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La fruta del campo

El comer pomarrosa me transporta a mis días juveniles en el pueblo de las flores, Aibonito. Cuando antes de jugar en el campo saqueábamos, mi hermano y yo, el palo de yambo que estaba al final de la jalda cementada que servía de entrada a la finca de mamá Duve. Seseábamos el deseo que se metió en nosotros con su aroman sutil a rosas cuando de la loza llegábamos la noche anterior.

Tan solo de mirar esa fruta carnosa los recuerdos viajan al pasado lejano, a las noches frías características del llano, los juegos de briscas en la marquesina arropados de pie a cabeza con suéteres y frisas, a los mosquiteros que nos resguardaban durante la noche al dormir. La residencia de la matriarca era, y para algunos sigue siendo, el lugar de encuentro familiar; sitio sagrado de los Santiago Ortiz. Donde nuestro corazón late y encuentra paz entre los platanales, el canto de los gallos, el agrio de las naranjas con las que hacíamos maldades para inaugurar a los recién llegados a la familia.

Un riachuelo, ahora seco a causa de las construcciones de urbanizaciones aledañas, recorría el largo en el área este de la finca. Uno que varias veces engolfo nuestros juveniles cuerpo al caer en él por nuestros infructuosos intentos juguetones de cruzar a la otra orilla. Jaulas de conejos estaban cerca de él, les alimentábamos con el permiso de tío Coco, y quienes veían su fin en un guisado hecho por las mujeres de la casa. Pepinos colgaban de los árboles de panapén, y pobre de aquel que les tocara, su traspasar lo sentían en la punta del cinturón de cuero de mamá.

Las vivencias que viví en los campos de Aibonito, donde la miramelinda reina y embellece con su color el verde de las jaldas, son en mí enseñanzas de amor, de un estilo de vida diferente al que vivo en la loza. Ah! De la loza salgo para regresar al barro donde mi corazón pertenece y donde mi linaje nació. Al ver a mis hijos jugar y recorrer en la residencia de la matriarca me enorgullezco, pues aunque sea un poco de mi niñez le doy.

La última vez que visité Aibonito, tomé de la mano a mi hija y con ella me fui a recorrer los caminos que a su edad me veían pasar. Mucho había cambiado, hasta el arbusto de granadas de tío Chucho había desaparecido. Los cambios en esos momentos no eran importantes más sí las anécdotas que le pude contar a mi hija y ver en sus ojos la misma ilusión que yo sentía. Sonreí alegre al reconocer en esa ilusión que mi hija sentía en su alma la paz que amo de aquel lugar. Más mi alma se estremeció al llegar de regreso a la finca y ver a mi hijo jugar encantado con su primo en la misma jalda que yo lo hacía con mi hermano y mis primos.

La pomarrosa tiene forma de corazón y allí entre los llanos amparados por las montañas de la cordillera central, está el mío. Donde comenzó mi linaje, a donde el anhelo familiar regresa.