Capítulo Seis: Las puertas carmesí, Parte II


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Los Hijos de Oshmdwa

Capítulo Seis: Las puertas carmesí

Segunda Parte

 (Haz click aquí para la primera parte del capítulo)

El viento azotaba su rostro, pero acostumbrado a la rápida cabalgata no afectaba su visión. Tenía los ojos clavados en la distancia, atento a todo lo que a su alrededor estaba. El palpitar de su corazón estaba unísono con los pasos acelerados de los caballos de los Sarai y del suyo. En su mente no se pintaba mas que la persona de la princesa Dinorah y esperaba que estuviese segura lejos de él. Mientras avanzaban, los minutos se hacían largos y no veía ninguna señal de ella y sus acompañantes. ¿Dónde están?, se preguntó.

La desesperación comenzó a adentrarse en su sistema nervioso como un veneno sin antídoto. En el camino no había señales de combate alguno lo que le hizo pensar que, tal vez, tomaron otra ruta. La idea la disipó inmediatamente, Nart no se desviaría del plan. A menos que no fuese necesario, se dijo. “¡Jia!,” gritó a su caballo, las riendas azotaron su cuello. Su corcel iba a la velocidad que su cuerpo le permitía ir y esto disgustaba a Senín. ¿Dónde están?, volvió a preguntarse. Unos metros mas, de ser en vano, tendré que dividirnos.

La paciencia, aunque casi se desvanecía dentro de su ser, dio resultados. El eco de las pisadas aligeradas de caballos se escuchó a la distancia y las siluetas se dibujaban y eran reconocibles. El grupo se había dado la vuelta y los rayos del sol se reflejaban sobre el metal desnudo de sus espadas que decoraban sus brazos. Estos al reconocerles las bajaron y al Senín acercarse se dio cuenta que la princesa Dinorah llevaba la suya en mano. Bajo la velocidad y la calma regreso a su alma.

“¡Nart!,” llamó Senín. Este se acerco. “¿Confrontaron problemas?”

“Ninguno, Bńlekoh, solo nos preparamos por si los que se acercaban no eran ustedes,” comentó guardando su espada. Senín miro a la princesa que se acercaba a él.

“Lvadi, espero que la próxima vez no saque su espada, sino continué el camino. Solo si nuestros enemigos logran cruzar nuestras defensas o matarnos y la alcanzan. En ese momento, espero saque su espada.”

El sol brillaba sobre ella, su torso erguido la hacía aun mas elegante. Arqueo una ceja y le miro con ojos penetrantes, “¿Me está amonestando, Senín? Espero que no se le olvide a quien le habla.”

“Sí,” afirmó con autoridad. “Mientras este bajo mi protección, yo doy las ordenes y, usted, las sigue.” El pensar que ella se quedaría atrás a pelear con el enemigo de estos haberles alcanzado, y que le sucediera algo mientras estaba bajo su protección era una noción que no aceptaría. Verla con espada en mano, encandeció su cólera.

“Sé defenderme, Bńlekoh, no soy una damisela vulnerable. No lo olvide, pero seguiré sus recomendaciones. Ahora, dígame, ¿quiénes eran esos que nos atacaron?”

Senín la miró seriamente, no era el momento para discutir o corregir que no eran recomendaciones, sino ordenes. “Aigmund reconoció a uno de ellos, lo había visto en palacio. Los que sobrevivieron huyeron y decidimos no seguirles para asegurarnos que estuviese segura. Lvadi, alguien nos traicionó en palacio.”

Dinorah bajo su rostro en preocupación, algo le incomodaba. “El único que conocía que saldría de palacio era el mayordomo.”

“Entonces, él dio la alerta de su ausencia.”

Dinorah mantuvo silencio, confiaba en el mayordomo y este trabajaba para sus enemigos. “Debemos continuar, hay que llegar lo antes posible al monasterio.”

“Si no nos detenemos, llegaremos al atardecer del día de mañana. Mas ahora debemos darles entierro a los caídos, luego nos marchamos.”

Dinorah no tenía mas que decir, sus pensamientos estaban distraídos ante la cercana traición. ¿Habrá entre sus Sarai alguien que le sea leal a sus enemigos? No podía pensar de esa manera de esos argianos que le han sido fiel por años, esos quienes una y otra vez le han demostrado su fidelidad. Le conocía a cada uno, su pasado, sus deseos, el tipo de argiano que eran. No, entre ellos no había uno que le fuera infiel. “Bien, entreguemos a la luz lo que es de la luz.”

Los cuerpos de los cuatro caídos fueron colocados sobre el suelo, a la cabeza, de rodillas, estaban los Sarai, Nart, Senín, Dinorah y Alora con los brazos extendidos. Entonces, Dinorah, dijo, “Estos son los valientes hombres que han fallecido, son guerreros de la Luz. Yo, Dinorah, te agradezco por la luz del sol con la que nos bendices. Toma estos guerreros y regrésalos a la luz eterna de la que nacieron.”

Un brillo cegador nació de los cuerpos bañados por los rayos del sol, se elevaron y con un último soplo de vida se tornaron hacía los presentes, hicieron una reverencia y desvanecieron en la luz. “Lo que es de la luz regresa a la luz,” concluyo Dinorah. De inmediato se pusieron en pie, montaron y se marcharon a toda prisa.

Como acordaron, no se detuvieron. Cabalgaban a toda prisa por si los que pudieron huir regresaban con refuerzos. Cuando la noche se adentraba, Senín dio la orden de detenerse y descansar por varias horas. Berengüer se dio a la tarea de dividirlos y asignar quienes tomaban la primera ronda de vigilancia y quienes la segunda. Mientras, Dinorah se sentaba a descansar cerca del lugar donde la fogata sería prendida. Alora y Nart se encargaban de eso.

La noche llegó rápida y silenciosa, Dinorah estaba sumida en sus pensamientos y su mirada se perdía en la danza de las llamas que iluminaban su rostro y su cuerpo. Senín le observaba, la estudiaba. No le había dicho nada y nadie se percato. La sombra que vio la noche que vino a ella, crecía. Él se dio cuenta cuando regresaron a la luz a los caídos. La luz que nació de los cuerpos hizo visible la sombra a sus pies. Senín estaba detrás de ella cuando esto ocurrió, miro de reojo para cerciorarse que nadie mas se dio cuenta. Los otros estaban con la mirada clavada sobre los cuerpos ascendentes.

Dinorah se puso en pie y camino hacía una pequeña colina que estaba cerca del campamento. Senín la siguió, la luz de la luna llena iluminaba todo a su alrededor y creaba sombras en todas partes nacientes de la naturaleza que se alzaba de la madre tierra.  Dinorah se detuvo, miraba la luna como si le deseara. Él se acercó, ella noto su presencia. Por varios minutos estuvieron en silencio, solo la naturaleza conversaba con la brisa nocturna.

“Dígame, Senín, de llegar el momento, ¿la utilizaría?,” su voz era suave, mas las palabras resonaban con dolor.

Senín se torno a mirarle, “Lvadi, sin la menor vacilación.” A su contestación, Dinorah respiro profundamente.

“¿Podría verla?”

“¿Verla?”

“No se haga el tonto, sé que la tiene con, usted, siempre. De lo contrario, si el momento llegase sin avisar debe tenerla cerca.”

“Está cerca, pero en estos momentos no está conmigo.”

“¿La mantiene afilada?, preguntó ella como perdida.

“Nunca pierde su filo, por eso no hay necesidad de afilarle,” contestó él. Sabía que estaba preocupada, que lo ocurrido durante la mañana la llenaba de dudas. Alguien trataba de que no llegara a Karmiérz, su única salvación, y los eventos pasados lo confirmaban. “Lvadi, por ahora la prioridad es llegar al monasterio. No debemos preocuparnos por acontecimientos que no han venido a ser.” Sin decir palabra alguna Dinorah se marchó. Senín la siguió con la mirada hasta que ella se sentó frente a la fogata. Fue en ese momento que se agachó subió su pantalón y de su bota saco la daga. Cerca, se dijo, siempre la tengo cerca y sin vacilar la usare cuando el momento llegue.

Durante la mayoría de la noche y entrado el día cabalgaron sin detenerse, solo bajaban la velocidad para no agotar a los caballos. La tarde ya estaba sobre ellos y la distancia para llegar al monasterio se acortaba. El bosque que le resguardaba y le escondía estaba a unas leguas, era uno denso y parecía que deseaba tragarse el camino en desuso que daba para la parte posterior del antiguo monasterio. Este se caracterizaba por ser de un solo nivel, apoyado a una montaña rocosa cubierta por miles de árboles y porque se adentraba en el seno de la tierra. Varios niveles bajo la superficie como una catatumba, fue allí donde la princesa Dinorah y Alora se criaron la mayor parte de su vida. Para ambas era como regresar a casa, a un lugar del que emanaba solo seguridad y paz para ellas en medio de una tormenta que se iba formando en sus vidas.

La silueta de una entrada se fue dibujando lentamente en la distancia, salpicada por un color carmesí intenso. El color sobre exalto a Senín, quien miro con seriedad a Dinorah. Esta no dijo palabra alguna, tan solo aceleró el paso para llegar de una vez y por todas a la entrada. Allí, junto a las sencillas y medianas puertas carmesí de madera, había una campana de bronce verdosa. Senín cabalgo hacía la princesa, quien en su mirar reflejaba satisfacción de haber llegado a salvo. Mas Senín no compartía del todo su satisfacción.

“No entraremos por aquí, hay una entrada principal al este. Allí haremos nuestro petición de entrada.”

“¡No!,” contestó Dinorah con autoridad. “Haremos nuestro anuncio aquí y es por donde entraremos.”

 Sus facciones se endurecieron y Senín, acercando su caballo mas al de ella, dijo, “Dígame, Lvadi, ¿su Unnfrid hizo su primera entrada al monasterio por estas puertas? De ser así, usted, sabe lo que ese acto significa.”

Una pausa, un respiro. Dinorah sabía que la respuesta vendría acompañada de su furia al saber la verdad. “Sí.” Le miro con seriedad a la espera de la descarga ante el conocimiento de algo que pudiese cambiar sus tan regulados planes para con ella.

Senín no la hizo esperar, “¿Cómo pensaba que el Unnfrid nos acompañaría, cuando ha prometido estar tras esas paredes de por vida? Según, usted, él la puede ayudar, él es el único que puede hacer que su dolor disminuya a lo que llegamos a Karmiérz. Debió decirme lo de las puertas carmesí, Lvadi, pues ahora me veo obligado a tomar acciones que no son las mas adecuadas para con usted.”

Dinorah desmontó, caminó hacia las puertas y tomó la cuerda de la campana. La hizo sonar y el sonido fue para Senín un mensaje de mal auguro. Dinorah se tornó hacía él, “Haga lo que tenga que hacer, Bńlekoh, es su deber.” En ese momento el sonido del cerrojo que no había sido abierto en años, resonó de detrás de las puertas carmesí. Con él la determinación de Senín de lo que debía hacer y lo que a su futuro le amparaba.

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Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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