Capítulo tres: La sombra de la luz, 2da parte


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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Tres 

 

La Sombra de la Luz 

Segunda Parte

AL TERMINAR CERRÓ sus ojos, puso una mano sobre la otra, las colocó sobre su pecho e hizo una pequeña reverencia. De inmediato se puso en pie y se dirigió a su recámara. En ella había un armario antiguo de madera tallada a mano, con elegantes detalles de ramas y hojas. Abrió sus puertas de par en par, para develar un uniforme formal de soldado color plateado y blanco. A su lado había una armadura de batalla con intrínsecos detalles en el casco y pectoral, las cuales eran las insignias del rey, como su amo, y la del caballero del rey. La insignia real consistía de una corona alrededor del sol y de donde rayos dorados nacían y caían sobre una espada de doble filo y de puñado dorado, la cual era la espada del Bńlekoj Tekuj.

Su mano rozó suavemente el peto de su armadura, con sus yemas sentía los relieves de los símbolos que lo hacían quien era y que lo identificaban. Esos que debía servir hasta que regresara a la luz. En su mente y en su ser no había remordimientos, esa era la vida que amaba y que había escogido desde que su mano sintió el peso de la espada. Fue entonces, cuando comprendió lo que su padre le explicó una tarde de verano, mientras practicaba con uno de sus compañeros de batalla. Su progenitor le entregó su espada para que la cargara, su brazo cedió de inmediato ante el peso de esta. La espada cayó al suelo, su padre la recogió e inclinándose hacia Senín le dijo acerca de ella, “Nunca olvides que esta es tan solo una extensión de tu brazo, es parte de ti. Una vez aprendas a que no es tan solo un instrumento de defensa, el usarla vendrá como una segunda naturaleza. Al tenerla en tus manos, tus brazos la usarán por instinto, pero para eso hay que educarlos. Tal y como se educan a las piernas a caminar.”

Senín tenía tan solo tenía siete años para ese entonces, pero recordaba el orgullo y el amor con el cual su padre, quien fue un Richari, se refería, a lo que él consideraba a su corta edad, un simple instrumento de defensa. Fue aquel instante el que marco el resto de su vida, el que lo convirtió en el hombre que era.

Miró nostálgico su armadura, como si su cuerpo deseara volver a sentir el fuerte abrazo del mental sobre sus músculos, tal y como le sintiera una década atrás. Cuando los Oshmdwans habían utilizado las sombras del bosque Yércabé para atacar al monasterio Nmafelz, lugar donde el Seboas Unnfrid reside y la sede de las creencias religiosas de los Argianos. Ese monasterio no era solo una casa espiritual, era también un fuerte. Había sido situado allí por el bosque, que era un pasaje directo a Oshmdwa, la tierra de sombras. La zona era la única unión existente entre los dos reinos desde la Gran Batalla, pues la otra entrada al reino de Argia, fue cerrada al finalizar la guerra en la que los Argianos surgieron victoriosos.

En Yércabé la luz moría sobre las cúpulas frondosas de las egoístas hojas, que crecían gigantescas a la búsqueda de los rayos del sol. Por tal razón, sus troncos y raíces vivían bajo sus sombras, pero deleitándose de las puras aguas del río que les alimentaba y atravesaba el terreno que por siglos habían poblado. Senín estuvo a cargo de las tropas en esa batalla, la que fue sin antecedentes y que hasta este día, él aún no comprendía.

Los Oshmdwans aunque nacieron de las sombras a causa de la curiosidad, no estaban destinados a vivir completamente en ellas. Al rendirse a las seducciones del Tercero de las Divinidades, quien le servía a Ese que es la oscuridad, las Divinidades Creadoras les maldijeron. Los destinaron a vivir bajo las sombras, de donde habían nacido, por el resto de sus existencias. Desde entonces, las sombras son la cobija de los Oshmdwans quienes esperan en ellas el despertar de aquel hijo de las sombras en el seno de la luz. Ese despertar será el comienzo de una nueva era para los Oshmdwans, pues es la señal de que el Tercero regresará para ayudarles a obtener su lugar en la creación y la promesa de la gloria eterna.  

Durante la batalla en el monasterio Nmafelz, ocurrió lo imprevisto. Senín hasta ese momento no había hallado explicación alguna, y el episodio lo ha atormentado desde entonces. En sus meditaciones diarias revivía esa tarde que fue el último día de la batalla, cuando los Oshmdwans salieron del Yercabé a toda marcha sin temerle a los últimos rayos dorados del día. Avanzaban con suma rapidez con sus espadas en mano; la afilada hoja reflejaba los rayos del sol, que caían sobre los rostros de sus dueños sin hacer efecto alguno. Los soldados Argianos les miraban perplejos, atónitos ante lo que presenciaban. Se mantenían inmóviles a la espera de que la maldición de sus enemigos tomara sus vidas, pero esto no ocurría.

Ya muy cerca de ellos, Senín dio un fuerte grito, que sacó a todos los soldados del trance en que se encontraban. Al mandato de su comandante, ellos alzaron sus espadas y combatieron hasta entrada la noche. Con bajos números, los Oshmdwans se retiraron y se perdieron en la oscuridad del bosque. Los Argianos no se atrevieron a seguirles, dejaron que se marcharan, pues aún en sus mentes estaba viva la imagen de sus enemigos avanzando hacia ellos bajo los rayos del sol.

Esa noche nadie durmió, se mantuvieron vigilantes ante un inminente ataque que nunca vino a ser. Dos días pasaron y los Oshmdwans no regresaron. Se desvanecieron, así como desaparecen las sombras ante el toque de la luz. No hubo explicación alguna, pues no había prisioneros. No era su costumbre tomar prisioneros. Sus miradas estaban clavadas en el bosque, cada vez que el crepúsculo se acercaba. Así pasaron dos semanas en vela, y nada ocurrió. Las tropas fueron retiradas poco a poco, hasta solo quedar un batallón pequeño que protegiera el monasterio de cualquier ataque.

Desde esa batalla, habían pasado diez años, y los Oshmdwans no habían vuelto a atacar. Lo más que deseaba Senín era tener una respuesta a lo ocurrido. Quería saber cómo era posible que los maldecidos sobrevivieran a su maldición. Suspiró, dándose por vencido de una vez y por todas; pues sabía que a menos que los Oshmdwans volvieran a atacar, iba a ser imposible obtener una respuesta.

El sonido de unos pasos acercándose a él, le sacó de su línea de pensamiento. Tomó su espada y la colocó sobre su cama. Caminó hacia una simple puerta delgada, que abrió enseguida. Esta daba hacia un diminuto y angosto cuarto vacio. Se acercó a la pared contraria a la puerta, en donde estaba una especie de altar pequeño y muy sencillo. Sobre el altar estaba un antiguo escudo con el emblema del Bńlekoj Tekuj, lo retiró y se lo dio a Nart, su sirviente, que era la persona que había entrado a la habitación. Nart lo tomó en sus manos con suma reverencia.

Detrás del escudo estaba escondida una pequeña caja de ópalo y oro. Senín la abrió con sutileza, dentro, descansando sobre una cama aterciopelada, había un puñal. El filo era de un raro diamante amarillo, y el empuñado, de platino decorado en la punta con un ónix color negro. Senín lo sujetó en su mano con sumo cuidado, nunca pensó que llegaría el momento, en que quizás, debía utilizarlo. Aunque un poco nervioso por lo que con ella debía hacer, no dudaba ni un instante en hacer lo que su deber le ordenaba por el bienestar de todos los Argianos.

Nart, mientras su señor guardaba el puñal en una funda de piel forrada de latón plateado, le preguntó con respeto, “Mi señor, ¿es necesario que la lleve con usted?”

Senín le miró con seriedad, y a su pregunta contestó con evidente decepción en su voz, “Sí. Debo estar preparado para todo y mi instinto me dice que es necesario llevarlo. Antes, debo encontrar una sombra en la luz.”

“¿Qué hará si la encuentra?” Preguntó Nart mientras colocaba el escudo nuevamente en su lugar.

Senín se tornó hacia él, y dijo decidido, “Mi deber.”

Una corriente eléctrica viajó por la columna vertebral de Nart, tras escuchar las palabras de su señor. Él, quién había estado con Senín desde que este era un Richari, conocía cual era ese deber del que su señor hablaba. Así que Nart no dijo más, cerró la puerta del cuarto al salir y ayudó a su señor a prepararse para su viaje. Mientras hacía esto, oraba en silencio para que los días oscuros no estuviesen cerca. El hecho de retirar de su lugar de descanso el puñal, en el cual ha estado por siglos, ponía muy nervioso a Nart. Este puñal era señal de que tiempos fuertes estaban por arrimarse a Argia, y para ellos había que estar preparados. O, de ser necesario, prevenirlos a toda costa.

El capítulo cuatro, Lo que se esconde dentro, será entregado

el 4  de mayo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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