Capítulo 1 Los Poderes Divinos

Disfruta del Capítulo 1 del Libro Obsesión, la primera entrega de Ascensión Divina, una historia de fantasía don la raza taína converge con los avances tecnológicos.


Se limpiaba la sangre de las manos sin dejar de mirar el cadáver de su tío Guarohuya, quien fue su mentor y amante. Minutos atrás estaba entre sus brazos mientras él le narraba la historia de los poderes divinos que escuchó cientos de veces. Al principio, fascinada, le ponía toda su atención. Era una joven ingenua en ese entonces, seducida por las dulces palabras de su tío y la contemplación de lo que alcanzaría a través de él y para él. Con el tiempo, la historia la sedujo y deseó para ella los poderes. No le costó otro remedio que enamorarlo como él hizo con su pasada amante Jayguana. A ella la manipuló a su antojo y logró convertir en la líder de los kahali, la arakoel. El plan de Guarohuya era obtener a través de ella los poderes divinos. El trágico final de Jayguana detuvo los planes de su tío.

—Quemen el cadáver y esparzan sus cenizas en el río —ordenó mientras la vestían. Le dieron el frasco que colgaba de una cadena en el cuello de Guarohuya y ella lo colocó alrededor del suyo.

Al terminar salió y se montó en la carroza solar de regreso a Ayuán, la capital de Yagüeka, su nación. Ya no volvería a escuchar la historia de su boca. No importaba, se la sabía de memoria. Guarohuya siempre comenzaba de la misma manera, nunca cambiaba los detalles.

—Los kahali fuimos creados por amor por los hüaku, a quienes traicionamos —decía él con orgullo marcado en las últimas palabras de su oración introductoria. El amor lleva a la traición, es inevitable, pensó ella—. Mientras ellos fueron creados por un motivo en particular, el cual han olvidado y sustituido por otra: la de mantener el balance de la creación.

—Antes de la creación de los hüaku, este plano existencial era regido por los dioses. En él hicieron su hogar, desparramaron sus placeres y balanceaban el caos y la creación etérea. Todo esto cambió en la segunda Época Divina cuando Yokajú, dios del cielo, fue elevado por su madre Atabeyra para ser dios supremo. En esa época nacieron los Cuatrillizos, los Hermanos Divinos, arrancados del vientre materno porque su madre Kaguama, la diosa de la tierra, murió durante el parto. Fueron ellos quienes despertaron la cólera de Yaya, el gran espíritu, y los que pusieron fin al regido de los dioses supremos.

»Yaya tenía un hijo llamado Yayael a quien amaba profundamente. Este le desafió deseando su poder, y en su ira Yaya le mató. Afligido ante lo que había hecho, colocó los huesos de su hijo en una higuera que colgó en su bohío. Los Cuatrillizos entraron en el bohío de Yaya cuando este trabajaba en su finca. Curiosos por lo que estaba dentro de la higuera, la bajaron. Al abrirla encontraron que estaba llena de agua en la que nadaban peces de los que se alimentaron. Al sentir que Yaya se acercaba, nerviosos trataron de colocar en su lugar la higuera. Mas no pudieron y esta cayó al suelo haciéndose pedazos. De la higuera rota surgió un caudal de agua que cubrió parte de este plano existencial y la dividió en continentes. Así fue que surgieron los cuerpos de agua.

»La ofensa a Yaya no podía pasar impune, él buscó a los Cuatrillizos para castigarlos. Ellos, bajo el liderazgo de Deminán, el único en ser nombrado por su madre, huyeron de Yaya. Pidieron el amparo de Atabeyra quien lo otorgó y con su divinidad, los encubrió de la ira de Yaya. Por siglos se escondieron de él, pero un día Deminán se apartó del regazo de Atabeyra que conversaba con Yokajú. Nuevamente despertó la cólera de otro dios, Bayamanako. Deminán quería probar el casabe que el dios preparó. Este se negó y Deminán robó el secreto del fuego. Bayamanako escupió en la espalda de Deminán lo que le causó una gigantesca y dolorosa úlcera que creció enorme y casi cobra su vida. Al llegar donde sus hermanos, ellos con un hacha de piedra abrieron la úlcera y de ella salió una fémina que llamaron Kaguama. Con ella tuvieron relaciones los cuatro, siendo su progenie los jiharu, la tercera raza como la conocemos.

—Los Cuatrillizos abandonaron su progenie para esconderse en nuestro archipiélago cuando Yaya estaba cerca de ellos. Atabeyra adoptó a los jiharu y los protegió a la petición de los Cuatrillizos a quienes tuvo que abandonar a su suerte. Al llegar el dios, los hermanos se separaron escondiéndose en los cuatro puntos cardinales de nuestro archipiélago. Uno a uno Yaya les encontró, les castigó con el sueño eterno y su escondite se convirtió en su prisión. El sueño eterno mantiene al cuerpo inerte sin esperanza alguna de recuperar sus capacidades o despertar. Los Cuatrillizos están conscientes de lo que a su alrededor ocurre. Sufren a cada segundo, pues el fuego que Deminán robó de Bayamanako, Yaya lo colocó a los pies de los hermanos. Las llamas lamen sus pies causando intenso dolor. Un lago de agua sagrada les rodea, producto de sus lágrimas. Yaya encontró satisfacción con su venganza, pero no en su pena por la pérdida de su hijo.

»Yaya buscó a Atabeyra para entregarle sus poderes divinos y en su regazo morir. Al llegar ante su presencia se dio cuenta que protegía en su regazo una cueva. Allí estaban los jiharu de quienes emanaba la esencia divina de los Cuatrillizos. La cólera de Yaya se tornó hacia ellos y trató de arrancarlos de la protección de Atabeyra. Esta se defendió y lucharon arduamente. Por esto, en los jiharu comenzaron a nacer los sentimientos de venganza, la ira y el odio que se infiltraron en ellos cuando Atabeyra desviaba su protección hacia ella. Al Atabeyra darse cuenta, no lo volvió a hacer y fue cuando Yaya comenzó a ganar la batalla.

»Yokajú y las otras divinidades se interpusieron para salvar a Atabeyra. En su unión lograron dominar a Yaya por varios segundos y fue cuando Atabeyra y Yokajú retiraron de él los poderes divinos. Yaya sonrió al toque de la muerte y se desvaneció. Atabeyra, para salvaguardar los poderes, los tomó y los colocó en la cavidad torácica de los Cuatrillizos, uno en cada uno. Retiró de ellos los elementos esenciales que son el fuego, el agua, la tierra, y el aire, entregándoselos a Yokajú.

»Los poderes divinos de Yaya son: la omnisciencia, el conocimiento total; la omnipotencia, ser todopoderoso; la omnipresencia, el poder de estar presente en todas partes; y la transcendencia, el poder de no estar sujeto a ninguna limitación y poder ir más allá de este plano existencial. Estos residen en los Cuatrillizos. Tener los cuatro, es poseer la esencia divina de Yaya y convertirse en una deidad. La historia nos dice que los primeros en ser creados fueron los hüaku, luego los kahali a manos de ellos. No es así. Los jiharu fueron los primeros, concebidos en tierras lejanas a estas, pero no creados. A diferencia de nosotros y los hüaku que fuimos creados. Son de descendencia divina los jiharu, son el legado que los Hermanos dejaron en esta existencia y a su cargo está Yokajú.

»Los elementos que protegen los siete Custodios de la Creación fueron dioses convertidos por Atabeyra y Yokajú en esencia elemental. Con el propósito de cuidar los poderes divinos. Esa esencia elemental necesitaba de un cuerpo donde residir. Atabeyra logró esto al pedir a su hijo Yokajú que creara a los hüaku. En ellos las esencias vivían en armonía hasta que se les retiró por crearnos a nosotros. Al no poder Yokajú contenerlas, la devolvió a solo siete escogidos entre los hüaku cuando les perdonó y les sacó de su éxodo. Les entregó las tierras al este del archipiélago de Güekén, la que llamaron Ataiba en honor a Atabeyra, porque allí descansa ella.

»Encerrado en este frasco está uno de estos poderes, la omnipotencia. Arakoel Jayguana lo encontró, siguiendo la narrativa de la caída de los hermanos que está en los pergaminos que te entregué. Uno de los hermanos yacía en el seno de las montañas Kemí, retiró la antorcha que sujetaba el fuego que lamía los pies del hermano divino y lo quemó. Tomó las cenizas, las mezcló con el agua sagrada que rodeaba el terreno donde el cuerpo yacía y lo guardó en este frasco. Los poderes divinos no se pueden ingerir por separado, de lo contrario nuestro frágil cuerpo sería destruido. El brebaje debe ser mezclado con una gota de sangre divina, esa que corre por las venas de los jiharu. Lamentablemente, no puede ser de cualquiera, sino de uno que sea descendiente directo de Deminán y que padezca de una rara enfermedad de la piel, la que conocen como la piel arrugada. El jiharu Gunila I, el conquistador, ese que conquistó las islas centrales del archipiélago, la padecía. Solo se conoce de algunos de su descendencia que la ha padecido y es tan detestable que los niños que nacen con ella se les entrega a la muerte.

Ella retiró el frasco de su cuello y le observó con detenimiento. Poder absoluto, pensó.

Al llegar al Kaney del Orokoel, bajó de la carroza solar y se dirigió al despacho de su padre, orokoel Niagua. Antes de entrar le entregó a su naborí, su esclava, el frasco y le dio órdenes de que lo guardase en su recámara.

Su padre estaba sentado detrás de un enorme escritorio, la miró con seriedad.

—¿Está hecho? —le preguntó orokoel Niagua.

—Sí, Orokoel —contestó ella.

—En dos días anunciaré oficialmente que eres mi sucesora, mi guajeri.

—¿Ya habló con el consejo del Guaminani? —preguntó extrañada.

Él asintió.

—¿Cómo estaba seguro que lo iba hacer? —preguntó ella.

Con la mirada penetrante dijo:

—Eliminas lo que se interpone en tu camino. Guarohuya te enseñó eso. Te di lo que deseabas, y tú, lo que yo necesitaba.

—A medias me dio lo que deseo, sujeto a condiciones y para asegurar el ascenso de otro a través de mi —dijo disgustada.

—Aseguro a tu guajeri, pero para que lo sea debes ser primero arakoel. Es tu mayor deseo y te lo doy—. Hizo una pausa y continuó al ella no añadir más—: Mañana en la noche se realizará el ritual del pacto. Si no estás ahí, queda roto y buscaré quien te remplace, Iyeguá.

Nadie puede reemplazarme, se dijo, pero contestó.

—Han, han, katú —que significa así será.

No hay problema, se dijo, esto solo me acerca a lo que realmente deseo. Donde yace el verdadero poder absoluto, y no es ese que me ofreces. Lástima que no estés para presenciar mi ascensión divina.


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