Capítulo dos: El caballero del rey 2da parte


Sorry no English version available this time, I wasn’t able to do the translation. I apologize for the inconvinience!

Para las definiciones de algunas palabras, haz click aquí.

 

Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Dos

 

Bńlekoh Tekuh 

 Segunda Parte

 

Alora se acercó a ella con sumo respeto, y le dijo, “Me encargaré que todas las cortinas del palacio estén abiertas.”

“Así lo espero. Somos hijos de la luz y está debe regir nuestro hogar.”

Alora asintió con su cabeza en señal de aprobación. El Marqués, quien estaba ya desesperado, dijo con sarcasmo, “Pareciera que le teme a la oscuridad, Su Alteza.”

Dinorah se tornó hacia él rápidamente, dando un paso hacia delante. Con una fría mirada le contestó, “Me insulta con su comentario, los hijos de la luz no viven en tinieblas, menos le temen a la oscuridad. ¿A caso vive, usted, en ella para no temerle? ¿Ha experimentado el augurio de ser rodeado por ella, y a la vez consumido?”

El Marqués asustado por el comentario de la princesa, se tornó pálido. “No, pero ese tipo de tortura no se lleva a cabo hace siglos, solo es destinado a los traidores,” dijo en tono bajo.

“Esa no es la única tortura,” añadió Dinorah.

“Me amenaza, mi Señora. ¡Qué he hecho para merecer este trato!”

“Su modo de ser para conmigo, su prepotencia. Su esposa puede ser la hermana de la reina, pero no se le olvide quien es la heredera al trono.”

Las cejas del Marqués se arquearon, y en sus labios estuvo a punto de dibujarse una sonrisa, pero de inmediato él hizo una reverencia y pidió disculpas.

“Su Alteza Real,” dijo con la misma irónica voz de siempre, “jamás he olvidado mi lugar, y menos el suyo. Disculpe a este su humilde servidor, quien siempre le ha sido fiel a la corona.”

Dinorah no contestó, solo se dio la vuelta y continuó caminando hacia el salón de audiencias. Allí dos guardias esperaban a la puerta, que inmediatamente abrieron al ver a la princesa llegar.  Iba a paso aligerado, el Marqués se quedó atrás. El salón de audiencias era uno inmenso, cubierto de ventanas de cristal por las cuales se colaban los rayos dorados del sol que resplandecían sobre el mármol cremoso. Candelabros de fino cristal decoraban el techo, colocados cerca de las ventanas para ayudar a esparcir la luz del sol por todos los rincones del salón. En el medio del techo había una cúpula de cristal que iluminaba el centro, en donde un regio y elegante trono de oro decorado en diamantes, se hallaba.

Allí se sentó Dinorah, justo al hacerlo el Marqués y Alora hicieron su entrada. Espero a que Lord Wrikam estuviese frente a ella, y le dijo, “El asunto se resolverá hoy y ahora. No se perderá más tiempo en el, pues muchas familias están siendo afectadas y esto se refleja en todo el reino. No podemos permitir que esto ocurra.”

“¿Cómo pretende hacer esto sin los mercaderes?”

“No se preocupe, eso está resuelto,” al decir esto le dio una señal a Alora, quien de inmediato con alta voz, llamó a los Richari quienes entraron acompañados por los mercaderes.

A Lord Wrikam se le fue el semblante del rostro al ver a los mercaderes ser acompañados por los soldados de la princesa. Era evidente que el nerviosismo se le había entrado al cuerpo, pues miraba a la princesa y a los mercaderes una y otra vez. Las palabras se le escapaban de la boca, un fuerte suspiro dejo sentir su indignación. Dinorah la comprendía, pues el Marqués sabía que le habían puesto en una encrucijada. Ella necesitaba escuchar todas las partes envueltas en el asunto, pero en especial deseaba, con suma curiosidad, conocer si Lord Wrikam le mentía o si le ocultaba algún dato. Le era peculiar que el problema no se hubiese resuelto cuando llegó a la ciudad, y hasta ese momento, a causa de las circunstancia de la oculta muerte de su hermano, confiaba en que el Marqués hacía todo lo posible para presentarle una solución que ella secundara. Deseaba mantener la diplomacia entre ambos, por el historial conflictivo de sus familias. La situación a la que se enfrentaba, la obligaba a ponerle fin al conflicto para regresar lo antes posible a la capital, donde le esperaba la incertidumbre. No sabía que encontraría a su regreso, hasta temía que su vida estuviese en peligro.

Al estar frente a la princesa, los mercaderes doblaron sus rodillas e hicieron reverencia; los Richari se mantuvieron detrás de ellos en silencio. Algunos tenían su intimidante mirada sobre Lord Wrikam, que hacía que su piel se erizará de temor. Finalmente, y de súbito, preguntó, “¿Qué significa todo esto?”

“Les mandé a llamar, y si se negaban a venir,” al decir esto miró a Kuon, pues Gotardo estaba justo detrás de él, lo que significaba que no deseo venir por voluntad propia, “di órdenes de que fueran arrestados.”

“¡Cómo es esto posible!” Exclamó Wrikam con brazos extendidos. “Estos dos mercaderes son ciudadanos ejemplares, de familias pudientes y respetables, que le son fiel a la corona de Argia. No se les puede tratar como bandidos comunes.”

Dinorah le miró indiferente, detestaba ese tipo de trato que era marcado entre las dos clases sociales que existían luego de la realeza.

“Eso no implica que no cumplan con la ley, o que traten de estar por encima de ella. Menos se les dará un trato diferente.”

“¿De qué se les acusa?”

“Parece, usted, su defensor legal. Pues bien, sepa que están acusados de alteración a la paz, no solo en Almĭdina, sino también en el reino por sus órdenes de no suministrar sus productos a los ciudadanos de la ciudad y el reino. Adicional a los enfrentamientos ocurridos antes de mi llegada a la ciudad, y los que usted, Lord Wrikam, mencionó en su carta al rey; de la cual tengo evidencia.”

Lord Wrikam no pudo responder, pero su disgusto era evidente. Dinorah, entonces, se dirigió a los mercaderes que aún permanecían de rodillas esperando a que ella les diera la orden de ponerse en pie.

“De pie, por favor. Señor Renhir, escuchémosle primero. Dígame, ¿por qué desea las tierras en argumento?”

Con humildad y respeto, Renhir contestó, “La demanda del trigo ha aumentado en los últimos años, tanto que mi cosecha no da abasto. Mis administradores han calculado que con lo que se cultive en esas tierras, pasará el porcentaje de la demanda del reino completo. Esas tierras ayudarán a dar un trigo de calidad. El vino es necesario, pero el trigo aún más, es la base de mucho de nuestros alimentos.”

“También, le daría más poder económico a su familia.”

“En varios años, sí, su Alteza.”

“¿Esa es una de las razones por la cual desea obtener las tierras?”

El mercader titubeo, y dijo, “Bueno, Lvadi, ambas vienen de la mano,” dio una media sonrisa, y calló.

Dinorah miró a Kuon, en su rostro y en su mirada era obvio que estaba malhumorado. “Tengo entendido,” dijo la princesa. “que al sur de la ciudad hay otras tierras que serían excelentes para el cultivo.”

“No para el crecimiento de la uva, además de que quedan lejos de la producción  principal. Tendría que construir nuevas bodegas y eso lleva mucho tiempo y, por supuesto, demasiado caudal. Sin embargo, las tierras que deseo son las perfectas para la confección de un vino de calidad, como el que he confeccionado hasta ahora, y el cual usted disfruta,” comentó con sumo orgullo. Dinorah le sonrió en aprobación, pues era cierto. Los de mejor calidad eran reservados para la familia real, bajo un sello exclusivo diseñado para distinguirlo de los demás vinos.

“Sí pero el vino no alimenta a las familias del reino,” añadió Dinorah.

“Es cierto, pero es el acompañante para cada alimento,” contestó Kuon con sarcasmo.

“Por lo visto no vamos a llegar a ningún acuerdo,” comentó en voz baja Dinorah. Hizo una larga pausa, mientras trataba de meditar y hallar una solución en donde ambos mercaderes estuviesen de acuerdo. Le fue imposible, su mente estaba con su hermano, y lo que le tocaba enfrentar una vez llegará a Karmiérz.

“No tengo más remedio que implantar la decisión que discutí minutos atrás con el Marqués Wrikam. Aunque no estén de acuerdo, se dividirán las tierras, pero, como la necesidad de trigo es mayor que aquella del vino, tres cuartas partes de ella se le otorgarán a Renhir, la restante será para Kuon.

“¡Sabía qué esto ocurriría!” Exclamó de súbito Kuon con el rostro color carmesí, “Por esa razón, apeló de inmediato, Bdĭrá Tekuh.”

Dinorah cerró sus ojos en decepción, no pensó jamás que llegara a ese extremo. El pedir Bdĭrá Tekuh, significaba que la situación sería vista en una audiencia general con el rey. En ella se apelaba, no solo a la sabiduría del rey, sino a miembros importantes del gabinete de diputados. Además de encargarse de asuntos concernientes a la paz del reino, su prosperidad y su religión, estos formaban una rama judicial encabezada por el rey. Como Dinorah tuvo que optar por presentar cargos a los mercaderes para obligarles a tomar una decisión, el asunto estaba en las manos del gabinete de diputados. Ya nada más se podía hacer. Lo que le tenía nerviosa era tener que regresar a Karmiérz acompañada por los mercaderes y el Marqués, algo que podía agravar su situación.

Dinorah pensaba que hacer, cuando Lord Wrikam interrumpió su línea de pensamiento, para comentar con un tono de satisfacción y un rostro iluminado por el gozo. “Bueno, no hay nada más que hacer aquí. Solo que usted, Alteza, decida el día en que saldremos para Karmiérz.”

Molesta, no sabía que contestar. Lo que deseaba era decirles a todos que su hermano el rey estaba muerto, y que frente a ellos estaba su nueva reina. Que su decisión se mantenía, le gustara a quien le gustara. Respiró fuertemente para que aquellas palabras pensadas no salieran de sus labios, pero justo cuando iba a hablar, una puerta adyacente, que daba a la otra ala del palacio cerca de los establos, se abrió. De ella salió Berengüer, al verlo Alora camino a su encuentro para que se mantuviera en silencio a lo que la princesa concluía la audiencia. Dinorah le miró perpleja, no le esperaba tan pronto. Su regreso solo significaba malas noticias, tal vez pésimas.

Dinorah volteo su mirada sobre los mercaderes e irguiéndose en el trono, dijo, “Su caso será evaluado por el gabinete de diputados, pero no crea que con eso pone fin al asunto. Aún queda el de las revueltas en la ciudad y la venta de sus productos. Declaro en este momento que están bajo arresto por alteración a la paz, por un período de dos semanas. Todos sus productos serán vendidos como antes, y un administrador será nombrado para cada una de sus tierras y línea de producción. Por supuesto, lo más antes posible la exportación tanto de vino, continuará sin ningún retraso.”

Los mercaderes comenzaron a quejarse en desaprobación, pero los Sarai Richari salieron con ellos del salón de audiencias. Mientras, Lord Wrikam, perplejo con lo que acababa de ocurrir, observaba como se llevaban a los mercaderes y se llenaba de cólera. Se torno hacia Dinorah, y dijo, “Lo que ha hecho es una injusticia. Kuon había apelado, y no hay motivo para sus arrestos.”

Dinorah ya cansada del asunto, y deseosa de deshacerse del Marqués para escuchar las noticias que traía Berengüer, en tono autoritario le contestó, “Fue lo de las tierras lo que apeló el Señor Kuon, nunca negó, ni se defendió de los cargos por los que fue arrestado en primer lugar. Sabía que había pruebas, y usted es testigo. Además, Lord Wrikam, no les vendrán mal varios días en prisión para que recapaciten y se den cuenta que sus actos tienen consecuencias, y estas afectan al reino.”

“Pero…”

“Así que,” dijo alzando su voz por encima de la del Marqués, que la había interrumpido, “cumplida la sentencia, la cual es una corta, saldremos hacia Karmiérz. Para ese entonces, la situación de la venta de los productos y su exportación habrá sido resuelta. Al menos esa. Déjele saber a los familiares de los mercaderes que se les esta prohibida las visitas, que ellos estarán bien alimentados. Eso es todo, Lord Wrikam. ¡Qué sea su vida llena de luz!”

Con enojo tatuado en su rostro, hizo reverencia y se marchó taconeando a paso aligerado. Las puertas se cerraron tras de él, y con él se fue la pesadez que sentía la princesa. Ahora podía concentrarse en asuntos más importantes. Le pidió a Alora que se acercará, para que enviara las órdenes sobre el reinicio de la venta y exportación de los productos al Magistral de la ciudad. Era hombre de confianza de ella, y sabía que se encargaría de eso lo antes posible.

Puesto eso a un lado, pidió a Berengüer que se acercara y le preguntó por que había regresado tan pronto. Berengüer de inmediato, y sin omitir detalle, le relato que se encontró un mensajero proveniente de Purte, el poblado al norte de Almĭdina. Al reconocer que era un Richari, le pidió que se detuviera, pues consigo llevaba un mensaje de suma importancia que solo lo podía entregar a un Richari. El contenido estaba escrito en código militar que utiliza las letras del alfabeto argiano a través de valores numéricos. Se utilizan sumas y restas, así como numerales que necesiten análisis para ser descifrados. Solo una mente experta podría hacerlo. Entre los Richari siempre había tres expertos en esta materia, siendo uno de ellos el capitán. Al ser este muy obvio, por su cargo, se escogían otros dos del grupo para aprender este código. De esa forma sus mensajes podían ser llevados a otros lugares, y enviados a través de luminiscencia –la forma de envío de mensajes, que consiste en utilizar espejos y rayos del sol, así como otros objetos luminiscentes- sin temor de que la información caiga en manos extrañas o salga al público en general.

Casualmente el mensajero era primo del Capitán de los Tekuh Richari, y trabajaba para la mensajería. Por tal razón, se le hizo posible recibir el mensaje sin tener este que pasar por segundas manos. Nadie excepto por ellos conocían de la existencia del mensaje.

“Nos dimos la libertad de darle algo por su ayuda,” comentó Berengüer”, “y al marcharse, nos retiramos, mi compañero y yo, a un claro cerca del camino común para traducir el mensaje. Al hacerlo, regresamos de inmediato.”

Berengüer le entregó un pedazo de papel, un poco arrugado ya que lo guardaba dentro de su casaca. Alora tomó el papel en sus manos, al hacerlo las suyas rozaron suavemente con las de Berengüer. El rocé duró unos segundos, pero fueron los suficientes para enviar una corriente escalofriante por todo el cuerpo de Alora. Rápidamente, ella se torno hacia su Señora y le entregó el mensaje, que estaba doblado en cuatro. Dinorah lo tomó temblorosa, y lo desdobló.

Al leer la carta, una lágrima se deslizó por su mejilla. El mensaje confirmaba la muerte de su hermano, más aún, las sospechas de su fallecimiento lo mantenían en secreto. El Capitán de los Tekuh Richari se enteró de la muerte del rey, pues un grupo de soldados de la guardia personal de la reina había salido hace tres días atrás a buscar a un Unnfrid en el monasterio de la capital, pero este, no poco después de su llegada, fue puesto bajo arresto. El Capitán logró entrar a la prisión y hablar con el Unnfrid, quién le informó sobre la muerte del rey, y los deseos de la reina en realizar el trígvs fridu (travesía a la luz), pero él se negó por que no podía realizar la ceremonia adecuada por tratarse del rey de Argia. Esta la debía ser hecha por el BdUnnfrid, el encargado del monasterio, ya que solo él tenía la autoridad, otorgada por el Seboas Unnfrid. Más extraño aún fue el pedido de la reina, de que todo se hiciera en el anonimato, pues sospechaba que el rey había sido envenenado lentamente. Por tal razón, no deseaban que nadie, en especial Dinorah, se enterara de la muerte del rey.

Entrada la noche llego al palacio real el BdUnnfrid, y se marchó a mediados de la mañana. El Unnfrid aún estaba en prisión, y nadie le podía ver. Tres largos días habían pasado y el reino no conocía sobre la muerte de su rey. El Capitán esperaría por Dinorah, en el palacio real. De haber algún plan en derrocarla del trono antes de que llegase, él haría todo en su poder para detenerlos y protegerla, pues para eso era un Tekuh Richari y su lealtad y obediencia estaban con la heredera al trono.

Al final de la carta le deseaba un viaje seguro, pero le aconsejaba estuviese alerta y que evitara regresar por el camino común, pues no sabía donde habían espías esperando una oportunidad, y él temía por la vida de la princesa. Dinorah suspiró, y dejó descansar la carta sobre su falda. Secó sus lágrimas, y se mantuvo por un largo tiempo en silencio reflexionando en lo que debía hacer, en especial, como llegar a Karmiérz. Para eso necesitaba ayuda, y no podía contar solo con sus Richari. La experiencia de alguien capacitado para lidiar con situaciones como la que enfrentaba, era necesaria.

En el reino había solo una persona con esas cualidades, y que por honor y juramento le debía servir y proteger al ser ella la heredera al trono, pues el juramento que hizo esa persona se extendía más allá de la muerte del rey para quien lo hizo. Sino también, cubre las próximas generaciones. Ese era el deber de aquel que consideraban y le daban el título de Bńlekoh Tekuh, el caballero del rey.

Todo lo que sabía le había sido instruido por un Bńlekoh Tekuh, quien lo tomó como su aprendiz de entre los Richari como era la tradición. Había secretos sobre el rey que solo él conocía; y los Richari le debían respeto y obediencia. Era él quien podía llevar a Dinorah a Kamiérz, y dirigir a los Sarai. Para poder obtener sus servicios, ya que él solo trabajaba para el rey, debía probarle que ella era la nueva reina de Argia.

La princesa se pues en pie y camino hacia Berengüer, y le dijo, “Necesito de tus servicios nuevamente, Berengüer.”

“Estoy a sus servicios, LTekuh.”

El que su capitán la llamara reina, fue un trago amargo para ella quien no esperaba serlo tan repentinamente. Tenía la esperanza que su hermano cambiará de opinión y le diera al reino un heredero, sangre de su sangre. Deseaba a toda costa evitarle a su amada esposa, la reina, el sufrimiento que vio marcado y que acosó a su madre por años. Amaba demasiado a su esposa y no deseaba verla sufrir. Aunque Dinorah estaba segura que su cuñada soportaría cualquier pena, pues lo más que deseaba era ser madre. El rey le había hecho prometer que no quedaría embarazada, y sin que ella supiera, mezclaba con su té un brebaje para evitar el embarazo.

Malkior le había ordenado a Dinorah, no decir nada cuando se enteró. Ella tuvo que obedecer, pues primero que su hermano era su rey, y le debía respeto y obediencia tal y como le había educado su madre.

Dinorah le indicó ha Berengüer, “Nadie debe saber el contenido de esta carta, infórmaselo a tu compañero. No vuelvas a llamarme LTekuh, nadie debe enterar de la muerte del rey.”

“Así será, Lvadi.”

“Al sur de la ciudad, cerca de las tierras agrícolas, encontrarás la villa de Senín. Díganle que la princesa Dinorah necesita verle de inmediato,” hizo una pausa para remover una pulsera de platino incrustada con un diamante de cinco quilates. A la izquierda de este, estaba el escudo de la casa de Itana; a la derecha el del Seboa Unnfrid.

“Entrégale esto, él sabrá su significado.”

Berengüer tomó la pulsera, y tras hacer una reverencia se marchó a acatar las órdenes de la princesa. Iba emocionado, aunque la situación no lo ameritaba, pues conocería al Bńlekoh Tekuh, a quien solo había visto una vez en la capital. Había llegado a Karmiérz por órdenes del rey, pero los Tekuh Richari tuvieron el honor de trabajar con él. Para ese entonces, Berengüer acababa de ingresar a los Sarai, y el dirigirle la palabra a uno tan distinguido entre los Richari, era algo inconcebible para él. Era la nueva cara de los Richari, y sus destrezas aún eran muy técnicas y superficiales. Su padre decía lo contrario, insistía que todo lo referente al combate y al ejército le venía como una segunda naturaleza. A través de los años demostró que era el mejor entre los Sarai, hasta lograr su meta: ser el primero entre ellos, ser su capitán.

Al llegar a los establos le comunicó la nueva orden a su compañero, y de inmediato salieron asegurándose de que nadie les viera. Dinorah, de su parte se retiró a su despacho a reflexionar sobre lo que ocurría en el reino, le pidió a su dama de compañía que no fuera interrumpida bajo ninguna circunstancia, a excepción de Berengüer a su regreso.

En su despacho abrió las puertas que daban hacia el balcón, y allí cayo de rodillas, para que su cuerpo fuera bañado por los cálidos rayos del sol. Desabotonó su blusa para que los rayos tocaran su pecho. Sentir el toque del sol la llenaba de paz y le hacia, aunque por un instante, olvidar aquello que por herencia vivía dentro de su ser. Si su pueblo supiera lo que por siglos llevaban en el fondo de su corazón, muy cerca de su alma, sus reyes y reinas; les hubiesen asesinado siglos atrás. Por eso llevaba su secreto como una maldición, aunque esta hubiese sido obtenida por la salvación del reino durante la Gran Batalla.

Entre las fronteras de Argia y Oshmdwa,  en la tierra conocida como Sargi, los reyes de ambas naciones chocaron los metales de sus espadas por días, para salir victorioso Kratos, pero con grandes consecuencias. Al destruir al rey de los Oshmdwans, cargó con la maldición de una reina desvivida por su amado. Quien despertó en el corazón de Kratos a su rey, y que llevaba Dinorah en el suyo. Por eso era necesario regresar a Karmiérz, pues solo a través de la ceremonia de coronación el rey de los Oshmdwans dormiría otra vez. El reino estaría a salvo y la profecía de siglos atrás, no vendría a ser.

 

El capítulo tres, La sombra de la luz, será entregada

el 6 de abril de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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