El despertar de la oscuridad Parte I


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 Los hijos de Oshmdwa

Capítulo Uno

 

EL DESPERTAR DE LA OSCURIDAD

Parte 1

 DINorah fue despertada por un punzante dolor en su pecho que hizo se estremeciera por completo. Era tal y como si le incrustarán un clavo ardiente en su corazón, pero más aún, como si algo tratara de adentrarse en él para poseer su alma. Trató de gritar, mas lo único que por sus labios salió fue un afónico chillido. Su pecho se comprimía y le faltaba la respiración. Ella trataba de luchar contra el dolor inútilmente. Fue cuando recordó las palabras del Unnfrid, el sacerdote que de ella cuidó desde que era una niña.

Cierra tus ojos, resonaron las palabras del Unnfrid en su mente, y respira profundamente. Luego, reza la Luminaria que te enseñé. Cuando venga, si alguna vez llega, estarás preparada para soportarlo y enfrentarle. Esas fueron las últimas palabras que le dijo antes de que ella fuera sacada del monasterio para la coronación de su hermano Malkior. Dinorah cerró sus ojos y con gran esfuerzo respiró profundamente, y en el lenguaje antiguo pronunció la Luminaria.

“Luz, esencia divina, ven a mi corazón. Defiéndeme de la oscuridad, ¡no me desampares que hija tuya soy! Mira que arde dentro de mi ser. Luz Divina, soplo de vida, enciéndete en mí y la sombra que me marca, suprímela.”

Un rayo de luz tenue la cubrió, y el penetrante dolor se apaciguó por el momento. Dinorah comprendía su arduo entrenamiento en el monasterio al que su madre la internó. Allí la entrenarían para algo que en aquel momento no comprendía, pero que en ella vivía por su linaje. Lo mismo ocurrió con su hermano mayor Malkior, quien era rey del reino de Irgoz. Él fue enviado a la sede de la religión y estaba bajo la tutela del Seboas Unnfrid, alto sacerdote y cabeza de la religión. Ella estaba destinada a ser solo una princesa y ser ejemplo de paz para el reino, pero todo cambio cuando Malkior la declaró heredera al trono yendo en contra de los deseos de sus padres.

Dinorah tomó una pequeña campana de cristal de su mesa de noche y la hizo sonar. De inmediato entró Alora, su dama de compañía. Alora se atemorizó al ver a su señora muy pálida y temblorosa. Corrió a su lado y tocó su frente para verificar si tenía fiebre, pero era todo lo contrario, su señora estaba tan fría como la nieve.

“¿Se siente bien, Lvadi?”

“Sí, nada de que preocuparse por ahora. Necesito un favor,” contestó Dinorah aun exhausta.

“¿En qué le puedo servir?”

“Busca entre los Sarai ese quien sea de confiar y quien por mí la vida daría sin fluctuar.”

“¡Lvadi!” Exclamó espantada Alora.

“No tengas miedo,” dijo Dinorah con voz tierna, “solo dejó sentir su presencia. Aún estamos a tiempo. Ve, y haz como te ordeno.”

Alora hizo como su señora le pedía, fue a buscar de entre los Sarai Richari, los caballeros de la princesa, uno que fuera de confianza. Como acostumbraban los Sarai, quienes eran unos veinte en total, estaban reunidos en el patio interior del palacio real. Allí esperaban pacientes, luego de hacer sus ejercicios matutinos, por el cocinero quien les traía todas las mañanas el desayuno. Alora se acercó a ellos lentamente, y al verla los Sarai se quedaron sorprendidos. Era inusual que ella fuera a ellos, siempre enviaba a uno de los sirvientes con las órdenes de la princesa. Esta vez era diferente, y por lo tanto, no hicieron preguntas. Sabían que si la dama de compañía de la princesa estaba entre ellos, era por un motivo de suma importancia.

Los caballeros le hacían reverencia al ella pasar frente a ellos. La princesa había dado órdenes de que le obedecieran y le mostraran respeto. Alora les miraba directamente a los ojos, los estudió uno a uno hasta que llegó frente a un hombre de alta estatura y de rasgos fuertes. Era el primero en línea para el desayuno. Alora le miró por varios minutos, el hombre no hizo nada más que mantener su mirada baja en señal de humildad y respeto. En los labios de Alora se dibujó una pequeña sonrisa, había encontrado el hombre que la princesa necesitaba.

“¿Eres tú al que llaman Brengüer, la lanza del guerrero?” preguntó con autoridad Alora.

“Soy él, Lvadi. ¿Cuál es su mandato?” Contestó Berengüer arrodillándose.

“Sígueme,” luego se dirigió al cocinero. “Dale un pedazo de pan y una copa de vino caliente.” Tornándose nuevamente hacia Brengüer, ordenó. “Comerás mientras caminas, Brengüer.”

Brengüer tomó el pan y el vino, y comenzó a comer mientras seguía a Alora. De repente ella se detuvo frente a un joven de quince años, y le preguntó, “¿Eres el escudero de Brengüer?”

“Sí, Lvadi,” contestó el joven con timidez.

“Haz como te ordeno. Prepara el caballo y la armadura de tu amo.”

El joven escudero hizo una reverencia, y enseguida se retiró para hacer lo que le ordenaban. Fue a los establos y sacó el caballo de su amo. Era un hermoso animal de color marrón con un parcho blanco en su pecho que le daba su nombre, Bronwen. Mientras el joven hacia esto, los demás caballeros continuaron con su rutina: luego de desayunar practicarían el arte de la guerra. Nadie hizo comentarios, pues no era su lugar hacerlo; era tan sencillo, como que la princesa necesitaba su mejor hombre en esos momentos.

Alora caminaba rápido, como si flotara por el suelo. Brengüer trataba de alcanzarla al mismo tiempo que comía, deseaba terminar antes de ver a su ama. Al llegar a la recámara de la princesa Dinorah, el caballero ingirió su último pedazo de pan y bebió lo que le quedaba del vino.

Alora se viró hacia él, y le dijo, “Espera aquí.”

Así lo hizo, y vio desaparecer a la dama detrás de la puerta. Alora se acercó a su señora quien estaba parada al lado de una gran ventana que miraba a la plaza central de la ciudad. Vestía una bata azul claro; su ondulada cabellera marrón estaba suelta y caía elegantemente sobre sus hombros. La gente decía que la belleza de la princesa Dinorah no tenía comparación alguna. También expresaban que si mirabas directamente a sus verdes ojos, podías ver una luz llena de paz que emergía de ellos. Su madre, la reina Eduvigis, vio esa luz cuando su hija nació y por tal la llamó Dinorah, que significa “aquella que irradia luz”.

Dinorah tenía veintisiete años, pero desde que era una adolescente poseía sabiduría más allá de su edad. Su hermano la proclamó consejera real, pues siempre tenía palabras sabías en asuntos de estado y la ciudadanía. Lo que nadie se esperaba era que el rey la nombrara heredera al trono. Él no tenía hijos, y aunque siempre pensó en su hermana como la mejor para reinar, su nombramiento vino solo a los tres años de su reinado. Se murmuraba que el rey no podía tener hijos, pero también que no deseaba tenerlos. Este hecho le costó romper una promesa que le hizo a su padre antes de morir, de no nombrar a su hermana la próxima en línea al trono. Según el fallecido rey, era el deber de Malkior darle un heredero a la corona.

“Mi señora,” dijo Alora.

“¿Has hecho como te ordené?” Preguntó Dinorah sin dejar de mirar a través de la ventana.

“Sí, le he traído a Brengüer. ¿Lo desea ver ahora?”

“Sí.”

Alora abrió la puerta, para dejar entrar a Brengüer, pero lo que vio la dejo sorprendida. El caballero estaba inclinado con los ojos cerrados sobre un arreglo floral, olfateaba una rosa y por su expresión, la disfrutaba. Ella sonrió, pues nunca había visto el lado sutil de un caballero. Eran hombres fuertes que daban pocas señales de sentimiento alguno para ganar el respeto de los demás. Alora encontró esto intrigante para un hombre de su estatura, pues él era el mejor de los Sarai Richari.

Alora le llamó por su nombre, él la miró asombrado ya que había sido tomado por sorpresa, algo que le era inusual. Brengüer siempre estaba listo para cualquier cosa y en esos momentos una dama, tan bella como Alora, lo sorprendía disfrutando de una simple rosa. El caballero se irguió silenciosamente a la espera de sus nuevas órdenes. Alora no hizo comentario alguno para no avergonzarle más de lo que estaba, así que le dijo, “Entra, la princesa espera por ti.”

Brengüer entró a la recámara y al ver a la princesa inmediatamente se arrodilló, puso el puño sobre el suelo y su mano derecha sobre su pecho, y dijo “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

Sin mirarle, Dinorah dijo suavemente, pero con autoridad, “Hay un asunto de suma importancia que hay que mantener en secreto. ¿Puede Li Jahivé fridu confiar en ti, Brengüer?”

“Sí, Lvadi, estoy a su servicio,” contestó con solemnidad.

Ella se viró hacia él, le pidió que se levantara y mirándole a los ojos, dijo con tierna voz, “Brengüer, necesito que vayas a Karmiérz. Temo que el rey está muerto y no he recibido noticia alguna al respecto. Debes ir e investigar si esto es cierto. No dejes que nadie sepa que te he enviado. Haz lo que tengas que hacer para mantener esto en secreto. Confío en ti, Brengüer. Cabalga tan rápido como puedas, pues el futuro del reino y mi vida están en tus manos. Escoge de entre los Sarai Richari aquel a quien le tengas gran confianza para que te acompañe y no estés solo.”

“Haré como me ordena, Jahivé fridu.”

“Ve con mi bendición.”

Antes de salir de la recamara, Brengüer miró a Alora a los ojos y sonrió. Ella le devolvió la sonrisa e inclinó su rostro en respeto.         

 

La continuación de este capítulo será el 23 de febrero de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.


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