Un minuto de silencio


Reconozco esa mirada en la que me perdí una vez. 
Extrañaba esa sonrisa cálida, 
sincera. 
Sobre mi alma ambas enviaron un maremoto de sensaciones 
que chocó tal ola en las piedras. 
Y mi alma recordó el antaño en el perfil de tu rostro, 
en la curvatura de tus labios,
en el palpitar acelerado de mi corazón,
en el escalofrío que se desplaza por mi piel
como corriente eléctrica.
Mi ser te recuerda.

Cierro mis ojos, necesito fuerzas.
¡Un minuto no es suficiente!
Regreso a tí.

Hoy le prohibí a mi garganta conjugar.
Le doy espacio al silencio que llena 
este espacio entre ambos y respiramos.
¡Oh, transmuta la conjugación!
Sé que lo ves, sé que lo percibes.
Late en mi cavidad toráxica.
Se precipita por el lagrimar.
Se escapa por la exhalación 
oxigenada apenas unos segundos atrás
en la profunda y necesaria inhalación 
que busca serenar mi alma impactada.

Inhalo el aire entre ambos.
Me dejo llevar por el momento. 
Lo saboreo.
¡Qué delicioso es contemplarte!
¡Qué delicioso es leerte en esa familiar mirada
en la que capturé momentos de mi vida!
Esa que me narra el porqué de tu estar.

¿Por qué has escogido mi silencio para estar?
Sí, lo sé. Tenemos un amor en común.
Un amor compartido.
Uno que trasciende las razones.
Uno que nos ofrece un diminuto instante
para estar,
para contemplar,
para sentir.

Regreso a ti emocionada, silente.
Ofrezco mis manos. 
Tomo las tuyas para que percibas este momento.
Un toque de agradecimiento por estar, por el apoyo.

La conjugación se escapa de tu garganta.
Me deleito en ellas.
¡Qué delicioso es escuchar de nuevo tu voz 
que vivía solo en la memoria!
Mi sonrisa te responde.

Me escurro y regreso.
Cierro mis ojos. 
Seco mis lágrimas e inhalo.

¡Un minuto es suficiente!

Alexandra

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