Capítulo tres, primera parte: La sombra de la luz


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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Tres

 

La sombra de la luz

Parte 1

 

LA ALARGADA VILLA de dos plantas y de arenoso color, descansaba bajo las sombras tenues de los árboles frondosos que le daban la bienvenida a los Richari. Un jardín verdoso a los pies de uno de los árboles resaltaba en contraste al cremoso suelo. La entrada principal, de donde brotaba un pequeño techo tejado, estaba adornada por dos magnos tiestos cuadrados de madera que servían de hogar a dos ornamentales árboles de cúpulas esféricas. La suave brisa jugaba entre las ramas, una dulce melodía nacía de ella. Aquel lugar era majestuoso en su simplicidad y mágico en su armonía con la naturaleza que le rodeaba.

            Berengüer lentamente fue adentrándose en aquella belleza única, la cual sus ojos jamás habían visto y todo su ser deseaba poseer. Era como si le llamase por su nombre y le diera un motivo por el cual vivir. El lugar era digno de reverencia, un regalo en donde la luz se deleitaba en todo su esplendor y gozaba de sus encantos. Juntos, el lugar y la luz, eran perfectos. Allí se podían vivir los últimos días de vida, cerca de aquellos que uno ama. Por eso tenían razón en haberlo bautizado con el nombre de Ratisnlun, tierra de armonía para la luz. Esta casa había sido la residencia de campo para los Caballeros del Rey por siglos, pasada de generación en generación.

            En el marco de la puerta estaba una campana de cobre que el Capitán de los Sarai hizo sonar. Su compañero esperaba por él montado en su caballo; observaba todo con suma cautela. La puerta se abrió, un hombre de edad media salió detrás de ella. Al ver quiénes eran, solo dijo, “Le avisaré al Señor, esperen aquí.”

            Berengüer asumió que los reconoció por su uniforme de Sarai, y era de esperarse que supiera por quien venían. Minutos más tarde, apareció de nuevo y les dijo, “-Dejen sus caballos aquí, envíe a alguien para que los atiendan. Ustedes, síganme, mi amo les espera en la cocina.”

            Al capitán de los Sarai le extraño el lugar donde les iba a recibir, pues el asunto del que venía a hablarle era muy importante y no para tratarse de forma ordinaria y en un lugar tan impropio. Sin dar queja alguna, siguió en silencio al sirviente que les llevaba a través de la casa, en donde se reflejaba el arenoso color de la parte exterior. La cocina era espaciosa, repleta de personas que iban y venían con leña, comida, vegetales y frutas. En medio de todos estaba un hombre de alta estatura; tez tostada; cabellos grisáceos. En el rostro llevaba una barba que comenzaba a dar indicios de tornarse gris. De vigorosas facciones y cuerpo fornido, cortaba un pedazo de cebolla con la agilidad de cualquier gran cocinero. Daba la impresión que ya estaba en su retiro, pues en sus manos había otro tipo de instrumento punzante, determinado para otro uso muy diferente en comparación al que antes le acompañaba.

            Impresionado con verle, Berengüer no le podía quitar su fija mirada de encima. Salió de su asombro en seguida, cuando el sirviente que les dirigió a la cocina se acercó a Senín y le dijo algo al oído. Senín de inmediato les miró de reojo sin dejar de cortar finamente la cebolla. A la mirada del caballero, Berengüer y su compañero se hincaron de rodillas con espadas en mano, de forma tal que el filo descansará sobre sus palmas. Esta era una señal de suma reverencia y respeto, que simbolizaba que aquel que ofrecía su espada lo hacía en servicio. En esa misma forma el capitán de los Sarai dijo, “Mi señor…”

“¡Silencio!” Exclamó Senín, interrumpiendo a Berengüer. “Este no es el lugar, de pie.”

Paso el cuchillo a un sirviente que continúo lo que él dejo, y enjuagó sus manos, las secó con un trapo blanco, y entonces, les pidió a los Sarai que le siguieran. Un hermoso jardín de vegetales y especies se extendía muy colorido a las afueras de la cocina. El aroma de las muchas especies impregnaba la atmósfera, como una sinfonía exquisita que seducía por completo al paladar y a los sentidos. Un arco cubierto por una enredadera de rosas blancas enmarcaba la salida por la cual salieron, separando esa sección del resto del huerto. Caminaron por un sendero apedreado y cobijado, aquí y allá, por la tenue sombra de los árboles.

Luego de caminar por varios minutos, entraron a una terraza sencillamente decorada con varios muebles de madera, que se veían muy cómodos, y mesas. La terraza quedaba sobre una pequeña colina con vista al huerto trasero y la parte posterior de la casa. Sobre encima del huerto, había un espectacular paisaje de las tierras agrícolas que se extendían más allá de la villa de Senín. Era una combinación de colores hermosos jamás antes vistos por Berengüer, que quedaba más impresionado con el lugar mientras más se adentraba en él.

Senín se sentó en uno de los muebles, los Sarai permanecieron de pie a la espera de una orden. Luego de una larga pausa, en la cual Senín les miraba como si inspeccionara a los caballeros, finalmente dijo, “Bien, ¿qué les trae aquí? Solo los Tekuj tienen el permiso de venir a verme. Espero que su Alteza Real, la princesa Dinorah, no haya olvidado eso.”

“No mi señor, la situación amerita nuestra presencia.”

“La princesa lleva casi un mes en Almĭdina, ¿por qué ahora viene a visitarme?”

“Me ordenó que le entregase esto,” sacó la pulsera que le había dado la princesa y la puso en las manos de Senín. Quien al verla cambio de color, tornándose pálido. “Su Alteza me indicó que, usted, entendería su significado.”

“Sí,” contestó medio tartamudo. De inmediato se compuso y no dijo más. Se puso en pie y le dijo a los Sarai. “Regresen a la cocina y díganle a Nart, el mismo que les condujo allí, que les sirva de comer y beber. Luego que lo haga, que venga a verme a mi habitación.”

Con una reverencia los Sarai se marcharon, sin decir palabra alguna. No era su lugar hacer preguntas, en especial, cuando en un principio no deberían estar allí.

Senín al marcharse los Sarai, observó nuevamente la pulsera y la tornó boca abajo. La elevó sobre su cabeza, de forma que los rayos del sol dieran justo sobre el diamante y le iluminasen. Allí se reveló lo que buscaba, la prueba de la autenticidad de la joya. En el centro del diamante, que a simple vista se veía como una gema perfecta en todos sus ángulos, había una simple imperfección que le hacía única y muy valiosa, y que se hacía evidente solo bajo los rayos dorados del sol.

El gemólogo que la encontró, cientos de años atrás, notó la característica, y según cuenta la historia de aquellos encargados de la gema, esta fue hallada cerca de Karmiérz, cuando la capital estaba en sus comienzos. La historia de la capital es otra y una que va enlazada con la de los reyes de Argia. Se dice que fue allí que la lágrima del Segundo de las Divinidades Creadoras cayó, cuando su hermana, la Séxta entre ellos, transformó su ser en las montañas que protegen a su creación: los Oshmdwans.

Una diminuta partícula de carbón yace en el centro de aquella gema, él no sabía cómo podía ser esto posible, pero lo tomó como una señal. El gemólogo se la obsequio al rey, quien era su  hermano, como símbolo de la maldición que su familia llevaba dentro y que debía ser envuelta en luz, tal y como la claridad del diamante envolvía a la partícula. Desde ese entonces, el heredero al trono la lleva consigo, y solo algunos pocos conocen de la existencia de esta prenda; Senín es uno de ellos por ser Bńlekoj Tekuj.

Había varios motivos que explicaban la razón de que él tuviera la prenda en sus manos, pero ninguna de ellas era positiva. La primera, que venía a la mente de Senín, era que la vida de la princesa corría peligro, y como heredera al trono debía protegerla. La otra, aunque ilógica no podía descartarla, pues como guerrero debía estar abierto a todas las posibilidades. Él pensaba en la repentina e imprevista muerte del rey, y por lo tanto debía trasladar a la princesa, sana y salvo, a Kármiérz.

Está última le extrañaba de sobre manera, pues no había recibido noticia alguna del fallecimiento de su amo. Aunque podía estar la posibilidad que si la princesa estuviese en peligro, podía ser que el rey haya sido asesinado, y esta era la razón por la cual los Sarai estaban allí. Todo era posible, y de ser así, su fidelidad la debía desde ese momento a la princesa Dinorah.

La presencia de los Sarai en su hogar apoyaba su segunda teoría, pues de lo contrario, si el rey hubiese muerto por causas naturales o de enfermedad, serían los Tekuj quiénes estuviesen a su puerta. Mientras más reflexionaba en el asunto, sus preocupaciones aumentaban. Respiró profundamente, y calmó sus emociones que nublaban sus pensamientos. No podía saltar a conclusiones, pero la presencia de los Sarai y del brazalete le decía que algo muy grave ocurría en el reino. La Princesa Dinorah no los hubiese enviado, sino fuera necesario.

No había tiempo que perder, y tenía que salir lo antes posible para reunirse con la princesa. Solo ella le podía explicar lo grave de la situación. Un oscuro pensamiento cruzó por su mente. No podía sacarse de la cabeza que algo fatal le había ocurrido al rey.  El rey y su hermana eran muy apegados, y de ocurrirle algo a él, la princesa solo acudiría a la persona que su hermano más confiara su vida. Dentro de su ser le rogaba a Ajvé que todo los pensamientos oscuros que por su mente pasaban, fueran solo parte de su imaginación. Aunque Senín se conocía mejor, y su instintos no le fallaban nunca.

Mientras meditaba, apretaba con gran fuerza la pulsera en la palma de su mano. Pensaba en las muchas profecías que aún estaban por cumplirse, pero una en específico profetiza el despertar de un ser de sombra que ha dormido en el seno de la luz por siglos. Esta daría inicio al cumplimiento de otras que pondrían al reino, y todo lo existente, en peligro. Con la mirada fija en el paisaje frente a él, un pensamiento que le erizó la piel invadió su mente: Senín no había escogido a su aprendiz. No sabía la extensión de la situación de la princesa, y las complicaciones que traería al reino. Con un fuerte suspiró que le lleno de valentía y serenidad, se arrodilló a orar. Los rayos del sol le bañaban por completo y él extendió sus brazos de par en par. Por unos segundos dejo que el calor del sol calentará su cuerpo, y a la vez, una paz deleitosa inundó su ser. Cerró sus y dijo, “¡Ajvé!, que te guardaste para nosotros, no transformándote para velar y cuidar de los hijos de la creación. Te pido me guíes en la hazaña a la que me aventuro, pues es mi deber. Que brille para mí la luz perpetua de tu infinita sabiduría, para que la oscuridad y mi humanidad no nublen mi mente, más vea, juzgue y tome decisiones con inteligencia y prudencia. A tí aclamo, ¡Oh, Ajvé!, mi escudo ante mis enemigos. Por tus hijos adoptivos doy mi espada y mi vida. Me entrego a tí, ampáranos, porque la oscuridad nos asecha. Para nosotros enciende tu luz, no vaya a ser que  nos perdamos y  caigamos en la oscuridad.”

La segunda parte del capítulo tres, La sombra de la luz, será entregada

el 13 de abril de 2011 ya que nos tomaremos un descanso para meditar durante la Semana Santa.


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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