorah estaba segura que su cuñada soportaría cualquier pena, pues lo más que deseaba era ser madre. El rey le había hecho prometer que no quedaría embarazada, y sin que ella supiera, mezclaba con su té un brebaje para evitar el embarazo.

Malkior le había ordenado a Dinorah, no decir nada cuando se enteró. Ella tuvo que obedecer, pues primero que su hermano era su rey, y le debía respeto y obediencia tal y como le había educado su madre.

Dinorah le indicó ha Berengüer, “Nadie debe saber el contenido de esta carta, infórmaselo a tu compañero. No vuelvas a llamarme LTekuh, nadie debe enterar de la muerte del rey.”

“Así será, Lvadi.”

“Al sur de la ciudad, cerca de las tierras agrícolas, encontrarás la villa de Senín. Díganle que la princesa Dinorah necesita verle de inmediato,” hizo una pausa para remover una pulsera de platino incrustada con un diamante de cinco quilates. A la izquierda de este, estaba el escudo de la casa de Itana; a la derecha el del Seboa Unnfrid.

“Entrégale esto, él sabrá su significado.”

Berengüer tomó la pulsera, y tras hacer una reverencia se marchó a acatar las órdenes de la princesa. Iba emocionado, aunque la situación no lo ameritaba, pues conocería al Bńlekoh Tekuh, a quien solo había visto una vez en la capital. Había llegado a Karmiérz por órdenes del rey, pero los Tekuh Richari tuvieron el honor de trabajar con él. Para ese entonces, Berengüer acababa de ingresar a los Sarai, y el dirigirle la palabra a uno tan distinguido entre los Richari, era algo inconcebible para él. Era la nueva cara de los Richari, y sus destrezas aún eran muy técnicas y superficiales. Su padre decía lo contrario, insistía que todo lo referente al combate y al ejército le venía como una segunda naturaleza. A través de los años demostró que era el mejor entre los Sarai, hasta lograr su meta: ser el primero entre ellos, ser su capitán.

Al llegar a los establos le comunicó la nueva orden a su compañero, y de inmediato salieron asegurándose de que nadie les viera. Dinorah, de su parte se retiró a su despacho a reflexionar sobre lo que ocurría en el reino, le pidió a su dama de compañía que no fuera interrumpida bajo ninguna circunstancia, a excepción de Berengüer a su regreso.

En su despacho abrió las puertas que daban hacia el balcón, y allí cayo de rodillas, para que su cuerpo fuera bañado por los cálidos rayos del sol. Desabotonó su blusa para que los rayos tocaran su pecho. Sentir el toque del sol la llenaba de paz y le hacia, aunque por un instante, olvidar aquello que por herencia vivía dentro de su ser. Si su pueblo supiera lo que por siglos llevaban en el fondo de su corazón, muy cerca de su alma, sus reyes y reinas; les hubiesen asesinado siglos atrás. Por eso llevaba su secreto como una maldición, aunque esta hubiese sido obtenida por la salvación del reino durante la Gran Batalla.

Entre las fronteras de Argia y Oshmdwa,  en la tierra conocida como Sargi, los reyes de ambas naciones chocaron los metales de sus espadas por días, para salir victorioso Kratos, pero con grandes consecuencias. Al destruir al rey de los Oshmdwans, cargó con la maldición de una reina desvivida por su amado. Quien despertó en el corazón de Kratos a su rey, y que llevaba Dinorah en el suyo. Por eso era necesario regresar a Karmiérz, pues solo a través de la ceremonia de coronación el rey de los Oshmdwans dormiría otra vez. El reino estaría a salvo y la profecía de siglos atrás, no vendría a ser.

 

El capítulo tres, La sombra de la luz, será entregada

el 6 de abril de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Capítulo Dos, primera parte: El caballero del rey

caballero

Sorry no English version available this time, I wasn’t able to do the translation. I apologize for the inconvinience!

Para las definiciones de algunas palabras, haz click aquí.

 

Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Dos

 

Bńlekoh Tekuh

 

SEGUNDOS DESPUÉS QUE el Marqués entró al palacio, las blancas puertas de madera del establo se abrieron de par en par. Los Sarai Richari salieron a todo galope y al salir por la entrada principal se dividieron en dos grupos. Uno tomo la izquierda; el otro, la derecha. El galopar de los caballos se dejó sentir con extrema fuerza sobre el suelo, creando un estruendo sonido que se escuchaba varias millas adelante. Tan así, que cuando los ciudadanos que caminaban por las calles le sentían, se hacían a un lado a toda prisa. De vez en cuando se escuchaba a uno de ellos exclamar en alta voz, ¡Sarai Richari!, al reconocerlos; y para avisar a las personas de la venida de los caballeros reales.

Las personas al verles pasar le observaban con detenimiento. Para los ciudadanos no era costumbre verles, pues la capital estaba lejos de allí. Solo se les podía ver cuando el rey estaba de visita, y en este caso, la heredera al trono. Los niños se alineaban a orillas del camino con sus espadas de madera en mano, para verles pasar. Le saludaban con gritos, pero los Sarai no les devolvían el saludo. No por darse aire de importancia por su estatus social, sino por que estaban concentrados en la misión que se les había encargado. El grupo que tomó la ruta de la izquierda, llegó a la casa del primer mercader, Renhir Galfaris, mercader de trigo. La familia Galfaris se había establecido en el valle de Almĭdina décadas atrás cuando el valle era tan solo un pequeño pueblo y no la gran metrópolis que era ahora. Tenían una gran hacienda allí en los sembradíos de trigo, pero mantenían una residencia en el centro de Almĭdina desde donde manejaban sus negocios. La gran mayoría de los habitantes trabajaban en sus tierras, las cuales se habían expandido con el pasar de las décadas.

Atalfun, el segundo en mando de los Sarai, desmontó de su caballo y se acercó al sirviente que con suma reverencia inclinó su cabeza colocando su mano izquierda sobre esta. Por solo unos varios segundos mantuvo esa postura, al erguirse el sirviente, Atalfun le dijo con seriedad, “Ve y dile a tu amo que debe venir con nosotros, bajo órdenes de su Alteza Real, la Princesa Dinorah.”

El sirviente hizo como le fue ordenado y luego de varios minutos, un pálido y tembloroso Renhir, salió al patio principal. No hizo pregunta alguna, en silencio montó su caballo y se colocó en medio de los Sarai Richari. De inmediato partieron a toda prisa de vuelta al palacio.

 

A las afueras de la ciudad se encontraba el segundo grupo de los Sarai. A la cabeza cabalgaba Gotardo un hombre justo y religioso, pero uno de los mejores guerreros de los Sarai. Sus compañeros decían que él mantenía la espiritualidad viva en el grupo, pues desde que se entregó a ellos reanudó la práctica de la oración y la meditación. Provenía, como la mayoría de ellos, de la casta de los Azalrik, los que pertenecían a las familias reales y eran parte de la nobleza. Gotardo, aunque sentía una afición por la religión, la que sentía por el combate era aún mayor. La disciplina y elegancia del estilo de pelea de los Richari, lo enamoró por completo. Los Richari, como se les llama a los guardias de la realeza, han existido desde que la casa de Itana subió al poder; cuando fueron creados luego de la gran batalla de hace cuatrocientos años atrás, para una misión especial.

Los Sarai llegaron al viñedo de Kuon; sus tierras colindaban con un valle fértil, que a su vez estaban cercanas a las de Renhir. Una línea de cidrines que se alzaban altos marcaba el apedreado camino principal que terminaba frente a la hacienda. El viñedo de Kuon era el único en el reino, pues en ningún otro lugar se había sido posible crecer tan deleitosa y demandante fruta. Fueron los ancestros de Kuon quienes introdujeron el vino en el reino, cuando descubrieron, por casualidad, la fermentación de la uva.

Una vez en la hacienda, Gotardo desmontó de su caballo y con su mirada llamó a un jardinero que tendía a las zinnias, flores sagradas del reino. El jardinero son suma humildad se acercó a Gotardo, y al estar frente a él, le dio el saludo de reverencia. Gotardo, entonces le dijo, “Ve y busca a tu señor. Dile que su Alteza Real, la Princesa Dinorah, solicita su presencia de inmediato, por tal nos ha enviado a buscarle.”

El jardinero así lo hizo, pero minutos más tarde regresó a solas, y sin mirar a Gortardo a los ojos, dijo, “Mi señor Kuon, envía este mensaje. Dice que como ha trabajado desde que salió el sol, no ha tenido nada de comer. Luego que lo haga, ira a ver a su Alteza.”

Gotardo no respondió, y con su mano izquierda le dio una señal a los Sarai, quienes de inmediato desmontaron. Gotardo y los Sarai entraron a la hacienda y se dirigieron al comedor. Allí, sentado a la cabeza de la mesa, estaba Kuon junto con su familia. Al ver a los caballeros de la princesa entrar a su hogar de forma tan abrupta, se puso en pie y exclamó en alta voz, “¡Cómo se atreven! Váyanse de mi hogar ahora mismo.”

Gotardo no contestó, continuó caminando hacia Kuon, quien se había tornado color carmesí de la furia que sentía. Una vez estuvo solo a unos pasos de él, el caballero dijo con suma seriedad, “No fue una invitación, sino una orden. Ahora, sígame.”

Kuon era solo unas pulgadas más bajo que Gotardo, así que para mirarle a los ojos tenía que subir un poco el rostro. La mirada del caballero era intimidante y no demostraba sentimiento alguno. A Kuon no le costó más que hacer lo que le pedían. Era un hombre orgulloso y un cascarrabias, no le gustaba que le diesen instrucciones. A pesar de su carácter, amaba mucho a su familia y no deseaba preocuparlos más de lo que estaban.

Kuon dirigiéndose a uno de sus sirvientes, le ordenó, “Mi caballo, que lo traigan de inmediato a la entrada.”

El sirviente hizo como le ordenaron. Mientras Kuon silenciosamente caminó hacia la entrada, los Sarai le seguían de cerca. Al llegar, Kuon se detuvo, pues no habían traído su caballo. Se tornó hacia Gotardo, y le dijo, “Dígame, ¿Sarai…”

“Gotardo.”

“Dígame, Sarai Gotardo, ¿a qué se debe esta invitación?”

“No es una invitación, está bajo arresto,” contestó con la misma seriedad que antes.

Kuon asombrado, cuestionó su arrestó, “¡Yo! Demando saber la razón.”

“Alteración a la paz, no tan solo en esta ciudad, también en el reino.”

“Eso es imposible,” añadió disgustado.

“Lo que tenga que decir, se lo debe comunicar a su Alteza Real, quien le espera,” y sin decirle más, le indicó con su brazo que se montara en su caballo que lo acababan de traer. Sin más remedio, montó su caballo y junto a los Sarai, que le vigilaban de cerca, se dirigió al palacio real.

En el palacio, Alora recibió al Marqués, quien con aire prepotente le miró presuntuosamente.  La dama de la princesa recordando no solo su puesto como la mano derecha de la heredera al trono, sino también hija del Gran Duque de Argia y que su familia tenía más poder que un simple Marqués, mantuvo la compostura y su educación. Alora le pidió cortésmente que le siguiera, pues la princesa le esperaba. Él sin dirigirle la palabra, la siguió en silencio con el taconeo de sus zapatos altos que hacía un eco por los pasillos de mármol del palacio. El sonido retumbaba en los oídos de Alora, quien sabía que esa moda había pasado ya hace una década, pero el Marqués insistía en mantenerla viva. Era como si el taconeo de sus zapatos altos y antiguos le diera un cierto prestigio, el cual era visible por su título de Marqués. Todos sabían que sea aproximaba, pues estos le anunciaban.

El Marqués Wrikam gozaba con hacer enfadar a las personas a su alrededor, sabía que el resonar de sus tacones no le agradaba a los demás.  Así que los hacía sonar con gran fuerza sobre el suelo. Alora conocía de esa mala costumbre que él tenía y caminaba con sutileza y elegancia, sin demostrar ninguna incomodidad. Él, insistente al fin, continúo con su taconeo hasta llegar al despacho, para entonces el eco de los zapatos del Marqués Wrikam se había grabado en el subconsciente de Alora; quien estaba alegre de haber llegado a su destino.

Abrió las dos puertas del despacho, que era bañado de luz natural como el resto del palacio. Al entrar anunció al Marqués.

“El Marqués de Almĭdina, Lord Wrikam, Lvadi.”

Dinorah leía unos papeles sentada detrás de un gran escritorio de plata y cristal, cuando Alora entró a anunciar la llegada tan esperada del Marqués Wrikam; quién velozmente, aún con el taconeo, y a solo pasos de la princesa, hizo su reverencia.

“Alteza,” dijo con sequedad.

Usualmente corría a los pies de ella, tomaba su mano y la besaba, para entonces hacer reverencia. Esto venía acompañado de interminables halagos que eran secundados por su esposa, quien curiosamente no le acompañaba aunque la audiencia era para ambos. Los Marqueses tendían a compartir su poder, a pesar de que ella tomó su título al casarse con el Marqués. Esta soledad del encargado de Almĭdina, una de las más poderosas ciudades del reino, le extrañó de sobremanera a Dinorah, quien esperaba por los tradicionales halagos. Al pasar varios segundos en pleno silencio, ella finalmente dijo, invitándole con la mano a sentarse.

“¿Lady Wrikam no nos acompañará?  Espero  este bien.”

“No,” contestó él al sentarse. Se hecho hacia atrás, cruzo sus piernas, y luego continuó. “Esta indispuesta.”

“Nada grave, espero. Si lo desea le puedo enviar mi médico.”

“No se preocupe, Alteza, ya los nuestros le han visto.”

Dinorah dibujo una media sonrisa, y respondió, “Bien. Entonces, hablemos de la situación que me trajo a la ciudad, y la cual se ha extendido demasiado tiempo sin resolver. He estado aquí por alrededor de un mes y no he tenido reunión alguna con ninguno de los mercaderes. Según Usted, la situación era meritoria de mi atención y presencia, y necesitaba de mi sabiduría para resolverse. Todo lo contrario ha ocurrido, la ciudad sigue en total normalidad, a excepción de la exportación del vino que se ha detenido por completo. No ha habido revueltas ni protestas, como había mencionado en su carta al rey.”

“Su mera presencia apacigua cualquier tormenta,” comentó con sarcasmo Wrikam. “Por respeto a Usted, los almĭdinos han permanecido en su mejor conducta. Sobre los mercaderes, le puedo decir que se niegan a estar juntos en el mismo lugar. Por tal razón, he tenido reuniones con cada uno de ellos a solas, para tratar de llegar a un acuerdo y presentárselo a Usted. Esto a sido imposible, ninguno de los dos quiere ceder.”

“No estoy aquí, Lord Wrikam, para esperar a que usted resuelva el problema, mientras yo espero. Hay otros asuntos alrededor del reino que resolver y que necesitan de mi peritaje,” comentó autoritaria Dinorah. “Es un pedazo de tierra, que fácilmente puede ser dividida en dos.

“¡Alteza!” Exclamó el Marqués interrumpiéndola, “no es tan solo un pedazo de tierra. Es la parte más fértil del valle, la que daría, por supuesto, más poder económico a cualquiera de las dos familias que la llegue a administrar. Ambos mercaderes la desean completa. O,  ¿cree, Usted, que yo no sugerí lo mismo?” concluyó arqueando su ceja y con tono irónico.

“No se olvide a quien se está dirigiendo, Lord Marqués. Menos olvide su posición, sirviente de este reino y de Aquel que lo gobierna,” le advirtió la princesa con enojo en su voz. “Las tierras en argumento son propiedad del reino de Argia, el rey las administra, y sus subyacentes velan de ellas para que el pueblo las disfrute para su prosperidad.”

“Prosperidad es de lo que hablamos. Más tierras para cualquiera de los mercaderes, iguala a más trabajos para los ciudadanos de este pueblo que se multiplican como las semillas de trigo. Además, hemos experimentado en los últimos años un alza en ciudadanos de pueblos vecinos, que buscan un trabajo estable para alimentar a sus familias. La capital les queda lejos, y el servicio de envió queda más cerca de sus familias, así les llega más rápido el caudal para poder subsistir.”

Lo que decía el Marqués era cierto. Los pueblos adyacentes eran pequeños, y la tercera ciudad más rica del reino, Sĭostka, al sur de la capital y al oeste de Karmiérz, se basaba en la pesca al habituarse en el gran lago. Esta, al igual que Almĭdina, experimentaba un alza en habitantes, pues la vida en la capital era muy costosa y estaba ya saturada de ciudadanos. Por lo tanto, esta nueva empresa en los campos adyacentes a la cuidad ayudaba de gran manera a su prosperidad y a disminuir la demanda de trabajos que iba ascendiendo esporádicamente, aunque Karmiérz tenía la taza más baja de desempleo. Los mercaderes no solo se negaron, varias semanas atrás, a exportar sus productos, sino que también se negaban a vendérselos a aquellos que trabajaran para cualquiera de su contrario. Así que los trabajadores de los trigales no podían adquirir el vino, de igual forma los trabajadores de los viñeros no podían adquirir el trigo que necesitaban sus familiares. Era una reacción en cadena, pues la mayoría de las familias tenían algún familiar que trabajaba para uno de los mercaderes. El asunto estaba fuera de control, y era evidente que el Marqués no ponía mucho empeño en resolverlo.

“Basta, hay que ponerle fin a esto,” la princesa se puso en pie y le dijo al Marqués. “Es evidente que nosotros no nos pondremos de acuerdo en como resolver el asunto. No deseo imponer mi voluntad, aunque este lo amerite.”

“-Lvadi, ¿qué piensa hacer?” Preguntó Lord Wrikam, mientras se paraba.

“Sígame, deseo mostrarle algo.”

Alora abrió la puerta y salieron del despacho en fila: Dinorah al frente, seguida por Lord Wrikam, y este por Alora.  Se adentraron a un largo y estrecho corredor bañado de luz natural que resplandecía sobre la superficie del piso de mármol y los espejos que adornaban las ambarinas paredes. La trayectoria, a paso aligerado, duro varios minutos. Doblaron a la izquierda, luego a la derecha, y de repente la princesa se detuvo como si hubiese encontrado un camino sin salida.

Sin pestañear miraba el pasillo frente a ella, el cual debía tomar para llegar a su destino. Estaba sombrío, las cortinas de tela pesada que debían estar siempre abiertas estaban cerradas. Un extraño sentimiento que no conocía despertó dentro de su ser, y en su pecho su corazón comenzó a palpitar fuertemente. La oscuridad del pasillo la seducía, como un hombre seduce a una mujer, y su respiración se aceleraba. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo de inmediato; su conciencia le decía que no se adentrara en la oscuridad. Al vacilar, el dolor punzante regreso, como si este tuviera conciencia propia y supiese que la voluntad de Dinorah la detenía de su deseo. Mientras el dolor aumentaba, la atracción por la oscuridad del pasillo era más fuerte. Dinorah colocó su mano sobre su pecho y un suave gemido escapó de su boca. Deseaba llamar a su dama de compañía, pero las palabras no salían. Respiró fuerte y de tal forma que el Marqués, quien estaba detrás de ella y golpeaba su tacón sobre el mármol del piso, no se diera cuenta de lo que le ocurría; pero esperaba que este suspiro fuera suficiente para alertar a Alora.

Su dama de compañía se dio cuenta de que algo no estaba bien, y al escuchar el gemido de su Señora camino hacia su lado. Al mirarle al rostro se dio cuenta que la mirada de la princesa estaba clavada en el pasillo oscuro, pero fue la mano en su pecho que le dio a conocer lo que ocurría. Alora camino hacia el pasillo, se paró frente a las pesadas cortinas, y de un jalón la hizo correr dejando que la luz consumiera la oscuridad. Los rayos del sol bañaron  a Dinorah, el dolor desapareció súbitamente y ella sonrió agradecida de tener a su lado a Alora.

La segunda parte del capítulo dos, El Caballero del Rey, será entregada

el 23  de marzo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Darkness Rises Part II

Darkness Rises

Oshmdwa’s Children

Chapter One

 

Darkness Rises

Part 2

ALOra turned to her lady and sat her down in a cushioned chair.  Alora brushed her hair quietly for she knew her mistress was in despair.  If the king was dead that meant that princess Dinorah was now queen, but who will try to keep the death of the king a secret? Then a word came into her mind, Nabwh.  For Alora the thought was unbearable.  Her heart pounded hard in her chest and the brush in her hand fell to the ground.  Dinorah understood what happened, Alora realize what was going to happen.  Dinorah knew she could not keep this a secret from her for Alora knew her well and was, of course, aware of every detail in her life. Alora knew her dreams and despairs.  She was trained for this moment since she was handpicked by Queen Eduvigis. 

            The queen knew exactly what might happen to her daughter, so she was determined to be prepared for this. She assembled the best houses of the entire Kingdom of Irgoz and commanded them to bring forth their daughters.  Amongst them was Alora the daughter of the Grand Duke of Goizene a large province north of the kingdom.  She was a shy girl back then, but beautiful and full of life.  The first time the queen saw her she new Alora was special.  So Queen Eduvigis decided to take Alora in to her house for a few days to examine the seven year old more closely.  She presented her to Dinorah and left the two alone for a while.  When she came back the girls were playing cheerfully.  That night Eduvigis came to her daughter to ask her what she thought of Alora.  Dinorah told her that if she ever had a sister she would like her to be just like Alora.  Eduvigis asked her why she thought of Alora that way for she hardly knew her, Dinorah looked into her mother’s eyes and said she had looked upon Alora’s soul and saw she was pure of heart. This answer surprised the queen, but not too much she knew her daughter had a special way of knowing people and looking into their hearts was her way.  This made Dinorah very special, after all her whole family was special and full of secrets that couldn’t be disclosed.

           Queen Eduvigis send both girls to a monastery where they would get educated in everything they needed to know.  She put them in the hand of a young priest that would take care of them until they both where ready.  The girls said their goodbyes to their families only to see them on special occasions where they went home. They did not complain, they where apart from their families for they knew that this was for the good of the kingdom.

            Dinorah sensed the worries of her friend and took her hand.  Then she said to her, “I fear it is beginning.  My brother has been dead for three days know; I can feel it in my heart.”

            “If you know, why send Brengüer to Karmiérz when you should have gone yourself?”

            “If the king is dead there is much to be worry about especially of the Nabwh.  It is only a prophecy, but I know is beginning.  The pain I felt this morning was just a sign.  The Nabwh says that on the death of the ruler of this kingdom the next most be crowned within three days or the darkness will rise slowly consuming the heir.  I have only but a few weeks, a month the least until all is lost. 

            “But Karmiérz is fourteen days away from here, Lvadi, and that is if we take the central roads. There is no other way that will make it to save you; we will have to ride day and night.”

            “I know, but it is a risk I have to take.  We will check the maps to look for the safest roads.  But we have to go to the monastery of Lajwéz, I need to see him, she said with sadness.

            “He will be glad to see you until he notices what’s happening,” said Alora.

            “He knows what needs to be done. All we have to do now is to wait patiently.  For now let’s do what we came here for. Send for Lord and Lady Marquis Wrikam, we must resolve today this dispute amongst the merchants of this city.   Order the Sarai Richari to go and arrest the merchants once the Marquis are inside the palace, in the name of Her Royal Highness Princess Dinorah. Tell my secretary to issue the arrests warrants and give them to the Sarai as soon as possible.  I have a bad feeling, Alora, this is not what it seems,” she got up from her chair and with determination added. “Let’s put pressure to those who have a dark plan, hopefully they will show their faces soon.” 

            “What you are saying might put you in more danger than you are now.  For all they know, if they know anything, is that you know nothing of your brother’s death and that there’s a possibility the shadow of the Oshmdwan will consume you without you noticing it. Don’t you think is better to lay low for a few days until Brengüer is back?”

            “By then it will be late. If I achieve to resolve the problem of the merchants, I’m giving the chance for things to be revealed, for nothing else is keeping me here. This gives me an advantage to know what to do in this matter, and how to proceed. Since the house of Itana took power over this kingdom, there has been envy and many have look for the way to dethrone the kings. This is why I have a feeling the Marquis have something to do. It is no secret that his family has been enemies of the house of Itana.”

            “Your bothers wife and queen of Irgoz is from that family,” Alora mentioned.

            “Yes, it is why my parents were always against that marriage, but love triumph against enmity. This kingdom have always lived surrounded by enemies, it is certain some are at my back, and closer than I imagine. For that, I need safe passage through my land. My life will not be safe until I’m crowned queen,” she made a pause and expressed with authority. “Send for the Marquis and that they are informed I speck them to be here before midday.”

            Alora said vowing, “Of course, Lvadi.”

            When Alora exit the room she saw the rose Brengüer smelled not so long ago.  She took it and smelled it smiling softly, the aroma was exquisite. Like from impulse and moved by an unknown feeling she ran towards a great glass window that looked upon the stables. Through the glass window she looked for Brengüer, wishing in her gout that he hadn’t left. The knight was preparing to leave, he waited for his companion. By chance he looked upon the window from which he was been watched with thoroughness, and when he saw who it was, his heart leaped of joy. So nobody could notice, he took the reins of his horse and moved them in such a way that his Bronwen made a vow, at the same time his front leg made an arch. Alora smiled, and vowed in response of her approval. It was costume of the knights to send messages to their ladies with the gestures from their horses. In this manner a sort of courtship was initiated between the knight and the lady.

            When Alora parted Brengüer made a gesture to his companion so they could leave. Both went out the back gate, so no one could notice them. This gate led to a passage outside the city, and for years has been use by the monarchs that stayed there in case of an emergency.

            Alora dazzled and with a small smile painted on her lips, went to the kitchen where usually at least one of the messengers could be found. For her convenience there were two of them, so she choose the faster one and to whom Alora gave the Princess’ orders. She ordered him not to postpone taking the errand and to leave immediately. When she made sure the messenger had left the palace, Alora went to the secretary and gave him the other orders; then to the stables. She did not wanted to go to the stables when Brengüer was there so not to be distracted and be concentrated in what needed to be done.

            When she made her presence a second time at the stables, the Sarai Richari where surprised; but instead of making questions, they aligned themselves in front of her, vowed and waited for her orders. Alora, then said, “Princess Dinorah has send for the Marquis and his wife, once they are in the palace, you will go out as fast as you can ride and arrest the merchants. The Princess’ secretary will be shortly here to give you the warrants. You will bring them to palace, take them to the throne room and wait there for the arrival of Her Highness and the Marquis. Her Highness gives you the authority to use moderate force if the merchants refuse to come.”

            Immediately the Sarai disperse and started preparing for their departure. Alora left them as silently as she came. While she made her way back to her lady’s chamber, she prayed to the Fourth asking him for protection and peace, for what lingered in every corner of that city felt just like they were being waylaid by the Oshmdwans. For any Irgoez the thought was horrendous. To think of the Oshmdwans was to think of shadows, and no children of the light, like the Irgoezs, wished to swathe their thoughts in shadows. The Oshmdwans brought misery and discord in the past, and that was Alora’s fear: the return of an era of darkness, like they lived centuries ago.

Chapter Two will be delivered on March 9, 2011


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El despertar de la oscuridad Parte II

El despertar de la oscuridad

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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Uno

 

 

EL DESPERTAR DE LA OSCURIDAD

Parte 2

 

CUAndo se marchó el caballero, Alora ayudó a su señora a sentarse en una silla acojinada. Peinó su cabellera y mientras lo hacía pensaba en la desesperación que la princesa debía sentir. Si el rey estaba muerto, eso solo significaba que ella era reina de Irgoz, pero ¿quién trataría de mantener la muerte del rey en secreto? Entonces, una palabra vino a su mente, Nabwh. Alora no podía concebir ese pensamiento. Su corazón comenzó a latir rápidamente en su pecho y el cepillo que sujetaba en su mano cayó al suelo.

Dinorah comprendió lo que le ocurría a su dama, ella había caído en cuenta de lo que pasaba. La princesa no guardaba secretos a Alora y más cuando la conocía muy bien, ella conocía todos los detalles de la vida de Dinorah. Alora conocía sus sueños, sus metas, sus alegrías y tristezas. Al igual que la princesa, estaba entrenada para ese momento. No fue de casualidad, pues la reina Eduvigis la escogió a ella para ser la acompañante de su hija.

La reina sabía muy bien lo que le podía suceder a su hija, así que estaba dispuesta a prepararla para lo que ocurriese. Ella reunió a las mejores casas del reino de Irgoz y les ordenó que trajeran a sus hijas. Entre ellas estaba Alora, hija del gran duque de Goizene, la más grande provincia al norte del reino. Era una niña tímida, pero hermosa y llena de vida; la primera vez que la reina Eduvigis la vio sabía que era especial. Así que la reina decidió hospedar a Alora en palacio por unos días, para estudiar a la niña de siete años con más detenimiento.

La presentó a Dinorah y las dejó a solas por varias horas. Al regresar, las niñas jugaban muy contentas, parecían llevarse muy bien. Esa noche la reina interrogó a su hija sobre Alora, esta le dijo que si alguna vez tenía una hermana le gustaría fuera como ella. La contestación sorprendió a la reina, quien preguntó por qué pensaba así si no la conocía bien. Dinorah miró a su madre a los ojos y le dijo que ella había mirado su alma, y esta era pura de corazón. La reina sonrió, sabía que su hija tenía una forma especial de ver el corazón de las personas. Después de todo, su familia entera era especial y estaba llena de secretos que no podían ser revelados.

La reina Eduvigis envió a amabas niñas al monasterio a que fueran educadas. Las puso en las manos de un joven Unnfrid que las cuidaría y les daría la educación que necesitaban. Solo se separaban en ocasiones especiales, cuando visitaban a sus familias. Nunca se quejaron de estar lejos de sus seres queridos, pues, aunque eran solo unas niñas, sabían que era su obligación y era para el bienestar del reino.

Dinorah tomó la mano de su dama para consolarle, y le dijo, “Me temo que ha comenzado. Ya han pasado tres días de su muerte, lo siento en mi corazón. Mi amado hermano…” Dinorah hizo una pausa, sin poder apaciguar sus sentimientos lloró. Lo hizo por no poder haber estado al lado de su amado hermano en sus últimos momentos. Lloró por la pérdida de su rey. Más aún por la sombra que desde ese momento cubriría a su amado reino y despertaba dentro de ella.

Cuando su señora se tranquilizó, Alora le preguntó, “Si usted sabe de la muerte del rey, ¿por qué enviar a Brengüer a Karmiérz cuando era usted quien debía ir?”

“Si el rey está muerto, hay mucho por lo que preocuparse, especialmente del Nabwh. Es solo una profecía, pero es el comienzo. El dolor que sentí esta mañana era más que una señal. El Nabwh explica que a la muerte del soberano en tres días el próximo en línea debe ser coronado, o la oscuridad se levantará desde su ser y lo consumirá lentamente y por completo. Las sombras cubrirán a Irgoz y este dejará de ser el reino de luz. Nabwh va más allá, la reina de los Oshmdwans despertará de su letargo y tratara de reunirse con su amado. Para evitar todo esto, tengo tan solo un par de semanas máximo un mes para llegar a Karmiérz y ser coronada. Esta es la única forma en que la sombra volverá a adormecerse, hasta el próximo en línea.”

“Karmiérz está a catorce días de aquí, Lvadi, y eso es tomando los caminos centrales. No hay forma alguna que podremos llegar a tiempo para salvarle, tendremos que cabalgar día y noche.”

“Lo sé, pero es un riesgo que debo tomar. Verificaremos los mapas y buscaremos las rutas más seguras. Antes, debemos hacer una sola parada. Debemos ir al monasterio de Lajwéz, tengo que verlo,” dijo con tristeza.

“Él se alegrará en verla, hasta que se de cuenta de lo que ocurre.”

“Él sabe lo que hacer. Ahora nos corresponde ser pacientes y esperar. Por el momento, hagamos lo que vinimos hacer aquí. Manda a buscar a los Marqueses Wrikham, pondremos hoy un fin a esta disputa entre los dos mercaderes de esta ciudad. Ordena a los Sarai Richari que cuando lleguen los Marqueses y entren al palacio, salgan sin ser vistos a buscar a los mercaderes bajo orden de arresto de parte de Su Alteza Real, la princesa Dinorah. Dile a mi secretario que escriba las órdenes y las entregue a los Sarai a la brevedad posible. Tengo un mal presentimiento, Alora, sospecho que lo que aquí sucede no es lo que se da a parecer,” poniéndose en pie y con determinación, añadió. “Pongamos presión a aquellos que tienen un plan oscuro; esperemos que muestren sus rostros muy pronto.”

“Lo que dice la puede poner en un peligro más grave de lo que esta ahora. Todo lo que saben, asumiendo que es un grupo de personas, es que, Usted, no conoce sobre la muerte de su hermano y hay una posibilidad que la oscuridad del Oshmdwan la consuma sin que lo note. ¿No cree que sea mejor esperar hasta que Brengüer regrese con noticias?”

“Para entonces, será muy tarde. Si logro resolver el problema de los mercaderes, estoy dando espacio a que se revele lo que está oculto, pues nada más me detienes aquí. Esto me da una ventaja para saber qué curso tomar en este asunto, y como proceder. Desde que la casa de Itana tomó el poder de este reino, ha habido mucha envidia y han buscado la forma de destronar a los reyes. Por eso presiento que los Marqueses tienen algo que ver. No es un secreto que la familia de la que provienen han sido enemigos de la casa de Itana.”

“La esposa de su hermano y reina de Irgoz proviene de esa familia,” mencionó Alora.

“Sí, por tal razón mis padres se negaban a ese enlace, pero el amor pudo más que las enemistades. Este reino siempre ha vivido rodeado de enemigos, de seguro tengo varios de ellos a mis espaldas, y más cerca de lo que imagino. Por tal razón, necesito pasaje seguro a través de mi reino. Mi vida no estará segura hasta que sea coronada reina,” hizo una pausa y expresó con autoridad. “Manda a buscar a los Marqueses y que les informen les espero aquí antes del mediodía.”

Alora haciendo una reverencia, dijo, “Por supuesto, Lvadi.”

Al salir del cuarto notó la rosa que Brengüer olía minutos atrás. La tomó y la llevo a su nariz, el aroma era exquisito; sonrió ruborizada. Como por impulso y movida por un sentimiento desconocido, corrió hacia una gran ventana de cristal que daba hacia los establos. A través del cristal buscó con la mirada a Brengüer, deseando en sus entrañas que no hubiese marchado aún. El caballero estaba a punto de salir, solo esperaba por su compañero. De casualidad miró hacia la ventana desde donde le miraban con detenimiento y al ver quien allí estaba, su corazón saltó de emoción. Para que nadie se diera cuenta, tomó las riendas de su caballo y las movió de tal forma para que este hiciera una reverencia con su cabeza, a la vez que hacía un arco con su pata izquierda. Alora sonrió, e inclinó su cabeza en respuesta de aprobación. Era costumbre de los caballeros enviar mensajes a las doncellas con los gestos de sus caballos. De esta forma comenzaba un tipo de cortejo entre el caballero y su damisela.

Cuando Alora se marchó, Brengüer le hizo señal a su compañero para marcharse. Los dos salieron por la entrada trasera del establo, para que nadie se diera cuenta. Esta daba a un camino que llevaba a las afueras de la ciudad, y por años había sido utilizada por los monarcas que se hospedaban allí, en caso de alguna emergencia.

Alora deslumbrada y con una leve sonrisa pintada en sus labios, se dirigió a la cocina donde usualmente se podía encontrar al menos uno de los mensajeros. Para su conveniencia había dos, así que escogió al más rápido y le dio el mensaje de la princesa. Le ordenó que no se aplazara en llevarlo y que de inmediato saliera. Cuando se aseguró que el mensajero salió del palacio, se dirigió al secretario y le dio las órdenes dadas por la princesa, luego se marchó al establo. No deseó hacerlo cuando estaba Brengüer aún allí, para no distraerse y concentrarse en lo que había que hacer.

Al hacerse presenté por segunda vez en el establo, los Sarai Richari se sorprendieron; pero en lugar de hacer preguntas, se pusieron frente a ella, le hicieron reverencia y esperaron sus órdenes. Alora, entonces, les dijo, “La princesa Dinorah ha mandado a buscar a los marqueses, una vez ellos estén en palacio, ustedes, saldrán del palacio a toda prisa y arrestarán a los mercaderes. El secretario de la princesa vendrá en unos minutos para entregarles las órdenes escritas. Los traerán al palacio, los llevaran al salón del trono, donde esperarán sin dar razón alguna a nadie, a la llegada de su la princesa y los marqueses. Su Alteza da permiso de usar fuerza moderada de estos negarse en venir.”

De inmediato los caballeros se dispersaron y comenzaron a prepararse para su salida. Alora se marchó tan silenciosa como llegó. Mientras se dirigía de regreso al cuarto de su señora, oraba al Cuarto pidiéndole protección y paz, pues lo que merodeaba por todas partes de esa ciudad se sentía tal y como si estuviesen siendo asechados por los Oshmdwanos. Para cualquier Irgoez, ese pensamiento era espantoso. Pensar en los Oshmdwanos era pensar en la oscuridad, y ningún hijo de la luz, como los Irgoezes, deseaba envolver sus pensamientos en sombra. Los Oshmdwanos trajeron miseria y discordia en el pasado, y ese era el temor de Alora: el regreso a una era de oscuridad, como la que habían vivido siglos atrás.

 

La primera parte del capítulo dos, El Caballero del Rey, será entregada

el 9 de marzo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Darkness Rises Part I

Darkness Rises

Oshmdwa’s Children

Chapter One

 

Darkness Rises

Part 1

 

Dinorah suddenly woke up with a piercing pain in her heart; it seamed like it was trying to consume her whole.  It was just like piercing her heart with a heated nail, but it was more like someone was trying to enter it to posses her soul. She tried to scream, but all that came out of her mouth was a shrieking sound. Her chest was compress and lacked breath. She tried in vain to fight against the pain. Then she remembered the last words the Unnfrid, a priest who took care most of her life.

Close your eyes, sounded the Unnfrid’s voice in her head, “and breathe deeply.  Then pray the simple prayer of peace I have thought you.  When it comes, if it ever comes, you will be prepared to with stand it.  Those where the last words he said to her before she was taken away for the crowning of her brother Malkior. Dinorah closed her eyes and with great strength she breathed deeply, and in the ancient language she recited the Luminaria.

“Light, divine essence, come to my heart. Defend me from the shadows; don’t forsake me for I am your daughter!  Look for it burns inside of my being. Divine light, breath of life, ignite within me and suppress the shadows that mark me.”

A deem ray of light cover her and the penetrating pain appease for the moment. Dinorah know comprehended her arduous training in the monastery in which her mother put her. There she was to be trained for something she did not understood at that time, but lived inside her because of her linage. The same happened with her older brother Malkior, who was king of Irgoz. He was send to the head of the religion and was under the care of the Seboas Unnfrid, high priest and head of the religion. She was destined to be a princess and an example of peace within the realm of light, but everything changed when Malkior pronounce her heir to the throne against their parents’ wishes. . That’s why she was sent away by her mother to a monastery to be train for something she did not know at the begging but that resided with in her by her heritage. 

She took a small bell from her night stand and made it sound. Immediately Alora, her lady in waiting, came in. Alora was distressed to have found her mistress very pail and shivering.  She went to her and touched her forehead to check if Dinorah had a fever, which she had none but her skin was as cold as the snow.

            “Are you alright my lady?” Asked Alora very concerned.

            “I am. It is nothing to be concerned with, for now.  I need to ask for a favor,” answered an exhausted Dinorah.

            “How can I help?”

            “Look within the Sarai who the most trust worthy is and the one who would give his life for me without hesitation.”

            “My lady!” Exclaimed Alora scared.

            “Do not be scared, it has not come yet but it has found me.  Go know and do as I have commanded you.  Go quickly!”

            Alora did as her mistress asked of her and went looking within the Sarai Richari, the princess’ knights, to see who was the most trust worthy of all.  Outside the stable all the men, which were twenty of them, were gathering for breakfast.  She slowly walked amongst them looking at each one straight in the eyes.  The men found this very peculiar for she did not go to them personally, she always sends someone in her name.  They all vow when she approach as was the costume for she was the lady in company of her Royal Highness Princess Dinorah.  They all have to respect her as if she was the Princess herself for she represented her when she was not present.  Alora came upon a man of tall stature and strong features.  He was first in line for breakfast.  She looked at him for a while and the man did nothing but looked down with humility.  Alora smiled for she had found the man the Princess was looking for.

            “Are you the one they called Brengüer, the lance of the warrior?” She asked with authority.

            “I am that man, my lady.  What is your command?” He said kneeling.  

            “Follow me,” then she said to the cook. “Give him a loaf of bread and a glass of wine,” then she said to Brengüer. “You will eat this as you walk, Brengüer.”

            He took the loaf of bread and the wine at started eating as he followed Alora.  Suddenly she stopped and looked at a young man of fifteen that was in front of her.  She smiled knowing who he was.  This young man was the stable boy of Brengüer.  So she asked him, “Young man, you are this man stable boy?”

            “Yes, my lady,” said the young man with a shy voice.

            “Then do as I command.  Go and prepare his horse and his armor.”

            “As you command, my lady.”

            The young man did what Alora told him to.  He went to the stables and took out Brengüer’s horse.  It was a gorgeous and strong animal of brown glowing mare and a white chest which gave him his name, Bronwen.  The boy prepared him with out any questions at all of what was happening, but he knew, as so the men, that there was something very important to do and the Princess needed the best qualified for the job.  The young man kept on doing what he was told and the men went to eat breakfast as they usually did before practicing there art of war. 

            Alora was walking fast like she floated over the floor, and Brengüer was trying to keep up while eating his breakfast at the same time for he didn’t want the Princess to see him eating. As he ate his last piece of bread they arrived at the Princess’ chamber.  He made a pause to drink what was left of the wine and put it on a table that was beside him.  Alora turn to him gently and said, “Wait here.”

            He did, and he contemplated the lady disappear behind the door.  Alora went to her mistress whom was standing beside a large window that looked upon the city square.  She was dress with a beautiful light blue robe; her wavy brown hair was loose and fell elegantly over her shoulders.  The people said Princess Dinorah was a sigh for sore eyes for her beauty had no compare.  They also say that if you look into her green eyes you could see a peaceful light that emerge from them.  Her mother Queen Eduvigis saw that light when her youngest child was born and named her Dinorah that means “the one who irradiates light”.  Dinorah was now twenty seven years old, but since she was a teenager she possessed wisdom beyond her age.  Her brother King Malkior named her his royal counsel for she had always words of wisdom in matters of state and of the people. He also named her his heir for he had no child of his own and has always thought of his sister as best suited for the job.  Even though his father made him promise not to named Dinorah his heir for his responsibility was to give an heir to the throne.

            “My lady,” said Alora.

            “Have you done what I’ve requested?” Asked Dinorah, still looking through the window.

            “Yes.  I have brought Brengüer to you.  Would you like to see him know?” Alora inquired.

            “Yes.”

            Alora went to the door and when she opened it, she found Brengüer smelling a rose that was part of an arrangement placed on the table he had put his glass of wine.  Alora smiled for she had never seen a soft side like that in a knight.  She has always seen them fighting and practicing their craft.  They were always strong showing little sentiment to things in order to have the respect of others.  Alora found this intriguing from a man of his stature, for he was the best of all the Princess’ men.  She called him and he was very surprised.  Brengüer looked at her in dismay for he was caught of guard and that was very unusual for him.  He was always ready for anything and this time a lady, beautiful as Alora, had caught him enjoying a simple rose.  For him, Lady Alora was as sweet as that rose.  He stood straight waiting for her commands with out saying any words of what had happened.  Alora new that he was in an awkward situation so she decided not to approach it or to ask any questions.  But she was very curious, still there where other matters to attend to.  Her lady had given her an instruction and was waiting for Brengüer.

            “Come in, the Princess is waiting for you,” she said opening the door.

            Brengüer entered the room and when he saw the Princess he immediately kneel, extended his arms and said to her, “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

            With out looking at him she said softly, “There is a matter of urgency that needs to be kept secret.  Can, Li Jahivé fridu, trust you Brengüer?”

            “Yes, my Princess.  I am at your service,” he answered solemnly.    

            She turned to face him and ask him to stand.  Then she said looking at him into his eyes and with a soft voice, “Brengüer I need you to go to Karmiérz.  I fear the king is dead and no one has send word.  You must go and found out if this is true.  Let no one know that I have sent you.  Do what you have to do to keep this a secret.  I trust in you, Brengüer. Ride as fast as you can for the faith of the kingdom and my life are in your hands. Choose from the Sarai Richari one that you trust to accompany you so you won’t be alone.”

            “I will do as you request, Jahivé fridu.”

            “Go know and go with my blessing.”

            He left the room but first he looked at Alora’s eyes and smiled.  Alora smiled back at him and vow. 

Dinorah suddenly woke up with a piercing pain in her heart; it seamed like it was trying to consume her whole.  It was just like piercing her heart with a heated nail, but it was more like someone was trying to enter it to posses her soul. She tried to scream, but all that came out of her mouth was a shrieking sound. Her chest was compress and lacked breath. She tried in vain to fight against the pain. Then she remembered the last words the Unnfrid, a priest who took care most of her life.

 

Close your eyes, sounded the Unnfrid’s voice in her head, “and breathe deeply.  Then pray the simple prayer of peace I have thought you.  When it comes, if it ever comes, you will be prepared to with stand it.  Those where the last words he said to her before she was taken away for the crowning of her brother Malkior. Dinorah closed her eyes and with great strength she breathed deeply, and in the ancient language she recited the Luminaria.

 

“Light, divine essence, come to my heart. Defend me from the shadows; don’t forsake me for I am your daughter!  Look for it burns inside of my being. Divine light, breath of life, ignite within me and suppress the shadows that mark me.”

             

A deem ray of light cover her and the penetrating pain appease for the moment. Dinorah know comprehended her arduous training in the monastery in which her mother put her. There she was to be trained for something she did not understood at that time, but lived inside her because of her linage. The same happened with her older brother Malkior, who was king of Irgoz. He was send to the head of the religion and was under the care of the Seboas Unnfrid, high priest and head of the religion. She was destined to be a princess and an example of peace within the realm of light, but everything changed when Malkior pronounce her heir to the throne against their parents’ wishes. . That’s why she was sent away by her mother to a monastery to be train for something she did not know at the begging but that resided with in her by her heritage. 

 

She took a small bell from her night stand and made it sound. Immediately Alora, her lady in waiting, came in. Alora was distressed to have found her mistress very pail and shivering.  She went to her and touched her forehead to check if Dinorah had a fever, which she had none but her skin was as cold as the snow.

 

            “Are you alright my lady?” Asked Alora very concerned.

 

            “I am. It is nothing to be concerned with, for now.  I need to ask for a favor,” answered an exhausted Dinorah.

 

            “How can I help?”

 

            “Look within the Sarai who the most trust worthy is and the one who would give his life for me without hesitation.”

 

            “My lady!” Exclaimed Alora scared.

            “Do not be scared, it has not come yet but it has found me.  Go know and do as I have commanded you.  Go quickly!”

            Alora did as her mistress asked of her and went looking within the Sarai Richari, the princess’ knights, to see who was the most trust worthy of all.  Outside the stable all the men, which were twenty of them, were gathering for breakfast.  She slowly walked amongst them looking at each one straight in the eyes.  The men found this very peculiar for she did not go to them personally, she always sends someone in her name.  They all vow when she approach as was the costume for she was the lady in company of her Royal Highness Princess Dinorah.  They all have to respect her as if she was the Princess herself for she represented her when she was not present.  Alora came upon a man of tall stature and strong features.  He was first in line for breakfast.  She looked at him for a while and the man did nothing but looked down with humility.  Alora smiled for she had found the man the Princess was looking for.

 

            “Are you the one they called Brengüer, the lance of the warrior?” She asked with authority.

 

            “I am that man, my lady.  What is your command?” He said kneeling.  

 

            “Follow me,” then she said to the cook. “Give him a loaf of bread and a glass of wine,” then she said to Brengüer. “You will eat this as you walk, Brengüer.”

 

            He took the loaf of bread and the wine at started eating as he followed Alora.  Suddenly she stopped and looked at a young man of fifteen that was in front of her.  She smiled knowing who he was.  This young man was the stable boy of Brengüer.  So she asked him, “Young man, you are this man stable boy?”

 

            “Yes, my lady,” said the young man with a shy voice.

 

            “Then do as I command.  Go and prepare his horse and his armor.”

 

            “As you command, my lady.”

 

            The young man did what Alora told him to.  He went to the stables and took out Brengüer’s horse.  It was a gorgeous and strong animal of brown glowing mare and a white chest which gave him his name, Bronwen.  The boy prepared him with out any questions at all of what was happening, but he knew, as so the men, that there was something very important to do and the Princess needed the best qualified for the job.  The young man kept on doing what he was told and the men went to eat breakfast as they usually did before practicing there art of war. 

 

            Alora was walking fast like she floated over the floor, and Brengüer was trying to keep up while eating his breakfast at the same time for he didn’t want the Princess to see him eating. As he ate his last piece of bread they arrived at the Princess’ chamber.  He made a pause to drink what was left of the wine and put it on a table that was beside him.  Alora turn to him gently and said, “Wait here.”

 

            He did, and he contemplated the lady disappear behind the door.  Alora went to her mistress whom was standing beside a large window that looked upon the city square.  She was dress with a beautiful light blue robe; her wavy brown hair was loose and fell elegantly over her shoulders.  The people said Princess Dinorah was a sigh for sore eyes for her beauty had no compare.  They also say that if you look into her green eyes you could see a peaceful light that emerge from them.  Her mother Queen Eduvigis saw that light when her youngest child was born and named her Dinorah that means “the one who irradiates light”.  Dinorah was now twenty seven years old, but since she was a teenager she possessed wisdom beyond her age.  Her brother King Malkior named her his royal counsel for she had always words of wisdom in matters of state and of the people. He also named her his heir for he had no child of his own and has always thought of his sister as best suited for the job.  Even though his father made him promise not to named Dinorah his heir for his responsibility was to give an heir to the throne.

 

            “My lady,” said Alora.

 

            “Have you done what I’ve requested?” Asked Dinorah, still looking through the window.

 

            “Yes.  I have brought Brengüer to you.  Would you like to see him know?” Alora inquired.

 

            “Yes.”

 

            Alora went to the door and when she opened it, she found Brengüer smelling a rose that was part of an arrangement placed on the table he had put his glass of wine.  Alora smiled for she had never seen a soft side like that in a knight.  She has always seen them fighting and practicing their craft.  They were always strong showing little sentiment to things in order to have the respect of others.  Alora found this intriguing from a man of his stature, for he was the best of all the Princess’ men.  She called him and he was very surprised.  Brengüer looked at her in dismay for he was caught of guard and that was very unusual for him.  He was always ready for anything and this time a lady, beautiful as Alora, had caught him enjoying a simple rose.  For him, Lady Alora was as sweet as that rose.  He stood straight waiting for her commands with out saying any words of what had happened.  Alora new that he was in an awkward situation so she decided not to approach it or to ask any questions.  But she was very curious, still there where other matters to attend to.  Her lady had given her an instruction and was waiting for Brengüer.

 

            “Come in, the Princess is waiting for you,” she said opening the door.

 

            Brengüer entered the room and when he saw the Princess he immediately kneel, extended his arms and said to her, “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

 

            With out looking at him she said softly, “There is a matter of urgency that needs to be kept secret.  Can, Li Jahivé fridu, trust you Brengüer?”

 

            “Yes, my Princess.  I am at your service,” he answered solemnly.    

 

            She turned to face him and ask him to stand.  Then she said looking at him into his eyes and with a soft voice, “Brengüer I need you to go to Karmiérz.  I fear the king is dead and no one has send word.  You must go and found out if this is true.  Let no one know that I have sent you.  Do what you have to do to keep this a secret.  I trust in you, Brengüer. Ride as fast as you can for the faith of the kingdom and my life are in your hands. Choose from the Sarai Richari one that you trust to accompany you so you won’t be alone.”

 

            “I will do as you request, Jahivé fridu.”

 

            “Go know and go with my blessing.”

            He left the room but first he looked at Alora’s eyes and smiled.  Alora smiled back at him and vow.

 

The continuation of this chapter will be delivered on February 23, 2011


All rights reserved. Copyright© 2011 byAlexandra Román. It is forbiden to reproduce, storage, o transmit any content of this story, Oshmdwa’s children and it’s chapters for the blog Mink in any way or by any media with out consent from the author, except for the cases of quotes for critics or quotes.

El despertar de la oscuridad Parte I

El despertar de la oscuridad

For the English version, click here!

Para las definiciones de algunas palabras, haz click aquí

 

 Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Uno

 

EL DESPERTAR DE LA OSCURIDAD

Parte 1

 DINorah fue despertada por un punzante dolor en su pecho que hizo se estremeciera por completo. Era tal y como si le incrustarán un clavo ardiente en su corazón, pero más aún, como si algo tratara de adentrarse en él para poseer su alma. Trató de gritar, mas lo único que por sus labios salió fue un afónico chillido. Su pecho se comprimía y le faltaba la respiración. Ella trataba de luchar contra el dolor inútilmente. Fue cuando recordó las palabras del Unnfrid, el sacerdote que de ella cuidó desde que era una niña.

Cierra tus ojos, resonaron las palabras del Unnfrid en su mente, y respira profundamente. Luego, reza la Luminaria que te enseñé. Cuando venga, si alguna vez llega, estarás preparada para soportarlo y enfrentarle. Esas fueron las últimas palabras que le dijo antes de que ella fuera sacada del monasterio para la coronación de su hermano Malkior. Dinorah cerró sus ojos y con gran esfuerzo respiró profundamente, y en el lenguaje antiguo pronunció la Luminaria.

“Luz, esencia divina, ven a mi corazón. Defiéndeme de la oscuridad, ¡no me desampares que hija tuya soy! Mira que arde dentro de mi ser. Luz Divina, soplo de vida, enciéndete en mí y la sombra que me marca, suprímela.”

Un rayo de luz tenue la cubrió, y el penetrante dolor se apaciguó por el momento. Dinorah comprendía su arduo entrenamiento en el monasterio al que su madre la internó. Allí la entrenarían para algo que en aquel momento no comprendía, pero que en ella vivía por su linaje. Lo mismo ocurrió con su hermano mayor Malkior, quien era rey del reino de Irgoz. Él fue enviado a la sede de la religión y estaba bajo la tutela del Seboas Unnfrid, alto sacerdote y cabeza de la religión. Ella estaba destinada a ser solo una princesa y ser ejemplo de paz para el reino, pero todo cambio cuando Malkior la declaró heredera al trono yendo en contra de los deseos de sus padres.

Dinorah tomó una pequeña campana de cristal de su mesa de noche y la hizo sonar. De inmediato entró Alora, su dama de compañía. Alora se atemorizó al ver a su señora muy pálida y temblorosa. Corrió a su lado y tocó su frente para verificar si tenía fiebre, pero era todo lo contrario, su señora estaba tan fría como la nieve.

“¿Se siente bien, Lvadi?”

“Sí, nada de que preocuparse por ahora. Necesito un favor,” contestó Dinorah aun exhausta.

“¿En qué le puedo servir?”

“Busca entre los Sarai ese quien sea de confiar y quien por mí la vida daría sin fluctuar.”

“¡Lvadi!” Exclamó espantada Alora.

“No tengas miedo,” dijo Dinorah con voz tierna, “solo dejó sentir su presencia. Aún estamos a tiempo. Ve, y haz como te ordeno.”

Alora hizo como su señora le pedía, fue a buscar de entre los Sarai Richari, los caballeros de la princesa, uno que fuera de confianza. Como acostumbraban los Sarai, quienes eran unos veinte en total, estaban reunidos en el patio interior del palacio real. Allí esperaban pacientes, luego de hacer sus ejercicios matutinos, por el cocinero quien les traía todas las mañanas el desayuno. Alora se acercó a ellos lentamente, y al verla los Sarai se quedaron sorprendidos. Era inusual que ella fuera a ellos, siempre enviaba a uno de los sirvientes con las órdenes de la princesa. Esta vez era diferente, y por lo tanto, no hicieron preguntas. Sabían que si la dama de compañía de la princesa estaba entre ellos, era por un motivo de suma importancia.

Los caballeros le hacían reverencia al ella pasar frente a ellos. La princesa había dado órdenes de que le obedecieran y le mostraran respeto. Alora les miraba directamente a los ojos, los estudió uno a uno hasta que llegó frente a un hombre de alta estatura y de rasgos fuertes. Era el primero en línea para el desayuno. Alora le miró por varios minutos, el hombre no hizo nada más que mantener su mirada baja en señal de humildad y respeto. En los labios de Alora se dibujó una pequeña sonrisa, había encontrado el hombre que la princesa necesitaba.

“¿Eres tú al que llaman Brengüer, la lanza del guerrero?” preguntó con autoridad Alora.

“Soy él, Lvadi. ¿Cuál es su mandato?” Contestó Berengüer arrodillándose.

“Sígueme,” luego se dirigió al cocinero. “Dale un pedazo de pan y una copa de vino caliente.” Tornándose nuevamente hacia Brengüer, ordenó. “Comerás mientras caminas, Brengüer.”

Brengüer tomó el pan y el vino, y comenzó a comer mientras seguía a Alora. De repente ella se detuvo frente a un joven de quince años, y le preguntó, “¿Eres el escudero de Brengüer?”

“Sí, Lvadi,” contestó el joven con timidez.

“Haz como te ordeno. Prepara el caballo y la armadura de tu amo.”

El joven escudero hizo una reverencia, y enseguida se retiró para hacer lo que le ordenaban. Fue a los establos y sacó el caballo de su amo. Era un hermoso animal de color marrón con un parcho blanco en su pecho que le daba su nombre, Bronwen. Mientras el joven hacia esto, los demás caballeros continuaron con su rutina: luego de desayunar practicarían el arte de la guerra. Nadie hizo comentarios, pues no era su lugar hacerlo; era tan sencillo, como que la princesa necesitaba su mejor hombre en esos momentos.

Alora caminaba rápido, como si flotara por el suelo. Brengüer trataba de alcanzarla al mismo tiempo que comía, deseaba terminar antes de ver a su ama. Al llegar a la recámara de la princesa Dinorah, el caballero ingirió su último pedazo de pan y bebió lo que le quedaba del vino.

Alora se viró hacia él, y le dijo, “Espera aquí.”

Así lo hizo, y vio desaparecer a la dama detrás de la puerta. Alora se acercó a su señora quien estaba parada al lado de una gran ventana que miraba a la plaza central de la ciudad. Vestía una bata azul claro; su ondulada cabellera marrón estaba suelta y caía elegantemente sobre sus hombros. La gente decía que la belleza de la princesa Dinorah no tenía comparación alguna. También expresaban que si mirabas directamente a sus verdes ojos, podías ver una luz llena de paz que emergía de ellos. Su madre, la reina Eduvigis, vio esa luz cuando su hija nació y por tal la llamó Dinorah, que significa “aquella que irradia luz”.

Dinorah tenía veintisiete años, pero desde que era una adolescente poseía sabiduría más allá de su edad. Su hermano la proclamó consejera real, pues siempre tenía palabras sabías en asuntos de estado y la ciudadanía. Lo que nadie se esperaba era que el rey la nombrara heredera al trono. Él no tenía hijos, y aunque siempre pensó en su hermana como la mejor para reinar, su nombramiento vino solo a los tres años de su reinado. Se murmuraba que el rey no podía tener hijos, pero también que no deseaba tenerlos. Este hecho le costó romper una promesa que le hizo a su padre antes de morir, de no nombrar a su hermana la próxima en línea al trono. Según el fallecido rey, era el deber de Malkior darle un heredero a la corona.

“Mi señora,” dijo Alora.

“¿Has hecho como te ordené?” Preguntó Dinorah sin dejar de mirar a través de la ventana.

“Sí, le he traído a Brengüer. ¿Lo desea ver ahora?”

“Sí.”

Alora abrió la puerta, para dejar entrar a Brengüer, pero lo que vio la dejo sorprendida. El caballero estaba inclinado con los ojos cerrados sobre un arreglo floral, olfateaba una rosa y por su expresión, la disfrutaba. Ella sonrió, pues nunca había visto el lado sutil de un caballero. Eran hombres fuertes que daban pocas señales de sentimiento alguno para ganar el respeto de los demás. Alora encontró esto intrigante para un hombre de su estatura, pues él era el mejor de los Sarai Richari.

Alora le llamó por su nombre, él la miró asombrado ya que había sido tomado por sorpresa, algo que le era inusual. Brengüer siempre estaba listo para cualquier cosa y en esos momentos una dama, tan bella como Alora, lo sorprendía disfrutando de una simple rosa. El caballero se irguió silenciosamente a la espera de sus nuevas órdenes. Alora no hizo comentario alguno para no avergonzarle más de lo que estaba, así que le dijo, “Entra, la princesa espera por ti.”

Brengüer entró a la recámara y al ver a la princesa inmediatamente se arrodilló, puso el puño sobre el suelo y su mano derecha sobre su pecho, y dijo “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

Sin mirarle, Dinorah dijo suavemente, pero con autoridad, “Hay un asunto de suma importancia que hay que mantener en secreto. ¿Puede Li Jahivé fridu confiar en ti, Brengüer?”

“Sí, Lvadi, estoy a su servicio,” contestó con solemnidad.

Ella se viró hacia él, le pidió que se levantara y mirándole a los ojos, dijo con tierna voz, “Brengüer, necesito que vayas a Karmiérz. Temo que el rey está muerto y no he recibido noticia alguna al respecto. Debes ir e investigar si esto es cierto. No dejes que nadie sepa que te he enviado. Haz lo que tengas que hacer para mantener esto en secreto. Confío en ti, Brengüer. Cabalga tan rápido como puedas, pues el futuro del reino y mi vida están en tus manos. Escoge de entre los Sarai Richari aquel a quien le tengas gran confianza para que te acompañe y no estés solo.”

“Haré como me ordena, Jahivé fridu.”

“Ve con mi bendición.”

Antes de salir de la recamara, Brengüer miró a Alora a los ojos y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa e inclinó su rostro en respeto.         

 

La continuación de este capítulo será el 23 de febrero de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


Video de ‘Los hijos de Oshmdwa’ / Trailer ‘Oshmdwa’s Children’

oshmdwa

English version below

Los hijos de Oshmdwa” es una historia de fantasía que he retomado del pasado y con la que deseo entretenerles al estilo de capítulos por entrega (por partes) cada dos semanas, por supuesto si me es posible. Esta llega a Mink el 9 de febrero de 2011. Aquí les hago entrega, con un mes de anticipación, de lo que pueden encontrar de la trama de esta historia de fantasía en un corto video que he realizado para ustedes. Espero lo disfruten y que esperen con ansias a “Los hijos de Oshmdwa”.

 

 

Oshmdwa’s Children” is a fantasy story that I have retaken from the past and with it I wish to entretain you in the style of delivering a section of a chapter every two weeks, of course if posible. It will arrive at Mink on Febuary 9, 2011. Here I deliver, with a month of anticipation, what you can find of the plot  of this story in a short trailer that I have made for you. Hope you enjoy it and wait for the arrival of “Oshmdwa’s Children”.