Primer pasaje de Ascensión Divina


Tanto amigos como familiares, conocidos de las redes sociales y lectores en particular, me han preguntado acerca de Ascensión Divina. Es grato saber su interés hacia mi pasión como narradora de historias y les agradezco por el gesto. Por tal, he decidido compartir pasajes variados de la historia mientras voy a paso lento y cuidadoso con la segunda edición. Así como introducirlos a varios de los personajes principales y secundarios, los diferentes reinos que la componen y su geografía que es muy variada, y por supuesto, las razas de Ascensión Divina. Son ellas con sus diversidades y vanagloria que mueven la acción de esta historia de fantasía que lleva clavada en sus bases los orígenes de mi raza boricua: taína, española y africana.

 

Art by Karol Bak

En Ascensión Divina, La obsesión de un inmortal- libro uno- una inmortal se enfrenta a su mortalidad tras la muerte de su progenitor, de la cual ella es causante, y para obtener la vida eterna, poder absoluto y destruir a los Hüaku, sus enemigos y quienes se interponen en sus planes, debe hallar a toda costa la esencia de la divinidad.

En este pasaje conocerán a uno de los personajes principales del primer libro de Ascensión Divina, Arakoel Iyeqah. Ella no es otra que la líder de la raza de inmortales llamada los Kahali (ka-fa-li). Esta raza se caracteriza por tener ojos azules con mechones de su cabellera negra y lacia a juego con sus ojos, pero sus tonalidades dependen al Uraheke o familia que pertenece. Hay siete Uraheke, pero de estos hablaremos en otro adelanto de Ascensión Divina. De igual manera, se presenta otro personaje, uno secundario, quien no es otra que la Señora del Oráculo y quien pertenece a la raza de los Hüaku (füa-ku). Esta le hace varias revelaciones de importancia para el desarrollo de la historia y que pondrá varios planes de Arakoel en acción. Les recuerdo que este pasaje es tan solo la segunda edición de Ascensión Divina y por tal no es la final y es parte del primer capítulo que es mas extenso. 

 


Copyright © 2012 para Alexandra Román. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este texto puede ser reproducida o transmitida de ninguna forma o por ningún medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, repostar, grabar,  o guardar ninguna información o sistemas de retracción, sin el permiso escrito de la autora.

Del capítulo La esencia del Oráculo

Paint by Karol Bak
Paint by Karol Bak

Arakoel sonreía complacida, y luego de un largo silencio que estaba segura atormentaba a la Señora, dijo, “Me place tenerla en mi presencia, a usted, que solo ven algunos, que solo un puñado de afortunados escuchan su voz y sus profecías. En contra de todo y de Yahedi, aquí está bajo mi poder.”

Tras la mantilla púrpura que cubría el rostro de la Señora se dibujó una sonrisa, y con serena confianza, contestó a Arakoel, “No estoy ante usted, Arakoel, por designios suyos, sino porque así lo desea Yahedi.”

Sus palabras la turbaron, pues si era por designios de Yahedi eso solo significaba que la Señora tenía una profecía para ella; una noción que lleno de gozo su rencoroso corazón. “Entonces, habla. Dime las palabras de Yahedi,” demandó acercándose a la Señora. Pero justo cuando esta le referiría el mensaje, la detuvo y en voz baja le indicó, “Alto. No digas nada. Sé que puedes hacerlo de otra forma, y quiero que me hagas ver.”

“¿Deseas ver tu profecía?,” preguntó la Señora confusa.

“Sí, es mi deseo y sé que lo puedes conceder. No quiero tus palabras, quiero la esencia de la profecía y lo que con ella trae.” La Señora se mantuvo en silencio por varios segundos, dudaba de lo que debía hacer. Los ojos de Arakoel se fijaron en la silueta del rostro que se dibujaba a través de la mantilla. Esperaba paciente por su respuesta, la Señora tenía que darle su profecía, pues era su deber. Podía escuchar su tormento interno a través de su alígero respirar, palpitante en su pecho que se inflaba con cada soplo de aire. Arakoel deseaba sonreír de placer, pero mantuvo su mirada fija sobre la Señora. Finalmente, la Señora del Oráculo preguntó, “¿Quién le dijo que puede una profecía revelarse de esa forma?”

“Todo elemento tiene la esencia de la vida dentro de un ser, y aunque el suyo no es considerado uno, vive en usted y solo en usted. Fue dado como lo fueron los elementos de la creación a los Custodios, y ellos manipulan esa esencia que vive dentro de su ser. Quiero sentirlo dentro de mí, y sé que lo puedes hacer.”

“No sabe lo que pide. Las palabras son más fáciles de internalizar, las sensaciones crudas de lo que vemos nos pueden impactar de sobremanera, a tal punto que podrían cambiar nuestras vidas.”

La líder de los Kahali tornó su mirada hacia un lado para asimilar las palabras dichas por la Señora. No había nada que temer cuando la victoria estaba cerca, y los riesgos que se presentaban en el camino fortalecían al espíritu. Una sombra de maldad se apoderó de su mirada y cambiaba las facciones de su rostro del cual emanaba terror para aquel que le mirara. De esta forma miró a la Señora, que espantada retrocedió. Arakoel avanzó hacia ella, y ordenó con voz tenebrosa, “Revela tu profecía, ¡Oh, Señora del Oráculo!”

“Bien,” contestó temblorosa ante lo que iba hacer.

Arakoel se arrodilló frente a la Señora y esta colocó su mano izquierda, decorada con el Üanin, joya en oro blanco utilizada por los Custodios y ella, sobre su cabeza y cerrando sus ojos dejo fluir a los pensamientos de Arakoel la profecía que debía entregar. Arakoel Iyeqah sentía que su cuerpo era inundado de paz y serenidad, ese era el toque de Yahedi al entrar en el ser, que abrieron su mente por completo a la espera de la visión de Yahedi. Ésta entró en su mente tal y como un rayo cae sobre un árbol, haciendo que todo su cuerpo quedara tieso. Su boca se abrió para poder respirar, un intento fallido; y mientras se quedaba sin aliento y clavaba fuertemente sus uñas en la alfombra que servía de piso en su tienda, la visión de la profecía se dibujaba en su mente. Un rayo, una piedra, un rostro negro en pena… Luego, la Señora comenzó a hablar, “La mano suprema esculpirá tu rostro en piedra. En negro sellando tu destino. La eternidad efímera de un inmortal. Marcado en piedra la angustia, el dolor y la penitencia. De tus labios nacerá la cólera divina.”

Arakoel retrocedió de un empujón con las pocas fuerzas que le quedaban en su cuerpo, para romper con el contacto que tenía con la Señora. Cayó de espaldas al suelo jadeando. Por varios minutos quedó allí tendida hasta que sintió que su cuerpo recobraba un poco las fuerzas. Con dificultad se puso en pie y tomó asiento. La Señora aún estaba parada en el mismo lugar, le miraba en silencio. “¿Eso es lo que sientes cada vez que se te entrega una profecía?,” preguntó Arakoel exhausta.

“No siempre, pues mi cuerpo ha sido creado para esto. La tuya, no obstante, fue una dolorosa.” La Señora tenía razón, aunque por su parte ella podía decir que fue más que dolorosa, fue aterrador y la cual veía en su mente cada vez que cerraba sus ojos para inhalar profundamente y serenar el fuerte palpitar de su corazón.

“Aún hay más,” anunció la Señora mientras se acercaba a ella.

“¡No!, no más,” exclamó con un rostro de repudio y levantando su mano temblorosa. De igual forma la Señora se acercó. “Esta profecía te incumbe, y debo entregarla.”

Una segunda profecía, se decía para sí la líder de los Kahali. No sabía si era su día de suerte o quizás de maldición. La primera fue espantosa y aterradora, tomar una segunda en la condición corporal y mental en que estaba era un riesgo muy alto de asir. En especial, por los nuevos tormentos que quizás acompañaban a la visión. Su fuerza la ayudaba a soportarlo todo, pero esta vez tomaría el consejo dado en primera instancia por la Señora aunque no le admitiera.

“Hazlo, pero en palabras,” le ordenó.

La Señora se acercó a su oído y en él susurro la profecía de Amaya. Al terminar, la visión entró en la mente de Arakoel y aunque no fue tan fuerte como la anterior, la dejo nuevamente sin aliento. Al recuperarse dijo indignada a la Señora, que estaba frente a ella. “Te ordené que no me dieras la visión.”

“Pediste la profecía y esta no puede ser dada si no es acompañada por la esencia del oráculo. La visión vino a ti, porque a través de mí se escucha la voz de Yahedi y ambas se acompañan cuando una profecía es revelada.” Entonces, dijo con voz misteriosa y con un tono de advertencia, “De ahora en adelante tendrás solo visones de un futuro no muy lejano. Profecías a medias que tendrás que interpretar y que tal vez te lleven a agonizar. Las visiones de tu vida no las verás, pero sí la de los demás. Tómalo como una bendición o una maldición. Independientemente, dentro de ti hay una diminuta porción de la esencia del Oráculo. Recuerda es dada a ti no por mi deseo, sino porque así estaba decretado.”

Aún débil por ambas visiones, no podía pensar claramente. Las palabras de la Señora eran confusas y no las comprendía en su totalidad, necesitaba descansar. Por eso tomó de la mesa que estaba a su lado una pequeña campana de plata, y a su retumbar entró inmediatamente un Nabori. A este le ordenó se llevase a la Señora a la tienda asignada y que la mantuvieran allí hasta que ella la mandara a llamar nuevamente. Insistió en que la seguridad fuera doblada y que nadie entrara a verla , con excepción de su hijo Nariqah. Entonces, dio órdenes de no ser molestada a menos que no fuera por la contestación de los Hüaku a sus demandas, que estaba segura tomaría un largo tiempo ya que la capital quedaba al otro extremo de Ataiba y ellos se asegurarían que ella decía  la verdad sobre la captura de la Señora, sino era que ya conocían de su desaparición.

Aunque casi cuatro centenarios atrás, el recuerdo de esa noche estaba fresca en su memoria, palpable en cada visión que experimentaba. Esta última venía como punzada dolorosa, pero cargada de esperanzas: Huyán. Con ella podría poner en marcha sus planes, pero el Tiempo, quien cargaba con la alusión de su final, le pisaba los talones. Arakoel sonrió a medias aun exhausta. Ignorante, pensó, mi final no forma parte de mis planes y tú, Señor Tiempo, nunca me traerás la muerte.

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