Capítulo Dos, primera parte: El caballero del rey


Sorry no English version available this time, I wasn’t able to do the translation. I apologize for the inconvinience!

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Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Dos

 

Bńlekoh Tekuh

 

SEGUNDOS DESPUÉS QUE el Marqués entró al palacio, las blancas puertas de madera del establo se abrieron de par en par. Los Sarai Richari salieron a todo galope y al salir por la entrada principal se dividieron en dos grupos. Uno tomo la izquierda; el otro, la derecha. El galopar de los caballos se dejó sentir con extrema fuerza sobre el suelo, creando un estruendo sonido que se escuchaba varias millas adelante. Tan así, que cuando los ciudadanos que caminaban por las calles le sentían, se hacían a un lado a toda prisa. De vez en cuando se escuchaba a uno de ellos exclamar en alta voz, ¡Sarai Richari!, al reconocerlos; y para avisar a las personas de la venida de los caballeros reales.

Las personas al verles pasar le observaban con detenimiento. Para los ciudadanos no era costumbre verles, pues la capital estaba lejos de allí. Solo se les podía ver cuando el rey estaba de visita, y en este caso, la heredera al trono. Los niños se alineaban a orillas del camino con sus espadas de madera en mano, para verles pasar. Le saludaban con gritos, pero los Sarai no les devolvían el saludo. No por darse aire de importancia por su estatus social, sino por que estaban concentrados en la misión que se les había encargado. El grupo que tomó la ruta de la izquierda, llegó a la casa del primer mercader, Renhir Galfaris, mercader de trigo. La familia Galfaris se había establecido en el valle de Almĭdina décadas atrás cuando el valle era tan solo un pequeño pueblo y no la gran metrópolis que era ahora. Tenían una gran hacienda allí en los sembradíos de trigo, pero mantenían una residencia en el centro de Almĭdina desde donde manejaban sus negocios. La gran mayoría de los habitantes trabajaban en sus tierras, las cuales se habían expandido con el pasar de las décadas.

Atalfun, el segundo en mando de los Sarai, desmontó de su caballo y se acercó al sirviente que con suma reverencia inclinó su cabeza colocando su mano izquierda sobre esta. Por solo unos varios segundos mantuvo esa postura, al erguirse el sirviente, Atalfun le dijo con seriedad, “Ve y dile a tu amo que debe venir con nosotros, bajo órdenes de su Alteza Real, la Princesa Dinorah.”

El sirviente hizo como le fue ordenado y luego de varios minutos, un pálido y tembloroso Renhir, salió al patio principal. No hizo pregunta alguna, en silencio montó su caballo y se colocó en medio de los Sarai Richari. De inmediato partieron a toda prisa de vuelta al palacio.

 

A las afueras de la ciudad se encontraba el segundo grupo de los Sarai. A la cabeza cabalgaba Gotardo un hombre justo y religioso, pero uno de los mejores guerreros de los Sarai. Sus compañeros decían que él mantenía la espiritualidad viva en el grupo, pues desde que se entregó a ellos reanudó la práctica de la oración y la meditación. Provenía, como la mayoría de ellos, de la casta de los Azalrik, los que pertenecían a las familias reales y eran parte de la nobleza. Gotardo, aunque sentía una afición por la religión, la que sentía por el combate era aún mayor. La disciplina y elegancia del estilo de pelea de los Richari, lo enamoró por completo. Los Richari, como se les llama a los guardias de la realeza, han existido desde que la casa de Itana subió al poder; cuando fueron creados luego de la gran batalla de hace cuatrocientos años atrás, para una misión especial.

Los Sarai llegaron al viñedo de Kuon; sus tierras colindaban con un valle fértil, que a su vez estaban cercanas a las de Renhir. Una línea de cidrines que se alzaban altos marcaba el apedreado camino principal que terminaba frente a la hacienda. El viñedo de Kuon era el único en el reino, pues en ningún otro lugar se había sido posible crecer tan deleitosa y demandante fruta. Fueron los ancestros de Kuon quienes introdujeron el vino en el reino, cuando descubrieron, por casualidad, la fermentación de la uva.

Una vez en la hacienda, Gotardo desmontó de su caballo y con su mirada llamó a un jardinero que tendía a las zinnias, flores sagradas del reino. El jardinero son suma humildad se acercó a Gotardo, y al estar frente a él, le dio el saludo de reverencia. Gotardo, entonces le dijo, “Ve y busca a tu señor. Dile que su Alteza Real, la Princesa Dinorah, solicita su presencia de inmediato, por tal nos ha enviado a buscarle.”

El jardinero así lo hizo, pero minutos más tarde regresó a solas, y sin mirar a Gortardo a los ojos, dijo, “Mi señor Kuon, envía este mensaje. Dice que como ha trabajado desde que salió el sol, no ha tenido nada de comer. Luego que lo haga, ira a ver a su Alteza.”

Gotardo no respondió, y con su mano izquierda le dio una señal a los Sarai, quienes de inmediato desmontaron. Gotardo y los Sarai entraron a la hacienda y se dirigieron al comedor. Allí, sentado a la cabeza de la mesa, estaba Kuon junto con su familia. Al ver a los caballeros de la princesa entrar a su hogar de forma tan abrupta, se puso en pie y exclamó en alta voz, “¡Cómo se atreven! Váyanse de mi hogar ahora mismo.”

Gotardo no contestó, continuó caminando hacia Kuon, quien se había tornado color carmesí de la furia que sentía. Una vez estuvo solo a unos pasos de él, el caballero dijo con suma seriedad, “No fue una invitación, sino una orden. Ahora, sígame.”

Kuon era solo unas pulgadas más bajo que Gotardo, así que para mirarle a los ojos tenía que subir un poco el rostro. La mirada del caballero era intimidante y no demostraba sentimiento alguno. A Kuon no le costó más que hacer lo que le pedían. Era un hombre orgulloso y un cascarrabias, no le gustaba que le diesen instrucciones. A pesar de su carácter, amaba mucho a su familia y no deseaba preocuparlos más de lo que estaban.

Kuon dirigiéndose a uno de sus sirvientes, le ordenó, “Mi caballo, que lo traigan de inmediato a la entrada.”

El sirviente hizo como le ordenaron. Mientras Kuon silenciosamente caminó hacia la entrada, los Sarai le seguían de cerca. Al llegar, Kuon se detuvo, pues no habían traído su caballo. Se tornó hacia Gotardo, y le dijo, “Dígame, ¿Sarai…”

“Gotardo.”

“Dígame, Sarai Gotardo, ¿a qué se debe esta invitación?”

“No es una invitación, está bajo arresto,” contestó con la misma seriedad que antes.

Kuon asombrado, cuestionó su arrestó, “¡Yo! Demando saber la razón.”

“Alteración a la paz, no tan solo en esta ciudad, también en el reino.”

“Eso es imposible,” añadió disgustado.

“Lo que tenga que decir, se lo debe comunicar a su Alteza Real, quien le espera,” y sin decirle más, le indicó con su brazo que se montara en su caballo que lo acababan de traer. Sin más remedio, montó su caballo y junto a los Sarai, que le vigilaban de cerca, se dirigió al palacio real.

En el palacio, Alora recibió al Marqués, quien con aire prepotente le miró presuntuosamente.  La dama de la princesa recordando no solo su puesto como la mano derecha de la heredera al trono, sino también hija del Gran Duque de Argia y que su familia tenía más poder que un simple Marqués, mantuvo la compostura y su educación. Alora le pidió cortésmente que le siguiera, pues la princesa le esperaba. Él sin dirigirle la palabra, la siguió en silencio con el taconeo de sus zapatos altos que hacía un eco por los pasillos de mármol del palacio. El sonido retumbaba en los oídos de Alora, quien sabía que esa moda había pasado ya hace una década, pero el Marqués insistía en mantenerla viva. Era como si el taconeo de sus zapatos altos y antiguos le diera un cierto prestigio, el cual era visible por su título de Marqués. Todos sabían que sea aproximaba, pues estos le anunciaban.

El Marqués Wrikam gozaba con hacer enfadar a las personas a su alrededor, sabía que el resonar de sus tacones no le agradaba a los demás.  Así que los hacía sonar con gran fuerza sobre el suelo. Alora conocía de esa mala costumbre que él tenía y caminaba con sutileza y elegancia, sin demostrar ninguna incomodidad. Él, insistente al fin, continúo con su taconeo hasta llegar al despacho, para entonces el eco de los zapatos del Marqués Wrikam se había grabado en el subconsciente de Alora; quien estaba alegre de haber llegado a su destino.

Abrió las dos puertas del despacho, que era bañado de luz natural como el resto del palacio. Al entrar anunció al Marqués.

“El Marqués de Almĭdina, Lord Wrikam, Lvadi.”

Dinorah leía unos papeles sentada detrás de un gran escritorio de plata y cristal, cuando Alora entró a anunciar la llegada tan esperada del Marqués Wrikam; quién velozmente, aún con el taconeo, y a solo pasos de la princesa, hizo su reverencia.

“Alteza,” dijo con sequedad.

Usualmente corría a los pies de ella, tomaba su mano y la besaba, para entonces hacer reverencia. Esto venía acompañado de interminables halagos que eran secundados por su esposa, quien curiosamente no le acompañaba aunque la audiencia era para ambos. Los Marqueses tendían a compartir su poder, a pesar de que ella tomó su título al casarse con el Marqués. Esta soledad del encargado de Almĭdina, una de las más poderosas ciudades del reino, le extrañó de sobremanera a Dinorah, quien esperaba por los tradicionales halagos. Al pasar varios segundos en pleno silencio, ella finalmente dijo, invitándole con la mano a sentarse.

“¿Lady Wrikam no nos acompañará?  Espero  este bien.”

“No,” contestó él al sentarse. Se hecho hacia atrás, cruzo sus piernas, y luego continuó. “Esta indispuesta.”

“Nada grave, espero. Si lo desea le puedo enviar mi médico.”

“No se preocupe, Alteza, ya los nuestros le han visto.”

Dinorah dibujo una media sonrisa, y respondió, “Bien. Entonces, hablemos de la situación que me trajo a la ciudad, y la cual se ha extendido demasiado tiempo sin resolver. He estado aquí por alrededor de un mes y no he tenido reunión alguna con ninguno de los mercaderes. Según Usted, la situación era meritoria de mi atención y presencia, y necesitaba de mi sabiduría para resolverse. Todo lo contrario ha ocurrido, la ciudad sigue en total normalidad, a excepción de la exportación del vino que se ha detenido por completo. No ha habido revueltas ni protestas, como había mencionado en su carta al rey.”

“Su mera presencia apacigua cualquier tormenta,” comentó con sarcasmo Wrikam. “Por respeto a Usted, los almĭdinos han permanecido en su mejor conducta. Sobre los mercaderes, le puedo decir que se niegan a estar juntos en el mismo lugar. Por tal razón, he tenido reuniones con cada uno de ellos a solas, para tratar de llegar a un acuerdo y presentárselo a Usted. Esto a sido imposible, ninguno de los dos quiere ceder.”

“No estoy aquí, Lord Wrikam, para esperar a que usted resuelva el problema, mientras yo espero. Hay otros asuntos alrededor del reino que resolver y que necesitan de mi peritaje,” comentó autoritaria Dinorah. “Es un pedazo de tierra, que fácilmente puede ser dividida en dos.

“¡Alteza!” Exclamó el Marqués interrumpiéndola, “no es tan solo un pedazo de tierra. Es la parte más fértil del valle, la que daría, por supuesto, más poder económico a cualquiera de las dos familias que la llegue a administrar. Ambos mercaderes la desean completa. O,  ¿cree, Usted, que yo no sugerí lo mismo?” concluyó arqueando su ceja y con tono irónico.

“No se olvide a quien se está dirigiendo, Lord Marqués. Menos olvide su posición, sirviente de este reino y de Aquel que lo gobierna,” le advirtió la princesa con enojo en su voz. “Las tierras en argumento son propiedad del reino de Argia, el rey las administra, y sus subyacentes velan de ellas para que el pueblo las disfrute para su prosperidad.”

“Prosperidad es de lo que hablamos. Más tierras para cualquiera de los mercaderes, iguala a más trabajos para los ciudadanos de este pueblo que se multiplican como las semillas de trigo. Además, hemos experimentado en los últimos años un alza en ciudadanos de pueblos vecinos, que buscan un trabajo estable para alimentar a sus familias. La capital les queda lejos, y el servicio de envió queda más cerca de sus familias, así les llega más rápido el caudal para poder subsistir.”

Lo que decía el Marqués era cierto. Los pueblos adyacentes eran pequeños, y la tercera ciudad más rica del reino, Sĭostka, al sur de la capital y al oeste de Karmiérz, se basaba en la pesca al habituarse en el gran lago. Esta, al igual que Almĭdina, experimentaba un alza en habitantes, pues la vida en la capital era muy costosa y estaba ya saturada de ciudadanos. Por lo tanto, esta nueva empresa en los campos adyacentes a la cuidad ayudaba de gran manera a su prosperidad y a disminuir la demanda de trabajos que iba ascendiendo esporádicamente, aunque Karmiérz tenía la taza más baja de desempleo. Los mercaderes no solo se negaron, varias semanas atrás, a exportar sus productos, sino que también se negaban a vendérselos a aquellos que trabajaran para cualquiera de su contrario. Así que los trabajadores de los trigales no podían adquirir el vino, de igual forma los trabajadores de los viñeros no podían adquirir el trigo que necesitaban sus familiares. Era una reacción en cadena, pues la mayoría de las familias tenían algún familiar que trabajaba para uno de los mercaderes. El asunto estaba fuera de control, y era evidente que el Marqués no ponía mucho empeño en resolverlo.

“Basta, hay que ponerle fin a esto,” la princesa se puso en pie y le dijo al Marqués. “Es evidente que nosotros no nos pondremos de acuerdo en como resolver el asunto. No deseo imponer mi voluntad, aunque este lo amerite.”

“-Lvadi, ¿qué piensa hacer?” Preguntó Lord Wrikam, mientras se paraba.

“Sígame, deseo mostrarle algo.”

Alora abrió la puerta y salieron del despacho en fila: Dinorah al frente, seguida por Lord Wrikam, y este por Alora.  Se adentraron a un largo y estrecho corredor bañado de luz natural que resplandecía sobre la superficie del piso de mármol y los espejos que adornaban las ambarinas paredes. La trayectoria, a paso aligerado, duro varios minutos. Doblaron a la izquierda, luego a la derecha, y de repente la princesa se detuvo como si hubiese encontrado un camino sin salida.

Sin pestañear miraba el pasillo frente a ella, el cual debía tomar para llegar a su destino. Estaba sombrío, las cortinas de tela pesada que debían estar siempre abiertas estaban cerradas. Un extraño sentimiento que no conocía despertó dentro de su ser, y en su pecho su corazón comenzó a palpitar fuertemente. La oscuridad del pasillo la seducía, como un hombre seduce a una mujer, y su respiración se aceleraba. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo de inmediato; su conciencia le decía que no se adentrara en la oscuridad. Al vacilar, el dolor punzante regreso, como si este tuviera conciencia propia y supiese que la voluntad de Dinorah la detenía de su deseo. Mientras el dolor aumentaba, la atracción por la oscuridad del pasillo era más fuerte. Dinorah colocó su mano sobre su pecho y un suave gemido escapó de su boca. Deseaba llamar a su dama de compañía, pero las palabras no salían. Respiró fuerte y de tal forma que el Marqués, quien estaba detrás de ella y golpeaba su tacón sobre el mármol del piso, no se diera cuenta de lo que le ocurría; pero esperaba que este suspiro fuera suficiente para alertar a Alora.

Su dama de compañía se dio cuenta de que algo no estaba bien, y al escuchar el gemido de su Señora camino hacia su lado. Al mirarle al rostro se dio cuenta que la mirada de la princesa estaba clavada en el pasillo oscuro, pero fue la mano en su pecho que le dio a conocer lo que ocurría. Alora camino hacia el pasillo, se paró frente a las pesadas cortinas, y de un jalón la hizo correr dejando que la luz consumiera la oscuridad. Los rayos del sol bañaron  a Dinorah, el dolor desapareció súbitamente y ella sonrió agradecida de tener a su lado a Alora.

La segunda parte del capítulo dos, El Caballero del Rey, será entregada

el 23  de marzo de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

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