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Poemas/Poetry

Poesý ed2012

Poesý 20/10: Agradecida

Ha sido un gran honor contar con la magnífica participación de talentosos poetas, que nos deleitaron con su cautivadora poesía, en la tercera entrega de Poesý 20/10™ Ed. 2012. Su perspicaz manipulación para con la letra escrita brindó a la palabra Raíces, la raíz de su inspiración para este año, una variedad de expresiones que nos llevaron a sentir el orgullo familiar, la declaración del yo y la femeneidad, gritos de guerra para con la historia y la cultura, nuestra génetica, apariencia física, el orgullo poético, y la sensualidad.

¡Clap, clap, clap! Le doy un fuerte aplauso a ellos que han dejado por siempre su raíz en Poesý 20/10™: Karimé Nabté, Bernice Sosa-Izquierdo, Mia Román, Marlyn Cruz-Centeno, Benigno Lorenzo y Víctor Lorenzo, Deborah Milagros y Maité Reyes, Enrique Jiménez y Zamanta de Jesús, Mara Mariposa y Susi de la Torre,  Irma Zermeño y Pedro Manterola, y Jorge O. Torres.

A ustedes, mis queridos lectores, gracias por pasar por Mink y apoyar a Poesý 20/10™ Ed. 2012.

¡Hasta la próxima edición de Poesý 20/10™ Ed. 2012! Un abrazo fuerte y ahora me retiro para continuar con mi historia de fantasía “Ascensión Divina”.

A.R. de Hernández

Poesý ed2012-009

Jorge O. Torres: “Tiernas impresiones” e “Inventario” / Lloréns Torres, poeta puertorriqueño

 Ingeniero y Poeta Colombiano, que desde temprana edad encontró en las letras el lienzo que conduciría la expresión en un estilo marcadamente contemporáneo. Jorge, que nunca se apartó de la poesía en el transcurso de sus estudios universitarios, fue consolidando su literatura en varios libros de poemas que anuncian la creación de un lenguaje poético, con un permanente ejercicio de habilidad verbal y que determina la expresión como una experiencia en el entorno de la palabra. En los últimos años, a plasmado su estructura fundamental, su concepto, a través de los cuales se manifiestan diversos caracteres e influencias poéticas, en la visión del trópico de la fuerza amorosa, densa, febril, alucinada del romanticismo humano. Jorge, que actualmente reside en la capital Colombiana, junto con su familia, ejerce su profesión de ingeniero permanentemente sin que esto desvíe el constante enriquecimiento literario.


Tiernas imprecisiones

Que es aquello que gira, alucina
y avanza como escritura en mis sienes,

pero que es aquello que venero con
golpes de viento,
con la hora apacible,
fantástica…

acaso fuera éste el atajo sobre la niebla
pues alma mía me conmueves,
me devoras de palabras,
desarrollas el poema de mis revoluciones,
en música y discurso
en olor a pensamientos numerosos
como si la piel alcanzara tu risa para vestir
mi nombre

si es aquello lo que Dicta el lugar de su volumen
y el terso nombre seduce el impulso
pues una cuita en los ojos pretende
ser siempre una melodía
con paso inocentemente nocturno

y ahora yo con pincel de lluvia
llenando de versos la boca
con haz verde
con norte
como lo gravitado desvelando mi sueño
tu pensamiento,
mi asombro,
mi puerto

soy latino en el espejo y en el ombligo
por privilegios
alego mis tiernas imprecisiones
no me rebajes del reproche
de graduarme intensamente,
en la mirada que te pertenece

pero cuando el tiempo esté por irse
destilo mi lápiz
porque al tocarlo el tiempo no nos hiere
el excesivo fasto
yo escribo tus fronteras
porque la libertad es una llama
que florece

ni esto que hace ruidos de anhelos con los dedos
rozando la piel de mi ventisca,

nadie puede
augurar un otoño
nadie puede inventarse las raíces
de tu nombre
aún cuando la selva sean mi carne,
mis ojos.


Inventario

digamos,
un sol tan preciso,
un árbol,
la sonrisa de un diámetro
con tanto grado
y ropa
murmulla
un grafo de agazajos,
tiza,
hueso,
digamos,
un soborno
sobre los labios
un verso,
del mar en un nùmero exacto,
digamos
iguanas, en agua
en tierra,
descalzas de planetas,
italia
una nube de rosas, una mancha,
bahía de un café deshabitado,
mi lengua,
té,
arena y viento,
delirio,
mi suspiro,

tu,

la resta
perfecta
del inventario.

©Jorge O. Torres para el poema Tiernas impresiones e Inventario. Todos los derechos reservados.


Luis Lloréns Torres, poeta puertorriqueño y uno de mis favoritos, de quien comparto el poema “A Puerto Rico“. ¡Qué lo disfruten!


Poeta y periodista puertorriqueño. Nació en Juana Díaz y falleció en Santurce. Como poeta, principió con la corriente o escuela modernista, pasando subsiguientemente al estilo y modalidad costumbrista, sin dejar enteramente el ya agotado romanticismo, pues viene asociado a esta escuela al espíritu nacionalista y patriótico por el que pasaba Puerto Rico en esa época de sentimientos independistas y nacionalistas. Mucha de la poesía de Luis Lloréns está influenciada por su militancia política y por el naciente criollismo literario en boga. Es frecuente encontrarse en su poemario con el folklorismo jíbaro y el costumbrismo popular en general. (Biografía sacada de http://www.los-poetas.com, donde puedes encontrar más poetas mundiales)


A PUERTO RICO

La América fue tuya. Fue tuya en la corona
embrujada de plumas del cacique Agüeybana,
que traía el misterio de una noche de siglos
y quemóse en el rayo de sol de una mañana.

El África fue tuya. Fue tuya en las esclavas
que el surco roturaron, al sol canicular.
Tenían la piel negra y España les dio un beso
y las volvió criollas de luz crepuscular.

También fue tuya España. Y fue San Juan la joya,
que aquella madre vieja y madre todavía,
prendió de tu recuerdo como un brillante al aire

sobre el aro de oro que ciñe la bahía.
¿Y el Yanki de alto cuerpo y alma infantil quizás?…
¡E1 Yanki no fue tuyo ni lo será jamás!


Poesý ed2012-001

Irma Zermeño: Las raíces que imagino / Pedro Manterola: La raíz de la que surge tu nombre

Soy inconstante como electrocardiograma; enemiga de las comas, un recurrente revoltijo al conversar; de los sentidos, soy olfato; mi mejor posesión: la memoria. Sostenida por una especie de fe que me abriga con fuerza corrosiva. Escritora en riña permanente con la pintora; perseguidora de la ilusión aun por flacos motivos; adoradora de la noche, mi templo de construcción. Recurrente como una ola, imaginativa hasta colindar con la locura. Acuarelas, montones de listones coloridos sin un por qué; terca a decir basta; observadora; renuente y rejega si se trata de olvidar y en coqueteo constante con la palabra.


Las raíces que imagino

Las raíces que imagino
Por hermosas que puedan ser las palabras, tendemos a olvidar la raíz de donde proceden como miramos las flores sin pensar en sus abajos o sus entierros. La mirada se clava en los pétalos, en los colores, como somos cada vez más esclavos de nuestra estampa olvidando tantas veces la esencia.
Somos madera y raíz de la palabra, somos raíces de sangre y también, nuestra sombra de una sola pieza, ésa que no podemos fragmentar ni acomodar a nuestro antojo.
No somos siquiera dueños de nuestra sombra ni podemos romperla, como somos incapaces de cambiar la voz que tenemos y que tampoco elegimos.
Somos raíz, origen y fuente de silencio; ese mismo silencio que es capaz de oler cuando los besos se avecinan. Porque el silencio huele y a veces duele. Es capaz de llevarse todos los colores que conocemos, el clima, el ánimo y los antojos.
Y, sin embargo, no traiciona. Es más fácil traicionar con la palabra que con el silencio.
El silencio lastima a quien evita su propia compañía, a quien le duele ser quien es porque en silencio, vuelve a mirarse y deviene primer plano. Sus espinas, protagonistas. No hay distracción que sea cómplice del disimulo ni ruido que postergue una verdad. Y la verdad arde, raspa y abre una grieta y corta como la más fiera navaja. La verdad desangra. Y abre los ojos del desangrado.
Las raíces también son heridas, son de piedra, de tierra y sangre. En su cara más vistosa, son follaje, ramaje y flores como la mujer es curvas y ojo de agua y cabellos al aire y guiño y coquetería que camina y animal que seduce.
Del lado de las raíces, el que nos confronta, el lado incómodo, la mujer es también culpas, esperas, vanidades, maquillaje y apariencias. Sabe ser látigo y sabe usarlo.
Sin raíces nos secamos pero apegados a ellas es imposible crecer. Es como el aplauso continuo que termina por matar la mejor parte de quien lo recibe. Una vez que se acostumbró a ello, deja de merecer lo que supo ganarse a pulso mientras se creaba a si mismo en la pureza de la intención.
El silencio es el lenguaje del que sabe qué hacer con las manos, es el idioma del que se reconoce y después de muchos esfuerzos, aprendió a aceptarse. Es el lenguaje del que sabe que callar duele menos y enriquece más. Callar como los portugueses a quienes la saudade arrastra y el fado hiere.
Vivir es, a veces, como ir dando tumbos en un mundo sin raíces donde la nada pasea, lenta, por cada una de las estaciones; donde el ego parece ser lo único que nos persigue y, a la vez, perseguimos. Vivir un mundo en el que el reconocimiento que nos importa es el que viene de afuera, como lluvia que escurre por fuera de cualquier ventana. Como si nuestra propia lluvia o la que ocasiona el llanto, la revelación, el placer o la conmoción, no existiera. El goteo que notamos, y comparamos, es de los otros. Y esos otros, a su vez, dentro de cualquier habitación, esperan la lluvia que les llueve afuera de cualquier ventana. Y siempre afuera.
Raíces me remite a dar con la raíz del silencio, con la sabia que antecede a las flores, el otro lado que somos; sentir el otro lado del aire, ser esa sombra del aire, toparnos con el otro lado del fuego y serlo.

Volver al lodo, al barro, volver a sacar el mar que llevamos dentro. Recordar que somos el mar. Mirarnos dentro y recordarnos edén del ave que fuimos; el ave azul que se presume frente al tronco, que se luce para él y para sí mismo y sin saberlo o, acaso sin saberlo, mientras cree lucirse lo que hace es contagiarse de esa solidez, de esa dignidad del tronco y el árbol todo. En ese momento, y en todos, la raíz es el tronco y es la tierra y es cada rama y cada ave que ahí descansa y cada flor que asome por pura e impecable que se presuma. Es contagio y recuerdo que al unísono somos. El coro inmejorable, la última gota de lluvia.
Significar cada gesto que no vemos y que nos siembra y fragua por dentro, volver a la semilla; hurgar más dentro, cavarnos, sacudirnos, renunciar a los restos y los trastos, las resacas en negativo; arrancar el polvo oscuro que nos acomodó encima el tiempo y su paso de fantasma bien ceñido del brazo de la experiencia, la frustración, el ego herido y también: los ojos que entornamos, las bocas que anhelamos y las voces con las que hicimos dueto y eco, donde fuimos canto y sinfonía.
Reacomodarnos a resonar como latidos del mar, como raíces del fuego que en ese solo instante, son dos piedras que se frotan entre sí. El fuego nos echó raíces desde que no tenemos memoria. Dentro, fuimos hoguera y danza y lugar donde calentar las manos y llamas de hembra y macho, nudos y amarres que no cesan hasta que cae el revés del agua, porque lo tiene. Como tiene revés el fuego y la palabra.
El agua tiene curvas de mujer y tiene revés como la ropa de mujer. Y como tiene revés todo lo bueno.
Y que los pies descalzos sean puentes de uno al otro, que sean zapatos en sí mismos, lo mismo que listones entre manos que entrelazamos, que sean trenza entre tu hebra y la mía, un mismo estambre, madeja para hilvanarnos a mejor. Pies y manos y derecho y revés de lo que somos. Piezas de una sola pieza.
Y vendrán los puentes para cruzar el agua, para esquivar las espinas y esquinas que también somos. Espinas de hembra y macho que se untan, se embarran, se afilan, espinas que envenenan. Y cortaremos la hierba, la recurrente, la que embriaga, la hierba ciega, la que embrutece y la que nos guste remojada en té para bebernos y hasta agotarnos. Hasta decantar.
Dejar de buscar los puentes que evitan el dolor y la vida, dejaremos que la vida nos arañe y muerda y, filosa, nos arranque un trozo de piel si es que aún hace falta. Dejaremos de creer en la perfección porque no existe. Sabemos que no existe como un día supimos de los reyes magos y de papá Noel y de dónde vienen los niños, pero la eterna vanidad es bruma, lo nubla todo; así insistimos en perseguirla como se insiste en buscarle seis pies al gato porque tres sí que los tiene.
Si existiera la perfección la imagino aburrida, tiesa y lacia, tan lacia y fría como un cuerpo que recién yace en la muerte. La perfección, de existir, es un cadáver.
Volver a las raíces y volver la cara al estallido que grita el fuego y en ese grito trae la memoria de los siglos, nos recuenta de lo efímero que somos y serlo sin miedo porque no tiene remedio. Se trata de detener los ojos en el agua y sus curvas, en las esquinas de las flores, de desmenuzar rajas de canela entre las manos.
Y elegir, como se elige a quién amar y qué piel acariciar hasta caer dormida, dejar de ser madera del puente que une al mar dulce y salado que llevamos dentro con el agua externa, la del pantano, la que nos maltrata y nos disminuye. La que se guarda en frascos, la que ahoga.
Dejar de regar piedras intentando suavizarlas y nadar a ese lugar en el que las despedidas no florecen y las palabras son lo que parecen: magnolias.

Y la espuma no surge de la rabia que alcanzamos, ahí la espuma es agitación de olas de mujer, es alas de mujer que huele a nomeolvides, a días y años y quédate siempre y no marchites ni me marchites.
Raíces que nos agiten con violencia y sean trayecto de vuelta a la tierra, sin dejar de lado las sutilezas y volvamos a llenar los huecos de las manos y podamos espirar en azul y sudar como los nardos.
Volver a sabernos muelle, laberinto y espiral, transición sin tregua ni remedio. Y jóvenes y viejos, hembras y machos a un mismo tiempo. Animales, heridas y suturas y remedos sobre la marcha. Y réquiems y lamentos, tangos y encierros hedonistas de dos en dos. Y volver a ser el mundo en ese espejo de dos. Ser y hacer el mundo, ser y hacer el amor. Ser una digna danza hacia la muerte; bailar de cachetito con la muerte con zapatillas de gala; torearla, lucirnos con ella para entregarnos vencidos cuando nos bese la frente. Solo así vivir y así domarnos el miedo.
Dejar lo crudo y las medias tintas y los grises en todas su formas, ahuyentar las resignaciones, dejar el pánico de padecer locura cuando, sin excepción, perseguimos enamorarnos y perdernos como un par de locos. Y lanzarnos a encontrar a ese otro loco.
Remar más de prisa hasta arrancarnos de los ojos el paisaje de esa cueva donde reina el miedo y parece arrullarnos desde siempre, esa técnica profesional que tiene el miedo que nunca llegamos a vencer. Nos domina.
El músico o el aprendiz de violín llega un día a dominarlo a fuerza de práctica y disciplina. Nosotros no pasamos de ser aprendices ineficientes, no dejamos de ser malos músicos, mediocres, apagados por el instrumento del miedo.
El miedo es el violín que nos toma entre sus manos, es el chelo que nos aprieta entre las piernas creando la tensión musical que le conviene.
El miedo nos lleva en su vientre, nos mece y canta al oído por las noches, nos susurra mentiras. Un tronco miedo del que nunca pudimos separarnos. La raíz del miedo y sus esclavos.
Somos como hierba que crece débil a la sombra de ese arbolazo frondoso, tan verde, tan primavera; somos la hierba que no se atreve a crecer, a despegarse un poco, la hierba que se aferra a esa raíz, matiz entre vientre y miedo. Le concedemos una especie de contrato que cumplimos en juramento silencioso y de la manera más fiel y puntual que conocemos, mientras nos dura el aliento y el respiro. Nada menos.
Acaso queramos, alguna vez, alejarnos de lo crudo, de las urgencias cotidianas, de los abismos que muerden; quizá dejemos la sequía que tuerce, los restos de miradas, la limosna que damos cuando damos. Quizá podamos cansarnos de ser las sobras, las migajas, la simple probadita del banquete que debiera significar vivir.
Acaso dejemos de usar “herida” en el lugar donde llevamos el nombre y saber que las heridas son sólo sonrisas, al revés. Son su revés.
Me gusta imaginarnos posibles. Sin restos, rastros, ni despojos. Sin infiernos.
Retomar el fuego que alumbra y no el que quema, elegir el azul y dejar el negro previo a la ceniza; dejar la velocidad, el hastío, el cochambre y la hora prisa que da frutos insípidos y casi siempre, tan amargos e intragables.
Las raíces que nos duelen, imagino y dibujo que las tomamos entre las manos con toda la ternura que exista para olerlas, repasarlas, tocarlas, trenzarlas, y frotarnos el rostro con ellas, mojarlas de lluvia, tenderlas al sol y volverlas cuerdas con las que saltar y con

las que atarnos el cabello. Y cuerdas de una guitarra que nos lleve en su centro, guitarra que nos recueste sobre sus piernas y nos devuelva niños. Y nos vuelva música del
mundo. Y queramos dejar de aspirar a dioses y nos volquemos sobre tambores y darnos alas y raíces, al unísono, en un coro que es hembra y macho y es niñez y adultez y es vida que no teme a un punto final. Vida que echó por la borda el suspenso, en la que no late el temor, vida a la que no le preocupa la interrupción. Vida que vivir.
Seamos seres que no vuelan para alcanzar medallas sino madejas enredadas de risa, seres que quieren ser y saben por dónde ir, seres a los que moldea el silencio sin destruirlos. Ser escultura en proceso.
Dejar de secarnos el alma entre nudos, asfixia y torcedura.
Que las raíces sean los nudos de los amantes, que las bisagras solo abran puertas que no cierran más y olvidaron cómo; que los ramajes columpien al viento, que seamos fruto con el perfume exacto de la guayaba, que sigamos verdes y siendo parte del huerto de dignidad que florece de mes en vez y de vez en mes y de año en vez.
Que dejen de talarnos las apariencias; seamos leña que hacer de nosotros mismos cada tarde, cada mañana de poda, ser retoño, poema y espiga y, por favor, con ese garbo.

El poeta es raíz y el poema, el fruto, a veces tan dulce como almíbar que escurre sobre lo que le duele al poeta. Ahí, el poema deviene sonrisa que se presume sobre la herida y la vence. El poema le endulza las lágrimas al poeta, las enjuga.
Ahí, sonríe frente a la palabra que creyó gastada, las ilusiones que vio agusanarse y la fe perdida. Y doler ya no le duele igual porque ese dolor parió a la hermosura.

Que los pies descalzos que somos trepen al árbol y sean a la vez tierra, nido y golondrina, sean hijos y nubes. Y una postal acuareleada sobre estar vivo.

Y ahí está ese árbol de pie, a la altura de toda la dignidad que es capaz de existir en un mundo, acaso más.

Propongo de raíz, desjugarnos como granada sangre, rociarnos como olivas, echar por
la borda la insipidez del níspero, ese lento pelar de fruto hacia ninguna parte.
Seamos el ostentoso coqueteo de la magnolia, imitemos la inmensidad de la vieja ceiba, transpiremos el aroma del guayabo con todos sus albures, quitémonos la piel como un higo maduro.
De raíz, defender nuestras batallas como robles, lloremos como sauces donde el llanto nunca supo llorar más hermosura, seamos ventanas con las tantas vistas de la madreperla; volvamos a ser posibles como el plúmbago que parece imposible y puedo mirar desde aquí.

Como el poeta espigado, curemos como sábila cada grieta y cada ojal. Coser cada agujero con hilo de humo del copal, tener a la tierra por cama en una maleza humana que nos parece tan impensable.

Y volver a mirar nuestras raíces.

©Irma Zermeño para el poema Las raíces que imagino. Todos los derechos reservados.


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La raíz de la que surge tu nombre.

Desde la ventana, atrás de los árboles, los días que se han ido dibujan la silueta de un río que busca el litoral. En la misma ribera descansan las presencias que han dejado de serlo, las palabras perdidas, las caricias tatuadas, las miradas y las voces derramadas en la memoria, las lágrimas que mojaron tus manos, el llanto que te hizo culpable. Aparece de repente, rotundo, el silencio. Y cuando todo es silencio, no hay manera de huir. Porque el silencio se mete en los poros, se enraíza en la memoria, busca en el origen. Toda ausencia, me dirás, es una huida. La mujer extraviada, el amigo errante, el cuento sin final feliz, el rey de castillos de arena, la canción que no supiste cantar, las flores arrancadas y tiradas al piso, la mujer que se perdió en las mil y una noches, la luna llena, esta vida en cuarto menguante…
No huyo, busco. Caminos, respuestas, manos, miradas, sonrisas, palabras. Inevitablemente. Sin exigencias, sin apremios. A veces, sí, ansiedad. Si huyo, es del silencio que absorbe la nostalgia suficiente para saber que eres duda, tiempo detenido que parece hundirse en tierra baldía. En suelo árido el tiempo no tiene salida. Es simultáneamente gloria e infierno. Y las palabras se hacen delirios que explican por qué no estás, por qué no llegaste, por qué vives convertido en estatua de sal, en rama seca, en páramo que diluye fracasos, que esconde victorias, aciertos, reencuentros, un desierto, un adiós sin despedida.
Tantas palabras, tanto eco hecho diálogo, suenan mohosas. Son voces que saben a lengua, credo, falso testimonio… No más perdón no deseado, no más miedo, no más llanto, no más silencios. No quieres semillas vacías. No hay vida en el limbo, ese no lugar sin luz, humedad ni palabras. Solo quién conoce la luna sabe lo que es disipar el miedo. Solo quién abre los ojos en la madrugada y logra ver la silueta de sí mismo, el rostro de la mujer que aún no llega, los paisajes que fueron y los que son porvenir, la ruta perdida, el faro en la bocana, el barco en el puerto, el árbol que extiende sus brazos, pródigo desde la raíz, la cara de un niño, la mano de un ciego, el ladrido de un perro, las alas de un colibrí, entiende que el camino es milagro y rutina la voz que repite tu nombre como quién grita “¡Eureka!”.

Bañarse con la luz de la luna es expiar los pecados que aún no cometemos. Es trazar con las manos los pliegues de una piel que sabe a canela y huele a vainilla, que transpira la sal de mil mares aún no descubiertos. Es el destino, la ciudad perdida en el océano que separa las tierras para unir los recuerdos, los deseos, la esperanza, el cuerpo de una mujer que bañada de luna se convierte en el sol de un planeta recién nacido, huerto en el que anidan los pájaros del porvenir.
¿Cuánto tiempo seguí tus huellas en un reloj de arena? Una eternidad con aroma de muerte que dejó de ser agonía apenas percibir tu tacto, imaginar tu sonrisa, decir a tu oído palabras en un idioma que hasta ese día no conocía. La búsqueda libera al silencio de olvido y cadenas. Tu cuerpo despoja al olvido de espejismos y cura la ofuscación de un hombre que entiende con solo mirarte que es otro y no podrá ser el mismo. Eres alma, tierra húmeda, manantial, cordillera. La salvación de un inocente que vive del remordimiento. El final del miedo, el origen del verbo.
No hay milagro si caminas sobre las aguas. Así eres tú, nada más. No huimos si abrimos el mar para encontrarnos en mitad de la nada, lugar que a otros parece sombrío y para nosotros es esperanza y principio. La vida viene del agua, del mar, de su origen, del fondo obscuro de una noche sin luna. Tierra, desierto, montaña, ribera, selva, río, mar, litoral. Destino, leyenda, ficción, espejismo, camino. Semilla, comienzo, advertencia. Las palabras que forman tu nombre, las raíces que envuelven tu memoria.
Has venido a hablar, a hacer, a decir, a caminar, construir, a escribir. A ser. Que nada, nadie, te diga que estás prisionero, que todo es imposible, que la vida es mentira, que la palabra no tiene valor, sino precio. Quisieran hacerte creer que somos lo mismo. Pero no son iguales. Sí: polvo somos, y en el polvo seremos eternos sí en él penetra y arraiga la raíz que alimente el tallo que hará suyo este suelo. Porque los seres de lodo no están hechos de barro, y en el fango no se dan cepas fértiles ni florece el origen. Porque nuestros pies son historia, huella, destino y paraje. Porque nuestras manos escriben recuerdos que parecen venir de la nada y son causa, sostén y cimiento.
Cada raíz es un signo, una grafía, una voz que se dice aquí y lleva su eco a cualquier parte, una palabra que hunde sus semilla lo mismo de las manos de Hermes, que en el Monte Calvario, en la tierra profana de Constantinopla y en el territorio profundo de un canto andaluz, voces de moros y cristianos que una vez separados descubrieron otro continente para dar lengua al misterio y nombre común a dioses distantes.
Somos la raíz que se pierde en el aire, una planta invisible que afianza y sostiene, que nutre, absorbe, edifica, provoca, principia. Somos árbol que florece con sus raíces hundidas en tierras lejanas, expresiones distintas que comparten lo mismo un pesebre, que una cruz, una ermita y un manantial. Somos el múltiplo infinito de nosotros mismos, la raíz cuadrada que combina la ecuación insoluble del origen del hombre. El antes y el después, el cauce, el borde y el destino. La respuesta final, la solución que termina con todo principio. Es la respuesta que busca el nómada, la casa que levanta el espíritu errante para arraigar su germen y esparcir su descendencia. Somos la cosecha que dará simiente a otro universo. Somos el nombre que convierte el destino en génesis de mil historias distintas, yema, fruto, flor y semilla que tuvieron su primera letra en las raíces del árbol del bien y del mal.

©Pedro Manterola para el poema La raíz de la que surge tu nombre. Todos los derechos reservados.