Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Primera Parte


Para leer los primeros tres capítulos visita la sección ‘Los hijos de Oshmdwa’.

Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro

 Primera Parte

            LUEGO QUE Berengüer se marchará a acatar sus órdenes, Dinorah pidió a Alora que se retirara. Alora no la deseaba dejar a solas por miedo que regresara el dolor en su pecho, y no estuviese allí para ayudarle. Sin protestar, aunque deseaba hacerlo  por si a caso sus palabras la convencían y le permitía quedarse, se marchó del gran salón. Las puertas dobles fueron cerradas tras ella. El sonido de las cerraduras uniéndose resonó a través del vacío salón, para al morir dar paso al silencio.

Una paz embriagante lleno aquel lugar. Dinorah respiró profundamente y recostó su espalda sobre el espaldar del trono, y cerrando sus ojos dejó caer sus brazos sobre sus muslos. Por varios minutos se quedó en esa forma para darle descanso a su abatida alma. Solo pensaba en la palabra nada, mientras inhalaba y exhalaba suavemente. Su mente unísona a sus deseos, no permitía llenarse de pensamientos para mantenerse vacía y sin disturbios.

Dinorah tornó su cabeza hacia la izquierda y abrió sus ojos, fijando su mirada sobre las grandes ventanas por donde se colaban los rayos de la dorada estrella. Se puso en pie y caminó hacia ellas, para sentir sobre su piel la calidez de los rayos. A través del transparente cristal se podía apreciar la gran ciudad. Tejados terracota predominaban el paisaje con su distintivo color, sobre edificios de tres o cuatro pisos, con balcones y ventanas decoradas con flores. También estaban sobre las majestuosas casonas que en su seno resguardaban de la sociedad de afuera, hermosos y elegantes jardines repletos de naturaleza; una que otra fuente se alzaba en su seno. Siempre le fascinó el ambiente campestre de aquella ciudad, donde en su niñez pasaba sus veranos junto a su familia. Ante sus ojos vio el rápido cambio que Almĭdina dio, y cada verano era distinto, como si hubiese pasado por una metamorfosis. Su amor hacia la ciudad también fue cambiando, le gustaba menos y caminar por sus pavimentadas calles era melancólico.

Disminuían las sonrisas pintadas en los rostros de sus habitantes, disminuía la calidez de sus modales y la hospitalidad que le era característica. Solo le saludaban por respeto a quien era, y no por que surgía de su corazón. Eran menos y menos los que mantenían esas viejas costumbres vivas en sus familias, pues la mayoría se iba adentrando en nuevas, y era la vigente generación la que se enfocaba en tener y poseer una mejor calidad de vida económicamente hablando.

La avaricia era la causante de todo, pues se adhería al corazón, con suma facilidad, de aquellos que eran pudientes. Quienes veían como aumentaban sus riquezas y poder los de su clase social, y como los que una vez eran menos que ellos le daban competencia a sus negocios. Aunque la economía de la ciudad mejoraba y la hacía una de las más ricas del reino, después de la capital, su verdadera esencia se perdía y con ella el amor que Dinorah le tenía.

Habían pasado ya siete años desde su última visita, que también se debió a asuntos del reino. Esa vez, visitó las calles de la ciudad para tratar de encontrar aquello que la enamoró en su niñez, pero fue en vano. Regresó al palacio con un sabor repugnante en su boca, y con sentimientos de repudio hacia la ciudad. Tanto así, que enseguida que concluyó el asunto que la había traído a Almĭdina, se marchó. El destino parecía que deseaba jugar con ella y allí se encontraba nuevamente, en similares condiciones. Esta vez no hizo el intento, y se mantuvo encerrada en el palacio, solo contemplando la grandeza de la ciudad que una vez cautivara su corazón, desde la distancia.

Aunque hubiese deseado que la crueldad del destino la hubiera visitado en otro lugar, fue allí que se empeño en ella como si le deseará castigar por su desamor. Dinorah miraba la ciudad vagamente, sin expresión alguna. Ya no buscaba nada, y solo deseaba salir de Almĭdina lo antes posible. Para lograrlo, esperaba que Senín, el Bńlekoh Tekuh, no se negara en verla. Sabía que no lo haría por la pulsera que le envió, pues esa era su seguridad de que Senín vendría. De igual forma, Dinorah comprendía lo que su acción traía consigo. Tan solo en emergencias la pulsera era presentada a los Caballeros del Rey, y estaba segura que Senín no esperaba tener tan inesperada sorpresa. De seguro él le haría miles de preguntas que ella no iba poder contestar, y que serían planteadas sin piedad. Por más que Dinorah tratara de adivinarlas para estar preparada para ellas, conociendo a Senín, no lo estaría. Así que desistió de la idea de atormentarse con preguntas y encararlas como mejor pudiera cuando estas fueran realizadas.

Cruzó sus brazos y suspiró desilusionada ante el paisaje. Caminó nuevamente hacia el trono, y se detuvo frente a él. Inspeccionó sus intrínsecos detalles, su acolchonado asiento y espaldar púrpura, y las insignias de su familia sobre la cabecera. Una sensación escalofriante corrió por toda su piel, al darse cuenta de lo que a su futuro le esperaba y las nuevas responsabilidades que tenía enfrente. Sobre sus hombros estaba ahora el futuro de un país que se sumía en su propia oscuridad. Que había olvidado su pasado y lo que este escondía. Que no le daba importancia a las cosas sencillas, y que no deseaba descansar, sino seguir adelante sin prestar atención de lo que a su alrededor ocurría. Un gran país, un gran reino, que ahora eran suyos.

Un sentimiento comenzó a estremecerse entre su alma, que le abrió paso a la culpa. La hizo darse cuenta de su error y la falta que había cometido. Una lágrima se escapó de sus azulados ojos, y mirando hacia la ventana, dijo, “Perdón.”

Con estas palabras borró el desamor que habitaba en su corazón, ese desencanto que había vivido en ella por tantos años. Así hizo las paces con Almĭdina, para comenzar su nueva etapa en la vida de la forma correcta y ser justa con todos por igual.

La continuación de este capítulo será el 25 de mayo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


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