Capítulo Cinco: En ruta Parte III

Oshmdwa

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Capítulo Cinco

En Ruta

3ra Parte

En palacio, luego de concluida sus oraciones, la princesa envió a llamar al mayordomo del palacio para darles las instrucciones a seguir, una vez salga del palacio. Le indicó que su bandera debía permanecer en el asta al menos una semana; las audiencias estaban canceladas hasta nuevo aviso; y nadie debía saber que ella había abandonado el palacio, no al menos pasada el tiempo previsto cuando tenía permiso de bajar su bandera. Sobre los mercaderes encarcelados, les podía dar su libertad una vez su sentencia estuviese finalizada. Sus visitas debían estar supervisadas en todo momento y solo sus esposas tenían el permiso de verles, de haber alguna objeción a sus órdenes quedarían suspendidas. Sobre el Marqués Wrikam, añadió, “Si su señoría nos enaltece con su visita, le indicará que estoy indispuesta y se le dará previo aviso cuando pueda pasar para una audiencia. Saldré mañana en la tarde y durante todo este tiempo le pediré no nos moleste, Alora se encargará de todo lo demás.”

“Por supuesto, Su Alteza,” contestó con una reverencia, pero había algo en él que no era de confiar. De todas formas, Dinorah se aseguró que no supiera que saldrían antes, por si su inesperada salida del palacio, de algún modo, llegaba a oídos de sus enemigos.  Al terminar, le pidió se marchara lo que el mayordomo hizo de inmediato. Por su parte, Dinorah se retiró a su recámara para descansar y luego prepararse para su viaje.

Dos horas antes de la media noche, los Sarai esperaban a la princesa y a la dama Alora a la entrada del túnel. El sótano del palacio era lo suficientemente espacioso como para que los veintiséis, de treinta soldados que componían los Sarai, cupieran junto con sus caballos. Los otros cuatro restantes, que cuidaban del túnel, les acompañarían según fueran pasando los puestos. Senín entró al sótano y se dio cuenta que la princesa no había llegado aún, se acercó a Berengüer y le inquirió por ella. El capitán de los Sarai le contestó que ya le había enviado un mensaje de que estaban listos para ella, y la princesa avisó que no le faltaba mucho. Así fue, minutos más tarde ella entró vestida con sus atuendos de cabalgar. Su indumentaria era toda en seda con embrocados en oro y plata y de diferentes tonalidades de azul. Llevaba pantalones anchos y botas de cuero; un chaleco de seda con los mismos detalles de su pantalón ceñido a la cintura por un paño en organza dorado y dentro llevaba una camisa de chiffon. Su cabello estaba recogido por una especie de redecilla en organza con detalles en perlas color crema. Su dama de compañía vestía un similar atuendo, pero de color púrpura. El Bńelekoh Tekuh sonrió al verla, pues ella le dio una mirada como preguntando si él aprobaba de su indumentaria.

Berengüer se acercó a ella y le entregó una espada que estaba guardada en una vaina dorada, la cual ella colocó en su cintura. El capitán de los Sarai se acercó a Alora y con suma timidez, que no permitió se notara,  le entregó la espada de ella. Alora le sonrió dulcemente y en su cintura amarró el cinturón de su espada. La princesa fue ayudada por Aigmund a subir a su corcel, mientras que Berengüer asistió a Alora. Le ofreció su mano para ayudarla a montar, la cual ella aceptó entregándole la suya. Berengüer respetuosa y suavemente apretó la mano de Alora. Ella abrumada por lo sucedido, montó rápidamente y cortó con el contacto táctil entre ambos. Le agradeció su asistencia sin mirarle a los ojos. Su respiración era rápida, y nerviosa se puso sus guantes.

Berengüer asintió con la cabeza al agradecimiento de Alora y se marchó a montar su caballo un poco confundido con lo ocurrido. Tal vez, pensaba, fue un atrevimiento de mi parte. Los sentimientos que en su corazón se anidaron al sentir el calor de sus manos en las suyas, alivió todo sentido de culpa. Dibujó en su rostro la silueta de una sonrisa mientras montaba su caballo, satisfecho con su osadía. No sabía cómo interpretar la reacción de la dama que era dueña de sus sentimientos, pero estaba seguro que la misión a la que se adentraban le ayudaría a acercarse más a ella. Hasta quizás conocer si sus sentimientos eran recíprocos.

Senín dio la orden de salida y se adentraron al túnel, los últimos soldados se encargaron de cerrar las puertas. Por alrededor de dos horas estuvieron en el vientre del túnel, ya que eran un grupo grande. Se encargaron de cerrar los dos puestos y recoger los soldados que los guardaban. Al salir, el cielo estrellado les dio la bienvenida a una oscuridad perpetua. Los exploradores se adelantaron y regresaron minutos más tarde para informar que todo estaba seguro. Nuevamente desaparecieron en la oscuridad para adelantarse y verificar la ruta indicada por Senín.

El grupo comenzó su marcha, adentrándose en un bosque cercano al lugar y en dirección noroeste por donde colindarían con el monasterio Éwärd. La oscuridad que los arropaba era abrumadora para Dinorah, quien en su alma sentía una sensación extraña de alivio y conformidad. Mientras más se adentraban en el camino que demostraba años de desuso por sus parchos de grama aquí y allá, y rodeado por grandes y frondosos árboles centenarios, todo poco a poco a su alrededor se tornaba más angosto. Deseaba sentir la iluminación de la sencillez de la flama de una vela, pero para no llamar la atención de indeseados ojos, no habían encendido ningún farol por el momento hasta estar a una distancia segura de Almĭdina.

Había pasado una hora desde que salieron del túnel, y Dinorah sentía como su pecho se contraía a cada minuto hasta no soportar más. El dolor penetró todos sus sentidos y la oscuridad la abatía. El camino ante sus ojos se movía de un lado a otro y se le hacía difícil mantener el balance sobre su caballo. Con suma dificultad y gran determinación de su parte, con un suspiro que tenía rastro de una voz clamando auxilio, pronunció el nombre de su dama de compañía. Esta que estaba cerca de ella, pero no se había percatado del estado de su señora pensando en lo ocurrido entre ella y Berengüer, abrió los ojos en espanto al verla y exclamó a Senín con todas sus fuerzas.

Senín detuvo la caravana inmediatamente para ver cuál era la conmoción, y al ver el estado de la princesa miró atribulado a Alora. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer, pues conocía que lo que le ocurría a Dinorah no era nada que con la espada pudiera, por el momento, resolver. Alora le pidió que la bajaran del caballo y la acostarán. Así lo hicieron, mientras ella buscó dentro de su mochila una vela que pidió la encendieran de inmediato y la colocarán donde la luz tocará el rostro de la princesa. Berengüer tomó la iniciativa y encendió la vela. A Dinorah la colocaron sobre una cama de grama que crecía entre la protuberancia de una raíz inmensa. Alora se acercó a ella y comenzó a susurrar la Iluminaria en su oído.

Dinorah al ver la luz clavó su mirada en ella y dejó que todos sus sentidos se inundarán en su claridad, mientras repetía como podía en su mente la oración susurrada a su oído. Poco a poco todo su ser se fue perdiendo en la luz, hasta que perdió el conocimiento.

El capítulo seis, “La puerta carmesí”, será entregada el 2 de agosto.

Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohíbe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de Oshmdwa, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.



 

Capítulo Cinco: En Ruta 2da Parte

Oshmdwa

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Capítulo Cinco

En Ruta

2da Parte

Al Senín terminar su larga explicación, Dinorah se dio cuenta que era la hora de oración, pues la estrella dorada estaba en su punto más alto. Interrumpiéndole, preguntó, “¿Cuándo partimos?”

“Esta noche,” contestó con seguridad.

“¡Esta noche no hay estrella plateada!” Exclamó preocupada.

La exclamación tomó por sorpresa a Senín, quien contestó con la misma seguridad de antes, “Mejor para nosotros, la oscuridad y las sombras de la noche nos servirán de resguardo.”

De inmediato guardó silencio en espera de una oposición. Con su exclamación demostraba, en cierto sentido, temor de la oscuridad algo que él debía tomar en consideración. Los hijos de la luz no le temen a las sombras, pero tal vez en el caso de la princesa esto podía cambiar. Para Senín era importante que ella le comunicara cualquier preocupación que tuviera. Necesitaba estar al pendiente de ella, pero más aún conocer su estado emocional. Lo que se escondía dentro de ella era en sí de temer. Un pensamiento que trajo luz cruzó su mente y, por el momento, una pequeña serenidad. No era el temor a la oscuridad lo que debía preocuparle, sino la atracción a esta. Cuando esto ocurriese, entonces debería tomar acción de inmediato. Quizás el ir a solicitar la ayuda del Unnfrid no sería una mala idea. Sus conocimientos podían ser de gran ayuda a la princesa, y quizás su salvación.

El Bńelekoh Tekuh era un hombre de gran valentía, y la había demostrado en muchas ocasiones. Aunque sus encuentros violentos con los Oshmdwans, habían sido pocos, demostró en todas ellas que tiene el conocimiento para dirigir los soldados del rey y defender el reino de sus enemigos. No solo la victoria ha sido su recompensa, sino la paz que ganó para el reino. Por tal razón, el comentario impulsivo de Senín no le molestaba en lo absoluto a Dinorah, sino era de esperarse de él. Fue entonces, que dijo, “Así será, me encargaré de dar mis últimas instrucciones aquí en palacio, para que nadie sospeche de mi inesperada salida.”

“Asegúrese de que mantengan su bandera izada, al menos por una semana. Esto nos dará una ventaja, al menos en tiempo,” comentó interrumpiendo a Dinorah.

“Tomaré su consejo, Senín. Ahora, me tendrá que disculpar, pero como ve es la hora de oración, y para mí cada momento de ella es necesaria. Alora, le escoltará de vuelta a las escaleras.”

Senín, hizo un pequeña reverencia y se marchó junto con Alora. Antes de cerrar la puerta tras Senín, este le preguntó, “Dama Alora, tengo que saber algo de suma importancia. Por lo que dijo la princesa, ustedes han sido preparadas para lo que quizás se acontecerá. La pregunta es, ¿está preparada para realizar el acto? Recuerde, que sería, usted, quien tomase la vida de la princesa y no será nada fácil.”

Un corto silencio lleno el espacio entre ambos, pero la mirada de Alora se mantuvo serena y no dio indicaciones de temor alguno. Con seriedad, contestó a Senín, “Aunque mi amor por Su Alteza es como el de una hermana, no se deje confundir que este se interpondrá en mi deber. Por algo fui escogida entre muchas. El tiempo que estuve Ëwärd, me enseñaron muchas cosas de las que, usted, quedaría sorprendido. No se deje engañar por mi apariencia, pues parte de mi educación fue prepararme para ese momento. Recuerde que el acto sería uno de benevolencia, y no uno de violencia y odio,” hizo una corta pausa y preguntó mirándole directamente a los ojos. “¿Esto contesta su pregunta, Bńelekoh?”

Senín sonrió asintiendo con su cabeza, y dijo, “Sí, dama Alora,” y enseguida se marchó.

Al llegar al edificio de los Sarai, mandó a llamar a Nart y le pidió devuelta el mapa para realizar los cambios. Luego de hacerlo, le pidió a Berengüer que reuniera en el salón comedor a los Sarai, para darles las instrucciones para el viaje. Así lo hizo Berengüer, y en eso de media hora todos los Sarai esperaban impacientes por el Bńelekoh.

El salón comedor no era muy grande, pero estaba repleto de mesas largas y asientos. Algunos de los Sarai estaban sentados, y otros se mantenían en pie, todos a la espera del Bńelekoh Tekuh. Vestían sus uniformes de cabalgar que consistía en pantalones largos que se perdían dentro de una bota de cuero que llegaba justo bajo la rodilla chapada en metal por la parte frontal para resguardar la pantorrilla; su torso estaba cubierto por una brigantina marrón de cuello alto, dentro de esta, llevaban una camisa de mangas largas color azul claro con embrocados en oro; por encima de su brigantina utilizaban una chaqueta de cuero chapada en ambos antebrazos, que llegaba a la cadera y estaba ceñida a la cintura por un cinturón donde se hallaba la vaina en cuero y decorada con elegantes motivos en metal, donde descansaban sobre sus espadas. Algunos de los Sarai eran arqueros y gustaban de llevar su espada en sus espaldas. Las chaquetas que utilizaban tenían en la parte superior izquierda el emblema de la casa de Itana, que consistía en la estrella dorada irradiando rayos y rodeado por una corona.

Los Sarai conversaban entre sí, pero al escuchar la puerta abrirse todos tornaron sus rostros hacía ella y callaron de inmediato. El primero en entrar fue su capitán Berengüer, detrás del Nart, y, por último, Senín. Todos se pusieron en pie al ver a su capitán entrar, e irguieron sus cuerpos. Berengüer les dio una señal para que tomarán asiento, lo que hicieron rápidamente. Entonces, sin decir palabra alguna el capitán de los Sarai dio varios pasos hacia atrás para que Senín tomara la palabra.

Este caminó hacia el frente unos pasos, y miro seriamente a todos por igual, estudiándoles. Luego de varios segundos de silencio, finalmente dijo, “Se habrán preguntado desde que me vieron llegar cuál es la razón de mi visita. No se imaginen que sea una cordial. Sepan, ustedes, que su señora está en peligro y como heredera al trono es mi deber protegerla cuando ella pida de mi ayuda. Por tal, estoy aquí y tomo mando de sus soldados, los Sarai. Es mi deber y responsabilidad llevar a la princesa a Karmiérz, y con su ayuda lo lograré.”

Hizo una pausa y continúo, “Espero de, ustedes, nada menos que el mismo desempeño que el de los Tekuh Richari, pues han recibido igual entrenamiento. Así que, no deseo escuchar queja alguna, sino obediencia. Sobre nuestra misión, les informó saldremos un poco antes de la media noche por el túnel, y nuestra ruta la mantendré en secreto para la seguridad de Su Alteza y será revelada a ustedes a su debido tiempo. Debemos llegar lo antes posible a Karmiérz, así que nuestra misión dependerá mucho de nosotros. No será fácil ya que estaremos en movimiento la mayor parte del camino, y será muy poco el tiempo de descanso. Les pido se preparen mentalmente para una misión ardua y difícil, que tal vez realicemos sin ningún inconveniente. Por el momento, esto es todo lo que tenía que decirles, y recuerden que en nuestras manos está la protección de la princesa y su seguridad depende de nuestra capacidad de estar alertas a cada momento de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Dicho esto se marchó en silencio, Nart iba tras de él. Berengüer adelantó unos pasos y dijo, “La princesa cabalgara junto con nosotros, no habrá necesidad de la carroza. ¡Edmnd!”

“Mi capitán,” contestó Edmnd, quien se encontraba en la parte posterior del comedor.

“Te encargarás de los caballos de la princesa y la dama Alora, si es necesario que alguno de los Sarai te ayudé, pues que así sea. Deben estar todos listos para partir antes de la hora indicada, por si así lo desea el Bńelekoh Tekuh o la princesa. Por lo tanto, espero que para el atardecer todos estén preparados y solo tengan tiempo para descansar lo necesario hasta la hora de partida. Es todo por el momento, pueden retirarse, Sarai Richari.”

Todos unísonos, contestaron haciendo una reverencia, “¡Señor!”

Se marcharon como les habían indicado a poner todo en orden, excepto por Aigmund. Este se acercó a Berengüer, y le preguntó, “¿Por qué no le han revelado a los Sarai que el rey a muerto?”

“El Bńelekoh lo creyó prudente, además no deseaba esparcir la noticia más allá. Si el enemigo la ha mantenido oculta de todo el reino, es mejor que no lo sepan los Sarai. Uno nunca sabe quien pueda estar sirviendo de doble agente, y más aún cuando la vida de la princesa está en peligro.”

“¿No crees qué los Sarai se darán cuenta?”

“No. Ahora ve y asegúrate que todo esté en orden, me tengo que reunir con el Bńelekoh que tiene nuevas órdenes que darme.”

Berengüer con miles de preguntas en su cabeza, fue a buscar a Senín, quien le esperaba en su habitación. Una vez allí, Senín le hizo sentarse junto a él y le dio nuevas órdenes. Debía escoger dos de sus hombres para servir de exploradores, quienes se adelantarían e investigarían el camino de cualquier problema que pudiesen encontrar, una vez salgan del túnel. Le indicó como deseaba la formación de los Sarai en torno a la princesa: arqueros en la parte frontal y posterior, aquellos con jabalina de igual forma ubicados; seis hombres con espadas largas debían estar frente y detrás de la princesa que estaría cerca de ellos dos, que irían al frente; incluyendo a Nart. Los demás en el centro, justo detrás de la princesa. Le informó, ordenándole no revelarlo, que visitarían el monasterio Éwärd a petición de la princesa y que les tomaría cuatro días en llegar, si todo marchaba bien. Al terminar, le preguntó si tenía alguna duda o comentario, y a la negación de Berengüer le pidió se marchara para poder descansar.

La tercera parte del capítulo cinco será entregada el 20 de julio de 2011.



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