Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Segunda Parte


Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Segunda Parte

CABALGABAN A TODA prisa, Senín; Nart, su sirviente y quién era también su escudero; y los Sarai Richari, Berengüer y Aigmund. Habían salido de la villa de Senín entrada la tarde e iban a toda prisa para llegar lo antes posible al palacio donde les esperaba ansiosa la princesa Dinorah. En el horizonte, el cielo anunciaba al mundo el fin del día y la llegada de la noche con su cambio de color. Miles de pájaros tomaban refugio en los árboles para descansar, mientras que los grillos comenzaban a escucharse escondidos tras las pequeñas rocas del camino, como también en las altas y verdosas malezas.

Los jinetes ignoraban todo lo que a su alrededor ocurría, concentrados en llegar a Almĭdina. Berengüer cabalgaba detrás de Senín, no se atrevía a hacerlo a su lado y menos a pasarle. Para él lo correcto era mantenerse detrás del Caballero del Rey, pues era de más alto rango. Esta era una rara oportunidad para el capitán de los Sarai, quién nunca se imaginó tener una misión en la que le tocará trabajar con el Bńlekoh Tekuh, por más sencilla que esta fuera. Realmente no lo era, pues la princesa recurrió a buscarle tras conocer la muerte insólita de su hermano. Berengüer sonrió, no de placer por lo que al rey le había ocurrido, sino porque estaba seguro que pasaría más tiempo con Senín. Esto le daría la oportunidad de estudiarlo y aprender más de él. No había duda alguna que trabajarían de cerca, pues él era el capitán de los Sarai, y por lo tanto, Senín confiaría sus decisiones a él y todos sus mandatos. Hasta, tal vez, recurriría a él para que expusiera su opinión sobre cualquier situación o decisión.

            Lo que estaba aún vivo en la mente de Berengüer, un dato de conocimiento común, era que el Caballero del Rey no había asignado a su sucesor. Dada las circunstancias, Senín se vería obligado a escoger de entre los Sarai, ya que el rey estaba muerto y la princesa era ahora su señora y ama. De seguro, pensaba Berengüer, Su Alteza Real le pediría escogiera de entre los suyos, pues les conocía y confiaba en ellos. Por tal, él sentía que su posición como capitán le daba ventaja entre los demás. De igual forma, la Princesa podía no involucrarse, y dejar a Senín tomar la decisión por sí solo. Nunca un monarca se había interpuesto en la decisión del Bńlekoh Tekuh, con la excepción del Tekuh Nüahosé quién proclamó a su hijo menor. La decisión tomó a todos por sorpresa, pero al Bńlekoh Tekuh de esa época no le costó más remedio que obedecer. Su gran sabiduría la pasó al joven príncipe, y este se convirtió en un gran Caballero del Rey. Al momento de tomar su sucesor hizo caso omiso de su hermano, quien deseaba hacer lo mismo que hizo su padre y declarar a su hijo menor como el próximo Caballero del Rey. El joven príncipe se negó rotundamente, y tomó su propio sucesor, al ver que su sobrino no tenía las características necesarias para tomar ese cargo de gran importancia.

            Miles de soldados han deseado solo ser parte de los Tekuh Richari, por tener, aunque fuese una mínima, la posibilidad de ser escogidos a tan honorable puesto en el reino. Ese era el deseo de Berengüer, pero el destino le corto su sueño haciéndolo parte de los Richari. Su desilusión paso rápido, pues los años que lleva al servicio de la princesa le han enseñado mucho. Ha conocido el reino completo de Argia, pues ha viajado con la princesa a todas partes, hasta las ciudades más recónditas como lo era ŃohdWrg, situada al noreste y al sur de las montañas Shdwk Otr. Un pueblo dedicado a la siembra, de gente sencilla y no influenciada por las civilizaciones en el corazón del reino. De vez en cuando, habían sido atacados por los oshmdwans en las sombras de la noche, y por tal razón, la princesa les fue a visitar numerosas veces.

            Para defender sus hogares y fincas, la princesa encargó a Berengüer a hacerse cargo de la  construcción de un fuerte que fuera capaz de servir de protección a los ciudadanos de ŃohdWrg. Fue esta su primera misión, la cual le tomó un período de tres años completar a la satisfacción de la princesa. Este se extendía a lo largo, cubriendo la entrada desde Argia, hasta colindar con las montañas Shdwk Otr, que sirven de frontera con el reino de Oshmdwa. Para llevar a cabo tan codiciosa obra, Berengüer buscó al mejor de los arquitectos del reino con quien trabajó de cerca en el proyecto. La princesa quedó satisfecha, al igual que el rey, quien visitó el fuerte y le dio por nombre Lbartnep, el impenetrable. Desde entonces, Dinorah ha mantenido a Berngüer cerca, pues hasta ese momento él no le había fallado.

            Sí, los Sarai eran una gran escuela para el que ahora era su capitán. Aunque no ha visto muchas batallas, ha podido servir a su reino de una forma diferente y digna. Se había ganado el respeto de sus compañeros, como aquellos que eran parte de los Tekuh y los que servían en la milicia alrededor del reino. Todos conocían su nombre y sus atributos, algo que lo enorgullecía.

            Mientras pensaba en todas las cosas que había logrado, la silueta de Almĭdina comenzó a divisarse a la distancia. En esos momentos Senín disminuyó la velocidad de manera que los caballos trotaran, y con voz fuerte llamó a Berengüer. Este se acercó al Caballero del Rey, asegurándose que la cabeza de Bronwen no pasara la del caballo de Senín. Con sumo respeto, le miró y dijo, “Mi señor.”

            Al decir esto miró a Senín, estaba calmado como si fuese a entrar en una misión de rutina. Miraba a la silueta de Almĭdina, que lentamente se engrandecía mientras más se acercaban a la ciudad. Senín cambió su mirada hacia Berengüer, quien le miraba con atención en la espera de lo que tenía que decir.

            “Dígame, Capitán, ¿qué ocurre en la ciudad? ¿Por qué la princesa aún permanece allí?”

            “Los asuntos que la trajeron a la ciudad se complicaron, mi Señor. El marqués Wrikam estaba a cargo de resolverlos, pero sin resultado alguno, así que la princesa tuvo que intervenir.”

Entonces, Berengüer le narró los hechos del encarcelamiento de los mercaderes, y los actos sospechosos del marqués. Lo que obvio, fue su viaje a Karmiérz.

“El marqués siempre ha actuado de forma sospechosa. Todo lo que hace, lo lleva a cabo para mejorar su estatus social, como si su familia no fuera lo suficientemente pudiente y poderosa. Más se le subió a la cabeza el poder cuando su cuñada se convirtió en nuestra reina. Desde, entonces, se cree dueño de la ciudad,” el capitán calló, pues se dio cuenta que sus comentarios estuvieron fuera de lugar, al ver la mirada seria de Senín.

Este, dijo, “Tienes razón, la intervención de la reina ha hecho que él mantenga su estatus y poder.”

Berengüer se sintió aliviado al escuchar el comentario de Senín, quien de inmediato le hizo otra pregunta.

“¿Hay algo más?”

El capitán de los Sarai le miró con interrogación, tratando de obviar el asunto. Senín, dijo, “Habla, por qué no estoy para que me tengan en tinieblas. Ocurre algo grave en el reino, y sé que tú conoces lo que pasa. Si no supieras nada, he incluyo a tu acompañante, hubiesen sido otros los que me hubieran buscado. Ahora, cuéntame lo que ocurre.”

Berengüer se quedó atónito ante las palabras del Caballero del Rey, hasta sentía vergüenza por tratar de esconder cosas de él. Mantuvo silencio, pues no sabía si era prudente decirle lo que sabía. Ninguna de las órdenes que le dio la princesa, le obligaba a mantener oculto de Senín lo que conocía. Al fin y al cabo, todo lo que hasta el momento había hecho fue en secreto para que nadie se diese cuenta de los movimientos de la princesa y sus sospechas. Conociendo a su señora, sabía que esta no se opondría a que él pusiera al tanto de los eventos a Senín. Por tal razón, no había nada que temer, pues no estaba hiendo en contra de las órdenes de la princesa Dinorah.

“¡Es una orden, capitán!” Exclamó Senín.

Berengüer salió de su concentración, y contestó a su comandante, “Sí, señor, discúlpeme.”

De inmediato le puso al tanto de todo lo acontecido, sin omitir detalle alguno. Le narró cuando la dama Alora fue a buscarle, a lo que ellos no estaban acostumbrados, pues ella siempre enviaba a alguien en su nombre; las órdenes que le dio la princesa enviándolo a Karmiérz, para que trajera noticias sobre su hermano y disipar sus sospechas; su inesperado encuentro con el mensajero y la confirmación de la muerte del rey; su regreso a Almĭdina; la entrega de la pulsera a su cuidado; y las órdenes de ir a buscarle. Senín mantuvo silencio durante todo el relato, concentrado en cada detalle que el capitán le daba. Analizaba los eventos, como si estuviese sospechoso de lo que se le decía.

Al terminar Berengüer, Senín hizo señal para que se detuvieran. Ya la noche había cubierto la tierra, y solo unas franjas anaranjadas se veían en el horizonte. El caballero del rey miró hacia la ciudad y dijo, “El túnel que corre directamente hacia el palacio, ¿está vigilado por los Sarai?”

“Sí,” contestó Berengüer.

“Bien, entraremos por allí al palacio. Según lo que me cuentas, es necesario que mi visita permanezca en secreto. Una vez lleguemos, ordenarás a los Sarai que estén listos para salir de Almĭdina cuando lo indique. Berengüer, desde este momento los Sarai ya no son tus hombres, sino míos. Están todos bajo mis mandatos, así como lo estás tú. No siguen más órdenes que las mías, ni tan siquiera de la princesa; por lo menos no hasta que indique lo contrario. ¿Está entendido esto?”

“Sí, señor, contestó Berengüer y Aigmund, su compañero.

“Vamos, no deseo hacer esperar más a la princesa Dinorah. La noche cae, y es necesario disipar las neblinas que acosan con su sombra el reino.”

Dejaron el camino principal que lleva a la ciudad, adentrándose en el campo en dirección al este. Recobraron la velocidad que llevaban minutos atrás. La noche les cubría, y desde donde se encontraban serían difíciles de ser vistos por los centinelas que estaban de guardias en la muralla de la ciudad. En silencio cabalgaban rápidamente, hasta llegar a un grupo de colinas pequeñas, detrás de ellas había un riachuelo que era alimentado por una cascada. Al llegar, Aigmund se separó del grupo, y mientras todos estaban en sumo silencio, él estudio los alrededores. Se perdió de vista mientras circulaba una enorme roca cerca del grupo, surgió por unos segundos para luego perderse de nuevo bajo las sombras de la oscuridad. Minutos más tarde apareció, e informó a Senín que todo estaba bien. Nadie les había seguido.

Senín con un gesto de su cabeza, le indicó a Berengüer que se adelantara. Este halo las riendas de su caballo y se dirigió hacia la cascada. A paso lento el caballo se abrió paso con sus largas patas a través de las aguas del riachuelo, que le azotaban suavemente. Jinete y caballo se perdieron detrás de las corrientes de agua de la cascada. El capitán de los Sarai se encontraba dentro de una pequeña y húmeda cueva, en donde solo cabían una persona de más o menos la altura a la que se encontraba él. Con su mano rozó la pared mojada que se encontraba a su derecha, pues a la falta de luz no podía ver nada; pero Berengüer sabía lo que buscaba. Su roce fue directamente hacia un relieve cerca del redondo techo. Era una protuberancia rocosa y de forma octagonal, a la que empujó con todas sus fuerzas.

Afuera de la cueva se escuchó el sonido de una cerradura que se abría seguido, por una obtusa resonancia de roca contra roca que solo duro unos segundos. Berengüer emergió de la cascada empapado de pie a cabeza. El grupo se movió hacia la pared rocosa opuesta a la cascada. El capitán de los Sarai desmontó su caballo y se acercó a la pared. Empujo con fuerza la roca y esta cedió para moverse con facilidad y ayudada por un mecanismo oculto al ojo desnudo. Lentamente, y sin mucho ruido, la puerta se movió hacia la izquierda para develar un pasillo. Era lo suficientemente ancho como para que solo dos caballos cupieran juntos lado a lado.

Berengüer entró primero, montado ya en su equino, seguido por Aigmund; Senín y Nart, entraron después. Aigmund tomó una de las antorchas y la encendió con una de las rocas carbonosas que llevaba consigo, las cuales utilizaba para encender fogatas. De inmediato, hundió un relieve parecido al otro que utilizó Berengüer para abrir el túnel, que hizo cerrar la entrada nuevamente. Los cuatro se adentraron en la oscuridad del túnel, alumbrados solo por dos antorchas.

La continuación de este capítulo será el 8 de  junio de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


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