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Oshmdwa

Capítulo Cinco: En Ruta 2da Parte

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Capítulo Cinco

En Ruta

2da Parte

Al Senín terminar su larga explicación, Dinorah se dio cuenta que era la hora de oración, pues la estrella dorada estaba en su punto más alto. Interrumpiéndole, preguntó, “¿Cuándo partimos?”

“Esta noche,” contestó con seguridad.

“¡Esta noche no hay estrella plateada!” Exclamó preocupada.

La exclamación tomó por sorpresa a Senín, quien contestó con la misma seguridad de antes, “Mejor para nosotros, la oscuridad y las sombras de la noche nos servirán de resguardo.”

De inmediato guardó silencio en espera de una oposición. Con su exclamación demostraba, en cierto sentido, temor de la oscuridad algo que él debía tomar en consideración. Los hijos de la luz no le temen a las sombras, pero tal vez en el caso de la princesa esto podía cambiar. Para Senín era importante que ella le comunicara cualquier preocupación que tuviera. Necesitaba estar al pendiente de ella, pero más aún conocer su estado emocional. Lo que se escondía dentro de ella era en sí de temer. Un pensamiento que trajo luz cruzó su mente y, por el momento, una pequeña serenidad. No era el temor a la oscuridad lo que debía preocuparle, sino la atracción a esta. Cuando esto ocurriese, entonces debería tomar acción de inmediato. Quizás el ir a solicitar la ayuda del Unnfrid no sería una mala idea. Sus conocimientos podían ser de gran ayuda a la princesa, y quizás su salvación.

El Bńelekoh Tekuh era un hombre de gran valentía, y la había demostrado en muchas ocasiones. Aunque sus encuentros violentos con los Oshmdwans, habían sido pocos, demostró en todas ellas que tiene el conocimiento para dirigir los soldados del rey y defender el reino de sus enemigos. No solo la victoria ha sido su recompensa, sino la paz que ganó para el reino. Por tal razón, el comentario impulsivo de Senín no le molestaba en lo absoluto a Dinorah, sino era de esperarse de él. Fue entonces, que dijo, “Así será, me encargaré de dar mis últimas instrucciones aquí en palacio, para que nadie sospeche de mi inesperada salida.”

“Asegúrese de que mantengan su bandera izada, al menos por una semana. Esto nos dará una ventaja, al menos en tiempo,” comentó interrumpiendo a Dinorah.

“Tomaré su consejo, Senín. Ahora, me tendrá que disculpar, pero como ve es la hora de oración, y para mí cada momento de ella es necesaria. Alora, le escoltará de vuelta a las escaleras.”

Senín, hizo un pequeña reverencia y se marchó junto con Alora. Antes de cerrar la puerta tras Senín, este le preguntó, “Dama Alora, tengo que saber algo de suma importancia. Por lo que dijo la princesa, ustedes han sido preparadas para lo que quizás se acontecerá. La pregunta es, ¿está preparada para realizar el acto? Recuerde, que sería, usted, quien tomase la vida de la princesa y no será nada fácil.”

Un corto silencio lleno el espacio entre ambos, pero la mirada de Alora se mantuvo serena y no dio indicaciones de temor alguno. Con seriedad, contestó a Senín, “Aunque mi amor por Su Alteza es como el de una hermana, no se deje confundir que este se interpondrá en mi deber. Por algo fui escogida entre muchas. El tiempo que estuve Ëwärd, me enseñaron muchas cosas de las que, usted, quedaría sorprendido. No se deje engañar por mi apariencia, pues parte de mi educación fue prepararme para ese momento. Recuerde que el acto sería uno de benevolencia, y no uno de violencia y odio,” hizo una corta pausa y preguntó mirándole directamente a los ojos. “¿Esto contesta su pregunta, Bńelekoh?”

Senín sonrió asintiendo con su cabeza, y dijo, “Sí, dama Alora,” y enseguida se marchó.

Al llegar al edificio de los Sarai, mandó a llamar a Nart y le pidió devuelta el mapa para realizar los cambios. Luego de hacerlo, le pidió a Berengüer que reuniera en el salón comedor a los Sarai, para darles las instrucciones para el viaje. Así lo hizo Berengüer, y en eso de media hora todos los Sarai esperaban impacientes por el Bńelekoh.

El salón comedor no era muy grande, pero estaba repleto de mesas largas y asientos. Algunos de los Sarai estaban sentados, y otros se mantenían en pie, todos a la espera del Bńelekoh Tekuh. Vestían sus uniformes de cabalgar que consistía en pantalones largos que se perdían dentro de una bota de cuero que llegaba justo bajo la rodilla chapada en metal por la parte frontal para resguardar la pantorrilla; su torso estaba cubierto por una brigantina marrón de cuello alto, dentro de esta, llevaban una camisa de mangas largas color azul claro con embrocados en oro; por encima de su brigantina utilizaban una chaqueta de cuero chapada en ambos antebrazos, que llegaba a la cadera y estaba ceñida a la cintura por un cinturón donde se hallaba la vaina en cuero y decorada con elegantes motivos en metal, donde descansaban sobre sus espadas. Algunos de los Sarai eran arqueros y gustaban de llevar su espada en sus espaldas. Las chaquetas que utilizaban tenían en la parte superior izquierda el emblema de la casa de Itana, que consistía en la estrella dorada irradiando rayos y rodeado por una corona.

Los Sarai conversaban entre sí, pero al escuchar la puerta abrirse todos tornaron sus rostros hacía ella y callaron de inmediato. El primero en entrar fue su capitán Berengüer, detrás del Nart, y, por último, Senín. Todos se pusieron en pie al ver a su capitán entrar, e irguieron sus cuerpos. Berengüer les dio una señal para que tomarán asiento, lo que hicieron rápidamente. Entonces, sin decir palabra alguna el capitán de los Sarai dio varios pasos hacia atrás para que Senín tomara la palabra.

Este caminó hacia el frente unos pasos, y miro seriamente a todos por igual, estudiándoles. Luego de varios segundos de silencio, finalmente dijo, “Se habrán preguntado desde que me vieron llegar cuál es la razón de mi visita. No se imaginen que sea una cordial. Sepan, ustedes, que su señora está en peligro y como heredera al trono es mi deber protegerla cuando ella pida de mi ayuda. Por tal, estoy aquí y tomo mando de sus soldados, los Sarai. Es mi deber y responsabilidad llevar a la princesa a Karmiérz, y con su ayuda lo lograré.”

Hizo una pausa y continúo, “Espero de, ustedes, nada menos que el mismo desempeño que el de los Tekuh Richari, pues han recibido igual entrenamiento. Así que, no deseo escuchar queja alguna, sino obediencia. Sobre nuestra misión, les informó saldremos un poco antes de la media noche por el túnel, y nuestra ruta la mantendré en secreto para la seguridad de Su Alteza y será revelada a ustedes a su debido tiempo. Debemos llegar lo antes posible a Karmiérz, así que nuestra misión dependerá mucho de nosotros. No será fácil ya que estaremos en movimiento la mayor parte del camino, y será muy poco el tiempo de descanso. Les pido se preparen mentalmente para una misión ardua y difícil, que tal vez realicemos sin ningún inconveniente. Por el momento, esto es todo lo que tenía que decirles, y recuerden que en nuestras manos está la protección de la princesa y su seguridad depende de nuestra capacidad de estar alertas a cada momento de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Dicho esto se marchó en silencio, Nart iba tras de él. Berengüer adelantó unos pasos y dijo, “La princesa cabalgara junto con nosotros, no habrá necesidad de la carroza. ¡Edmnd!”

“Mi capitán,” contestó Edmnd, quien se encontraba en la parte posterior del comedor.

“Te encargarás de los caballos de la princesa y la dama Alora, si es necesario que alguno de los Sarai te ayudé, pues que así sea. Deben estar todos listos para partir antes de la hora indicada, por si así lo desea el Bńelekoh Tekuh o la princesa. Por lo tanto, espero que para el atardecer todos estén preparados y solo tengan tiempo para descansar lo necesario hasta la hora de partida. Es todo por el momento, pueden retirarse, Sarai Richari.”

Todos unísonos, contestaron haciendo una reverencia, “¡Señor!”

Se marcharon como les habían indicado a poner todo en orden, excepto por Aigmund. Este se acercó a Berengüer, y le preguntó, “¿Por qué no le han revelado a los Sarai que el rey a muerto?”

“El Bńelekoh lo creyó prudente, además no deseaba esparcir la noticia más allá. Si el enemigo la ha mantenido oculta de todo el reino, es mejor que no lo sepan los Sarai. Uno nunca sabe quien pueda estar sirviendo de doble agente, y más aún cuando la vida de la princesa está en peligro.”

“¿No crees qué los Sarai se darán cuenta?”

“No. Ahora ve y asegúrate que todo esté en orden, me tengo que reunir con el Bńelekoh que tiene nuevas órdenes que darme.”

Berengüer con miles de preguntas en su cabeza, fue a buscar a Senín, quien le esperaba en su habitación. Una vez allí, Senín le hizo sentarse junto a él y le dio nuevas órdenes. Debía escoger dos de sus hombres para servir de exploradores, quienes se adelantarían e investigarían el camino de cualquier problema que pudiesen encontrar, una vez salgan del túnel. Le indicó como deseaba la formación de los Sarai en torno a la princesa: arqueros en la parte frontal y posterior, aquellos con jabalina de igual forma ubicados; seis hombres con espadas largas debían estar frente y detrás de la princesa que estaría cerca de ellos dos, que irían al frente; incluyendo a Nart. Los demás en el centro, justo detrás de la princesa. Le informó, ordenándole no revelarlo, que visitarían el monasterio Éwärd a petición de la princesa y que les tomaría cuatro días en llegar, si todo marchaba bien. Al terminar, le preguntó si tenía alguna duda o comentario, y a la negación de Berengüer le pidió se marchara para poder descansar.

La tercera parte del capítulo cinco será entregada el 20 de julio de 2011.



Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

 

Oshmdwa

Capítulo Cinco: En ruta 1ra Parte

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Capítulo Cinco

En Ruta

1ra Parte

Mapas antiguos y modernos se expandían sobre la superficie de madera de un elegante escritorio. Sobre ellos la concentrada mirada de Senín quién entre los detalles de la anatomía del reino de Argia, buscaba las rutas más seguras para llevar a la princesa a Karmiérz. Su mano sujetaba un compás que hacia caminar por encima del mapa, haciendo cálculos y anotaciones en un cercano papel.  Pasaba de uno a otro, y dibujaba líneas rojas en uno que había seleccionado para llevar consigo. En ese que le acompañaría en su travesía, un mapa con solo varios años de creado, había hecho anotaciones en sus márgenes en color azul y negro, dejando solo el rojo para los caminos del viaje.

            Los mapas antiguos develaban para él un mundo de secretos que ahora eran ocultos por el crecimiento del mercado y el deseo de hacer llegar los productos de una ciudad a otra con más rapidez. Para esto los cartógrafos creaban nuevos mapas para estar al compás con los tiempos y las rutas antiguas pasaban a ser solo un recuerdo. Esto era para Senín una ventaja, pues en muchos de ellos no encontraría a nadie y el viaje sería uno sin inconvenientes; aunque siempre surgían, por más preparado que estuviese para una situación en particular.

            Luego de estar varias horas encerrado en el cuarto que era reservado para él, en el edificio de los Richari, llamó a Nart. Su sirviente entró al cuarto y cerró la puerta tras de sí. Hizo su reverencia y dijo, “Mi señor.”

“Nart,” dijo sin despegar la mirada de los mapas. “¿Ya están listos los Sarai como pedí?”

“Sí, mi señor. Berengüer hizo como le ordenó, y los Sarai esperan solo sus órdenes para salir.”

“Bien,” hizo una corta pausa y se puso en pie. “Toma este mapa y guárdalo, asegúrate de que nadie sepa que lo tienes. Nadie puede ver ese mapa, no quiero tomar el riesgo de que uno de los Sarai sea un traidor.”

“Y, ¿si lo hay entre los Sarai?” Preguntó Nart con suma tranquilidad.

“Probará el filo de mi espada, mi mirada será lo último que verá en su existencia y su cuerpo se convertirá en alimento de las bestias. Ahora, ve y haz como te indique. Yo iré a ver a la princesa…”

“La reina, mi señor,” dijo Nart corrigiendo a Senín.

“Tienes razón, Nart,” contestó colocando su mano sobre el hombro derecho de su sirviente y confidente. “Es mejor que mantengamos ese secreto entre nosotros y que continuemos llamándola princesa, para que aquellos que conspiran en su contra no se den cuenta de nuestro conocimiento. Si tuvieron la osadía de ocultar la muerte del rey, nosotros podemos jugar el mismo juego. Tenemos la ventaja de que solo aquellos destinados a reinar Argia y los que lo reinan, conocen sobre la maldición de la casa Itana. Con excepción de unos escogidos fuera de ese círculo, como el Seboas Unnfrid y yo, no hay ser alguno que lo conozca. Y ahora tú, por supuesto, en quien confío. Berengüer y Aigmund, conocen sobre la muerte del rey, y hasta ahora han demostrado que son de confiar. Hablaré con ellos para que no revelen a los demás sobre el fallecimiento del rey, no por el momento, no hasta que estemos lejos de Almĭdina.”

Hizo una pausa, caminó hasta la mesa donde paso horas escudriñando entre mapas, y dijo, “Ve y guarda el mapa en un lugar seguro. Voy a ver a la princesa.”

Nart se retiró de inmediato, Senín miraba los mapas frente a él y esperaba que la ruta que decidió tomar fuera una segura para la princesa. Ella era la última de las descendientes de la casa Itana, quienes habían reinado sobre Argia por siglos. ¿Quién sino ella podía continuar en paz el reinado de sus antepasados? ¿Quién más podía hacerlo si tuviera él que tomar la decisión de acabar con la vida de la princesa, de ser necesario, para que la profecía no se cumpla? Una guerra entre los azal era de esperarse, pues muchos habían esperados pacientemente un momento como este, cuando la casa de Itana cayera de su pedestal al que habían estado bendecidos por tanto tiempo. Dinorah era la última en ese eslabón, la otra persona que quedaba de la casa de Itana estaba muy vieja para hacerlo y vivía en un monasterio esperando su muerte.

No sabía por qué preocupaba su mente con esas preguntas, cuando no le tocaría a él escoger aquel quien reinaría sobre Argia. El gabinete de diputados, compuestos por los de más alto rango entre los azal, les tocaba esa decisión y de entre ellos escogerían, seguido por la bendición del Seboas Unnfrid. Solo dos veces había esto ocurrido en la historia de Argia, pero en ambas se escogió al rey de entre los descendientes de la casa Itana, pues el rey no tenía herederos.

La incertidumbre agobiaba a Senín, quien despejó su mente de inmediato concentrándose en la tarea frente a él. Salió de su cuarto a toda prisa y sin mirar a nadie, ni tan siquiera se dio cuenta de las reverencias que los Sarai hicieran al él pasar por su lado. Cruzó el patio y se dirigió hacia el palacio y entró a este por una puerta trasera. Los pasillos, por órdenes de la princesa estaban desolados, para que Senín pudiera entrar cuando quisiera a hablar con su señora. Atravesó un pasillo largo que daba hacia unas escaleras que llegaban al segundo piso, donde la recámara de la princesa se encontraba. Entró a un pequeño cuarto de servicio, donde dormían algunas sirvientas que estaban sujetas a las órdenes de la dama Alora. Este estaba vacío, una campana en la pared que hizo sonar anunciaba su presencia. Nadie tenía permiso de abrir la puerta, con excepción de Alora, quien estaba en la recámara de la princesa en esos momentos. Una sirvienta, a quien se le había encargado debía avisar a Alora cuando la campana sonara, se levantó a toda prisa de su asiento al escucharla sonar.

Al aviso, Alora salió de inmediato a su recamara, dando nuevas órdenes a la sirvienta de que nadie podía molestarle, a ella o la princesa, y los pasillos que daban hacia su recamara y a la de la princesa, debían estar solitarios. Antes de ir a su recamara se aseguro de que habían seguido sus instrucciones, y de inmediato fue a abrirle a Senín. Sacó la llave de su pecho, en donde colgaba de una cadena de plata, y abrió la puerta. Senín estaba sentado sobre una de las camas, y enseguida se puso en pie al escuchar la cerradura abrirse. Miró a Alora y esta le hizo señal de que entrara a su cuarto. Senín con mucho respeto entró haciendo una pequeña reverencia. La hija del alto duque de Argia era hermosa y en sus ojos proyectaba a una persona confidente de sí misma, humilde y valiente. Características nobles en una mujer de su rango, no solo por ser la dama de compañía y confidente de la princesa, sino también por qué su nacimiento le daba el rango de princesa. Todos conocían sobre esto, pero ninguno en su familia usaba el título.

“Lvadi le espera,” indicó Alora a Senín.

Senín asintió con su cabeza y Alora se fue al frente para dirigirle. Como era de esperarse, los pasillos estaban desolados. La recamara de la princesa estaba continúa a la de Alora. Esta vez no hubo anuncios, Alora le indicó que entrara. Encontraron a la princesa sentada tras su escritorio, firmando unos papeles que entregó a Alora cuando esta se acercó a la princesa. Dinorah le dio órdenes de guardarlos en la caja fuerte para que estuviesen seguros hasta que ella mandara a buscarlos una vez se resolviera la situación en la que se encontraban. Le pidió a Senín que tomara asiento y este lo hizo inmediatamente luego de que hiciera su reverencia a la princesa.

“Bien, Senín, ¿qué noticias me trae?”

Senín de inmediato contestó, “Lvadi, he escogido la ruta que tomaremos para llegar a Karmiérz. Estuve analizando todos los caminos conocidos y olvidados toda la noche, y el que escogí es el más seguro para usted.”

“Confío plenamente en que ha escogido el camino correcto, pero antes,” hizo una pequeña pausa para erguirse en su silla y acomodar un poco su traje ajustado. “Debo hacerle una petición, Senín.”

“Usted dirá, Lvadi.”

“Necesito que hagamos una sola parada.”

Una interrogativa se dibujo en el rostro de Senín, pues no esperaba que la princesa hiciera cambios a la trayectoria que había escogido. El hacer cambios, significaba que debía hacer ajustes al tiempo en que les tomaría llegar a la capital, y dependiendo del lugar a donde ella deseaba ir, cambios en la ruta.

“Veo por su rostro que no esperaba mi petición.”

“Discúlpeme, Lvadi. Mi expresión se debe a la sorpresa de un cambio en los planes. Hubiese preferido que me lo hubiera comunicado con anticipación, de esta forma hubiese hecho los cambios pertinentes desde un principio.”

“No debo de disculparle nada, Senín. Al contrario, mi decisión fue resiente, pues temo será muy tarde para mí una vez lleguemos a Karmiérz. La única forma de poder atrasar el proceso que ha comenzado en mi alma, es solicitando la ayuda de un Unnfrid. No puede ser cualquier Unnfrid, me temo. Debe ser aquel a quien mi madre escogió para mi educación. No solo me educó en las artes y demás cosas que uno debe conocer como persona. Mi educación fue más allá de una normal, él me enseñó sobre los Oshmdwans, pues tiene vasto conocimiento sobre ellos. En especial, sobre lo que se esconde dentro de los herederos de Itana. Debo visitarle y persuadirle a que nos acompañe, no creo que se niegue,” dijo cambiando su mirada hacia el escritorio.

Volvió su mirada a Senín, y con rostro desolado, continuó, “Le voy a ser muy sincera, Senín, sin la ayuda de este Unnfrid no le aseguro llegue a Karmiérz. Pase lo que pase, y si la ayuda del Unnfrid no es suficiente para atrasar lo que en mí nace, usted, está en la obligación de detenerlo.”

Al decir esto, se escuchó el sonido estruendo de una bandeja y copas caer al suelo.  Ambas miradas se tornaron hacia donde el sonido venía, y vieron a Alora pálida con sus manos en el aire donde antes estuviese la bandeja que traía con refrigerios. La orden que la princesa le diese a Senín tocó de sobremanera a Alora, quien no se esperaba escuchar de su señora esas palabras. Dinorah por su parte le dio una dulce mirada a su amiga, seguida por una pequeña sonrisa. Con ella esperaba darle consuelo ante lo inminente y lo que ella conocía debía ser.

Dinorah se tornó hacia Senín, y dijo, “No se preocupe por Alora, ella no le detendrá, pues al igual que yo ella está preparada para ese momento. Ambas, como usted bien conoce, fuimos  educadas en un monasterio bajo la tutela del Unnfrid a quien deseo visitar. Le aseguro, Senín, que de usted no poder llevar a cabo su misión para conmigo, llegado el momento, ella lo hará por usted. Aunque no parezca que pudiera hacerlo, pues para esto también fue educada.”

Alora torno su mirada hacia las copas y el vino derramado en el suelo. Se bajo y comenzó a limpiarlo, disgustada un poco con el comentario de su señora. Dinorah tenía razón, ella estaba preparada para hacerlo, pero jamás se imaginó que el momento estuviese tan cerca. Al terminar se puso en pie, y dijo, “Con su permiso,” y se marchó rápidamente para que no vieran la lágrima que de sus ojos había escapado. Tenía el corazón herido, pues la princesa no solo era su señora, a quien debía su respeto y obediencia, sino también era para ella su amiga y su hermana.

Dinorah se dio cuenta del estado en que se encontraba su amiga, pero debía lidiar con ello luego, en ese momento habían cosas más importantes. Volvió su concentración a Senín, y dijo, “Bńelekoh, ¿conoce el monasterio del cuál le hablo?”

“Por supuesto, Lvadi, es el Éwärd. Mi trayectoria pasa al sur de este, a unas veinte millas de distancia.”

“Entonces, ¿no hay oposición alguna?”

Senín no tenía más remedio que acceder a la petición de la princesa. Tendría que realizar unos cambios en su trayectoria.

“Ninguna, Su Alteza, pero debe tomar en consideración que el viaje será uno largo y pesado. No viajara en su carroza, sino a caballo. Además, para ganar tiempo nos detendremos lo menos posible, solo en momentos en que ya no pueda soportar más el cansancio.”

“Por el camino común, llegar al monasterio nos tomaría siete días”

“Sí, los caminos comunes tienden a ser más largos, pero llegaremos al monasterio en cuatro días atravesando el que escogí, sino tenemos inconvenientes. Solo debemos tomar un desvío. Le pediré, Su Majestad, que solo lleve lo necesario para el viaje, y que lleve ropa para cabalgar y cómoda. Los Sarai se han encargado de llevar provisiones, así que su dama no se tiene que preocupar por eso. Espero que solo la dama Alora sea la única que le acompañe y no tenga necesidad de otros sirvientes,” comentó Senín en forma de advertencia.

En el rostro de Dinorah se dibujo una media sonrisa y le miró fijo a los ojos, sus cejas arqueadas. No sabía si el Bńelekoh Tekuh trataba de intimidarla o hacerle ver su autoridad en esta misión, como un augurio de que no toleraría futuros cambios a sus planes y que su seguridad estaba en sus manos, por tal razón le debía obediencia. Tal vez, ella debía tener precaución con él. Era de esperarse que actuara de esa manera, pues era un líder de hombres y ella también lo era. Lo que la llevaba a la conclusión de que durante el viaje tendrían muchos roces.

Para aliviar cualquier intercalo, decidió ser civil y no imponer su autoridad sobre ese quien era su sirviente. Al fin y al cabo, su vida estaba en sus manos y ella debía ser humilde y agradecida. Así que, contestó con humildad a Senín, “No tendré necesidad de más sirvientes, solo serán un disturbio para nosotros. Sobre mis atuendos, me encargo yo, Senín, sé lo que me conviene utilizar cuando debo cabalgar largas distancias. No crea por un instante que solo dependo de mi carroza, pues se montar a caballo sí es eso lo que le preocupa.”

Senín solo asintió con su cabeza y le agradeció a la princesa que comprendiera la situación. La media hora que continuaron juntos, Senín se la pasó explicándole a Dinorah donde debería estar ubicada siempre durante toda la trayectoria hacia la capital. Le pidió siempre se mantuviera en el centro del régimen, para que fuera protegida en todo momento por los Sarai. Le explicó, además, que enviaría hombres a adelantarse para asegurar que el camino estaba seguro; que tomarían siestas de aproximadamente dos horas y que sus alimentos los tomarían mientras cabalgaban.

A todo esto y otras muchas cosas más que él explicó, Dinorah escuchaba en silencio mirando de vez en cuando a Alora, quien, luego de componerse les hizo compañía para estar al tanto de los planes, atendía con suma curiosidad. Ninguna de ellas estaba acostumbrada a tal régimen, pero había que hacerlo si debía salvar su vida y el futuro de su reino. Le preocupación la falta de descanso a la que su cuerpo estaría sometido, y cómo esta le afectaría espiritualmente. La fatiga podría permitir que aquello dentro de ella encontrara fuerzas en su debilidad. Su inquietud no la reveló a Senín, de ser necesario el descanso él no iba a oponerse, pero el sacrificio valdría la pena y la carga sería menos una vez el Unnfrid aceptara acompañarles. El Unnfrid debía ayudarla en su idilio; él la había preparado para eso y mucho más. Una cosa era el pensamiento lejano de un quizás, a la cruda realidad que la atormentaba. Si el dolor en su pecho se tornaba insoportable, estaba segura que a solas no iba a poder controlarlo, y que cedería con gran facilidad para que este dejara en paz su alma.

La segunda parte del capítulo cinco será entregada el 6 de julio de 2011.

Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.

Oshmdwa

Capítulo Cuatro: Lo que se esconde dentro, Tercera Parte

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Capítulo Cuatro

Lo que se esconde dentro


 Tercera Parte

“DOS DE LOS Sarai, estarán a quinientos metros de aquí. Deben estar esperando, pues el sistema de alerta al primer puesto les debe haber avisado,” comentó Berengüer a Senín.

Este asintió con su cabeza al comentario de Berengüer. Continuaron la marcha sin detenerse y con cautela. Quince minutos más tarde se toparon con el primer puesto. Allí se divisó a dos caballeros vestidos con los uniformes de los Sarai, que al reconocer a su capitán, le saludaron y abrieron de par en par las rejas de hierro que protegían el puesto. Inmediatamente uno de ellos hizo sonar un cuerno. El sonido viajo fuertemente por todo el túnel, y segundos más tarde este fue contestado por los guardias del segundo puesto. Ambos sonidos eran de igual harmonía, esto para identificar a los que viajaban por el túnel. De haber sido una emergencia, el sonido hubiese sonado agudo como el de una trompeta fuera de tono y en respuesta, se hubiese escuchado el fuerte retumbar de tambores por todo el túnel. Significaba que el mensaje había sido recibido y que la ayuda vendría pronto.

Los cuatro jinetes pasaron la entrada sin detenerse o decir palabra alguna a los caballeros del Sarai. Tallado en la roca, a ambos lados de la verja, habían dos cuartos. Uno con todas las comodidades que necesitaban para descansar y comer; la otra con lo necesario para defender el puesto. Los Sarai hicieron su reverencia a Berengüer, pero al ver a Senín cayeron de rodillas al suelo. Estaban atónitos, pues no esperaban ver al Caballero del Rey. Al levantarse del suelo, luego de que pasara Senín, mantuvieron la mirada fija en la espalda de su superior hasta perderse en la oscuridad nuevamente.

Continuaron cabalgando lentamente por alrededor de quince minutos, sin escuchar otro ruido más que el resonar de las herraduras de sus caballos al chocar con el suelo rocoso. La temperatura en el túnel no era calurosa, sino fresca. Canales de agua corrían paralelos a este, para contrarrestar las temperaturas de la superficie. Ventiladores de aire ayudaban a filtrar aire fresco, y otros a que aire caliente saliera a la superficie. Había sido diseñado así, pensando en los múltiples usos que se le podía dar. A mitad de este, donde se encontraba el segundo puesto de soldados, había unas cámaras grandes que podían servir de residencia para la familia real en caso de alguna emergencia.

Para Berengüer, que se encargaba de verificar que todo estuviese en orden en el túnel y asignaba a los soldados sus puestos y les entregaba las provisiones necesarias para su estadía allí, no dejaba de asombrarse de lo ameno que era estar en aquel lugar. Antes de ser capitán le tocó proteger el segundo puesto. Había pensado que sería difícil vivir bajo tierra por alrededor de una semana, y aunque perdió la noción del tiempo, no fue una experiencia espantosa que le marcara para el resto de su vida. Su contacto con la humanidad era mínimo, salve a aquellos con los que se encontraba, lo que le hacía sentir como si estuviese en un monasterio de claustro.  Fue paz y tranquilidad lo que esa semana vivió, lo que le ayudó a poner en orden ciertas cosas en su vida a las que necesitaba meditar. Cuando regresó nuevamente a Almĭdina, ya era capitán y no estaba obligado a quedarse en el túnel, aunque hubiese deseado lo contrario. Tal vez, al haber puesto en paz lo que le atormentaba, ya no era necesario estar escondido allí. 

Sonriente acarició la melena de Bronwen, quien cabalgaba con serenidad como si la tenue oscuridad no le molestara. De inmediato vio un brillo, no más grande que un punto en la distancia y rodeado de oscuridad. Aquel era la antorcha del segundo puesto, al que llegarían en diez minutos. Desde allí les quedaba alrededor de otra media hora más para salir del túnel y llegar al palacio. Al cual entrarían a través del sótano que quedaba justamente en el ala sur.

En el segundo puesto se encontraban dos rejas del mismo estilo que las primeras, los soldados a cargo de este las abrieron para dejar pasar a los visitantes. Tal y como los primeros soldados, hicieron sus reverencias y al ver a Senín, cayeron de rodillas y se quedaron igualmente impresionados. No esperaban verle por esos rumbos y menos acompañado de los Sarai.

Al llegar al sótano, un caballero de los Sarai les abrió las puertas de bronce que servían de entrada. Berengüer desmontó su caballo, y dijo a uno de los Sarai que se encontraba en el sótano, “Avísale a la Dama Alora, que he llegado.”

El Sarai salió a toda prisa, luego de hacer una reverencia a su capitán. Berengüer se acercó a Senín y le dijo, “¿Algo en particular que desee, mi Señor?”

Senín tomó una copa, la lleno con agua de un jarro que estaba sobre la mesa donde jugaban cartas los Sarai, y tomó para saciar su sed; luego contestó a Berengüer, “Por ahora, no. Ve y haz como te indique. Nart, ve con ellos, asegúrate de que nadie más te vea, excepto por los Sarai.”

“Sí, Señor,” con una reverencia partieron los tres Sarai y Nart hacia el edificio adjunto a los establos reales, que servía de vivienda para los Sarai y los Tekuh cuando estaban de visita.

Al pasar alrededor de diez minutos, Alora se apareció en el sótano acompañada por el Sarai que la fue a buscar. Sin demora, dijo, “He dado órdenes para que despejen los pasillos inmediatamente. Nadie se dará cuenta de su presencia. La princesa le espera, sígame,” y sin dar más explicación, se fue al frente para dirigir a Senín.

El ala sur del castillo estaba reservada para visitantes y acompañantes de la familia real, en su estadía en la ciudad o eventos especiales. En esos momentos no había nadie, pero los sirvientes mantenían los cuartos en condiciones excepcionales. La recámara de la princesa, así como la de la familia real, quedaban justo en el centro del palacio, que corrían desde el segundo hasta el cuarto piso; el de Dinorah estaba ubicado en el segundo.

Alora caminaba a toda prisa, Senín mantenía el paso, tratando de hacer el menos ruido posible. Al llegar, Alora le pidió que aguardará allí para anunciarle. Senín encontró la formalidad un poco fuera de lugar debido a la situación, pero como era el protocolo, no sé quejo. Alora desapareció tras la puerta. El Sarai que los acompañaba y quien buscó a la dama Alora, miraba de reojo a Senín sin decir palabra alguna, intimidado por su presencia. Alora reapareció varios minutos después tras la puerta, le pidió a Senín que pasará, y al Sarai dijo, “Mantén guardia aquí hasta que se te indique lo contrario. Nadie entra a la recámara sin ser anunciado antes. ¿Entendido?”

El Sarai asintió con su cabeza y se colocó frente a la puerta. Alora la cerró tras de ella y condujo a Senín hasta la antesala de la recámara de la princesa. Sentada en un sillón estaba Dinorah, vestida con un camisón color lavanda, y por encima de este tenía una bata de satín del mismo color. Velas alumbraban tenuemente la antesala; el fuego de una fogata le daba calidez. Senín no había visto a la princesa por varios años, le recordaba como una joven de singular belleza y sabiduría, muy rara para alguien de su edad. Ahora frente a él encontraba una mujer, más bella, pero de mirada cansada y llena de preocupación. De seguro se debía a las responsabilidades que había tomado como representante del rey en los asuntos del reino. Desde que salió del monasterio, que fue su escuela desde su niñez, se había dedicado a ayudar a su reino como fuera posible, pero en especial a su hermano. Ambos se querían mucho y velaban del uno y el otro con gran recelo.

Senín se acercó a la princesa, una vez frente a ella dobló su rodilla izquierda, colocó su mano derecha sobre su pecho y el puño de su izquierda sobre el suelo, y dijo, “Li Jahivé fridu, Sarai Dinorah!”

“De pie, Bńlekoh Tekuh Senín,” le ordenó Dinorah con suave voz pero a la vez autoritaria.

Senín se puso en pie, y preguntó, “¿A qué se debe que, Lvadi, cite al servidor del rey?”

Dinorah le miró seriamente y contestó, “La noticia de que el rey ha muerto, pero más aún que esta no haya sido revelada.”

Senín conocía lo que la princesa le decía, pues Berengüer le había puesto al tanto. Le interrogaba, porque deseaba estudiar las expresiones que se dibujaban en su rostro frente a las preguntas que él formulaba. Deseaba saber si decía la verdad o mentía y si algo escondía.

“¿Cómo está, Lvadi, segura de esto?” Preguntó Senín con expresión seria.

“No solo ha llegado a mis oídos la confirmación de mis sospechas,” entonces, hizo una pausa y trago. Su mirada se desvió hacia una vela a su lado y parecía perderse en las llamas que consumían la mecha que le alimentaba. Volvió su mirada a Senín, y continúo, “Un dolor insoportable me despertó esta madrugada, se sentía como si estuviesen enterrando un alfiler en mi corazón,” hizo una pausa, pues no deseaba continuar narrando su agonía. No eran necesario las palabras, para que él supiera de lo que se trataba, de eso se aseguró al entregarle la pulsera.

Continúo, “Nabwh, Senín! Ya han pasado tres días desde la muerte de mi hermano y necesito que me lleve a Karmiérz lo antes posible. Usted, como Bńlekoh Tekuh sabe lo que esto significa para el reino de Argia y para la sobrevivencia de nuestra raza.”

Senín no respondió de inmediato, más se quedo pensativo. La princesa se notaba preocupada y nerviosa, no pudo terminar su relato de lo ocurrido esa madrugada. Independientemente de lo que ella le dijera, él tenía que hacer algo más para asegurarse de que era verdad lo que decía. Se acercó a Dinorah, y mirándole directamente a los ojos, le dijo, “Usted, Lvadi, sabe bien lo que hay que hacer. Necesito pruebas del Nabwh, no hay otra forma.”

La princesa respiró profundamente, y poniéndose en pie, contestó, “Bien, no esperaba menos de usted.”

Senín abrió su boca para dejar escapar sus órdenes a la princesa, pero su mirada se cruzó con la de ella. Sus ojos eran cautivadores e hipnotizaban a cualquiera que se atreviera a cruzarse en su camino. Eran verdes con tonalidades azulosas y era verdad lo que decían, que en ellos se escondía serenidad y paz. Cerró sus ojos por unos instantes para concentrarse en lo que debía hacer. Con nuevas fuerzas y concentrado, miró nuevamente a la princesa a los ojos. Aunque se sentía atraído por lo que ellos ofrecían, no se dejo tentar y dijo con autoridad, “Necesito que me enseñé la marca.”

“¡Lvadi!” Exclamó Alora.

Dinorah se tornó hacia ella, y con serena voz, dijo, “Es necesario, Alora.”

Puso su mano derecha sobre su pecho, justo encima de su corazón y deslizó suavemente la bata y la manga de su camisón por encima de su hombro hasta develarlo. El acto lo hizo con suma delicadeza para no mostrar más de lo que debía. Mientras lo hacía un escalofrío corrió por todo su cuerpo, pero se mantuvo serena y dispuesta hacer su deber. Se detuvo justo al comienzo de su seno, protegiendo que el resto con su mano. Allí Senín, pudo ver lo que buscaba, una marca negra del tamaño de un diminuto guijarro. Entonces, dijo a Alora, “Traiga un paño mojado en agua.”

Alora se retiró a la recámara de la princesa donde tenía una jarra con agua y en ella mojo un pedazo de tela que sacó del cuarto de aseo. Se lo entregó en las manos a Senín, y se quedó a su lado, mirándole seriamente. Senín hizo caso omiso de la penetrante mirada de Alora, y dijo a la princesa, “Discúlpeme por el atrevimiento.”

“No hay por qué,” contestó ella deseando que ya acabara todo, pero sin quitarle la mirada de encima.

Senín con sumo cuidado rozó el paño humedecido sobre la marca que estaba en la sedosa y pálida piel de la princesa. Lo paso varias veces, asegurándose que esta no fuera tinta negra. Desistió luego de varios segundos, y dijo, “Bien, es genuina. Pero, hay otra prueba que hacer.”

“Diga cuál es,” dijo mientras regresaba su bata a su lugar.

“Pídale, primero a su dama que nos deje solos.”

“No se preocupe por ella, sabe todo y esta tan preparada para esto como yo.”

“Bien,” contestó Senín.

“Alora, necesito que se pare encima de la mesa y aguante sobre la cabeza de la princesa ese candelabro.”

Senín ayudó a Alora a pararse sobre una pequeña mesa de madera, y le dio a aguantar un candelabro de plata con cinco velas blancas largas y delgadas. Cuando se aseguró de que Alora no se iba a caer de la mesa, y que esta era lo suficientemente fuerte como para aguantar su peso; dijo,”Necesito que sujete el candelabro sin hacer ningún tipo de movimiento. Usted, Lvadi, despójese de su vestimenta. Le prometo ser todo un caballero y no miraré más que a sus pies. Mientras hace esto, le daré la espalda.”

Alora iba a protestar, pero la mirada autoritaria de la princesa la detuvo. Así que no hizo más que obedecer las instrucciones que le dio Senín. Dinorah asintió con su cabeza para dejarle saber a Senín que estaba lista para despojarse de su atuendo. Él se viro, y con rapidez Dinorah se quitó su bata y camisón. Ambos cayeron al suelo y con su pie los empujo a un lado.

“Estoy lista,” aviso Dinorah quien respiraba pausadamente por pudor a lo que ocurría.

Con sutileza y cabeza baja y con la mirada clavada en el suelo, Senín se torno hacia donde estaba la princesa. Sus pies eran pequeños y delicados, en ellos se notaba su rango, pues se veían sedosos y bien cuidados.

“Alce más alto el candelabro,” indicó a Alora, quien inmediatamente lo hizo.

Caminó lentamente, dándole la vuelta y fue allí que encontró lo que buscaba. Una pequeña sombra nacía de los talones de la princesa. Senín cerró sus ojos y suspiró ante su oscuro descubrimiento, pues los cuerpos de los argianos no crean sombras al ser iluminados. Las profecías comenzarían a realizarse y una sombra arroparía al reino, si él no ponía fin a lo que acontecía en el interior de la princesa.

La rodilla izquierda de Senín se dobló y unísono con su puño izquierdo, tocó el suelo. Con su mano derecha sobre su pecho, exclamó, “Li Jahivé fridu, LTekuh Dinorah, mi espada es su espada, mi vida le pertenece, así como  mi lealtad. Le juró obediencia y le protegeré hasta el último soplo de mi vida.”

Al escuchar estas palabras, una lágrima corrió por su mejilla. Se quedó inmóvil por unos segundos. LTekuh pensaba para sí. Con la mirada le indicó a Alora que se bajara de la mesa y la ayudara a vestir. Ella lo hizo inmediatamente, y una vez vestida, dijo a Senín, “De pie, Bńlekoh LTekuh Senín, que hay mucho por hacer y el tiempo es nuestro enemigo.    

 

El quinto capítulo será entregado el 22 de junio de 2011


Todos los derechos reservados. Copyright© 2011 por Alexandra Román. Se prohibe reproducir, almacenar, o transmitir cualquier parte de esta historia, Los hijos de las sombras, y sus capítulos por entrega para el blog Mink en manera alguna ni por ningún medio sin previo permiso escrito de la autora, excepto en caso de citas cortas para críticas o citas.