Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Tercera Parte


Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Tercera Parte

“DOS DE LOS Sarai, estarán a quinientos metros de aquí. Deben estar esperando, pues el sistema de alerta al primer puesto les debe haber avisado,” comentó Berengüer a Senín.

Este asintió con su cabeza al comentario de Berengüer. Continuaron la marcha sin detenerse y con cautela. Quince minutos más tarde se toparon con el primer puesto. Allí se divisó a dos caballeros vestidos con los uniformes de los Sarai, que al reconocer a su capitán, le saludaron y abrieron de par en par las rejas de hierro que protegían el puesto. Inmediatamente uno de ellos hizo sonar un cuerno. El sonido viajo fuertemente por todo el túnel, y segundos más tarde este fue contestado por los guardias del segundo puesto. Ambos sonidos eran de igual harmonía, esto para identificar a los que viajaban por el túnel. De haber sido una emergencia, el sonido hubiese sonado agudo como el de una trompeta fuera de tono y en respuesta, se hubiese escuchado el fuerte retumbar de tambores por todo el túnel. Significaba que el mensaje había sido recibido y que la ayuda vendría pronto.

Los cuatro jinetes pasaron la entrada sin detenerse o decir palabra alguna a los caballeros del Sarai. Tallado en la roca, a ambos lados de la verja, habían dos cuartos. Uno con todas las comodidades que necesitaban para descansar y comer; la otra con lo necesario para defender el puesto. Los Sarai hicieron su reverencia a Berengüer, pero al ver a Senín cayeron de rodillas al suelo. Estaban atónitos, pues no esperaban ver al Caballero del Rey. Al levantarse del suelo, luego de que pasara Senín, mantuvieron la mirada fija en la espalda de su superior hasta perderse en la oscuridad nuevamente.

Continuaron cabalgando lentamente por alrededor de quince minutos, sin escuchar otro ruido más que el resonar de las herraduras de sus caballos al chocar con el suelo rocoso. La temperatura en el túnel no era calurosa, sino fresca. Canales de agua corrían paralelos a este, para contrarrestar las temperaturas de la superficie. Ventiladores de aire ayudaban a filtrar aire fresco, y otros a que aire caliente saliera a la superficie. Había sido diseñado así, pensando en los múltiples usos que se le podía dar. A mitad de este, donde se encontraba el segundo puesto de soldados, había unas cámaras grandes que podían servir de residencia para la familia real en caso de alguna emergencia.

Para Berengüer, que se encargaba de verificar que todo estuviese en orden en el túnel y asignaba a los soldados sus puestos y les entregaba las provisiones necesarias para su estadía allí, no dejaba de asombrarse de lo ameno que era estar en aquel lugar. Antes de ser capitán le tocó proteger el segundo puesto. Había pensado que sería difícil vivir bajo tierra por alrededor de una semana, y aunque perdió la noción del tiempo, no fue una experiencia espantosa que le marcara para el resto de su vida. Su contacto con la humanidad era mínimo, salve a aquellos con los que se encontraba, lo que le hacía sentir como si estuviese en un monasterio de claustro.  Fue paz y tranquilidad lo que esa semana vivió, lo que le ayudó a poner en orden ciertas cosas en su vida a las que necesitaba meditar. Cuando regresó nuevamente a Almĭdina, ya era capitán y no estaba obligado a quedarse en el túnel, aunque hubiese deseado lo contrario. Tal vez, al haber puesto en paz lo que le atormentaba, ya no era necesario estar escondido allí. 

Sonriente acarició la melena de Bronwen, quien cabalgaba con serenidad como si la tenue oscuridad no le molestara. De inmediato vio un brillo, no más grande que un punto en la distancia y rodeado de oscuridad. Aquel era la antorcha del segundo puesto, al que llegarían en diez minutos. Desde allí les quedaba alrededor de otra media hora más para salir del túnel y llegar al palacio. Al cual entrarían a través del sótano que quedaba justamente en el ala sur.

En el segundo puesto se encontraban dos rejas del mismo estilo que las primeras, los soldados a cargo de este las abrieron para dejar pasar a los visitantes. Tal y como los primeros soldados, hicieron sus reverencias y al ver a Senín, cayeron de rodillas y se quedaron igualmente impresionados. No esperaban verle por esos rumbos y menos acompañado de los Sarai.

Al llegar al sótano, un caballero de los Sarai les abrió las puertas de bronce que servían de entrada. Berengüer desmontó su caballo, y dijo a uno de los Sarai que se encontraba en el sótano, “Avísale a la Dama Alora, que he llegado.”

El Sarai salió a toda prisa, luego de hacer una reverencia a su capitán. Berengüer se acercó a Senín y le dijo, “¿Algo en particular que desee, mi Señor?”

Senín tomó una copa, la lleno con agua de un jarro que estaba sobre la mesa donde jugaban cartas los Sarai, y tomó para saciar su sed; luego contestó a Berengüer, “Por ahora, no. Ve y haz como te indique. Nart, ve con ellos, asegúrate de que nadie más te vea, excepto por los Sarai.”

“Sí, Señor,” con una reverencia partieron los tres Sarai y Nart hacia el edificio adjunto a los establos reales, que servía de vivienda para los Sarai y los Tekuh cuando estaban de visita.

Al pasar alrededor de diez minutos, Alora se apareció en el sótano acompañada por el Sarai que la fue a buscar. Sin demora, dijo, “He dado órdenes para que despejen los pasillos inmediatamente. Nadie se dará cuenta de su presencia. La princesa le espera, sígame,” y sin dar más explicación, se fue al frente para dirigir a Senín.

El ala sur del castillo estaba reservada para visitantes y acompañantes de la familia real, en su estadía en la ciudad o eventos especiales. En esos momentos no había nadie, pero los sirvientes mantenían los cuartos en condiciones excepcionales. La recámara de la princesa, así como la de la familia real, quedaban justo en el centro del palacio, que corrían desde el segundo hasta el cuarto piso; el de Dinorah estaba ubicado en el segundo.

Alora caminaba a toda prisa, Senín mantenía el paso, tratando de hacer el menos ruido posible. Al llegar, Alora le pidió que aguardará allí para anunciarle. Senín encontró la formalidad un poco fuera de lugar debido a la situación, pero como era el protocolo, no sé quejo. Alora desapareció tras la puerta. El Sarai que los acompañaba y quien buscó a la dama Alora, miraba de reojo a Senín sin decir palabra alguna, intimidado por su presencia. Alora reapareció varios minutos después tras la puerta, le pidió a Senín que pasará, y al Sarai dijo, “Mantén guardia aquí hasta que se te indique lo contrario. Nadie entra a la recámara sin ser anunciado antes. ¿Entendido?”

El Sarai asintió con su cabeza y se colocó frente a la puerta. Alora la cerró tras de ella y condujo a Senín hasta la antesala de la recámara de la princesa. Sentada en un sillón estaba Dinorah, vestida con un camisón color lavanda, y por encima de este tenía una bata de satín del mismo color. Velas alumbraban tenuemente la antesala; el fuego de una fogata le daba calidez. Senín no había visto a la princesa por varios años, le recordaba como una joven de singular belleza y sabiduría, muy rara para alguien de su edad. Ahora frente a él encontraba una mujer, más bella, pero de mirada cansada y llena de preocupación. De seguro se debía a las responsabilidades que había tomado como representante del rey en los asuntos del reino. Desde que salió del monasterio, que fue su escuela desde su niñez, se había dedicado a ayudar a su reino como fuera posible, pero en especial a su hermano. Ambos se querían mucho y velaban del uno y el otro con gran recelo.

Senín se acercó a la princesa, una vez frente a ella dobló su rodilla izquierda, colocó su mano derecha sobre su pecho y el puño de su izquierda sobre el suelo, y dijo, “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

“De pie, Bńlekoh Tekuh Senín,” le ordenó Dinorah con suave voz pero a la vez autoritaria.

Senín se puso en pie, y preguntó, “¿A qué se debe que, Lvadi, cite al servidor del rey?”

Dinorah le miró seriamente y contestó, “La noticia de que el rey ha muerto, pero más aún que esta no haya sido revelada.”

Senín conocía lo que la princesa le decía, pues Berengüer le había puesto al tanto. Le interrogaba, porque deseaba estudiar las expresiones que se dibujaban en su rostro frente a las preguntas que él formulaba. Deseaba saber si decía la verdad o mentía y si algo escondía.

“¿Cómo está, Lvadi, segura de esto?” Preguntó Senín con expresión seria.

“No solo ha llegado a mis oídos la confirmación de mis sospechas,” entonces, hizo una pausa y trago. Su mirada se desvió hacia una vela a su lado y parecía perderse en las llamas que consumían la mecha que le alimentaba. Volvió su mirada a Senín, y continúo, “Un dolor insoportable me despertó esta madrugada, se sentía como si estuviesen enterrando un alfiler en mi corazón,” hizo una pausa, pues no deseaba continuar narrando su agonía. No eran necesario las palabras, para que él supiera de lo que se trataba, de eso se aseguró al entregarle la pulsera.

Continúo, “Nabwh, Senín! Ya han pasado tres días desde la muerte de mi hermano y necesito que me lleve a Karmiérz lo antes posible. Usted, como Bńlekoh Tekuh sabe lo que esto significa para el reino de Argia y para la sobrevivencia de nuestra raza.”

Senín no respondió de inmediato, más se quedo pensativo. La princesa se notaba preocupada y nerviosa, no pudo terminar su relato de lo ocurrido esa madrugada. Independientemente de lo que ella le dijera, él tenía que hacer algo más para asegurarse de que era verdad lo que decía. Se acercó a Dinorah, y mirándole directamente a los ojos, le dijo, “Usted, Lvadi, sabe bien lo que hay que hacer. Necesito pruebas del Nabwh, no hay otra forma.”

La princesa respiró profundamente, y poniéndose en pie, contestó, “Bien, no esperaba menos de usted.”

Senín abrió su boca para dejar escapar sus órdenes a la princesa, pero su mirada se cruzó con la de ella. Sus ojos eran cautivadores e hipnotizaban a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino. Eran verdes con tonalidades azulosas y era verdad lo que decían, que en ellos se escondía serenidad y paz. Cerró sus ojos por unos instantes para concentrarse en lo que debía hacer. Con nuevas fuerzas y concentrado, miró nuevamente a la princesa a los ojos. Aunque se sentía atraído por lo que ellos ofrecían, no se dejo tentar y dijo con autoridad, “Necesito que me enseñé la marca.”

“¡Lvadi!” Exclamó Alora.

Dinorah se tornó hacia ella, y con serena voz, dijo, “Es necesario, Alora.”

Puso su mano derecha sobre su pecho, justo encima de su corazón y deslizó suavemente la bata y la manga de su camisón por encima de su hombro hasta develarlo. El acto lo hizo con suma delicadeza para no mostrar más de lo que debía. Mientras lo hacía un escalofrío corrió por todo su cuerpo, pero se mantuvo serena y dispuesta hacer su deber. Se detuvo justo al comienzo de su seno, protegiendo que el resto con su mano. Allí Senín, pudo ver lo que buscaba, una marca negra del tamaño de un diminuto guijarro. Entonces, dijo a Alora, “Traiga un paño mojado en agua.”

Alora se retiró a la recámara de la princesa donde tenía una jarra con agua y en ella mojo un pedazo de tela que sacó del cuarto de aseo. Se lo entregó en las manos a Senín, y se quedó a su lado, mirándole seriamente. Senín hizo caso omiso de la penetrante mirada de Alora, y dijo a la princesa, “Discúlpeme por el atrevimiento.”

“No hay por qué,” contestó ella deseando que ya acabara todo, pero sin quitarle la mirada de encima.

Senín con sumo cuidado rozó el paño humedecido sobre la marca que estaba en la sedosa y pálida piel de la princesa. Lo paso varias veces, asegurándose que esta no fuera tinta negra. Desistió luego de varios segundos, y dijo, “Bien, es genuina. Pero, hay otra prueba que hacer.”

“Diga cuál es,” dijo mientras regresaba su bata a su lugar.

“Pídale, primero a su dama que nos deje solos.”

“No se preocupe por ella, sabe todo y esta tan preparada para esto como yo.”

“Bien,” contestó Senín.

“Alora, necesito que se pare encima de la mesa y aguante sobre la cabeza de la princesa ese candelabro.”

Senín ayudó a Alora a pararse sobre una pequeña mesa de madera, y le dio a aguantar un candelabro de plata con cinco velas blancas largas y delgadas. Cuando se aseguró de que Alora no se iba a caer de la mesa, y que esta era lo suficientemente fuerte como para aguantar su peso; dijo,”Necesito que sujete el candelabro sin hacer ningún tipo de movimiento. Usted, Lvadi, despójese de su vestimenta. Le prometo ser todo un caballero y no miraré más que a sus pies. Mientras hace esto, le daré la espalda.”

Alora iba a protestar, pero la mirada autoritaria de la princesa la detuvo. Así que no hizo más que obedecer las instrucciones que le dio Senín. Dinorah asintió con su cabeza para dejarle saber a Senín que estaba lista para despojarse de su atuendo. Él se viro, y con rapidez Dinorah se quitó su bata y camisón. Ambos cayeron al suelo y con su pie los empujo a un lado.

“Estoy lista,” aviso Dinorah quien respiraba pausadamente por pudor a lo que ocurría.

Con sutileza y cabeza baja y con la mirada clavada en el suelo, Senín se torno hacia donde estaba la princesa. Sus pies eran pequeños y delicados, en ellos se notaba su rango, pues se veían sedosos y bien cuidados.

“Alce más alto el candelabro,” indicó a Alora, quien inmediatamente lo hizo.

Caminó lentamente, dándole la vuelta y fue allí que encontró lo que buscaba. Una pequeña sombra nacía de los talones de la princesa. Senín cerró sus ojos y suspiró ante su oscuro descubrimiento, pues los cuerpos de los argianos no crean sombras al ser iluminados. Las profecías comenzarían a realizarse y una sombra arroparía al reino, si él no ponía fin a lo que acontecía en el interior de la princesa.

La rodilla izquierda de Senín se dobló y unísono con su puño izquierdo, tocó el suelo. Con su mano derecha sobre su pecho, exclamó, “Li Jahivé fridu, LTekuh Dinorah, mi espada es su espada, mi vida le pertenece, así como  mi lealtad. Le juró obediencia y le protegeré hasta el último soplo de mi vida.”

Al escuchar estas palabras, una lágrima corrió por su mejilla. Se quedó inmóvil por unos segundos. LTekuh pensaba para sí. Con la mirada le indicó a Alora que se bajara de la mesa y la ayudara a vestir. Ella lo hizo inmediatamente, y una vez vestida, dijo a Senín, “De pie, Bńlekoh LTekuh Senín, que hay mucho por hacer y el tiempo es nuestro enemigo.    

 

El quinto capítulo será entregado el 22 de junio de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


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